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Entrevista

Andrew Simpson: Cerca del despegue

El bioquímico habla sobre los proyectos de la farmacéutica Orygen Biotecnologia y la importancia de los medicamentos biológicos

Simpson en la sede de la empresa, fundada hace seis años, en São Paulo: la meta es lanzar sus primeros medicamentos en 2019

Léo Ramos Chaves

En 2012, cuatro laboratorios brasileños –Biolab, Eurofarma, Cristália y Libbs– se unieron para crear una joint venture enfocada en la producción de remedios biológicos, hechos mediante ingeniería genética para tratar enfermedades complejas. Para comandar la empresa Orygen Biotecnologia, contrataron al bioquímico inglés naturalizado brasileño Andrew Simpson, en ese entontes director científico del Instituto Ludwig de Investigaciones sobre el Cáncer, en Nueva York. “Fue una oportunidad fantástica”, recuerda.

Para Simpson, que ya había liderado en el país la secuenciación del genoma de la bacteria Xylella fastidiosa y el equipo brasileño que participó del programa internacional de secuenciación del genoma humano del cáncer, una de las principales innovaciones de Orygen es su estructura organizativa. “La empresa tiene la organización de una startup, pero está vinculada a farmacéuticas consolidadas que le dan soporte. Tratamos de encontrar un camino para afianzarnos como una compañía de biotecnología brasileña. No tenemos un modelo para copiar”, remarca el bioquímico.

En la siguiente entrevista, Simpson discurre sobre los desafíos que reviste dirigir una compañía centrada en el desarrollo de medicamentos de alta complejidad, como anticuerpos monoclonales (proteínas producidas en laboratorio para combatir enfermedades como el cáncer y las autoinmunes) y vacunas recombinantes (producidas a partir de partes de virus o bacterias causantes de enfermedades, y no del microorganismo atenuado o inactivado, como en las vacunas convencionales). Si todo sale bien, asegura Simpson, los primeros medicamentos de Orygen –una vacuna contra la gripe y un fármaco contra la artritis reumatoide– llegarán al mercado el año que viene.

Orygen nació con la finalidad de fabricar productos farmacéuticos innovadores con el uso de la biotecnología. ¿Se alcanzó esa meta?
En realidad, nuestro objetivo inicial tenía un enfoque más acotado. Orygen se creó para actuar en el desarrollo de anticuerpos monoclonales biosimilares, un tipo de medicamento biológico, dentro del programa de Asociaciones para el Desarrollo Productivo (PDP, por sus siglas en portugués), del gobierno federal. A ese proyecto le está llevando mucho tiempo desarrollarse, no solo en Orygen, sino en las farmacéuticas brasileñas en general, por un motivo sencillo: las patentes de los anticuerpos originadores están venciendo recién ahora.

¿Qué son las Asociaciones para el desarrollo Productivo?
Las PDP fueron implementadas por el gobierno a fin de capacitar a los laboratorios públicos para que produjeran medicamentos estratégicos en el ámbito del SUS [Sistema Único de Salud]. Para participar en el programa, la empresa privada nacional tiene que hacer un acuerdo con una multinacional que ya posea la tecnología y una alianza con un laboratorio público, al que se hará la transferencia de esa tecnología. Estamos en el medio de ese proceso. Hemos establecido ya las PDP para la fabricación de biosimilares con la multinacional Pfizer y un laboratorio público, el Instituto de Tecnología de Paraná [Tecpar], y analizamos otras oportunidades.

La empresa está desarrollando con socios vacunas contra enfermedades parasitarias y cáncer, además de anticuerpos monoclonales biosimilares

¿Qué es lo que caracteriza a un medicamento biosimilar?
Biosimilares son copias de medicamentos biológicos cuyas patentes ya expiraron, como hormonas y, fundamentalmente, anticuerpos monoclonales. Por ser moléculas grandes, complejas y heterogéneas, un lote de productos biológicos nunca es idéntico a los demás, y su producción es compleja. Por esa razón, es necesario efectuar una comparabilidad molecular extensa y ensayos clínicos comparativos que demuestren su seguridad y eficacia. Esto no se da con los genéricos, que son copias exactas de productos sintéticos, menos complejos y que demandan únicamente estudios de bioequivalencia.

¿Con cuáles biosimilares trabajan?
Tenemos licencia para producir cuatro, todos de Pfizer. Dos de ellos, rituximab y bavacizumab, son para el tratamiento de cáncer; otros dos, infliximab y adalimumab, se destinan a tratar enfermedades autoinmunes, como la artritis reumatoide. El infliximab biosimilar de Pfizer fue aprobado hace algunos meses por la FDA [Food and Drug Administration, la agencia estadounidense responsable del sector de medicamentos] y su registro ya ha sido sometido a la Anvisa [Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria]. Si todo sale bien, empezaremos a venderlo en 2019. En un primer momento, vamos a importar desde Estados Unidos. Después, iniciaremos la producción en el país y, finalmente, transferiremos tecnología a un laboratorio público. Ese es el derrotero de las PDP.

¿También existen planes de producir medicamentos innovadores?
Sí. Ya estamos trabajando en dos productos en el área de la inmunología: vacunas contra enfermedades parasitarias, más específicamente contra la esquistosomiasis, y contra algunas de las formas más comunes de cáncer, como los de mama, pulmón, próstata, melanoma y cuello. Las vacunas existentes son esencialmente contra virus y bacterias, y funcionan sobre todo a través de la estimulación de anticuerpos. Para actuar contra los parásitos y el cáncer hace falta una respuesta inmune más compleja. El componente más importante que se pretende estimular son los linfocitos, especialmente los linfocitos T, que atacan tumores u organismos complejos. Se necesita más que un anticuerpo para destruir células del cáncer o los parásitos. Además del antígeno –la molécula que acciona el sistema inmunológico específico–, se requiere un adyuvante, es decir, una sustancia que estimula la respuesta inmune de forma generalizada y proporciona una respuesta más completa del organismo.

¿Orygen hace sola esos productos o en alianza?
El proyecto de la vacuna contra la esquistosomiasis lo financia Orygen, pero cuenta con la alianza de la Fundación Oswaldo Cruz [Fiocruz] y otras entidades de fuera del país. El linaje celular que produce la proteína recombinante fue generado por la Fiocruz y el adyuvante, por el Infectious Disease Research Institute, en Estados Unidos. Los ensayos clínicos se llevan a cabo en Senegal, donde existen las dos principales especies de Schistosoma que infectan al hombre (solo una de ellas se encuentra en Brasil). En el caso de la vacuna contra el cáncer, el péptido [fragmento de proteína] lo elaboró el Instituto Ludwig de Investigación sobre el Cáncer, en Nueva York y el adyuvante, la empresa estadounidense Oncovir. Los ensayos clínicos se harán fuera de Brasil, no sabemos dónde todavía.

Además de los biosimilares y las dos vacunas, ¿qué más está en el radar de Orygen?
Estamos siempre atentos a nuevos productos biológicos que sean una contribución importante para la salud de los brasileños. Tenemos un acuerdo con la empresa estadounidense Protein Sciences Corporation, que desarrolló y registró en Estados Unidos la primera vacuna recombinante contra la influenza, que recibió el nombre de Flublok. Fue un avance importante. El proceso de registro del producto en el país está adelantado y esperamos ponerla en el mercado en 2019 o 2020.

Léo Ramos Chaves Línea de producción de Biolab, una de las controladoras de Orygen, juntamente con EurofarmaLéo Ramos Chaves

¿En qué difieren las vacunas recombinantes como Flublok respecto a las convencionales?
Las convencionales se fabrican con virus o bacterias causante de la enfermedad en su forma atenuada o inactivada. En las recombinantes, usamos solamente un pedazo –más frecuentemente, una proteína– de ese microorganismo, y producimos la proteína en otros organismos en la forma recombinante. El hecho es que las vacunas convencionales pueden presentar el riesgo de desarrollar una forma leve de la enfermedad, cuando se hacen con virus atenuados. En las recombinantes no existe ese problema, puesto que usa solo un fragmento del patógeno. Otra ventaja, en el caso de la influenza, es que la producción de las vacunas recombinantes es más apropiada en la hipótesis de una pandemia. Es mucho más rápido producir la vacuna por la vía de la recombinación que por el método convencional, en la cual el virus es multiplicado en huevos.

¿Tiene Orygen recursos, know-how y equipo para encarar esos desafíos?
Actualmente, nuestro equipo es pequeño. En el área tecnocientífica, somos tres personas. Todavía no tenemos una actividad de I&D establecida, pero, cuando necesitamos, contamos con la ayuda de profesionales de las empresas socias Biolab y Eurofarma [Cristália y Libbs salieron del negocio en 2013]. Además de estructura en I&D, ellas tienen capacidad en las esferas comercial, productiva y reguladora. También contratamos consultores y recurrimos a la comunidad científica instalada en Brasil, como la de la Fiocruz. Esa es una estructura que tiene sentido. Tenemos en Orygen personas con conocimiento amplio y nos asociamos a profesionales y empresas que complementan nuestras necesidades. Vamos a construir la empresa sobre la base de los proyectos, y no lo inverso.

¿Qué es lo más innovador en Orygen?
Yo diría que los proyectos del cáncer y la esquistosomiasis son los más innovadores, pero también destacaría la estructura de la compañía. La empresa tiene la organización de una startup, pero está vinculada a dos farmacéuticas consolidadas que le dan soporte. Desde su creación, Orygen busca alternativas innovadoras para establecerse como una compañía farmacéutica de biotecnología brasileña. No tenemos un modelo para copiar. Inventamos, exploramos y discutimos continuamente los rumbos de la empresa.

¿Ese modelo innovador adoptado en la empresa es similar al adoptado por Recepta Biopharma, compañía brasileña de biotecnología también dedicada a la producción de anticuerpos monoclonales?
Hay algunas similitudes y grandes diferencias. Trabajamos con una variedad significativa de productos en diferentes etapas de desarrollo y estamos construyendo una estructura de producción y comercialización, además del área de desarrollo. El apoyo de dos grandes farmacéuticas le da robustez al trabajo. Además, los proyectos en marcha son totalmente innovadores en áreas en las que no existen productos similares en el mercado.

¿Cuánto se ha invertido en la compañía hasta este momento?
Mucho dinero. Casi toda la inversión se ha hecho con recursos de Biolab y Eurofarma, pero también obtuvimos un préstamo de la Finep [la Financiadora de Estudios y Proyectos] y debemos recibir otro del BNDES [el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social]. No son recursos a fondo perdido. Todavía no tenemos una fábrica propia, pero ya hemos comprado un terreno en São Carlos [en el estado de São Paulo] y diseñado la planta productiva. Vamos a iniciar nuestra producción en el Complejo Industrial de Eurofarma en Itapevi [en el Área Metropolitana de São Paulo], en un bloque dedicado a la biotecnología. Cuando crezca nuestra demanda, iniciaremos las obras en São Carlos. Actuaremos con cautela porque las inversiones son altas.

¿Cuáles son los principales retos que la empresa tiene por delante?
El más grande reside en identificar y desarrollar productos diferenciados con suficiente robustez comercial como para justificar la inversión del orden de cientos de millones de reales en la construcción de una fábrica y en la contratación de personal. La base de todo eso debe ser la elección de productos con gran potencial de éxito. No es una elección trivial. En el área de anticuerpos biosimilares, la idea es desarrollar todo internamente. Hemos llegado a evaluar colaboraciones con empresas pequeñas, pero pronto nos dimos cuenta de que, dada la complejidad implicada en el desarrollo y fabricación de esos medicamentos, sumada a la fuerte competencia, sería mejor tener un aliado experimentado. Por eso optamos por Pfizer. Nuestros competidores brasileños en esta área, como Bionovis y Libbs, han hecho lo mismo: buscaron el apoyo de grandes multinacionales.

¿Cuál es la importancia de su participación en los proyectos de secuenciación de genomas que coordinó hace 20 años en São Paulo?
Fue un momento esencial en mi carrera. Coordinar la secuenciación de la Xylella fastidiosa y el brazo nacional de investigación responsable de la secuenciación del genoma humano del cáncer –un programa internacional financiado por el Instituto Ludwig de Nueva York– fue un proyecto audaz en el que tuve la oportunidad de tener un rol central. Eso me dio visibilidad. Conduje mi función con éxito, lo cual me permitió, en aquel momento, progresar dentro del Instituto Ludwig.

En aquel período, parecía que gracias a la genómica todo cambiaría rápidamente para mejor en la salud humana y en la agricultura en poco tiempo. ¿Cómo ve aquellas promesas comparadas con el hoy?
Todo lo prometido por el proyecto genoma se está cumpliendo poco a poco. Adquirir conocimiento puede ser relativamente rápido, a veces, pero traducir ese conocimiento a herramientas útiles lleva, ciertamente, más tiempo. Esto ocurre, en parte, a causa de la estructura reguladora, sobre todo en el sector de fármacos. Muchos medicamentos que están actualmente en el mercado no habrían sido desarrollados sin el conocimiento del genoma humano.

¿Cómo fue abandonar el robusto ambiente de investigación del Instituto Ludwig y asumir la dirección de una startup brasileña?
Fue una oportunidad fantástica. Las empresas fundadoras de Orygen necesitaban a alguien para dirigirla. Un headhunter me entrevistó y me eligió como la persona apropiada. Vine con mucha satisfacción. Para mí, es un placer vivir en Brasil. Mi vida aquí es mucho más agradable que como era en Nueva York, cuando trabajaba en el Instituto Ludwig, o en Londres, cuando inicié mi carrera. Brasil es un país de grandes oportunidades y desafíos. Tengo el privilegio de dirigir una startup brasileña de biotecnología. Me enorgullece mucho haber llegado a ese punto.

Usted fue contratado como presidente de Orygen y actualmente es su director científico. ¿Hubo un downgrade?
No. A decir verdad, lo considero casi un ascenso, porque me han liberado de algunas funciones. En el momento de su creación, Orygen solo necesitaba una persona; entonces se contrató el presidente. Pero mi expertise es en el área científica. Después de un tiempo, transferimos la presidencia a uno de los socios y hace poco hemos contratado a un ejecutivo para que sea el nuevo CEO de la empresa.

¿Por qué se mudó de Inglaterra a Brasil en la década de 1990?
Al inicio de mi carrera, trabajé en el National Institute of Medical Research, en Londres. Ya actuaba en el área de parasitología y siempre he tenido un interés más amplio en la medicina, que no se ciñe a las enfermedades regionales inglesas. Durante años, desarrollé proyectos en África. Fue un período interesante, pero frustrante. Allí no hay buenas condiciones para trabajar ni una comunidad científica estructurada. Un día, a los 30 años, llegaba al trabajo y pensé: “¿Voy a pasarme los próximos 30 años de mi vida enfrentando la lluvia, la oscuridad y el cielo gris de Londres?”. Decidí intentar otra cosa. Fue cuando tuve la oportunidad de trabajar en Brasil. El país tenía no solo las enfermedades que me interesaban, sino también científicos de calidad. Entonces renuncié a mi trabajo y me radiqué en Brasil.

¿Dónde se concretó su entrada profesional en el país?
Empecé en el Centro de Investigaciones René Rachou, de la Fiocruz, en Belo Horizonte. También trabajé en la UFMG [la Universidad Federal de Minas Gerais]. En esa época, yo ya era biólogo molecular y trabajaba con ADN, ARN, genes, clonación y PCR [reacción en cadena de la polimerasa, una técnica usada para hacer copias de una región específica del ADN], lo cual era relativamente nuevo en el país. Venir a Brasil me permitió expandir mi área de interés, enfocada en la esquistosomiasis, hacia otros tipos de organismos, incluso el hombre. Fue eso lo que atrajo la atención del Instituto Ludwig, que tenía una filial en São Paulo, y me terminó contratando en 1995. En Belo Horizonte, me casé con Catarina, que es de Minas Gerais, y tuvimos hijos. Yo me integré a la sociedad brasileña y al final me naturalicé. Soy muy feliz acá.

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