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Entrevista

Eunézio Antonio Thoroh de Souza: El vozarrón del grafeno

El físico y cantante lírico de Minas Gerais ideó el centro de investigaciones creado para transformar la ciencia básica en productos de alta tecnología

Léo Ramos Chaves

Más conocido como Thoroh, el apodo de su infancia que adoptó como nombre artístico y profesional, el físico Eunézio de Souza exhibe con el mismo entusiasmo un trozo de espuma de grafeno, tan liviano que puede sostenerlo sin esfuerzo sobre la palma de la mano, y los carteles de recitales y óperas que interpretó como cantante lírico.

En la tarde del 13 de septiembre, De Souza le mostró al equipo de Pesquisa FAPESP los laboratorios del Centro de Investigaciones Avanzadas en Grafeno, Nanomateriales y Nanotecnologías (MackGraphe) de la Universidad Presbiteriana Mackenzie, que él mismo había creado y que fue inaugurado en 2013 para desarrollar investigaciones y productos con ese material formado por una capa única de carbono y más resistente que el acero. Acto seguido, invitó a los periodistas a bajar por la escalera del edificio y, para demostrar la acústica del lugar, inspiró hondo y cantó un tramo del terceto “Soave sia il vento” de la ópera Cosi fan tutte, del compositor austríaco Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). “No puedo elegir entre la física y la música”, dice. “Las necesito a ambas para poder vivir”.

De Souza está casado con Elisabeth Ratzersdorf, cantante de ópera del Teatro Municipal de São Paulo, con quien tiene tres hijos adolescentes, y su voz cobró aún más importancia en junio de este año, al asumir como coordinador del sector de nanotecnología de la Federación de Industrias del Estado de São Paulo (Fiesp). Uno de sus propósitos es advertirles a los empresarios: “Debemos actuar mientras estemos a tiempo. Hay un tsunami en ciernes. China cuenta al menos con 500 empresas de grafeno”.

Edad 56 años
Especialidades
Física de materiales y fotónica
Institución
Universidad Presbiteriana Mackenzie
Estudios
Instituto de Física y Química de São Carlos de la USP (1996), doctorado en el Instituto de Física Gleb Wataghin de la Unicamp (1991)
Producción académica
50 artículos científicos

¿Por qué el grafeno tiene tanto éxito?
Eso es a causa de sus propiedades excepcionales. Una caja de 1 metro cúbico [m3] llena de agua pesa 1 tonelada; 1 m3 de aire pesa 1,3 kilogramos. El mismo volumen de aerogel de grafeno pesa 160 gramos. El grafeno es siete veces más liviano que el aire y 200 veces más fuerte que el acero. Una lámina de grafeno es casi transparente. El vidrio de esta ventana permite el paso de un 92% de la luz, mientras que el grafeno permite un 98%. Como es prácticamente impermeable, puede funcionar como barrera contra la corrosión. También pueden realizarse agujeros en su estructura para producir membranas que funcionan como filtros y dejan pasar solo aquello que se desea.

El físico ruso Konstantin Novoselov, uno de los ganadores del Premio Nobel por el descubrimiento del grafeno, dijo en una entrevista que le concedió al periódico Folha de S.Paulo que no imaginaba que el material tuviera alguna aplicación.
Así es. En la época en que se lo descubrió, en 2004, no se tenía idea de qué hacer con el grafeno. Kostya [Novoselov] y [Andre] Geim, en la Universidad de Manchester, en Inglaterra, utilizaron una cinta adhesiva para obtener el grafeno, pegando y tirando sucesivamente hasta conseguir una única capa de átomos a partir de una muestra de grafito. Nadie lo creía. El artículo de ellos en la revista Science caracterizaba al cristal, pero nadie había medido los parámetros de ese tipo de material. Su conductividad era muy superior a la del cobre. Sus utilidades fueron apareciendo poco a poco. El grafeno puede adicionarse a otros materiales, logrando que el plástico y los neumáticos adquieran mucha mayor resistencia. Como es conductor, puede hacer que un plástico conduzca la electricidad.

¿Cómo fue que el grafeno inspiró la construcción del MackGraphe?
Este centro es el resultado de una colaboración con Antônio Hélio de Castro Neto, director del Centro de Grafeno de la Universidad Nacional de Singapur. Estudiamos juntos en el posgrado en la Unicamp [Universidad de Campinas]. Él entró al mundo del grafeno en 2005, cuando yo trabajaba con fotónica [el estudio de la generación, la emisión y la transmisión de la luz]. En julio de 2010 anticipó que Geim y Kostya Novoselov ganarían el Premio Nobel. Ya éramos muchos trabajando con ese material, pero pocos en fotónica. En el mes de octubre de aquel año efectivamente obtuvieron el Nobel y nosotros comenzamos a redactar un proyecto de investigación. Estoy aquí desde 2003, luego de pasar siete años en la Universidad de Brasilia, había creado un grupo de fotónica con proyección internacional y coordinábamos la parte física del proyecto Kyatera de la FAPESP en el estado de São Paulo (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 92). Éramos dos profesores de fotónica, Christiano de Matos y yo, y el grafeno era una oportunidad que se nos presentaba para hacer algo distinto. La primera solicitud de financiación que le enviamos a la FAPESP, como proyecto regular, fue rechazada, pero uno de los revisores nos sugirió que solicitáramos un Proyecto Temático, una modalidad de investigación más amplia, que permitiría una inversión mayor por parte de la Fundación.

¿Cómo le presentó la idea a la rectoría del Mackenzie?
Para el Temático, tendríamos que hacer un convenio entre el Centro del Grafeno de Singapur y el Mackenzie. En agosto de 2011 le presenté a la rectoría el proyecto de creación de un centro de investigación en grafeno, que enlazaría las áreas de fotónica, ingeniería eléctrica y de materiales, y química. Yo tenía como referencia conversaciones con mis colegas Pierre Kaufmann [1938-2017] y Adriana Valio, del Centro de Radioastronomía y Astrofísica Mackenzie. El rector dio el visto bueno, pero no tenía ni idea de la dimensión que alcanzaría. Todavía no estaba contemplada la construcción de este edificio. Yo había solicitado 60 metros cuadrados [m2] para un laboratorio, que después fueron 100 m2, pero ya sabía que no se limitaría a eso. Ahora tenemos nueve pisos, con 5.400 m2, y un equipo integrado por 100 personas.

Léo Ramos Chaves Aerogel (espuma) de grafeno, más liviano que el aireLéo Ramos Chaves

¿De dónde salió el dinero para todo eso?
En diciembre de 2011, me di cuenta de que estaba cumpliendo 20 años de mi doctorado. Le envié un mensaje a Carlos Henrique de Brito Cruz [el director científico de la FAPESP], quien había sido mi director de tesis, y le pregunté si quería festejarlo. Él aceptó e invité también a todo mi tribunal examinador: Nilson Dias, que era el superintendente del Ipen [Instituto de Investigaciones Energéticas y Nucleares], Sérgio Celaschi [del Centro de Pesquisa e Desenvolvimento em Telecomunicações, CPqD] y Hugo Fragnito [por entonces en la Unicamp y actualmente investigador colaborador del MackGraphe]. Hice una reserva en un bar acá cerca. También invité al rector del Mackenzie, Benedito Aguiar. Durante la cena, comenté del trabajo con grafeno que estaba llevando a cabo junto a Castro Neto, y De Brito Cruz se mostró interesado. No sabía que la FAPESP había rechazado el primer proyecto. Él nos propuso que entráramos en un programa piloto denominado Spec [São Paulo Excellence Chair]. En el mes de enero el rector y yo viajamos a Singapur, firmamos el acuerdo y él empezó a notar que el proyecto estaba tomando una dimensión mucho mayor de lo que se había previsto. El Spec permitía una participación mucho mayor de Castro Neto, porque la universidad le pagaría un sueldo para que él viniera aquí por períodos de tres meses al año. El proyecto fue sometido a cuatro revisores internacionales: todos lo calificaron como excelente. Dos de ellos incluso dijeron que estábamos prometiendo demasiado.

¿Qué fue lo que prometieron?
Determinamos cuántos artículos queríamos publicar en revistas de alto impacto científico, cuántos posdoctores, doctores, magísteres y estudiantes de iniciación a la investigación científica nos proponíamos formar y cuántas startup y spin-off pretendíamos crear. Cuando salió el resultado en la FAPESP, De Brito Cruz me envió una carta diciendo que era un volumen de recursos muy grande, un monto que actualizado sería hoy de unos 15 millones de reales. El proyecto estaba aprobado en cuanto al mérito, pero necesitaría una contrapartida de la institución para seguir adelante. En el marco de una reunión en la FAPESP, se acordó que se presentaría un acta del concejo de deliberación del Mackenzie estableciendo la contrapartida. El comité económico me preguntó qué era lo que había que hacer: “Un centro”, les respondí. No podríamos invertir ni un solo real menos que la FAPESP, para que fuera una contrapartida real. Ellos se manifestaron de acuerdo y, dos meses después, en diciembre de 2012, comenzaron a demoler el edificio que estaba aquí. El centro se inauguró en marzo de 2016. Estoy muy agradecido con el instituto por el apoyo constante que brindaron desde entonces.

¿Cómo podría explicar ese interés de la universidad?
El centro era una oportunidad para reavivar el prestigio de la institución, que había sido alto. Por ejemplo, hasta la década de 1960, el diploma de los ingenieros que se graduaban acá tenía validez en Estados Unidos. El mayor reto consistía en hacer una apuesta a futuro y preparar el equipo. Antes de que el proyecto fuera aprobado, envié técnicos, estudiantes y docentes para capacitarse en Singapur. Contamos con la ayuda de muchos colegas, Sergio Rezende y Anderson Gomes [de la Universidad Federal de Pernambuco, UFPE], Marcos Pimenta [de la Universidad Federal de Minas Gerais, UFMG], Fragnito, De Brito Cruz y Amir Caldeira [de la Universidad de Campinas, Unicamp], Henrique Toma y Lucio Angnes [de la Universidad de São Paulo, USP], José Roque da Silva y Harry Westfalt [del Laboratorio Nacional de Luz Sincrotrón], José Bressian [del Ipen] y Antônio Hélio de Castro Neto, por supuesto. Viajé a Manchester, conocí a Novoselov y me reencontré con Andre Geim. Casi todos vinieron a dictar seminarios acá y colaboraron en la planificación del centro, inspirado totalmente en los Bell Labs, donde había realizado una pasantía posdoctoral.

¿Por qué adoptó los Bell Labs como modelo para el MackGraphe?
Mi anhelo era hacer un centro en el que en la formación de los profesionales –principalmente en un área multidisciplinaria como la del grafeno–  intervinieran todas las áreas. El proyecto que aprobamos fue en el área de la fotónica, pero para que las investigaciones tuvieran el nivel que prometimos sería necesario dominar el proceso de producción y caracterización del grafeno. Aldo Zarbin, de la Universidad Federal de Paraná, fue quien nos recomendó a uno de los primeros docentes que contratamos aquí, que fue Sergio Domingues. También pudimos contratar a otra gente joven, como por ejemplo a Lúcia Saito y Cecília Silva, que aún necesitaban salir a hacer un posdoctorado y adquirir experiencia. En el marco de una conferencia en Bilbao, España, en 2013, hubo una sección dedicada a los centros de  investigación en grafeno. La delegación de Japón exhibió centros monumentales. Lo de China fue arrasador, tal como el volumen de recursos destinados al área. Andrea Ferrari, de Cambridge, habló del primer artículo sobre el carbono publicado en el mundo, en el siglo XIX, y concluyó su alocución manifestando que, para ellos, el grafeno era solo un material más. No disponíamos del volumen de dinero que tenían ellos, ni mucho menos del historial. Me fui al fondo de la sala y rehíce todo mi seminario.

Archivo personal En una visita a los Bell Labs, donde hizo su investigación de posdoctorado, al comienzo de este añoArchivo personal

¿Y qué dijo?
Lo que nos diferencia es el modelo. Nuestro centro se refleja en el modelo de los Bell Labs, y mostré la curva de TRL, Technology Readiness Level [Nivel de Madurez Tecnológica]. Los TRL van de 1 a 9. De 1 a 3 es investigación básica, de 3 a 5 corresponden a investigación aplicada, luego viene el desarrollo, en 5 y 6, y el mercado, de 7 a 9. Normalmente la universidad llega hasta 3. La misión del MackGraphe consiste en transformar el conocimiento científico en riqueza para la sociedad abarcando de 1 a 5. La esencia del TRL se centra en el desarrollo, es lo que denominamos como el valle de la muerte, donde los recursos se agotan y las ideas fenecen. Nuestro centro tiene como misión mitigar el valle de la muerte. Pretendemos llegar lo más cerca posible del desarrollo, y eso nos diferencia de otros centros. Ese abordaje está relacionado con mi experiencia en Estados Unidos.

¿Qué fue lo que aprendió en los Bell Labs?
Todo lo que sé. Era la meca de la ciencia de la física del estado sólido a nivel mundial. Allí se inventó el transistor, el teléfono celular, la comunicación vía satélite, el láser y la célula solar. En un lapso de tres años trabajé con láseres de fibra óptica, láseres de estado sólido y con algo denominado Seed, self electro-optic effect device; yo elaboraba retinas artificiales. En los Bell Labs hay un lema: keep it simple, que quiere decir, conserve la simplicidad. Curiosamente, los principios educativos que me legó mi madre eran muy similares: estudiar, trabajar con ahínco, creer en uno mismo. En Estados Unidos nunca me desmoralicé. Lo único que no sabía era quién era yo cabalmente.

¿Qué quiere decir?
Que no tenía noción de cuán bueno había sido mi trabajo y mi capacitación. Arribé allá un sábado. El domingo, Mohammed Islam, quien sería mi jefe y actualmente está en la Universidad de Michigan, me preguntó: “¿Quieres visitar hoy los Bell Labs?”. Quedé pasmado con semejante estructura. Él encendió un láser para que pudiera verlo. Era un láser de fibra óptica, yo ya había montado varios. Observó el pulso de la luz del dispositivo y no parecía satisfecho. Le pregunté: “¿Puedo manipularlo?”. Fui ajustando y reduje el pulso de 1.600 femtosegundos a 250 femtosegundos [cada femtosegundo equivale a 10-15 segundos]. Al cabo de 20 minutos dijo: “Hace tres meses que estaba intentando hacer eso”. Al día siguiente reunió a Roger Stolen, Linn Mollenauer, David Miller y al legendario James Gordon [1928-2013], autores de los artículos donde yo había aprendido todo lo que sabía, para almorzar conmigo; no pude ni abrir la boca. Regresé allá en enero de este año con mis tres hijos y les mostré a ellos las instalaciones de Holmdel y el restaurante al que solía ir, el Jerusalem Pizza. El dueño todavía se acordaba de mí; yo era el único negro que lo frecuentaba.

¿Cuáles son los grandes emprendimientos del MackGraphe?
Está el trabajo más mencionado y el más importante. El grafeno es el material bidimensional más famoso, pero existen más de mil. Aquí trabajamos con unos 10 ó 12. Uno de ellos es el fósforo negro. En 2016, revelamos que las propiedades del fósforo negro podían variar según los movimientos de la estructura atómica. Ese fue nuestro trabajo más citado hasta ahora (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 249). Como soy un científico que valora las aplicaciones, las más importantes son las del grafeno en la producción de láseres de pulsos cortos, que condujo a un liderazgo mundial de nuestro grupo en ese tema. Los láseres están listos para entrar en la fase de desarrollo; ahora tenemos que armar un prototipo, un plan de negocio y darlo a conocer al mundo. El éxito de este centro será evaluado por la emisión de una factura por la venta de productos que de algún modo sean el resultado de las investigaciones realizadas aquí.

Léo Ramos Chaves En un horno a 1.000 ºC, los átomos de carbono forman cristales de grafeno sobre una lámina de cobreLéo Ramos Chaves

¿En qué estado se encuentra la interacción con las empresas?
Están difíciles, pero van a mejorar. En el mes de junio, la cúpula de la Fiesp asistió a la fiesta del cumpleaños de la reina Isabel en el Consulado británico, yo también estaba ahí, y uno de los directores, Eduardo Giacomazzi, me invitó a hacerme cargo de la coordinación del sector de nanotecnología. El primer evento que organizamos fue un foro de nanotecnología, con Novoselov, ahora en el mes de septiembre. Mi próxima misión consiste en elaborar un mapeo de las empresas de nanotecnología, que se encuentran diseminadas en diversos sectores, y conectarlas con las instituciones universitarias para mejorar la transformación de la investigación en productos con tecnologías emergentes.

¿Cómo fue que lo aceptaron en la Fiesp?
Solo estoy en la Fiesp porque desde hace un año tengo una empresa en el área de la nanotecnología. La fundé luego de coordinar un debate en un foro en China junto a otros extranjeros, en septiembre de 2018. El objetivo era analizar la situación de las empresas del grafeno en China. En la lista figuraban 5 mil, distribuidas en tres áreas: las que producen grafeno, las que producen equipos para el área y las que desarrollan aplicaciones para el grafeno. La mayoría de ellas no estaban haciendo nada, no tenían ningún empleado, ni domicilio, ni producto. De las 5 mil, solo el 20% eran realmente consistentes. Imaginemos que solamente el 10% de las empresas valen la pena. Estamos hablando de 500 empresas. ¿Usted sabe cuántos investigadores trabajan con grafeno en todo Brasil, incluyendo a los alumnos de iniciación a la investigación científica? No llegan a 500. Cuando advertí eso me comuniqué con uno de los vicepresidentes de la Fiesp que es amigo mío, Rafael Cervone Netto, y le dije que era inminente la llegada de un tsunami proveniente de China y que la Fiesp tenía que hacer algo. Él conversó con otro vicepresidente, José Ricardo Roriz, y organizamos un seminario cerrado junto a Geim para unos 10 empresarios invitados por la Fiesp. Debemos reaccionar mientras estamos a tiempo. El problema es que Brasil está acostumbrado a correr detrás de las revoluciones tecnológicas, no a estar en el centro o cerca del centro. Se corren menos riesgos si uno compra algo que ya está probado, pero se paga más y nunca serás líder. China invirtió ríos de dinero en el desarrollo de la industria del grafeno y ahora la lidera.

¿No hay empresas que produzcan grafeno en Brasil?
Poquísimas. Hace unos días, en un congreso en Río de Janeiro, aparecieron algunas empresas de Minas Gerais. Hay dos proyectos allá: MG Grafeno, de la estatal Codemig [Compañía de Desarrollo Económico de Minas Gerais], con una capacidad de producción de 100 kg de grafeno por año, y CT Nano [Centro de Tecnología de Nanomateriales y Grafeno], de la UFMG, que comenzó antes que nosotros e inauguró el edificio ahora, con aportes financieros de Petrobras y del BNDES [el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social]. No hay dudas de que la mejor ciencia en grafeno y nanomateriales de carbono en Brasil la realiza ese grupo de la UFMG liderado por Marcos Pimenta. Aquí nosotros descubrimos una veta y la hemos explotado. Sin investigación básica no podremos formar gente para transformar las ideas en productos. Puede que incluso existan sectores que no necesiten investigación básica porque alguno ya la hizo y pueden comprarla, pero ese modelo no se replica.

Después de seis años de la creación del centro, ¿lograron realizar lo que prometieron?
Publicamos casi el triple de la cantidad de artículos que habíamos prometido en revistas con un impacto medio en torno a 6. Formamos a 112 personas en lugar de 90. Lo único que no pudimos cumplir fue con la cantidad de doctores: prometimos 10 y formamos a 8. Generamos dos startups, Autoscience Technologies y Nano Up, que funcionan en el sexto piso, reservado para las empresas de arranque. La mayoría de las salas aún están vacías.

Léo Ramos Chaves En una carrera paralela a la de físico, Thoroh se presenta en recitales y óperas como cantante líricoLéo Ramos Chaves

¿Ustedes producen grafeno?
¡Por supuesto! Logramos la autosuficiencia luego de una primera etapa del proyecto, en la cual traíamos las muestras desde Singapur mientras aprendíamos a elaborarlo, y en una segunda fase, cuando ya sabíamos producirlo, intercambiamos muestras con ellos. Podemos producir grafeno con una cinta adhesiva, tal como lo hicieron Geim y Novoselov, por exfoliación líquida y química del grafito, o bien artificialmente, haciendo crecer a los cristales sobre una superficie de cobre.

¿Cuál es su opinión sobre la política de minorías y los cupos en la universidad?
No puedo ser tomado como referencia porque si bien provengo de una familia negra, siempre estuvimos a la delantera. Mi padre era un ferroviario muy influyente en mi ciudad, Bom Jesus do Galho, en Minas Gerais, que debe andar por los 6 mil habitantes. Tuve una educación excelente. Ni yo ni nadie de mi familia tiene ningún vestigio de esclavitud o complejo de inferioridad. Sin embargo, cuando contemplo a Brasil y al mundo en general, noto que las políticas de minorías aún son necesarias, y no son para siempre: el hijo de quien obtuvo un beneficio ya recibe otra educación y no las necesitará. Si uno anda por la calle de noche y se topa con dos tipos blancos y otros dos negros, siente temor ante los dos negros, a mí también me atemorizan los dos tipos negros, incluso siendo negro, porque las estadísticas cristalizan las imágenes negativas asociadas a uno u otro grupo. Estamos estigmatizados. Y solo hay un camino para modificarlo: estudiar más y trabajar mejor para elevar el poder económico de los negros. En una o dos generaciones tendremos una distribución de ingresos más justa.

¿Usted ha sido discriminado?
En el exterior nunca, pero acá sí. En 2002, cuando regresaba de un viaje a Estados Unidos como profesor visitante en Rochester, mi esposa fue a buscarme al aeropuerto y fuimos a almorzar. Al ingresar al restaurante noté que un sujeto en una mesa me observaba de manera extraña, como si yo no pudiera estar ahí. Me volví dos pasos y le pregunté: “¿Cómo le va? ¿Usted me conoce?”. Se llevó un susto, no se lo esperaba, porque la mayoría es cobarde y yo, con este tamaño y con la voz que tengo… El tipo se encogió. Las universidades brasileñas no son racistas, pero a veces hay algunos que no logran aceptar que alguien como yo haya llegado a este nivel.

¿Cómo hace para conciliar la física con su carrera musical?
Reparto mi tiempo de la mejor manera posible. La actividad como músico forma parte de mi vida desde los tiempos en que asistía a la Escuela Técnica Federal de Ouro Preto. Yo era un adolescente con problemas. Mi voz era muy grave y todos cantaban música popular, pero yo no podía. Solo podía cantar temas de Nelson Gonçalves [1919-1998], quien también tenía una voz grave. En esa época había una novela llamada Cabocla, cuya cortina musical era de él. Entonces estaba yo cantando Cabocla, seu olhar está me dizendo… en la fraternidad estudiantil, justo cuando el cantante lírico Amin Feres [1934-2006], el mayor bajo de Brasil, pasaba por la calle, me escuchó, entró y me invitó a cantar en su coro, que funcionaba en mi escuela y yo no lo sabía. Cuando llegué allí conocí composiciones específicas para mi voz. Fue algo maravilloso. Entré en el coro y me convertí en solista. Dos años después obtuve una beca para estudiar canto en Karlsruhe, en Alemania, pero no fui, porque creía que vivir de la música era algo que estaba fuera de mi realidad. Muchos años después, en los Bell Labs, tuve la posibilidad de hacer una audición en el Metropolitan que me consiguió mi profesor de canto, Jerome Hines [1921-2003]. Tampoco asistí. Era muy complicado tener dos profesiones en Estados Unidos. No logro elegir entre la física y la música. Las necesito a las dos para vivir. Cuando mi padre se separó de mi madre y la situación económica de mi familia se vino abajo, ganaba dinero como músico para poder estudiar física. Dirigía el coro de la USP de São Carlos y el de la compañía Lápis John Faber, y era profesor de técnica vocal en el coro de la UFSCar [Universidad Federal de São Carlos]. Una vez por semana asistía a la Unicamp para estudiar canto con Niza de Castro Tank, la mayor cantante de ópera de Brasil. Cuando fui a hacer el posgrado en la Unicamp, obtuve una beca para dirigir el coro de la PUC [Pontificia Universidad Católica] de Campinas. Tengo una carrera como cantante. Interpreté algunas óperas con la Osesp [Orquesta Sinfónica del Estado de São Paulo], tales como O guarani, de Carlos Gomes [1836-1896], en la apertura del Festival de Invierno de Campos do Jordão de 1996. El último ensayo que el gran maestro Eleazar de Carvalho [1912-1996] realizó fue en esa ópera conmigo. Yo estaba  cantando O Dio degli Aimorè, él comenzó a sentirse mal, detuvo el ensayo, se retiró y no volvió nunca más. Quien dirigió la ópera en Campos do Jordão fue el maestro Diogo Pacheco. Paré un poco a causa del centro y mi último concierto fue en Barcelona, en 2017. Pero tengo otro programado para el mes de noviembre en la presentación del pianista José Mauro Peixoto, en el Club de Campo São Paulo, que está siendo organizada por la violinista rusa Svetlana Tereshkova, oportunidad en la que cantaré junto a mi esposa, la soprano Elisabeth Ratzersdorf.

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