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Educación

Conocimiento expandido

La presencia de las primeras generaciones de indígenas en el posgrado amplía el espectro de las investigaciones científicas en Brasil

Tema de estudios académicos, la degradación del medio ambiente se aborda en la obra del artista Denilson Baniwa

Natureza Morta/Denilson Baniwa/Infograbado/2016-2017-2019

Más de 170 años después de la creación de la primera institución de educación superior en Brasil, al final de la década de 1980, los primeros indígenas empezaron a acceder a las carreras de grado en las universidades brasileñas. Esa presencia se intensificó a partir de este siglo, cuando defendieron sus primeras tesis doctorales. Hoy en día este es un fenómeno en ascenso, que se caracteriza por el desarrollo de investigaciones que permiten plantear nuevos interrogantes en diversos campos del saber, que van desde los estudios etnográficos hasta la educación, pasando por los análisis sobre agroecología y sostenibilidad.

Según informa el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), en el país hay alrededor de 900 mil indígenas pertenecientes a 300 etnias, que hablan 170 lenguas distintas. El profesor Carlos José Ferreira dos Santos, cuyo nombre indígena es Casé Angatu, docente de las instituciones bahianas Universidad Estadual de Santa Cruz (Uesc) y Universidad Federal Sul Bahía (UFSB), explica que el ingreso a la educación superior fue posible a partir de la reorganización del movimiento indígena en la década de 1970, que pasó a articularse políticamente. En 1988, a partir de la promulgación de la Constitución Federal, fueron reconocidos los derechos de los pueblos originarios en relación a los lugares que tradicionalmente habitan y al mantenimiento de sus modos de vida, sus tradiciones y sus lenguas. También se delegó a la Unión la responsabilidad de la demarcación de sus tierras.

Gersem dos Santos Luciano, del Departamento de Educación Escolar Indígena de la Universidad Federal de Amazonas (Ufam), forma parte de la generación de pioneros que ingresaron a la educación superior. Oriundo del pueblo Baniwa, de São Gabriel da Cachoeira, en el estado de Amazonas, Luciano se graduó en filosofía en la Ufam, en 1995. En 2006 defendió una maestría en antropología social, con una tesina sobre desarrollo sostenible en la Universidad de Brasilia (UnB), institución donde cinco años después obtuvo un doctorado en educación escolar. “La primera generación de investigadores indígenas que ingresó a las universidades creció escuchando que sus pueblos dejarían de existir. Y eso nos impulsó a elaborar estudios sobre culturas, tradiciones y conocimientos propios, como una forma de reafirmar nuestra identidad”, explica.

Edgar Corrêa Kanaykõ Etnografía Una vez listos, los objetos producidos en la materia sobre saberes tradicionales, en la Universidad Federal de Minas Gerais, se queman siguiendo la tradición xakriabáEdgar Corrêa Kanaykõ Etnografía

Dos Santos Luciano comenta que la llegada de los primeros indígenas al posgrado condujo a una situación inusitada, desde su perspectiva. “Los antropólogos blancos pasaron siglos elaborando afirmaciones acerca de nuestros modos de vida y, de repente, se toparon con nosotros en las universidades. Para nosotros eso fue una oportunidad de refutar ciertos puntos de vista sobre nuestras tradiciones, en una coyuntura que se caracterizó por una postura de recelo de ambos lados”, recuerda. Una vez superada esa primera etapa, él pondera que hoy en día, la relación se caracteriza por el aspecto colaborativo y los equipos de investigación buscan contar con estudiosos indígenas y no indígenas. “En el pasado, todos los doctores eran blancos. Actualmente hay varios doctores indígenas, lo que posibilita modificar la calidad del diálogo”. Para él, este cambio ya genera impactos en la producción científica de diferentes áreas, tales como la antropología y la historia. “Nosotros también empezamos a definir qué es lo prioritario como tema de investigación”.

El ingreso de indígenas en el sistema universitario también se vio beneficiado por la difusión de estudios poscoloniales, que permitieron romper con la idea de la existencia de un relato histórico único y pasaron a valorar los saberes de los habitantes nativos. Carlos José Ferreira dos Santos, de la Uesc, explica que antropólogos tales como Darcy Ribeiro (1922-1997), Manoela Carneiro da Cunha, de la Universidad de São Paulo (USP), João Pacheco de Oliveira, de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), y Eduardo Viveiros de Castro (del Museo Nacional-UFRJ) colaboraron para introducir en Brasil el pensamiento de teóricos poscoloniales tales como el sociólogo jamaiquino Stuart Hall (1932-2014) y el crítico indobritánico Homi K. Bhabha, abriendo espacio para que los indígenas se tornen sujetos –y no tan solo objetos– de estudios científicos.

Residente en el territorio tupinambá de Olivença, en la aldea Taba Gwarini Atã, en Ilhéus, estado de Bahía, Ferreira dos Santos se graduó en historia en la Universidade Estadual Paulista (Unesp), en 1989. Ese mismo año, inició una maestría en la Pontificia Universidad Católica de São Paulo (PUC-SP) que coronó con su tesina en 1995, que posteriormente fue publicada en el libro intitulado Nem tudo era italiano – São Paulo e pobreza (1890-1915) (editorial Annablume, 1998). “En ese trabajo, intento retratar a la ciudad desde la perspectiva de los indígenas, los cholos [caboclos] y los campesinos [caipiras]”, relata. En tanto, en el doctorado, cuya tesis defendió hace 15 años en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU) de la USP, Ferreira dos Santos mapeó a la población indígena de dos comunidades en Guarulhos, en el Gran São Paulo.

Ibã Huni Kuin/ Mahku/ UFAC Obra creada por el colectivo indígena de la Universidad Federal de Acre, que retrata rituales con ayahuascaIbã Huni Kuin/ Mahku/ UFAC

El artículo “Ethnologie brésilienne. Les voies d’une anthropologie indigène”, publicado en 2016 en la revista francesa Brésil(s) – Sciences humaines et sociales, y rubricado, entre otros investigadores, por Dominique Tilkin Gallois, del Departamento de Antropología de la USP, avanza en la reflexión al proponer conceptos tales como “ecumenismo antropológico”, “antropología transepistémica” o “autoetnografías” para explicar las características de los estudios elaborados por indígenas en la antropología, uno de los campos pioneros en registrar el ingreso de estos estudiosos. A partir de esos conceptos, en el texto se sostiene que tales autores consiguen establecer diálogos inusitados entre los saberes tradicionales y los conocimientos adquiridos en el ámbito de las universidades.

Un libro que se transformó en un modelo para ilustrar estas nuevas posibilidades de producción de conocimiento es A queda do céu [La caída del cielo] (Companha das Letras, 2015), escrito por el chamán y líder yanomani Davi Kopenawa y el antropólogo francés Bruce Albert, es considerado por Viveiros de Castro como “el primer intento sistémico de antropología simétrica o contraantropología”, que fue publicado originalmente en 2010, en la colección francesa Terre Humaine. La obra retrata la sociedad, la historia y la cultura yanomani a partir de relatos que Kopenawa le confió a Albert durante más de 30 años.

Los estudios sobre las propias tradiciones permiten reafirmar la identidad cultural de los pueblos originarios

La compilación de historias mítico-cosmológicas constituye una tendencia en alza en las investigaciones recientes realizadas por indígenas. Otro ejemplo de este movimiento es el trabajo del antropólogo Gabriel Sodré Maia, del pueblo Tukano, del Alto Río Negro, en una región de la Amazonia donde conviven alrededor de 20 grupos indígenas. Su tesina de maestría, que desarrolló en la Ufam, explica un conjunto de rituales y ceremonias que forman parte de la cultura de su pueblo, sistematizando el conocimiento hasta entonces transmitido solamente en forma oral. En su investigación doctoral, que actualmente lleva adelante en la misma institución, Sodré Maia estudia cómo recolectan, preparan, procesan, conservan y consumen las frutas los integrantes del pueblo Tukano.

De igual manera, la labor de evidenciar el conocimiento indígena en el universo académico atraviesa la trayectoria de la bióloga Raquel Sousa Chaves, del pueblo Tupinambá, en la zona de Baixo Tapajós, estado de Pará. Durante la maestría en ciencias biológicas que desarrolló en el Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonia (Inpa), ella recurrió a su experiencia en el manejo de la mandioca, el cultivo principal de los grupos que habitan en la región de Baixo Tapajós, para analizar la influencia de las características de los suelos sobre el cultivo de ese alimento. En su investigación, estudió las tierras de cultivo en comunidades ribereñas, diferentes tipos de suelos y cuánto de cada producción se destinaba al mercado o era consumida por la propia comunidad. “Los agricultores locales que cultivan la mandioca priorizando los requerimientos del mercado utilizan una cantidad reducido de variedades, lo que acaba conduciendo a la pérdida de la diversidad genética. En tanto, aquellos que trabajan con el alimento para el autoconsumo colaboran en el mantenimiento de la agrodiversidad, en tanto y en cuanto cultivan múltiples variedades”, constata Sousa Chaves, quien actualmente realiza un doctorado en antropología en la UnB.

Luego de la mestría, ella recurrió a una asociación local para organizar la producción agrícola de su comunidad, con la ayuda de su hermana, Mariane Sousa Chaves, quien es magíster en agroecología. Desde 2018, el grupo está produciendo y comercializando dos nuevos productos: una bebida fermentada, denominada mani-oara, y un condimento, cuyo nombre es manibé, ambos elaborados a partir de la mandioca. “Con el conocimiento sistematizado en el posgrado, pudimos sacar al mercado productos elaborados en forma tradicional”, relata.

Davi Kopenawa y Bruce Albert/ A queda do céu/ Companhia das Letras Dibujo realizado por Davi Kopenawa que figura en el libro publicado en coautoría con el antropólogo francésDavi Kopenawa y Bruce Albert/ A queda do céu/ Companhia das Letras

La educación de base
Más allá de los estudios relacionados con la cultura y las tradiciones originales, otro campo de acción de estos investigadores incluye la educación escolar. Inmediatamente después de graduarse, durante un lapso de dos años, entre 1997 y 1999, Dos Santos Luciano, de la Ufam, ocupó el cargo de secretario de Educación de São Gabriel da Cachoeira, un municipio donde alrededor del 80% de la población es indígena, perteneciente a etnias tales como Baniwa, Karapanã, Kuripako, Tukano y Tuyuka. “Hasta mediados de la década de 1980, las escuelas de la región prohibían que los alumnos nativos hablaran lenguas o practicaran costumbres tradicionales. En los años en que ocupé la secretaría, cambiamos el marco legal, de manera tal que las instituciones comenzaron a incluir esos conocimientos en la estructura curricular”, resalta Dos Santos Luciano, coordinador del área de educación indígena del Ministerio de Educación (MEC), entre 2008 y 2012.

La incorporación de saberes tradicionales en la escuela también fue uno de los resultados obtenidos por Eliane Boroponepa Monzilar como parte de su investigación doctoral que defendió este año. Ella se graduó en ciencias sociales en 2005, en la Universidad del Estado de Mato Grosso (Unemat), y en el doctorado elaboró una tesis con capítulos autobiográficos, en los que describe su proceso de escolarización, desde la enseñanza fundamental hasta el posgrado, analiza el desarrollo de la educación escolar indígena en Brasil y traza un panorama etnográfico e histórico del pueblo Balatiponé-Umutina, que habita en Mato Grosso. En su análisis, Boroponepa  Monzilar recuerda que en 1945, el etnógrafo y fotógrafo gaúcho Harald Schultz (1909-1966) estimó en el libro intitulado Vinte e três índios resistem à civilização (editorial Melhoramentos, 1953) que la población Belatiponé-Umutina sumaba poco más de 20 individuos. Con base en ese relato, antropólogos y sociólogos vaticinaron la extinción de ese pueblo y su cultura. “En la década de 1990, cuando los primeros indígenas se convirtieron en docentes de educación básica y comenzaron a incluir conocimientos tradicionales en el currículo escolar, nuestras tradiciones revivieron”, afirma.

La educadora dice que en la actualidad son 600 personas en la aldea Belatiponé-Umutina, con mayoría de niños y jóvenes, donde no solo conviven indígenas de su propia etnia, sino también otros, de los pueblos Paresi, Nambikwara, Bororo, Bakairi, Irantxe, Kayabi, Terena y Chiquitano. Boroponepa Monzilar, quien realiza parte de su doctorado en instituciones de Surinam y de Colombia, con ayuda de la Coordinación de Perfeccionamiento del Personal de Nivel Superior (Capes) y de la Fundación de Apoyo a la Investigación Científica del Estado de Mato Grosso (Fapemat), se desempeña como docente en la escuela de educación indígena de la aldea, donde asisten 120 alumnos, de la enseñanza fundamental y media. “A partir del universo del trabajo en la siembra, realizamos correlaciones con enseñanzas de matemática, por ejemplo. Y en el marco de las visitas a sitios sagrados en la selva estudiamos los árboles que componen el ecosistema de la región”.

Sallisa Rosa/ Serie Facões, 2018, en proceso/ Impresión offset sobre papel, 30 x 42 c/ Cortesía de la artista Un trabajo de Sallisa Rosa, artista de origen indígena nacida en Goiânia (Goiás), donde muestra un machete como símbolo de resistencia y supervivenciaSallisa Rosa/ Serie Facões, 2018, en proceso/ Impresión offset sobre papel, 30 x 42 c/ Cortesía de la artista

Al establecer diálogos entre conocimientos tradicionales y académicos, los investigadores indígenas han ampliado el espectro de reflexión sobre temas históricamente estudiados en las universidades. Este es el caso de Francisco Apurinã, graduado en administración y residente del territorio indígena de Camicuã, que se localiza en una región limítrofe entre los estados de Amazonas y Acre. En su maestría en sostenibilidad, que realizó en la UnB, Apurinã analizó los impactos de la habilitación ambiental para la construcción de dos autopistas que atraviesan territorios indígenas en el estado de Acre, aunque eso avasalle costumbres tradicionales de las poblaciones nativas. En tanto, en su doctorado, que obtuvo en la misma institución, estudió los impactos de la licencia ambiental, pero en este caso a partir de perspectivas etnográficas y espirituales. “Las tierras del pueblo Apurinã están cortadas al medio por la autopista BR-317 y analizo las consecuencias de esa obra que irrumpe en sitios sagrados”, explica.

La enfermera Rayanne Cristine Máximo França, que se dedica a investigar los impactos de grandes emprendimientos sobre la salud de las comunidades indígenas, realiza una maestría en el programa de Desarrollo, Sociedad y Cooperación Internacional y se desempeña como investigadora en el Laboratorio de Salud del Trabajador y Salud Indígena de la UnB, y trabaja con un concepto amplio de salud, que contempla como parámetro el concepto de “injusticia ambiental”. “Esta concepción comenzó a ser tenida en cuenta hace unos 15 años y contempla la relación vital de los pueblos autóctonos con la tierra en donde habitan”, dice Máximo França, de la etnia Baré, del estado de Amazonas. A partir de esa idea, ella se propone evaluar casos de injusticia ambiental, en forma similar al estudio aún inédito de la Fundación Oswaldo Cruz (Fiocruz), según el cual el 56% de la población yanomani registra contaminación por mercurio por encima del límite que la Organización Mundial de la Salud (OMS) considera razonable. Esta contaminación podría estar relacionada con el aumento de la explotación ilegal de yacimientos en la región y la utilización de ese metal en el proceso de separación del oro. “Mi objetivo es estudiar de qué manera los problemas ambientales afectan a la salud de los pueblos indígenas”, informa.

Países tales como Canadá y Australia también debaten sobre la mejor manera de integrar saberes tradicionales con estudios académicos en áreas tales como medicina y conservación ambiental, informa un reportaje publicado en junio de este año en la revista Times Higher Education. En Colombia, la Universidad de Antioquia dispone de un programa de formación de docentes indígenas, la licenciatura en Pedagogía de la Madre Tierra, que incluye asignaturas tales como saberes y prácticas ancestrales, temas jurídicos sobre la salud y perspectivas interculturales.

En Brasil, Dos Santos Luciano, de la Ufam, pondera que en los últimos 20 años los estudios de las poblaciones originarias, desarrollados alrededor de sus propios universos, han contribuido no solo para el rescate de identidades y la valoración de saberes tradicionales, sino también para ampliar la cartera temática de las investigaciones académicas. Por otra parte, su condición de integrante del pueblo Baniwa lo lleva a considerar indispensable que las comunidades nativas entiendan mejor al universo occidental, incluso para poder elaborar estrategias de acción ante realidades políticas adversas. “En una próxima instancia, nuestras investigaciones incluirán esfuerzos tendientes a ampliar el conocimiento de ese otro contexto”, concluye.

Artículos científicos
CHAVES, R. S. The influence of soil quality and market orientation on manioc (Manihot esculenta) varietal choice by smallholder farmers along the lower Tapajós River, Pará, Brazil. Human Ecology. v. 46, n. 2, p. 229-39. abr. 2018.
GALLOIS, D. T. Ethnologie brésilienne. Les voies d’une anthropologie indigèneBrésil(s) sciences humaines et sociales. v. 9, may. 2016.

Libros
MAIA, G. S. Bahsamori: O tempo, as estações e as etiquetas sociais dos Ye’pamahsã. Manaos: Universidad Federal de Amazonas (Ufam) y Fundación de Apoyo a la Investigación Científica del Estado de Amazonas (Fapeam), 2019, 348 p.
KOPENAWA, D. y ALBERT, B. A queda do céu. São Paulo: Companhia das Letras, 2015, 769 p.
LUCIANO, G. S. O Índio Brasileiro: o que você precisa saber sobre os povos indígenas no Brasil de hoje. Brasilia: Unesco/ Ministerio de Educación de Brasil, 2006, 236 p.
SANTOS, C. J. F. Nem tudo era italiano – São Paulo e Pobreza (1890-1915). Annablume/ FAPESP, 1998, 237 p.

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