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Comunicación

La guerra que pasaron por televisión

Grupo estudia narrativa de los medios como constructora de la visión general sobre la criminalidad

Ya pasaron los tiempos en que los niños querían salir al Carnaval vestidos como el  Hombre Araña (aquél que “nunca golpea y siempre es golpeado”) o de marinero. Este año se evaporaron de las tiendas del género los miniuniformes del Bope (Batallón de Operaciones Especiales), protagonista de la más que vista película Tropa de elite. Padres orgullosos desfilaron con sus hijos vestidos de negro y el distintivo de la calavera con el puñal. “Tropa Elite, hueso duro de roer/ Agarra a uno, agarra todos, y también te va a agarrar”: desde los 3 hasta los 80 años, no hay quien no sepa cantar el funk con que comienza la película. Felices con el “agarra todos”, pocos, sin embargo, se identifican con el “tú” de la letra. “Los medios construyen un ideal de sufrimiento evitable y, así, según la narrativa de los medios, los crímenes serían ‘evitados’ se los aparatos estatales de seguridad fuesen honestos y competentes. Esa narrativa propone una separación entre el ‘nosotros’, individuos comunes asustados con la ‘violencia urbana’, y el ‘ellos’, bandidos y el Estado incapaz de proveer seguridad para sus contribuyentes-clientes”, observa Paulo Vaz, profesor de la Escuela de Comunicación de la Universidad Federal de Río de Janeiro (ECO-UFRJ), coordinador del Laboratorio de Medios y Miedo del Crimen, apoyado por la Fundación de Apoyo a la Investigación del Estado de Río de Janeiro (Faperj).

El objetivo del proyecto es verificar como los medios construyeron y construyen, hoy, los personajes de la cobertura de la violencia de Río de Janeiro: la imagen de las víctimas, de los delincuentes, de la favela y de los aparatos estatales de prevención y castigo de los delitos. Vaz da continuación a un estudio anterior, en que comparaba las coberturas de la prensa en 1983 con las de 2001. “La idea es concluir la muestra en 2008 para analizar las modificaciones”, explica. El Laboratorio también pretende crear un sitio para dejar disponible el material de la investigación en video y en los periódicos. “A partir de eso será posible percibir que hay un problema en el modo como los medios construyen la figura del delincuente y la posibilidad de evitar el sufrimiento causado por el delito por la vía autoritaria. Lo que cuestionamos es justamente esa consolidación reciente en el sentido común de la alternativa postulada por el populismo conservador de que para reducir el sufrimiento es necesario más política, leyes más rígidas. Es importante percibir que la solución que se coloca es, en sí, un problema”, advierte. Para Vaz, coordinador de la posgrado de ECO, es importante retomar el espíritu de la crítica nietzschiana de los “mejoradores de la humanidad”, pues “ciertas formas de dar sentido al sufrimiento provocan más sufrimiento”.

Así, observa, el peligro de los medios es que ellos pueden llevarnos a confundir un sufrimiento real con lo ficticio. “Para atraer la audiencia, privilegian lo espectacular, aquello que parece ficción y transforman a quien debería ser ciudadano en espectador. La selección y el énfasis en algunos sufrimientos disminuyen la visibilidad de otros, determinando de modo injusto nuestro lamento.” Vaz descubrió que los medios lidiaban con el delincuente de forma diferente en los años 1980. “La cultura moderna atribuía el sufrimiento a una causalidad estructural. ¿Había delito por qué? Porque había desigualdad de renta. Por lo tanto, se pensaba, para acabar con el delito era necesario mejorar la distribución de la renta. De ese modo, cambiar la sociedad era el modo de reducir el sufrimiento humano”, analiza. Había, continúa, una creencia en la posibilidad de “curar” al delincuente y la prensa abría espacio a la voz del agresor, de quien se intentaba comprender las “pasiones” y causas que lo llevaron al acto delictivo. A partir de 2001, la nueva sociedad “hedonista”, dice, se consolidó, y se pudo verificar que los medios cada vez más se alejaban de los delitos de proximidad (típicamente pasionales) y daba espacio creciente a los delitos cometidos por extraños en el espacio público y con la selección aleatoria de las víctimas. “Cualquiera de nosotros podría ser la víctima” era el nuevo embalaje.

“Si, en 1983, la audiencia se identificaba con la posibilidad de que ella también cometiera un determinado delito, en el 2001 ella sólo tiene ojos para el chance de convertirse en víctima.” Vaz apunta que los medios tuvieron (y tienen)  autonomía en la elección editorial y privilegió (opción política) la victimización aleatoria, que provoca una cultura generalizada de miedo en la sociedad. “Eso puede explicar, por ejemplo, el encanto desproporcionado de la sociedad, en sus varias capas, por una película como Tropa elite, en la que se legitima la tortura y se coloca como solución para los problemas la presencia violenta y ostensiva de la policía, admirable cuanto más lista para entrar en confrontación y salir por ahí matando.” El investigador atenta para el hecho de que el protagonista de la película es un torturador transformado en víctima, en los moldes del primer Rambo, y el fuerte de Tropa elite es justamente su supuesto “realismo”. “El tal retrato ‘real’ de los medios sobre víctimas y bandidos sigue el mismo esquema de la película de ficción, ya que es igualmente hecho a partir de varias historietas con buenos y malos”, explica.

Hecho y ficción se mezclan de manera sutil y explosiva. “Trabajamos con el concepto de ‘derecho al riesgo’, característico de las sociedades neoliberales, en que hay libertad de la elección de asumir o no el riesgo, pero, al mismo tiempo, hay una distribución irreal de las responsabilidades entre individuo y Estado siempre que alguna cosa sucede. El tono general es que todo es culpa del Estado, lo que quita el peso de los hombros de cada individuo, que gana el ‘derecho’ de reclamar como la violencia está cambiando su rutina de vida, obligándolo a quedarse en casa o blindar su carro.” Vaz recuerda el arrastre hecho en el túnel que lleva a la favela de la Rocinha, en Río, cuando, a pesar del justo desespero de los involucrados, el “grito” general era de que una intervención de la policía, “cuyo puesto estaba a 200 metros de lo acontecido” (este, apunta el investigador, sería un cliché importante de las coberturas), habría hecho la diferencia. “¿Quién garantiza que la policía tirando en el túnel habría sido una solución mejor para lo que ocurrió? Eso recuerda el argumento pueril de Tropa elite, que afirma ser la clase media la responsable por el tráfico. Si parasen inmediatamente de consumir drogas, el delito acabaría. ¿Quién puede afirmar eso teniendo traficantes fuertemente armados que podrían, sí, desplazar el delito para otros espacios?”

Vaz observa que esa “cultura del miedo” es un fenómeno global, observado, por ejemplo, en los disturbios con minorías árabes en Francia o en la Guerra de Irak. “Se estudian con ahínco las consecuencias políticas y económicas de esa industria del miedo que genera chivos expiatorios. Ciertos segmentos sociales son amenazadores e, inmediatamente, es necesario tratarlos de forma violenta. Si mueren, tanto mejor, pues son ‘no-personas’. Eso sólo favorece al Estado autoritario, de excepción, conservador.” Por ese raciocinio, ciertas personas son más y punto, pudiendo la sociedad hacer lo que le parezca con ellas, hasta exterminarlas. En el otro extremo, afirma Vaz, estaría la “víctima” siempre inocente. “Se pierde la visión de que el problema de seguridad es colectivo y de que exige esfuerzos de toda la sociedad. Es más fácil, sin embargo, dividir el mundo entre buenos y delincuentes, una dicotomía que no exige que paremos para pensar en soluciones colectivas. Algunos individuos son dignos de nuestro luto (en general, aquellos que “son como uno”) y otros, no. La solución para la violencia es justamente liberar mentes para otras formas de pensarse la cuestión”. Pero, pondera el investigador, no es fácil encontrar voces disonantes en los medios, que, en general, presenta un discurso homogéneo, que amplia el miedo sin preocuparse con dosificar con hechos reales.

“¿Cuál es la visión de turistas que visitan Río? De que hay violencia en todos los rincones de la ciudad. Al final, ellos, como los viejos (que poco salen), son alimentados por la narrativa de los medios. Eso, por otra parte, se está diluyendo por la sociedad, que, cada vez más asustada, está dejando de frecuentar los espacios públicos, alimentando la criminalidad e informándose por lo que dicen los medios”, avisa. “La construcción de los medios de la idea de sufrimiento evitable no es neutra socialmente. Ella promueve una distribución estratégica de los papeles de agresores y víctimas. En el caso del delito en Río de Janeiro, los habitantes de las favelas, por su vinculación espacial y de los medios con los traficantes, pueden ser calificados como -delincuentes virtuales-“, pondera. Pero hay una buena noticia inicial (debe ser confirmada) en el proyecto del Laboratorio: “Aunque se haya mantenido el modelo de 2001, hubo un cambio en el tratamiento dado por los medios a las víctimas pobres, antes menospreciadas en detrimento de ciudadanos de las clases media y alta. Estamos curiosos de verificar si se establecerá un nuevo patrón en que las víctimas de la favela sea vistas como siendo tan relevantes como una víctima en  Leblon”.

Para Vaz, no se trata solamente de una cuestión de derechos humanos, sino de una forma de pensar el futuro. “La forma del futuro moderno era: ‘Los sufrimientos existen porque la sociedad es mala’. Inmediatamente, sería necesario construir la buena sociedad en el futuro. La forma del futuro moderno, por lo tanto, era la de un futuro donde seríamos felices. Hoy es lo contrario. Usted quiere que el presente permanezca y teme que el futuro sea una amenaza a la continuidad de este presente. Entonces, el futuro tiene la forma de catástrofe que debe ser evitada”, analiza. Las soluciones tan apreciadas, como colocar el Ejército en las calles y aumentar la presencia y violencia policial, continua, van a causar justamente el problema que se pretende resolver. “Es necesario, por ejemplo, hallar  formas de lidiar con la cuestión del tráfico de armas. Fue, en buena parte, en razón de esa narrativa de los medios que la industria de armas y simpatizantes consiguieron virar la tortilla en el referendo sobre el desarme.”

Con el foco centrado en los crímenes aleatorios, pocos pensaron en el peso de las muertes por proximidad, ya que ellas contrariaban la “realidad” como se mostraba en los medios de comunicación y también colocaban al espectador y al lector en la posición incómoda de “delincuente potencial”, mientras ellos prefieren pensarse a partir de la inocencia de la víctima. “Hay una preferencia, nacida de esa narrativa, en la voz del individuo y por la autoridad de la experiencia en detrimento del saber científico y de datos cuantitativos.” Las cuestiones como consecuencia de esa narrativa, que confunde realidad  y ficción, son más graves que el éxito de Tropa elite, aunque la película sea emblemática de esa nueva “razón” que insiste, apunta el investigador, en que necesitamos ser “crueles” y “fríos” con aquellos a quienes atribuimos “falta de empatía” por la humanidad.

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