{"id":72393,"date":"1996-04-01T00:00:00","date_gmt":"1996-04-01T00:00:00","guid":{"rendered":"http:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/1996\/04\/01\/hacemos-lo-que-dios-quiere\/"},"modified":"1996-04-01T00:00:00","modified_gmt":"1996-04-01T00:00:00","slug":"hacemos-lo-que-dios-quiere","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/hacemos-lo-que-dios-quiere\/","title":{"rendered":"&quot;Hacemos lo que Dios quiere&quot;"},"content":{"rendered":"<p>Enclavada en lo alto de Jardim \u00c2ngela, Copacabana parece una ciudad fantasma. A las 13:30 hs. de un d\u00eda lunes, las calles est\u00e1n vac\u00edas y las casas cerradas con llave. Todas tienen sus puertas y ventanas protegidas por rejas punzantes de aluminio. Los bares est\u00e1n igualmente cerrados. El silencio parece absoluto. En la esquina, un grupo de ni\u00f1os juega a la pelota en un terreno bald\u00edo lleno de basura. A doscientos metros, cinco chicos remontan barriletes sobre una losa que se extiende sobre Vila Tupi. Dicen que all\u00ed es cierto: all\u00ed, los jefes del narcotr\u00e1fico imponen a los habitantes el toque de queda, a cualquier hora del d\u00eda o a la noche.<\/p>\n<p>     Con una poblaci\u00f3n de 250 mil habitantes, el distrito de Jardim \u00c2ngela es una especie de pasadizo aislado en la Zona Sur de la ciudad de S\u00e3o Paulo, un tipo de &#8220;agujero urbano&#8221; que acaba en la Sierra do Mar. Es un lugar poblado recientemente, alberga una poblaci\u00f3n sin calificaci\u00f3n profesional y atrae hacia s\u00ed gran parte del contingente de migrantes intraurbanos. Registra el mayor \u00edndice de homicidios, y el peor (-1) de exclusi\u00f3n de la ciudad de S\u00e3o Paulo.<\/p>\n<p>     &#8220;Creo que exageran un poco cuando dicen que esta regi\u00f3n es muy violenta&#8221;, dice Helena dos Santos, de 54 a\u00f1os, 36 de ellos vividos en Jardim \u00c2ngela. &#8220;La violencia est\u00e1 en todas partes&#8221;. Fue all\u00ed que ella conoci\u00f3 y se cas\u00f3 con Jo\u00e3o, que ya fue due\u00f1o de su propio cami\u00f3n, pero hoy en d\u00eda &#8220;conduce el cami\u00f3n de otro&#8221;. Con el dinero que Jo\u00e3o tra\u00eda de las carreteras, y con su salario de costurera en una f\u00e1brica de confecciones de la calle Jos\u00e9 Paulino, situada en la zona central, ambos criaron a sus dos hijos. &#8220;Resolv\u00ed largar la confecci\u00f3n y actualmente hago tortas para fiestas, y alguna que otra costura&#8221;, comenta Helena. As\u00ed ella ayuda en la educaci\u00f3n de sus cinco nietos, hijos de su hijo primog\u00e9nito, asesinado hace dos a\u00f1os.<\/p>\n<p>     &#8220;\u00c9l era polic\u00eda militar, pero aquel d\u00eda no estaba trabajando. Era domingo y hab\u00eda cenado con la mujer ac\u00e1 en casa. Lo mataron a pocos metros de ac\u00e1 y hasta hoy no sabemos precisamente qu\u00e9 ocurri\u00f3&#8221;, dice, dejando claro que no quiere hablar del tema. No atribuye su tragedia personal a la violencia que impera en Jardim \u00c2ngela. Pero confiesa: &#8220;En esa \u00e9poca, tuve ganas de volver al interior. Pero despu\u00e9s pens\u00e9: hacemos lo que Dios quiere. Resolv\u00ed quedarme y estoy bien ac\u00e1&#8221;.<\/p>\n<p>     Regina Eug\u00eania, que tiene 34 a\u00f1os y tres hijas, tambi\u00e9n defiende el sitio donde vive desde hace 11 a\u00f1os. &#8220;Escuelas para los chicos no faltan&#8221;. Ella desconoce el d\u00e9ficit de plazas en los jardines maternales del barrio. &#8220;Nunca los necesit\u00e9. Yo no trabajaba y me quedaba en casa con los chicos&#8221;. Regina reconoce que la regi\u00f3n tiene problemas de atenci\u00f3n en salud. &#8220;Cuando alguien necesita un m\u00e9dico, vamos al hospital en Campo Limpo, al fin y al cabo, para eso sirven los planes m\u00e9dicos&#8221;, afirma. Campo Limpo es el distrito lindante con Jardim \u00c2ngela, con un \u00edndice de exclusi\u00f3n de -0,61, y ocupa la 27\u00aa posici\u00f3n en el<i>ranking<\/i>     de exclusi\u00f3n. La gran dificultad, confiesa Regina, es continuar pagando ese sistema m\u00e9dico. Su marido era inspector decalidad en una gran empresa, pero est\u00e1 desempleado hace tres meses, y ella &#8220;hace changas&#8221;, como dice, para sostener a la familia: plancha ropa, limpia casas, cocina. &#8220;Tuvimos que recortar algunos gastos, incluso el de medicina prepaga&#8221;, justifica.<\/p>\n<p>     Del otro lado de la carretera de M&#039;Boi Mirim, Maria do Socorro Pereira, de 47 a\u00f1os, fr\u00ede otra tanda de t\u00edpicos pasteles salados, bajo una carpa de lona. &#8220;Tengo este puesto hace ocho a\u00f1os, y nunca fui asaltada&#8221;, dice orgullosa. La cercan\u00eda de una Base Comunitaria de la Polic\u00eda Militar ayuda a intimidar. Pero ella dice que mantiene un pacto con los que tienen &#8220;cara de delincuente&#8221;. &#8220;Le ofrezco un pastel gratis y as\u00ed me granjeo su simpat\u00eda&#8221;. Maria do Socorro aguarda ansiosa que la municipalidad cumpla con su promesa de transformar la M&#039;Boi Mirim en un corredor de \u00f3mnibus. &#8220;Eso seguro que va a hacer crecer el movimiento y as\u00ed va a aumentar la venta de pasteles&#8221;, augura.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"Enclavada en lo alto de Jardim \u00c2ngela, Copacabana parece una ciudad fantasma. A las 13:30 hs. de un d\u00eda lunes, las calles est\u00e1n vac\u00edas y las casas cerradas con llave. Todas tienen sus puertas y ventanas protegidas por rejas punzantes de aluminio. Los bares est\u00e1n igualmente cerrados. El silencio parece absoluto. 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