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Innovación

Los beneficios de la cooperación

Las colaboraciones duraderas con empresas han incrementado un 20% la productividad científica de ciertos grupos de investigación, muestra un estudio

Felipe Cavalcante

Los grupos de investigadores de universidades que participan en proyectos de innovación en cooperación con empresas exhiben una productividad científica un 12,7% mayor que la de los equipos que no hacen este tipo de alianzas. Cuando las colaboraciones son duraderas, la cantidad de artículos que publican los grupos llega a ser un 20,1% superior. Esta es la conclusión que surge de un estudio coordinado por el economista Renato Garcia, docente de la Universidad de Campinas (Unicamp), y publicado en junio en la revista Innovation: Organization & Management. Este trabajo se basó en datos de producción científica registrados entre 2002 y 2008 por cuatro censos del Directorio de Grupos de Investigación, un inventario de equipos de investigadores en actividad en Brasil y su desempeño organizado por el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq). En el artículo se analizó el desempeño de 7.572 grupos, de los cuales 857 colaboraron con empresas al menos una vez durante el período analizado y 324 cooperaron todo el tiempo.

Según Garcia, aunque los datos indiquen una correlación significativa entre la disposición a cooperar con empresas y el aumento de la productividad científica, no permiten afirmar la existencia de una relación de causa y efecto entre colaborar y producir más. “En general, esos grupos de investigación son de alta calidad y bastante productivos, y eso atrae la atención de empresas que buscan aliados para solucionar sus problemas”, afirma. Con cierta frecuencia, incluso, ese acercamiento es promovido por exalumnos de científicos académicos que fueron a trabajar a los departamentos de investigación y desarrollo (I&D) de las compañías. “Al mismo tiempo, hay evidencias de que el conocimiento generado en proyectos cooperativos con empresas enriquece la agenda de los investigadores y produce más publicaciones científicas”, explica.

Este estudio forma parte de un linaje de trabajos realizados por investigadores de diversos países que apuntan a mapear los efectos positivos y negativos de la interacción entre universidades y empresas, un vínculo que se disemina en el mundo entero ante las evidencias de que el proceso de innovación se ha vuelto cada vez más complejo y requiere de la participación activa de las instituciones que generan conocimiento para producir resultados con impacto económico.

De acuerdo con el economista Eduardo Albuquerque, miembro del Centro de Desarrollo y Planificación Regional de la Universidad Federal de Minas Gerais (Cedeplar-UFMG) y estudioso de la formación de redes de innovación, el artículo corrobora resultados obtenidos en varios países, que apuntan convergencias de interés entre universidades y empresas en la generación de conocimiento. Para él, el estudio innova al señalar que la productividad científica se ve afectada de modo más acentuado en colaboraciones más largas. “Este trabajo demuestra que la cooperación estable y sistemática es más benéfica para los grupos, en términos de productividad, que la colaboración episódica”, enfatiza Albuquerque, quien no participó del estudio. “Los resultados resaltan que la interacción entre universidades y empresas en Brasil es más común de lo que se imagina y se va haciendo más intensa.”

El interés en colaboraciones a largo plazo se explica: mientras que las alianzas de corta duración suelen resultar solo en el perfeccionamiento de productos, la cooperación duradera les permite a los investigadores conocer la realidad de las empresas con mayor profundidad. Aun así, los científicos dedicados a colaboraciones múltiples y continuas con corporaciones suelen ser objeto alguna desconfianza, como si relegaran a un segundo plano la misión de formar estudiantes y hacer ciencia básica. “Existe un debate, que se está dando ahora en Brasil, pero que ya se había entablado en otros países, sobre en qué medida la excesiva dedicación de investigadores a las colaboraciones con empresas puede generar obstáculos a las actividades académicas y a la producción científica”, explica Renato Garcia.

La literatura científica sobre el tema sugiere que las colaboraciones con empresas, en casos específicos, pueden ser desfavorables para el rendimiento académico. Un grupo encabezado por el economista Albert Bañal-Estañol, de la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona, publicó en 2013 un artículo en la revista Research Policy mostrando que, en los departamentos de ingeniería de 40 universidades del Reino Unido, los investigadores sin interacción con empresas publican menos que aquellos con un pequeño grado de colaboración, pero niveles muy altos de interacción tienen efectos negativos sobre la productividad científica. Otro trabajo, publicado en 2008 en Scientometrics por la ingeniera colombiana Liney Manjarrés-Henríquez, de la Universidad de La Costa, en Barranquilla, indicó que los investigadores que cooperaban con empresas atraían más recursos públicos, pero su productividad científica solo crecía cuando la colaboración incluía contratos de I&D y los recursos de las empresas no sobrepasaban el 15% del presupuesto total del grupo.

Los datos disponibles en el Directorio de Grupos de Investigación del CNPq no permiten que se evalúe ese tipo de detalle, pero indican que el beneficio obtenido no es ilimitado. En el análisis se pone de manifiesto que las tasas de crecimiento de la productividad científica aumentan mucho en un primer momento, pero pierden ímpetu con el tiempo. Eso se observó incluso en grupos con alto grado de cooperación en el período analizado. “Tal vez los proyectos de cooperación se vuelvan muy complejos con el tiempo y, por eso, tanto el aprendizaje de los investigadores como la capacidad de generar conocimientos relevantes para las empresas se vuelven menos significativos que al principio”, sugiere Garcia.

La genetista Mayana Zatz, investigadora de la Universidad de São Paulo (USP) y coordinadora del Centro de Investigaciones del Genoma Humano y Células Madre, uno de los 17 Centros de Investigación, Innovación y Difusión (Cepid) financiados por la FAPESP, embarcó recientemente en un proyecto en cooperación con la compa´nia farmacéutica EMS, en el marca del Programa de Asociación para la Innovación Tecnológica (Pite) de la Fundación. Zatz intentará utilizar técnicas de edición genómica para generar embriones de cerdos modificados capaces de proveer órganos para trasplantes en humanos. Si funciona, la intención es instalar haciendas de cría de cerdos con esa finalidad terapéutica. “En un momento de escasez de recursos públicos, la cooperación con empresas cobra importancia para volver factible la financiación de la ciencia”, asevera. “Es la primera asociación público-privada de nuestro grupo y estamos prospectando otras”.

La investigación en petróleo y gas es una de las que más promueven colaboraciones entre universidades y empresas, impulsadas por la exigencia legal de que las compañías, sobre todo Petrobras, inviertan en I&D. “Las investigaciones exigen equipamientos caros, como supercomputadoras y tanques numéricos, pero hay recursos y eso genera oportunidades no solo para la exploración y la producción, sino también en refinerías, medio ambiente y materiales”, afirma el ingeniero Denis Schiozer, director del Centro de Estudio de Petróleo (Cepetro), de la Unicamp. Este centro reúne a 60 investigadores en proyectos cuyos contratos totalizaron 100 millones de reales en 2019 (un 40% más que en 2018 y cinco veces más que hace cinco años). “Logramos ampliar el volumen de proyectos divulgando oportunidades para docentes de toda la universidad”. Schiozer explica que la explotación de petróleo en el la capa oceánica presal creó desafíos y problemas originales, que vienen generando muchas publicaciones.

Los problemas reales de las empresas instigan a los científicos a generar nuevos conocimientos

La productividad elevada de los investigadores que cooperan con empresas tiene orígenes diversos, afirma el físico Vanderlei Bagnato. “Cuando un científico se involucra con los problemas reales de las empresas, afronta distintos retos, y eso le rinde publicaciones con contenido nuevo”, afirma Bagnato, que es docente del Instituto de Física de São Carlos (IFSC) de la USP y coordinador del Centro de Investigaciones en Óptica y Fotónica, también un Cepid de la FAPESP. La dinámica del trabajo en cooperación también favorece el aumento de la producción científica. “Siempre que celebro una alianza con una empresa, destino parte de los recursos a la formación de un equipo con al menos dos o tres investigadores. En la actualidad, tengo 22 proyectos en cooperación y un batallón de gente actuando en ellos. Evidentemente, eso tendrá un impacto positivo en la cantidad de publicaciones de mi grupo de investigación”. Buena parte de los proyectos a los que se refiere Bagnato está vinculada a la unidad creada en el IFSC-USP de la Empresa Brasileña de Investigación e Innovación Industrial (Embrapii). El modelo de financiación incluye recursos del gobierno federal y de las empresas contratantes, mientras que la universidad contribuye con laboratorios y el tiempo de sus investigadores.

Bagnato  pone de relieve los beneficios de colaborar con las empresas, aunque reconoce que muchos grupos, incluso de alta calidad, no están preparados para actuar en los dos frentes. “La lógica es completamente distinta a la de la investigación realizada en la universidad, donde un eventual fracaso puede incluso resultar útil, generar un aprendizaje y describirse en un artículo científico”, explica el físico. “La empresa espera un resultado concreto en un horizonte de tiempo frecuentemente corto. Es necesario asumir ese compromiso para no frustrar al socio”, enfatiza el físico, quien siempre realiza un análisis de riesgo de los proyectos colaborativos antes de unirse a ellos. “Si el riesgo de fracaso es mayor que un 30%, prefiero no entrar”.

De acuerdo con Ulisses Mello, director del Laboratorio de Investigaciones de IBM Brasil, la cooperación con las universidades es fundamental para atraer diversidad al ambiente de investigación de las empresas. “Los productos de las empresas y de las universidades son distintos. Mientras que las universidades de investigación existen para formar buenos alumnos y generar conocimiento nuevo, las empresas procuran crear productos innovadores que les den un futuro económico. Cuando los dos polos interactúan, uno desafía al otro: la universidad aporta su rigor científico y las empresas, la búsqueda de innovaciones que sean escalables y comercialmente factibles. Esto genera resultados mejores de ambos lados”. En el caso de IBM Brasil, Mello resalta que una parte significativa de la cooperación se da con las instituciones en las que se formaron a sus investigadores, tales como la USP, la Unicamp y la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). “La interacción fluye porque existen conexiones ya consolidadas”. Otro frente es el de las instituciones con afinidad con la agenda científica de la empresa. “Tenemos interés en nanotecnología y cooperamos con la Universidad Federal de Minas Gerais, que tiene capacidad en el tema”. Mello pondera que diferentes factores influyen en la capacidad de cooperar. “Depende de las características de la empresa y del grupo de investigación. Tenemos una cultura de publicar y de proteger la propiedad intelectual, por eso nos entendemos con universidades con esa misma cultura. Pero si la empresa solo quiere crear un nuevo producto, la cooperación puede no ser tan productiva”.

Ana Lúcia Torkomian, investigadora del Departamento de Ingeniería de Producción de la Universidad Federal de São Carlos (UFSCar), destaca que la cooperación es fundamental para promover la transferencia de conocimiento hacia la sociedad, pero admite que responde por una parte limitada del esfuerzo para fomentar la innovación. “Lo que se busca en la mayoría de los países es incentivar el modelo de la triple hélice, en el que universidades, las empresas y el gobierno actúan en forma coordinada para promover y financiar la innovación y generar desarrollo”, afirma. Ese régimen no se limita a promover alianzas entre investigadores y empresas. “Engloba otros frentes. Un ejemplo es la creación de incubadoras de startups y parques tecnológicos en las universidades o en ecosistemas que faciliten el espíritu emprendedor e innovador. Generar empresas spin offs a partir de tecnologías producidas por investigadores también es importante”.

Torkomian hace hincapié en la importancia del trabajo de las oficinas de transferencia de tecnología en las universidades, conocidas en Brasil como Núcleos de Innovación Tecnológica (NIT), que procuran alentar a los investigadores a que interactúen con las empresas y promuevan el licenciamiento de tecnologías. “En Brasil, existe ya un centenar de NIT, con grados de madurez distintos. Y vienen cumpliendo un papel en la gestión de la propiedad intelectual y en la interacción con el sector productivo”.

Artículos científicos
GARCIA, R. et al. How long-term university-industry collaboration shapes the academic productivity of research groups. Innovation Organization & Management. Online. 27 jun.  2019.
MANJARRÉS-HENRÍQUEZ, L. et al. Coexistence of university-industry relations and academic research: Barrier to or incentive for scientific productivity. Scientometrics. v. 76, n. 3, p. 561-76. jul. 2008.
BANAL-ESTAÑOL, A. et al. The double-edged sword of industry collaboration: Evidence from engineering academics in the UK. Research Policy. v. 44, n.  6, p.  1160-75. jul.  2015.

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