{"id":73231,"date":"2001-01-01T00:00:00","date_gmt":"2001-01-01T00:00:00","guid":{"rendered":"http:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/2001\/01\/01\/casa-grande-y-senzala-de-los-matarazzo-en-la-california-paulista\/"},"modified":"2015-08-28T17:11:01","modified_gmt":"2015-08-28T20:11:01","slug":"casa-grande-y-senzala-de-los-matarazzo-en-la-california-paulista","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/casa-grande-y-senzala-de-los-matarazzo-en-la-california-paulista\/","title":{"rendered":"Casa-Grande y Senzala de los Matarazzo en la California Paulista"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-full wp-image-75206\" title=\"\" src=\"http:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/wp-content\/uploads\/2001\/01\/art1192img1.jpg\" alt=\"\" width=\"160\" height=\"130\" srcset=\"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/wp-content\/uploads\/2001\/01\/art1192img1.jpg 160w, https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/wp-content\/uploads\/2001\/01\/art1192img1-120x98.jpg 120w\" sizes=\"auto, (max-width: 160px) 100vw, 160px\" \/>Una p\u00e1gina casi olvidada de la historia de las Industrias Reunidas Francesco Matarazzo, antiguo imperio agroindustrial que en la d\u00e9cada del 30 lleg\u00f3 a ser el mayor conglomerado empresarial de Am\u00e9rica del Sur, ha sido rescatada con la conclusi\u00f3n de un trabajo sobre la vida de los trabajadores rurales de una de las propiedades favoritas de la\u00a0<em>famiglia<\/em>: la estancia Am\u00e1lia, en Santa Rosa de Viterbo, en la regi\u00f3n de Ribeir\u00e3o Preto, nordeste paulista. En el proyecto\u00a0<em>Mujeres de la Ca\u00f1a: Memorias<\/em>, que fue financiado por la FAPESP, la soci\u00f3loga Maria Aparecida de Moraes Silva, de la Universidad Estadual Paulista (Unesp), acab\u00f3 haciendo m\u00e1s que lo que se hab\u00eda propuesto inicialmente.\u00a0Reconstituy\u00f3 en detalles el d\u00eda a d\u00eda de semiservidumbre, trabajo casi ininterrupido y aislamiento no solamente de las cortadoras de ca\u00f1a, su objeto de estudio por excelencia, sino tambi\u00e9n de familias enteras (hombres y ni\u00f1os inclusive) que dieron su sudor para extender la grandeza de Am\u00e1lia a sus m\u00e1s de 26 mil hect\u00e1reas (11 mil alqueires).<\/p>\n<p>El estudio enfoca un per\u00edodo de m\u00e1s de 60 a\u00f1os de la historia de la hacienda, que a\u00fan hoy, despu\u00e9s de haber sido desmembrada y arrendada, contin\u00faa en parte bajo control de los Matarazzo.\u00a0Comienza en la d\u00e9cada del 30, \u00e9poca en la que la ca\u00f1a toma definitivamente el lugar del caf\u00e9 en Am\u00e1lia, y los trabajadores viven como colonos en casas dentro de los dominios de la propiedad. Pasa por la segunda mitad de los a\u00f1os 60, cuando esos colonos pierden sus empleo fijo y sus viviendas en la estancia (en muchos casos sin percibir la correspondiente indemnizaci\u00f3n), se transforman en jornaleros (<em>b\u00f3ias-frias)<\/em> y tienen que buscar casas para vivir fuera de la propiedad de los Matarazzo. Y termina en los d\u00edas de hoy, signados por la creciente mecanizaci\u00f3n del trabajo de la tierra y la falta de empleo cr\u00f3nico para los trabajadores o sus descendientes en los ca\u00f1averales, ya sea en Am\u00e1lia o en otras haciendas de la regi\u00f3n.<\/p>\n<p>En cada una de esas etapas, la relaci\u00f3n de los cortadores de ca\u00f1a, la mayor\u00eda analfabeta o con conocimientos rudimentarios de la lengua escrita,con los se\u00f1ores de Am\u00e1lia transcurre con bases diferentes. A cada mudanza, la situaci\u00f3n del trabajador rural va torn\u00e1ndose m\u00e1s precaria, a despecho de algunas mejoras localizadas, como el uso de botas y ropas m\u00e1s adecuadas para el corte de la ca\u00f1a. En el per\u00edodo cubierto por el estudio, la categor\u00eda de los cortadores de ca\u00f1a &#8211; la m\u00e1s numerosa (quiz\u00e1s haya llegado a 5 mil personas) y con menor\u00a0<em>status<\/em> dentro de la jerarqu\u00eda de los empleados\/habitantes de Am\u00e1lia &#8211; experiment\u00f3 un progresivo descenso social. &#8220;Es una historia de vencidos&#8221;, sentencia Moraes Silva.<\/p>\n<p><strong>El d\u00eda a d\u00eda del colono<br \/>\n<\/strong>Hasta finales de la d\u00e9cada del 60, cuando los cortadores de ca\u00f1a de Am\u00e1lia exhib\u00edan la condici\u00f3n de colonos y resid\u00edan en casas construidas por sus patrones y esparcidas por las tierras de la propiedad, un d\u00eda de trabajo en la estancia era, literalmente, un d\u00eda dedicado religiosamente al trabajo. Y no era otra cosa que eso. A las 5 de la ma\u00f1ana, con la primera campanada, los colonos despertaban. Desayunaban e iniciaban una jornada de trabajo que iba hasta las 9 de la noche, cuando la campana volv\u00eda a tocar. Con breves pausas para el almuerzo y la merienda.<\/p>\n<p>En la \u00e9poca de cosecha, domingos y feriados tambi\u00e9n eran d\u00edas de pasar el fac\u00f3n por el ca\u00f1averal, extendi\u00e9ndose la labor a veces hasta la noche, seg\u00fan algunos relatos levantados por Maria Aparecida. \u00bfVacaciones? Ni pensarlo. Esos trabajadores todav\u00eda no ten\u00edan ese derecho. Para las mujeres, la jornada en general era m\u00e1s larga y doble. Ellas se levantaban m\u00e1s temprano que los maridos para preparar el desayuno y, despu\u00e9s de las horas de trabajo en el ca\u00f1averal, todav\u00eda ten\u00edan que cuidar a los ni\u00f1os, preparar la cena y ordenar la cocina antes de dormir.<\/p>\n<p>Formalmente, el jefe de la casa, en general el hombre, era el \u00fanico trabajador amparado por un v\u00ednculo laboral con Am\u00e1lia. \u00c9ste ten\u00eda el llamado t\u00edtulo, era el empleado registrado por los patrones. Pero, en la pr\u00e1ctica, todos los dependientes que integraban su clan &#8211; mujer e hijos, sobre todo despu\u00e9s de los 5 a\u00f1os de edad &#8211; iban al ca\u00f1averal. Las peque\u00f1as manos de esos chicos eran reservadas para la tarea de hacer atados con las ca\u00f1a cortada por los adultos.<\/p>\n<p>A la hora de recibir la paga, la cantidad de ca\u00f1a cortada por toda la familia era pesada y contabilizada. El valor asignado &#8211; un n\u00famero m\u00e1gico cuya l\u00f3gica que le diera origen les era escamoteada a los cortadores de ca\u00f1a &#8211; le era entregado a uno de los empleados, el titular. Para cualquier efecto (sobre todo a los efectos legales), toda esa ca\u00f1a cortada era producto de la faena de un solo empleado. Como no ten\u00edan ning\u00fan amparo legal, los dependientes del titular, aunque fueran tratados en el hospital de la hacienda cuando se her\u00edan, no recib\u00edan ning\u00fan tipo de indemnizaci\u00f3n si sufrieran alg\u00fan accidente de trabajo. El estudio tuvo acceso a procesos contra Am\u00e1lia accionados por trabajadores accidentados, no titulares, que no fueron indemnizados por la empresa.<\/p>\n<p>Pero la estrategia de explotaci\u00f3n no paraba all\u00ed. Los cortadores de ca\u00f1a percib\u00edan una remuneraci\u00f3n, pero llegado el d\u00eda de pago, ning\u00fan dinero tocaba sus manos. Las toneladas de ca\u00f1a cegadas durante el mes les garantizaban a las familias de los trabajadores un vale (o una orden), que, obviamente, deb\u00eda ser trocado por comida y remedios en los almacenes y farmacias existentes en la propiedad. Es decir, lo poco que se ganaba se gastaba all\u00ed, dentro de la propia Am\u00e1lia. Casi siempre consum\u00edan productos con la marca Matarazzo, provenientes de las m\u00e1s de 350 f\u00e1bricas que el grupo lleg\u00f3 a tener. Algunas de \u00e9stas funcionaban en la propiedad de Santa Rosa de Viterbo, en otras \u00e1reas de la hacienda.<\/p>\n<p>En muchos casos, el titular no lograba cubrir todos sus gastos con los vales que recib\u00eda de su patr\u00f3n. Los d\u00e9bitos en el almac\u00e9n o en el boticario (l\u00e9ase con los Matarazzo) aumentaban mes a mes y acababan generando la llamada servidumbre por deuda. &#8220;Era pedir a Dios para no caer enfermo. Si ten\u00edamos que comprar un frasco de remedio, ni ve\u00edamos el pago&#8221;, recuerda el ex cortador de ca\u00f1a Jo\u00e3o Flausino, de 72 a\u00f1os. Incapaces de saldar la cuenta negativa, algunos trabajadores tomaban una decisi\u00f3n extrema: abandonaban su casa y hu\u00edan de la estancia. De tan frecuentes, las fugas generaron una expresi\u00f3n entre los cortadores de ca\u00f1a de Am\u00e1lia para designar a los que dejaban la propiedad en medio de la oscuridad protectora de la madrugada: &#8220;Fulano de tal anocheci\u00f3 y no amaneci\u00f3&#8221;.<\/p>\n<p>A sabiendas de que la vida dura de los cortadores de ca\u00f1a en Am\u00e1lia podr\u00eda convertirse en un excelente combustible para inflamar y unir a los trabajadores, los Matarazzo trataron de dispersar a los colonos por su inmensa propiedad. La estrategia ten\u00eda el expl\u00edcito objetivo de dificultar el contacto entre los empleados, minando as\u00ed la organizaci\u00f3n de grandes movimientos contestatarios. Seg\u00fan el an\u00e1lisis de Moraes Silva, los colonos de Am\u00e1lia fueron instalados en viviendas erigidas en 21 secciones rurales, peque\u00f1as villas situadas en diferentes partes de la propiedad, en medio de los ca\u00f1averales.<\/p>\n<p>Cuando no estaban trabajando en el corte de la ca\u00f1a, los trabajadores quedaban confinados en sus secciones, sin mucho contacto con sus pares de otras secciones. El aislamiento solo se quebraba los fines de semana en los que hab\u00eda fiestas en las secciones y partidos de f\u00fatbol en la cancha de la hacienda.\u00a0&#8220;Hab\u00eda en Am\u00e1lia una especie de relaci\u00f3n feudal. Los trabajadores pr\u00e1cticamente no sal\u00edan de sus secciones&#8221;, dice la profesora jubilada de la Facultad de Filosof\u00eda, Ciencias y Letras de la Unesp en Araraquara. Adem\u00e1s de la farmacia y el almac\u00e9n, cada secci\u00f3n albergaba a un grupo de cerca de cien titulares. Reun\u00eda, por lo tanto, m\u00e1s o menos igual n\u00famero de casas destinadas a las familias de los trabajadores. Ba\u00f1os y piletas de lavar comunitarias eran instalados para el uso de grupos de cuatro o cinco casas. &#8220;Cada mujer ten\u00eda un d\u00eda asignado para lavar la ropa&#8221;, recuerda Maria de Lurdes da Silva, de 57 a\u00f1os, ex residente de Am\u00e1lia. Alrededor de cada casa, estaba permitido mantener alg\u00fan tipo de huerta o peque\u00f1os criaderos de animales.<\/p>\n<p><strong>Agua y luz<br \/>\n<\/strong>Por los testimonios y evidencias levantados en el estudio, no todas las secciones contaban con agua corriente y luz el\u00e9ctrica. Adem\u00e1s de las moradas de los cortadores de ca\u00f1a, construcciones precarias de madera o piedra, estaban la casa del administrador de la secci\u00f3n, la del capataz y la del fiscal. Algunas secciones ten\u00edan escuela. Las mejores casas eran ocupadas por los empleados de confianza de los Matarazzo. Refinando el sistema de segregaci\u00f3n, los se\u00f1ores de Am\u00e1lia evitaban juntar en un mismo lugar a trabajadores italianos (esa minor\u00eda ten\u00eda una secci\u00f3n exclusiva, con casas de mejor nivel) y el grueso de los colonos brasile\u00f1os.<\/p>\n<p>La familia Matarazzo ten\u00eda poco contacto directo con sus empleados, sobre todo con los m\u00e1s humildes. Seg\u00fan el relato de muchos ex empleados, era com\u00fan que los cortadores de ca\u00f1a se escondieran en el seno de los ca\u00f1averales, a pedido de sus jefes y capataces, con el fin de &#8220;limpiar&#8221; el camino al paso de alg\u00fan miembro de la familia. Los Matarazzo eran temidos y, no raramente, reverenciados por los trabajadores.<\/p>\n<p>Para componer el escenario de las relaciones laborales en la hacienda Am\u00e1lia, situada en una de los regiones rurales m\u00e1s ricas del estado de S\u00e3o Paulo (por no decir de Brasil), Moraes Silva necesit\u00f3 cuatro a\u00f1os de investigaci\u00f3n y recurri\u00f3 a varios tipos de fuentes de informaci\u00f3n. Con la ayuda de tres alumnos, becarios del Consejo Nacional de Desarrollo Cient\u00edfico y Tecnol\u00f3gico (CNPq), analiz\u00f3 la trayectoria de vida de 70 hombres y mujeres que pasaron por los ca\u00f1averales de la propiedad. Esas personas y sus familiares (esposos\/as, hijos e incluso padres) respondieron a cuestionarios con datos biogr\u00e1ficos y contaron su historia en entrevistas, que redundaron en m\u00e1s de 140 horas de testimonios grabados.<\/p>\n<p>Fueron tambi\u00e9n encontradas y analizadas 208 causas laborales contra la Usina Am\u00e1lia (ingenio) iniciadas por ex empleados (122 en el tribunal de Santa Rosa y 86 en S\u00e3o Sim\u00e3o) y escuchados dos jueces que juzgaron esas acciones. La investigadora no logr\u00f3 tener acceso a los descendientes de la familia Matarazzo, cuyos testimonios ciertamente habr\u00edan servido de contrapunto a los datos relevados en la investigaci\u00f3n. La revista\u00a0<strong>Pesquisa FAPESP<\/strong> intent\u00f3 entrevistar a alguien de la familia, pero tampoco tuvo \u00e9xito.<\/p>\n<p>Un minucioso relevamiento iconogr\u00e1fico de las vidas de los cortadores de ca\u00f1a logr\u00f3 reunir 300 fotos. Muchas de esas im\u00e1genes fueron cedidas por los entrevistados, algunas fueron rescatadas en la Fundaci\u00f3n Cultural Santa Rosa de Viterbo, y otras (las m\u00e1s recientes) fueron tomadas por la propia investigadora o sus colaboradores. Pr\u00e1cticamente no existen fotos de trabajadores cortando ca\u00f1a, fundamentalmente de las d\u00e9cadas m\u00e1s distantes. Este hecho es interpretado como un indicio de que los propios trabajadores desvalorizaban su condici\u00f3n social. Cuando estaban en condiciones de gastar dinero en fotos, los cortadores prefer\u00edan retratar momentos de esparcimiento, en fiestas o eventos.<\/p>\n<p><strong>Los or\u00edgenes de Am\u00e1lia<br \/>\n<\/strong>Probablemente nunca existi\u00f3 una hacienda como Am\u00e1lia en el estado de S\u00e3o Paulo. Por lo menos no con los mismos ingredientes y sofisticaci\u00f3n que hicieron de esa propiedad una de las preferidas de los Matarazzo. Habiendo sido originariamente una hacienda de caf\u00e9, antes de ir a parar a manos del por entonces mayor grupo industrial brasile\u00f1o, Am\u00e1lia pertenec\u00eda a Henrique dos Santos Dumont, hermano del padre de la aviaci\u00f3n. Aunque con sede en Santa Rosa de Viterbo, el inmueble rural extend\u00eda sus m\u00e1s de 26 mil hect\u00e1reas por el territorio de los municipios de S\u00e3o Sim\u00e3o, Serra Azul, Cajuru y Tamba\u00fa. En la d\u00e9cada del 20, Santos Dumot decidi\u00f3 deshacerse de esa enorme \u00e1rea, equivalente al 40% de la superficie de la ciudad de Ribeir\u00e3o Preto.<\/p>\n<p>En esa \u00e9poca, tras haber dejado atr\u00e1s el cultivo de caf\u00e9 haberse abocado a la plantaci\u00f3n de ca\u00f1a de az\u00facar, gesto que ser\u00eda imitado d\u00e9cadas m\u00e1s tarde por otras estancias de la regi\u00f3n de Ribeir\u00e3o Preto, la propiedad ya contaba con un ingenio de az\u00facar, una destiler\u00eda de alcohol y un peque\u00f1a ferrocarril. Dando sus primeros pasos en el mundo de la agroindustria, Am\u00e1lia suscit\u00f3 el inter\u00e9s de tres empresarios de S\u00e3o Paulo, que la compraron en sociedad. Francisco Schmidt, Alexandre Siciliano y el conde Francesco Matarazzo fueron socios en la hacienda hasta 1931.<\/p>\n<p>Ese a\u00f1o, tras inn\u00famerables desavenencias con los colegas del negocio, el fundador de IRFM le dej\u00f3 su parte en el inmueble rural a su hijo y futuro sucesor, Francisco Matarazzo Jr. Amante de las plantas y los animales, el joven se interes\u00f3 por Am\u00e1lia. Intent\u00f3 inmediatamente arrebatarles su parte a los otros socios y se convirti\u00f3 as\u00ed en el \u00fanico due\u00f1o del emprendimiento. Era el inicio de una peque\u00f1a revoluci\u00f3n, que acentuar\u00eda la ya viva vocaci\u00f3n agroindustrial de la hacienda.<\/p>\n<p>El libro comemorativo\u00a0<em>Matarazzo 100 Anos<\/em> (Matarazzo 100 a\u00f1os), editado en 1982 por la propia familia, resume muy bien las transformaciones operadas por la nueva visi\u00f3n al frente de la hacienda: &#8220;La organizaci\u00f3n industrial de Am\u00e1lia sigui\u00f3 el modelo tradicional de la familia: m\u00e1ximo aprovechamiento de la materia prima. As\u00ed, aliada al ingenio y la destiler\u00eda, el conde Junior instal\u00f3 una f\u00e1brica de cart\u00f3n, para utilizar el bagazo de la ca\u00f1a; una f\u00e1brica de \u00e1cido c\u00edtrico, procesado por fermentaci\u00f3n alimentada de la melaza de la ca\u00f1a; y una f\u00e1brica de \u00e9ter sulf\u00farico, aprovechando el excedente de alcohol&#8221;.\u00a0Adem\u00e1s de implementar esas nuevas unidades industriales y erigir un imponente palacete residencial en su propiedad, Francisco Matarazzo Jr. cre\u00f3 en 1937 una f\u00e1brica de dulces y conservas. Produtos Am\u00e1lia usaba como ingredientes los frutos de los nuevos cultivos introducidas en la hacienda, membrillo, guayaba y anan\u00e1 (pi\u00f1a).<\/p>\n<p>Con el tiempo, Am\u00e1lia se convirti\u00f3 en el centro neur\u00e1lgico de la vida en Santa Rosa. Incluso desde el punto de vista de la vida social. A fin y al cabo, adem\u00e1s de ser una potencia agroindustrial, la hacienda contaba con cine, cancha de f\u00fatbol, iglesia, escuela y hospital. Organizaba las mejores fiestas, casamientos y bailes de carnaval. Y albergaba un palacete que ninguna otra hacienda ten\u00eda, y casi nadie ve\u00eda. Era una ciudad dentro de la ciudad.<\/p>\n<p>Puede reprobarse moralmente el sistema de titularidad, que permit\u00eda pagarle solo al jefe de la casa y valerse de la mano de obra de toda la familia, pero no condenarlo desde el punto de vista legal, no por lo menos hasta 1963. Solo ese a\u00f1o entr\u00f3 en vigor el Estatuto del Trabajador Rural, que iguala los derechos del hombre de campo a los del trabajador urbano y torna ilegal el sistema de titularidad. A partir de esa fecha, el cortador de ca\u00f1a comienza a tener derecho a vacaciones, aguinaldo, registro para cada trabajador y no solo para el titular, atenci\u00f3n m\u00e9dica estatal y jubilaci\u00f3n. Seg\u00fan Maria Aparecida, como la legislaci\u00f3n anterior a la creaci\u00f3n del estatuto era omisa con relaci\u00f3n a los derechos de los trabajadores rurales, predominaban los contratos particulares entre patrones y empleados, como los de titularidad.<\/p>\n<p>Sin embargo, en 1964, con la instalaci\u00f3n de la dictadura militar en Brasil, comienza a crearse un fundamento jur\u00eddico-legal &#8211; leyes de Seguridad Nacional y de Huelgas &#8211; que ser\u00eda usado por algunos patrones de estancia para librarse de los colonos sin tener que pagar los nuevos derechos que el estatuto preve\u00eda. Y en su lugar, reclutar a los mismos trabajadores en la condici\u00f3n de temporarios, jornaleros, que no contaban con casi ninguna protecci\u00f3n laboral y para los cuales no era ya necesario brindar vivienda.<\/p>\n<p>La soci\u00f3loga Moraes Silva apunta la eclosi\u00f3n de un evento en 1966, fruto de ese nuevo contexto, que se transformar\u00eda en una hito en la trayectoria de los trabajadores de Am\u00e1lia. Hubo una huelga de seis d\u00edas en demanda de mejoras salariales y mejores condiciones de trabajo. Seg\u00fan evidencias y testimonios de ex empleados, recabados por la investigadora, ese movimiento fue, secretamente, insuflado por la direcci\u00f3n de Am\u00e1lia, que controlaba el recientemente creado sindicato de trabajadores rurales.<\/p>\n<p>Terminada la huelga, la direcci\u00f3n de Am\u00e1lia comenz\u00f3 a despedir a los colonos que participaron del movimiento. &#8220;Poca gente de la que particip\u00f3 de la huelga volvi\u00f3 al trabajo&#8221;, recuerda el jubilado Alcides Brand\u00e3o, de 77 a\u00f1os, que vivi\u00f3 de 1950 a 1972 en Am\u00e1lia. Para la soci\u00f3loga, las razones que motivaron el acto de protesta de los trabajadores son hoy bastante cristalinas. &#8220;La huelga fue arquitectada por la empresa (los due\u00f1os de Am\u00e1lia) con el aval de la dictadura militar, creando as\u00ed un pretexto para deshacerse de los colonos sin tener de pagarles sus derechos e indemnizaciones, en especial las jubilaciones de los empleados m\u00e1s antiguos. Fue una trampa&#8221;, dice la profesora.<\/p>\n<p>Ni bien un cortador era despedido y convencido a dejar la hacienda, su antigua casa era derrumbada por los patrones. De esa manera, se imposibilitaba su regreso a la propiedad en la condici\u00f3n de colono y empezaba a extinguirse el sistema de titularidad, basado en la concesi\u00f3n de casa y trabajo a los cortadores de ca\u00f1a. Como casi nadie se mostraba satisfecho con el acuerdo de cuentas propuesto por el patr\u00f3n, hubo una avalancha de acciones judiciales contra Am\u00e1lia, cuestionando los valores de las indemnizaciones.<\/p>\n<p>Mientras la disputa judicial se arrastraba por los pasillos de los tribunales, los cortadores de ca\u00f1a en litigio lograron el respaldo legal para continuar residiendo en sus casas. Pod\u00edan continuar viviendo en ellas hasta que saliese la sentencia final de los jueces, pero los Matarazzo no les dieron m\u00e1s trabajo, por lo menos oficialmente. Y les impusieron represalias. &#8220;Despu\u00e9s de la acci\u00f3n contra el ingenio, ellos (los patrones) acabaron con los animales y la huerta&#8221;, cuenta Helena Teodoro, de 82 a\u00f1os, que vivi\u00f3 durante casi tres d\u00e9cadas en Am\u00e1lia.<\/p>\n<p>En algunos casos, el impasse judicial dur\u00f3 cinco a\u00f1os. Para sobrevivir, esos colonos despedidos, pero en la pr\u00e1ctica viviendo a\u00fan en la hacienda, tuvieron que ganar su sustento a escondidas de sus ex patrones. Pasaron a ser contratados como trabajadores temporales por contratistas que empezaron a abastecer de jornaleros a los ca\u00f1averales de Am\u00e1lia. Maria Aparecida sospecha de que algunas de esas contratistas eran empresas creadas por los propios due\u00f1os de la hacienda.\u00a0En las m\u00e1s de 200 causas laborales recabadas por el estudio, los dos jueces paulistas que analizaron buena parte de los casos sol\u00edan darle la raz\u00f3n a los empleados. Pero la Justicia era lenta y permit\u00eda una serie de recursos y artima\u00f1as jur\u00eddicas. Antes de ser objeto del veredicto final, una acci\u00f3n, por ejemplo, podr\u00eda pasar &#8211; pasear, quiz\u00e1s sea el t\u00e9rmino m\u00e1s adecuado &#8211; por una serie de instancias, como los tribunales de Santa Rosa, Ribeir\u00e3o Preto, S\u00e3o Paulo, R\u00edo de Janeiro y, finalmente, Brasilia.<\/p>\n<p>A\u00f1os de indefinici\u00f3n hicieron que mucha gente desistiera de exigir sus derechos ante la Justicia u optara por un acuerdo poco ventajoso. &#8220;Los que ganaron acciones consiguieron dinero suficiente para comprar una casita&#8221;, dice la soci\u00f3loga. Resultado: en los primeros a\u00f1os de la d\u00e9cada del 70 el proceso de expulsi\u00f3n de los colonos pr\u00e1cticamente se hab\u00eda cerrado y el sistema de reclutamiento de jornaleros para el ca\u00f1averal ya era una realidad sin retorno. Pocos de los ex colonos despedidos se quedaron en Santa Rosa de Viterbo. La mayor\u00eda se vio obligada a ir hacia otras ciudades, distante de la influencia de los Matarazzo. Maria Aparecida localiz\u00f3 grupos de ex residentes en Am\u00e1lia en Leme y Barrinha.<\/p>\n<p><strong>Rescate de la historia del campo<br \/>\n<\/strong>El inter\u00e9s por rescatar historias del campo, como la de los cortadores de ca\u00f1a de Am\u00e1lia, tiene que ver con los or\u00edgenes rurales de Moraes da Silva. Nacida en Altin\u00f3polis, municipio pr\u00f3ximo a Ribeir\u00e3o Preto, donde la tierra colorada hace florecer cafetales, la investigadora se acuerda de la infancia en la hacienda de la familia, una propiedad de 242 hect\u00e1reas. &#8220;Llegu\u00e9 a trabajar en el plant\u00edo y en la cosecha del caf\u00e9. Pero mi padre siempre quiso que sus hijos estudiaran&#8221;, recuerda. Fue lo que ella hizo. Se gradu\u00f3 en Ciencias Sociales e hizo su maestr\u00eda y su doctorado en Francia, siempre estudiando lasformas de explotaci\u00f3n del trabajo agr\u00edcola. Entre sus recordaciones antiguas, se destaca la imagen de los trabajadores rurales migrantes, oriundos de otros estados, en la regi\u00f3n de Ribeir\u00e3o Preto, en busca de trabajo en los ca\u00f1averales.<\/p>\n<p>Como se sabe, ese cultivo agr\u00edcola acab\u00f3 tomando el lugar de los cafetales, que hab\u00edan dado fama y fortuna a la elite local. A mediados de la d\u00e9cada del 80, Maria Aparecida comenz\u00f3 a trabajar en la cuesti\u00f3n de las mujeres y de los migrantes en el medio rural paulista. En 1988, para imbuirse del modo de vida del migrante, lleg\u00f3 a permanecer 40 d\u00edas en el Vale do Jequitinhonha, regi\u00f3n del norte de Minas que se extiende hasta el l\u00edmite con Bah\u00eda. El Jequitinhonha es conocido por ser una de las \u00e1reas m\u00e1s pobres del pa\u00eds, una especie de antesala de las miserias y llagas que asolan al vecino nordeste. Con a\u00f1os de experiencia y trabajo sobre la condici\u00f3n de la mujer del campo, la investigadora escribi\u00f3 el libro\u00a0<em>Errantes do Fim do S\u00e9culo<\/em> (Errantes de Fin del Siglo), financiado por la FAPESP, CNPq y Fundunesp, obra que, en 1999, obtuvo la menci\u00f3n de honor del premio Casa Grande e Senzala, de la Fundaci\u00f3n Joaquim Nabuco, de Recife.<\/p>\n<p><strong>Situaci\u00f3n actual<br \/>\n<\/strong>No es raro encontrar actualmente familias de ex trabajadores de Am\u00e1lia siendo comandadas por mujeres. Eso responde b\u00e1sicamente a dos motivos: o el antiguo jefe de la casa muri\u00f3, a veces en raz\u00f3n de alguna enfermedad producto de los a\u00f1os de trabajo en los ca\u00f1averales, o a\u00fan est\u00e1 vivo, pero se ha tornado m\u00e1s un fardo que un pilar en su clan. A causa de la dificultad para encontrar empleo en la ciudad y por su inadaptaci\u00f3n al nuevo tipo de existencia sin el bast\u00f3n protector-opresor de los antiguos due\u00f1os de Am\u00e1lia, muchos ex colonos se volvieron alcoh\u00f3licos.<\/p>\n<p>Para desempe\u00f1ar ese nuevo rol de apoyo emocional y financiero del hogar, esas mujeres tienen que vencer desaf\u00edos a\u00fan mayores que los su pasado de colona. Compitiendo ahora con hombres m\u00e1s j\u00f3venes y m\u00e1quinas que se hacen cargo del corte de la ca\u00f1a, las mujeres jornaleras enfrentan enormes dificultades para encontrar empleo en el \u00e1mbito rural. Restan a ellas pocas alternativas de laborales, en general las peores, aquellas que ni hombres ni m\u00e1quinas hacen o desean de hacer. Trabajos como juntar, agachadas, bitucas en el ca\u00f1averal (los extremos de ca\u00f1a que las m\u00e1quinas dejan despu\u00e9s de ejecutar el corte) o manipular agrot\u00f3xicos en viveros.<\/p>\n<p>El cuadro compuesto por el estudio tampoco apunta perspectivas de mejoras familiares en raz\u00f3n de la ascensi\u00f3n social de las nuevas generaciones que componen esas familias. Pese a que tiene m\u00e1s alto grado de escolarizaci\u00f3n que sus padres, los hijos y nietos de ex trabajadores rurales de Amalia contin\u00faan ocupando los estratos inferiores de la sociedad. Cuando consiguen trabajo, son como empleadas dom\u00e9sticas, alba\u00f1iles o para arruinarse en ca\u00f1averales o en la cosecha de otros cultivos en el interior paulista. &#8220;Al igual que sus padres, ellos perpet\u00faan lo que se denomina destino de clase. Nacen, crecen y se relacionan con personas de su propio estrato social&#8221;, afirma la soci\u00f3loga Moraes Silva.<\/p>\n<p><strong>Un palacete italiano en medio los ca\u00f1averales<br \/>\n<\/strong><\/p>\n<p>No muy distante del sudor de los ca\u00f1averales y de los engranajes del sector agroindustrial de Am\u00e1lia, una imponente construcci\u00f3n encarnaba (y a\u00fan encarna) la pompa y el poder asociados durante d\u00e9cadas del siglo pasado a la aristocr\u00e1tica familia de Castellabate que vino a hacerse la Am\u00e9rica a Brasil: el palacete, con sus alamedas y jardines, que serv\u00eda de residencia a los Matarazzo en sus visitas a Santa Rosa de Viterbo. No se debe confundir ese edificio, \u00fanico en la historia rural paulista, con la tradicional casa-grande que funcion\u00f3 como sede de las antiguas haciendas de caf\u00e9 del estado.<\/p>\n<p>Proyectado por arquitectos italianos, el palacete era decorado con frescos florentinos, estatuas en estilo renacentista y gravados del artista pl\u00e1stico franc\u00e9s Jean-Baptiste Debret, que vivi\u00f3 en Brasil al inicio del siglo XIX. Sus jardines fueron creados en la d\u00e9cada del 30 por el conde Francisco Jr., hijo y sucesor del fundador del grupo, que alimentaba especial devoci\u00f3n por la propiedad. En el libro\u00a0<em>Matarazzo 100 Anos<\/em>, obra editada por la familia en 1982, el aprecio del empresario por el lugar es descrito as\u00ed: &#8220;Quer\u00eda crear una isla de ensue\u00f1o en la cual pensaba reposar e incluso vivir, y recibir a sus hijos en armon\u00eda. Am\u00e1lia era &#8216;su&#8217; casa. Le gustaba recibir all\u00ed a sus amigos y personalidades.&#8221;<\/p>\n<p>Para los trabajadores rurales de Am\u00e1lia, el palacete era m\u00e1s que un sue\u00f1o. Era un misterio completo. La entrada en el distinguido local era prohibida para ellos, y seg\u00fan los relatos recabados por la soci\u00f3loga Maria Aparecida de Moraes Silva, poqu\u00edsimos cortadores de ca\u00f1a llegaron efectivamente a verlo alguna vez. &#8220;Como un castillo de la Edad Media, el palacete, en la cabeza de esos trabajadores, evocaba el mundo de los cuentos de hadas&#8221;, afirma.<\/p>\n<p>A fin de facilitar el acceso de sus miembros y sus ilustres invitados &#8211; el presidente Juscelino Kubitschek y el pol\u00edtico y empresario norteamericano Nelson Rockefeller firmaron el libro de visitas de Am\u00e1lia &#8211; a ese ambiente de lujo y placer, los Matarazzo construyeron incluso una carretera particular, conectando el centro de Santa Rosa al palacete. Actualmente, quienes pasan por la plaza Mariah Pia, en el coraz\u00f3n de la ciudad, a\u00fan ven el port\u00f3n, cerrado con candado y escoltado por dos leones de metal, que delimita el inicio del camino a la hacienda. El palacete es una de las pocas partes de Am\u00e1lia que a\u00fan pertenecen a los Matarazzo.<\/p>\n<p><strong>Los hu\u00e9rfanos de Am\u00e1lia<br \/>\n<\/strong><\/p>\n<p>Al tomar conocimiento de la vida de privaciones y trabajo semiesclavo que llevaban los cortadores de ca\u00f1a de Am\u00e1lia, la primera reacci\u00f3n de muchas personas es concluir que nadie debe sentir nostalgia de haber pasado por la hacienda. Esa impresi\u00f3n, no obstante, es falsa. Empero algunos, generalmente los m\u00e1s j\u00f3venes, no ahorren cr\u00edticas para sus ex patrones, muchos de los ex colonos &#8211; hoy sueltos por el mundo, fuera del universo rural cerrado y controlado a sangre y fuego por los Matarazzo &#8211; a\u00fan guardan buenas recordaciones de aquella \u00e9poca dif\u00edcil.<\/p>\n<p>Evocan el compa\u00f1erismo que reinaba entre los habitantes de la hacienda. Hacen referencia al gran movimiento de gente en Am\u00e1lia los domingos y d\u00edas de fiesta, cuando la propiedad se convert\u00eda en el centro de entretenimiento en Santa Rosa de Viterbo. Las mujeres de edad m\u00e1s avanzada recuerdan que, al nacer, sus hijos eran agasajados con peque\u00f1os obsequios que habr\u00edan sido confeccionados por la propia condesa Mariangela Matarazzo, esposa del conde Francisco Matarazzo Jr. Pero hay un gesto de sus antiguos patrones que la mayor\u00eda de esos ex colonos no entendi\u00f3 &#8211; ni perdon\u00f3 &#8211; hasta hoy: \u00bfpor qu\u00e9 al final ellos perdieron sus casas en Am\u00e1lia y fueran puestos de la cerca para fuera, en muchos casos sin percibir sus correspondientes indemnizaciones?<\/p>\n<p>Responde la palabra Maria Aparecida Brand\u00e3o Flausino, de 50 a\u00f1os, quien junto a sus padres y ocho hermanos vivi\u00f3 y trabaj\u00f3 de los 7 a los 19 a\u00f1os en los ca\u00f1averales de Am\u00e1lia. &#8220;Me sent\u00ed muy mal cuando nos echaron de all\u00ed&#8221;, dice esta mineira (de Minas Gerais), bajita y robusta, que a\u00fan hoy trabaja como cortadora de ca\u00f1a o en la cosecha de otros cultivos &#8211; cuando consigue emplearse &#8211; en los alrededores de Leme, donde reside actualmente. &#8220;La vida en la hacienda era dura, se trabajaba mucho, pero era buena. Pod\u00edamos plantar arroz, fr\u00edjoles, ma\u00edz. Era m\u00e1s f\u00e1cil que en la ciudad. Ac\u00e1 hay que comprar todo en el mercado, hay que tener cr\u00e9dito.&#8221;\u00a0En su modest\u00edsima casa, casi sin la menor terminaci\u00f3n y compuesta por dos min\u00fasculos cuartos, una sala\/cocina, un pasillo con una pileta de lavar y un patio de fondo, viven seis personas: ella, el marido, Jos\u00e9 Aparecido (50 a\u00f1os), tres hijos y un nieto.<\/p>\n<p>Como los hijos est\u00e1n sin empleo estable y el marido no se aleja de la compa\u00f1\u00eda de la bebida, Maria Aparecida es el sost\u00e9n de la casa. Por suerte, ella a\u00fan tiene una buena salud y disposici\u00f3n para trabajar. Los a\u00f1os cortando ca\u00f1a curvada a\u00fan no afectaron su espalda, como sucede con muchos trabajadores. Su poco m\u00e1s de un metro y medio parece haberla salvado, por ahora, de los dolores de columna. Qui\u00e9n es de baja estatura tiene que curvarse menos para podar la ca\u00f1a.<\/p>\n<p>Nacida en una casa de campo entre Santa Rosa y S\u00e3o Sim\u00e3o, F\u00e1tima Aparecida Silva Pereira, de 42 a\u00f1os, cort\u00f3 ca\u00f1a en Am\u00e1lia durante ocho a\u00f1os, de 1970 a 1978. Ella no vivi\u00f3 la \u00e9poca de los colonos y nunca pudo vivir en la estancia, la mejor fase al decir de la mayor\u00eda de los ex residentes en la propiedad. Viv\u00eda en Santa Rosa y prestaba el servicio en condici\u00f3n de jornalera para contratistas que arrendaban mano de obra para los ca\u00f1averales. Siempre activa protagonista en las huelgas y movimientos contestatarios que comenzaron a surgir en la regi\u00f3n a partir de la segunda mitad de la d\u00e9cada del 60, a F\u00e1tima le gustaba el clima amigable entre sus socios de lucha, pero tiene una visi\u00f3n m\u00e1s \u00e1cida sobre su paso por Am\u00e1lia. &#8220;Todo el mundo sali\u00f3 de ah\u00ed con problemas (de salud). Yo ten\u00eda dolores en la espalda, y las venas de las piernas a veces reventaban durante el corte. Nosotros tambi\u00e9n manipul\u00e1bamos veneno (fertilizantes, agrot\u00f3xicos) y no ten\u00edamos m\u00e1scara ni nada&#8221;, cuenta F\u00e1tima,que tiene prominentes v\u00e1rices en las piernas.<\/p>\n<p>Tras la experiencia en Am\u00e1lia, ella pas\u00f3 por otros ca\u00f1averales e incluso intent\u00f3 ocuparse como empleada dom\u00e9stica en Ribeir\u00e3o Preto y S\u00e3o Paulo. Pero no se adapt\u00f3 a la vida entre cuatro paredes. &#8220;No me gustaba estar presa dentro de una casa. Cortar ca\u00f1a es m\u00e1s divertido&#8221;, compara. F\u00e1tima regres\u00f3 entonces a Santa Rosa, pero despu\u00e9s de casarse y tener una hija (Maria Br\u00edgida, de casi 5 a\u00f1os), tuvo que abandonar definitivamente su antiguo oficio. &#8220;Mujer con v\u00e1rices y un hijo hoy no consigue trabajo (de jornalera en las contratistas)&#8221;, dice, resignada. La salida fue hacer y vender camisetas, cajas y chinelas (ojotas) para reforzar el presupuesto dom\u00e9stico.\u00a0Su marido, Adilson Pereira, gana poco m\u00e1s de 7 reales por d\u00eda colocando veneno para las hormigas en un antiguo ca\u00f1averal de Am\u00e1lia, actualmente bajo control de una firma que arrienda la tierra de los Matarazzo. Su sue\u00f1o es mudarse de ciudad y probar suerte en otro lado. &#8220;Am\u00e1lia acab\u00f3. Para nosotros y para los Matarazzo. Ac\u00e1 no hay trabajo, no hay gente interesada en artesan\u00edas. Tengo que pensar en mis hijos. No se puede vivir con 200 reales por mes.&#8221;<\/p>\n<p>\u00bfPero al final, qui\u00e9nes son hoy los hu\u00e9rfanos de Am\u00e1lia? Es casi imposible saber cu\u00e1ntos cortadores de ca\u00f1a que pasaron por la estancia a\u00fan est\u00e1n vivos. Pero las 70 personas cuya historia de vida fue rescatada en el trabajo de la soci\u00f3loga Maria Aparecida de Moraes Silva, de la Unesp, presentaban el siguiente perfil. M\u00e1s de la mitad era paulista de nacimiento, un 30% era de Minas Gerais. Dos tercios de los escuchados eran blancos y un tercio era negro o pardo.\u00a0Un 55% era de sexo masculino y un 45% femenino. Casi el 85% ten\u00eda m\u00e1s de 50 a\u00f1os (los m\u00e1s viejos superaban los 90 a\u00f1os). Nueve de cada diez entrevistados eran analfabetos o ten\u00edan el primario incompleto. La mitad de los individuos que prestaron declaraci\u00f3n eran jubilados, un 12% se defin\u00eda como desempleado, un 10% era de amas de casa, otro 10% trabajaba en el campo y un 7% se encontraba retirado del trabajo (probablemente sin haber conseguido jubilarse). El resto ten\u00eda otros tipos de ocupaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Algunos ex colonos de Am\u00e1lia presentan sentimientos contradictorios en relaci\u00f3n al per\u00edodo vivido en la hacienda, un mixto de amor y odio para con los m\u00e9todos implantados por los ex patrones. Es el caso del jubilado Joaquim Louren\u00e7o dos Anjos, de 77 a\u00f1os, colono de Am\u00e1lia entre 1944 y 1977 y actualmente due\u00f1o de una casa en Leme. Durante su estada en el complejo agroindustrial de Santa Rosa, ele fue cortador de ca\u00f1a y tambi\u00e9n ejerci\u00f3 las funciones de capataz y guardia nocturno. Hasta hoy habla con orgullo de haber ganado el premio en el tercer lugar como mejor cortador de ca\u00f1a en la hacienda en 1955. En la l\u00ednea del obrero com\u00fan, segu\u00eda los consejos de su padre, tambi\u00e9n residente en Am\u00e1lia, y era contrario a las huelgas. &#8220;Cre\u00eda que eso era p\u00e9rdida de tiempo. Los Matarazzo ten\u00edan mucho dinero y compraban todo y a todos&#8221;, dice.<\/p>\n<p>Aunque diga que la vida en la secci\u00f3n S\u00e3o Louren\u00e7o, donde se encontraba su casa de colono, era &#8220;muy buena&#8221;, hace una serie de salvedades al sistema vigente en la hacienda. &#8220;Para decir la verdad, trabaj\u00e1bamos gratis, \u00e9ramos muy explotados. Si hubiera venido para ac\u00e1 antes, habr\u00eda sido mejor&#8221;, cree. Ese tipo de opini\u00f3n, rara entre los hu\u00e9rfanos de Am\u00e1lia, talvez se explique por el hecho de que Joaquim consigui\u00f3 un empleo razonable en su migraci\u00f3n al medio urbano: fue durante diez a\u00f1os guardia en una firma de Leme. Ese puesto le permiti\u00f3 jubilarse y mantener una vida con un m\u00ednimo de decencia. La mayor\u00eda de sus ex colegas no tuvo esa oportunidad.<\/p>\n<p><strong>El proyecto<br \/>\n<\/strong>Mujeres de la Ca\u00f1a: Memorias (<a href=\"http:\/\/www.bv.fapesp.br\/pt\/auxilios\/13406\/mulheres-da-cana-memorias\/\" target=\"_blank\">96\/12858-2<\/a>);\u00a0<strong>Modalidad:\u00a0<\/strong>Auxilio a proyecto de investigaci\u00f3n;\u00a0<strong>Coordinadora:\u00a0<\/strong>Maria Aparecida de Moraes Silva;\u00a0<strong>Inversi\u00f3n:\u00a0<\/strong>R$ 15.367,00<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"Un estudio rescata el cotidiano de cuasi servidumbre de los cortadores de ca\u00f1a","protected":false},"author":13,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"_exactmetrics_skip_tracking":false,"_exactmetrics_sitenote_active":false,"_exactmetrics_sitenote_note":"","_exactmetrics_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[179],"tags":[],"coauthors":[101],"class_list":["post-73231","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-tapa"],"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/73231","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/13"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=73231"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/73231\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=73231"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=73231"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=73231"},{"taxonomy":"author","embeddable":true,"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/coauthors?post=73231"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}