{"id":78654,"date":"2005-01-01T00:00:00","date_gmt":"2005-01-01T00:00:00","guid":{"rendered":"http:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/2005\/01\/01\/desde-los-indios\/"},"modified":"2016-01-28T17:31:02","modified_gmt":"2016-01-28T19:31:02","slug":"desde-los-indios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/desde-los-indios\/","title":{"rendered":"Desde los indios"},"content":{"rendered":"<p>Al principio de los tiempos nacionales, ir a la playa era literalmente cosa de de indios: &#8220;Metidos en las aguas como ca\u00f1as delgadas, a veces, m\u00e1s de doce veces al d\u00eda, los indios andan desnudos, porque as\u00ed se ahorraban el cansancio de quitarse la ropa a toda hora&#8221;, observ\u00f3 Jean de L\u00e9ry, viajero y escritor franc\u00e9s del siglo XVI,. &#8220;Cierto domingo, vimos volcarse una canoa con m\u00e1s de treinta salvajes. Fuimos corriendo a socorrer a los n\u00e1ufragos, pero estaban todos ri\u00e9ndose y nos preguntaron: \u00bfad\u00f3nde van con tanta prisa, Mair (como los nativos llamaban a los franceses)?&#8221; Lo que los de esta tierra aprendieron tempranamente, demor\u00f3 en convertirse en h\u00e1bito para los conquistadores europeos, que reci\u00e9n durante el reinado de Don Jo\u00e3o VI descubrieron el ba\u00f1o de mar. Durante todo ese tiempo vivieron apretados e insalubres en el centro de R\u00edo de Janeiro.<\/p>\n<p>La historia de c\u00f3mo tard\u00f3 en darse ese paso de la tanga de los indios a la\u00a0 tanguita de Ipanema es hermosamente contada en Orla carioca: hist\u00f3ria e cultura, de Claudia Braga Gaspar, un lanzamiento de Metalivros. &#8220;El carioca original, debido a una larga abstinencia, que atravesar\u00e1 dos siglos enteros de apego a la tierra firme y resistir\u00e1 a las primeras d\u00e9cadas de repentinos cambios en la ciudad del siglo XIX, siquiera pensaba en ba\u00f1arse en el mar&#8221;, explica Claudia. Cuando comenz\u00f3 a pensarlo fue en t\u00e9rminos medicinales, y no para divertirse. Debido a una inflamaci\u00f3n en la pierna, provocada por la picadura de una garrapata, Don Jo\u00e3o VI, metido\u00a0 dentro de un caj\u00f3n, fue el europeo pionero en arriesgarse a sumergirse en las aguas cariocas. La playa, imitando lo que se hacia en el exterior de la colonia, se transforma as\u00ed en un &#8220;peque\u00f1o hospital&#8221;, y como tal se exig\u00eda decoro: &#8220;Las muchachas deben usar largos calzones sujetos al tobillo y cubiertos por blusones del mismo tejido, adem\u00e1s de gorros a lo Mar\u00eda Antonieta. En los pies, zapatos de lona y por encima de todo, amplios ropones&#8221;, cuenta una revista de la \u00e9poca. Para evitar mayores peligros, hab\u00eda un equipo de italianos y portugueses que se encargaba de llevar a las mozuelas cargadas a mojarse sus delicados piececitos en el agua. Todo cuidado era poco. El Diccionario de ciencias eclesi\u00e1sticas, de 1760, recomendaba el &#8220;uso del ba\u00f1o, siempre y cuando no se lo tome por voluptuosidad. Se les permitir\u00e1n ba\u00f1os a los enfermos todas las veces que se los considere necesario, pero a los de buena salud, en especial a los j\u00f3venes, tales ba\u00f1os deben serles concedidos muy raramente&#8221;.<\/p>\n<p>&#8220;El paso del uso terap\u00e9utico de la playa al uso social y de ocio se vincula a las transformaciones urbanas por que pasaba R\u00edo en los albores del nuevo siglo, con las grandes avenidas y la llegada de los tranv\u00edas, que hac\u00edan nacer una nueva ciudad, trayendo modernidad y avanzando en sus l\u00edmites urbanos a la zona sur, hasta entonces un vasto y desierto arenal.&#8221;<\/p>\n<p>Pero todo camin\u00f3, al igual que el paso en la arena, a pasos lentos. Inicialmente, se iba a la playa de madrugada, entre las tres y las cuatro de la ma\u00f1ana. Los ba\u00f1istas llegaban temprano, se cambiaban en las cabinas de vestuario, de moldes europeos, y despu\u00e9s solamente cinco minutos dentro del agua, era lo que entonces se juzgaba recomendable, y un poco de aire y sol, sal\u00eda de la orilla a las 8 para tomar el desayuno, ya que era necesario estar en ayunas para entrar en el mar. As\u00ed fue como surgieron, para matar el hambre de los ba\u00f1istas, los caf\u00e9s, convertidos inmediatamente en los quioscos actuales. Pero la libertad tiene su precio y el Estado tuvo a su bien el regular la nueva moda. En 1917 el decreto 1.143 advert\u00eda que s\u00f3lo se pod\u00eda ir a la playa entre el 1\u00ba de abril y el 20 de noviembre, desde las 6 de la ma\u00f1ana hasta las 6 de la tarde. Adem\u00e1s de describir el tipo de indumentaria adecuada y otras particularidades, la nueva ley prohib\u00eda terminantemente &#8220;cualquier ruido y vocer\u00edos en la playa o en el mar durante todo el per\u00edodo del ba\u00f1o&#8221;. Un a\u00f1o despu\u00e9s, para tranquilidad general, se construyeron a lo largo de Copacabana, seis puntos de Salvamento, con salvavidas. Las personas pasaron entonces a tomar sus ba\u00f1os teniendo como punto de referencia dichos puntos, h\u00e1bito que permanece hasta hoy, aunque por otras razones, vinculadas a qu\u00e9 &#8220;tribu&#8221; de la playa el ba\u00f1ista pertenece. &#8220;La Primera Guerra Mundial trajo cambios de peso en el comportamiento, que se ver\u00e1n reflejados en el vestuario de la \u00e9poca. Lo que se quer\u00eda era una vida m\u00e1s sana, al aire libre, donde los deportes estuvieran m\u00e1s presentes, como en el caso del remo, el salto del trampol\u00edn y la nataci\u00f3n&#8221;, asevera la autora. &#8220;Acompa\u00f1ando esa evoluci\u00f3n, los trajes de ba\u00f1o se modernizaron, surgiendo el traje de pieza \u00fanica. La playa gana en popularidad. Surgen los hoteles balnearios de la costa francesa y R\u00edo, aprovechando la oportunidad, inaugura una serie de balnearios en la costa: Hotel Gl\u00f3ria, Hotel Sete de Setembro y Copacabana Palace, entre otros.&#8221;<\/p>\n<p>&#8220;El carioca se adiestr\u00f3 a caminar en la playa con la misma airosa elegancia con que camina en el asfalto. La vida de la playa ejerce sobre ella una influencia que se hace sentir en sus ideas y sentimientos, en su complexi\u00f3n f\u00edsica y moral. La playa, desviando a la poblaci\u00f3n de la ciudad hacia la convivencia con la naturaleza, la vitaliza poderosamente y le insufla alegr\u00eda&#8221;, anunciaba con precisi\u00f3n la revista O Cruzeiro. Los ba\u00f1istas se van volviendo m\u00e1s atrevidos y temerarios, dejando la calma de las aguas de la bah\u00eda de Guanabara para dirigirse a la orilla de las playas oce\u00e1nicas. &#8220;La playa se va popularizando y adquiriendo el status de \u00e1rea social. La ciudad en movimiento va conquistando espacios y ampliando el ocio del carioca a orillas de la ciudad. El culto al cuerpo es cada vez m\u00e1s exacerbado, se al\u00eda a los avances de los materiales usados en la confecci\u00f3n de los trajes de ba\u00f1o: el l\u00e1tex, en los a\u00f1os 1940, el streech, en los a\u00f1os 1960 y 70, y la lycra, en los a\u00f1os 1970 y 80&#8221;, recuerda\u00a0 Claudia. El h\u00e1bito del ba\u00f1o de mar tambi\u00e9n se modifica. &#8220;Los horarios de playa se van\u00a0 extendiendo, y si a comienzos del siglo todo se limitaba a una permanencia restringida a pocas horas, a partir de los a\u00f1os 1930 el gusto por la playa har\u00e1 que el deseo sea disfrutar ese espacio de la mejor manera posible.&#8221; Y con la menor cantidad de ropa posible. En 1948 una alemana, Miriam Etz, se exhib\u00eda todos los d\u00edas con el reci\u00e9n creado bikini en la playa del Diablo, juntando multitudes para ver el vestuario que era una bomba at\u00f3mica moral. En 1960 \u00e9ste deja de ser novedad y se consagra como el uniforme de la carioca.<\/p>\n<p>Una curiosidad: fue el progreso de la modernidad que, en buena medida, ayud\u00f3 a unir al carioca a su naturaleza. No era f\u00e1cil llegar hasta la zona sur viniendo de las regiones centrales, en donde viv\u00eda la poblaci\u00f3n. De ah\u00ed, el empujoncito extra dado por los tranv\u00edas. Los primeros rieles llegaron a Copacabana a finales del siglo XIX, y en 1894 se inaugur\u00f3 la l\u00ednea Igrejinha-Ipanema, aunque en contra del gusto de los accionistas de la empresa, que cre\u00edan una idiotez llevar el tranv\u00eda hasta &#8220;un desierto arenoso, sin habitaciones y cuyo progreso ser\u00eda lento&#8221;.<\/p>\n<p>&#8220;Posteriormente, en los a\u00f1os 1960, la apertura del t\u00fanel Rebou\u00e7as, uniendo directamente a la zona sur a la zona norte, acelera la integraci\u00f3n de la ciudad en crecimiento, flexibilizando el flujo de los ba\u00f1istas de la zona norte para las playas de la zona sur. Antes las playas oce\u00e1nicas eran b\u00e1sicamente frecuentadas por habitantes locales y turistas, o por quienes ten\u00edan autom\u00f3viles&#8221;, explica Claudia. Con el tiempo, la playa se convierte en el ocio irrestricto de todos los cariocas y los tab\u00faes caen: lo bonito es broncearse. Las oportunidades de lo nuevo, sin embargo, no son gratuitas. Para construir la ciudad de sus sue\u00f1os, el alcalde Pereira Passos inicia la pr\u00e1ctica de los terraplenes, que se tragan y a su vez generan nuevas playas. &#8220;Quien ande hoy por el centro de R\u00edo, pisa sin saberlo sobre playas enterradas&#8221;, dice la autora. El &#8220;bota abajo&#8221; diezm\u00f3 las casas balnearias para formar la l\u00ednea del muelle y separ\u00f3 a la ciudad de su oc\u00e9ano. Hoy entre R\u00edo y el mar corre una avenida costanera. En 1952 el alcalde Dulc\u00eddio Cardoso empuj\u00f3 las aguas m\u00e1s lejos a\u00fan, extendiendo, entre el paseo p\u00fablico y el Morro da Viuda, el relleno de Flamengo, construido entre 1953 y 1962. Siete playas desaparecieron para dar lugar a los muelles del puerto; cuatro al Arsenal de la Armada; nueve fueron enterrados con el desmonte del Morro do Castelo y del Morro Santo Antonio. Hasta el mar fue invadido: en 1944, con los restos de Morro do Castillo, se cre\u00f3 el aeropuerto Santos Dumont.<\/p>\n<p>Los indios no reconocer\u00edan m\u00e1s la orilla en donde se divert\u00edan tanto, para espanto de los europeos. No obstante ello, a\u00fan se sentir\u00edan a gusto con las &#8220;tribus&#8221; nacientes, que dividen los espacios en la arena en funci\u00f3n de los comportamientos, en general concentradas en el entorno de los puestos de salvamento, como la de los surfistas, en el Puesto 7; la GLS, en el Puesto 8; la juventud m\u00e1s relajada y art\u00edstica en el Puesto 9; y los <em>mauricinhos<\/em> y las <em>patricinhas<\/em>\u00a0(ni\u00f1os y ni\u00f1as bien) comportados y pudientes del Puesto 10. &#8220;La expresi\u00f3n &#8216;esta no es mi playa&#8217; tiene seguramente en las tribus presentes en ella un status de uni\u00f3n y pertenencia, un compromiso con comportamientos espec\u00edficos&#8221;, se\u00f1ala Claudia. El resto, el resto es el mar.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"Un libro muestra la trayectoria de la costa carioca","protected":false},"author":24,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"_exactmetrics_skip_tracking":false,"_exactmetrics_sitenote_active":false,"_exactmetrics_sitenote_note":"","_exactmetrics_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[187],"tags":[],"coauthors":[117],"class_list":["post-78654","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-humanidades-es"],"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/78654","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/24"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=78654"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/78654\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=78654"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=78654"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=78654"},{"taxonomy":"author","embeddable":true,"href":"https:\/\/revistapesquisa.fapesp.br\/es\/wp-json\/wp\/v2\/coauthors?post=78654"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}