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Carta de la editora | 280

Los horizontes de la ciencia

La llegada del hombre a la Luna es posiblemente la hazaña científica y tecnológica que más ha impactado en el imaginario popular en la era moderna. Parecía ser una hazaña tan inalcanzable que hasta el día de hoy circulan teorías conspirativas de que todo eso no pasó de un montaje estadounidense para capturar las mentes y los corazones amenazados por el régimen socialista.

Créase o no, hace casi 50 años la cápsula de aterrizaje Águila descendía en el mar de la Tranquilidad, en la cara visible de la Luna, y dos astronautas daban sus primeros pasos, o saltos, en el único satélite natural de la Tierra. Un conjunto de factores condujo a la humanidad a esa hazaña: disputas políticas, militares y tecnológicas entre naciones, que son objeto de uno de los tres reportajes sobre la efeméride que ilustra la portada de la presente edición. Inspiradora de la curiosidad humana, la exploración espacial fascina a la gente en todo el mundo y permite aunar tres actividades esencialmente científicas: el descubrimiento, la comprensión y la aplicación de ese conocimiento para alcanzar un determinado fin.

Sin pisar por allí desde 1972, Estados Unidos pretende volver, ahora con la colaboración de otros países. Con un presupuesto menor que en la época de la Guerra Fría, la Nasa cuenta actualmente con el apoyo de la Agencia Espacial Europea y de Canadá. Y otros actores tienen la misma ambición. China, con un programa espacial en ascenso, planifica en solidad poner a un taikonauta en la Luna.

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La relación –no siempre fácil– de la actividad de investigación científica con la sociedad permea varios de los reportajes de esta edición. La ciudad de São Paulo fue sede a principios del mes de mayo de la reunión anual del Global Research Council, un consejo formado por agencias científicas de fomento de 45 países. En la agenda, el desafío de responder a la creciente expectativa de la sociedad y de los gobiernos con relación a los beneficios económicos y sociales de la investigación científica. Las demandas son legítimas y la comunidad científica tiene como misión atenderlas, pero con el cuidado de no empobrecer el proceso de producción de conocimiento, cuyos resultados muchas veces son imprevisibles y pueden llegar en plazos dilatados.

La astrofísica France Córdova (quien eligió su profesión inspirada en el astronauta Neil Armstrong), presidenta de la National Science Foundation, la principal agencia de financiación de la investigación básica de Estados Unidos, destacó en el encuentro que el progreso de la ciencia depende de la financiación pública y que las agencias necesitan ser capaces de demostrarles a las personas por qué determinado proyecto de investigación es importante. El filólogo Peter Strohschneider, quien dirige la DFG, sociedad alemana de apoyo a la investigación científica, puso de relieve la diversidad de los impactos, tales como la ampliación de las fronteras del conocimiento, el estímulo a las innovaciones tecnológicas o a la formación de profesionales altamente cualificados. Según advierte, la evaluación de los proyectos con base en los impactos prometidos tiende a restringir el espectro de la investigación, con la posibilidad de que los proponentes se vean inducidos a alinear sus propuestas a las expectativas de las agencias o a formular proyectos para solucionar problemas ya conocidos.

El primer reportaje sobre los 30 años del decreto que asegura la estabilidad y la autonomía de las universidades brasileñas revela la génesis de ese ordenamiento. El marco histórico posterior a la redemocratización, políticamente muy favorable a cuestiones vinculadas a la educación, y la coyuntura económica de inflación alta, que hacía de la gestión de las instituciones de educación superior un malabarismo constante, condujeron al ordenamiento jurídico y presupuestario vigente.

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