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Hilo por hilo

Pruebas revelan como los cosméticos, en muchos casos, dañan el cabello

Enrollado, el peinado de la actriz Kim Novak en Vértigo es un icono del poder de seducción del cabello. En el suspenso de 1958 de Alfred Hitchcock, su moño rubio platinado arrebató el corazón del detective interpretado por James Stewart, en una escena que no se restringe a las pantallas de cine. En todo el mundo los cabellos copiosos y brillantes atraen la atención de hombres y mujeres y son considerados símbolo de juventud, salud y poder -incluso por investigadores brasileños que comienzan a descubrir cómo actúan los cosméticos sobre el cabello.

Así como el personaje bíblico Sansón perdió su fuerza descomunal cuando Dalila le cortó los cabellos, la caída progresiva de los cabellos reduce la autoestima, hace que las personas se sientan menos atrayentes y las torna socialmente retraídas -problema que, según estudios europeos, afecta más intensamente a las mujeres y a los hombres más jóvenes. Además de la importancia para el bienestar psicológico, comenta la dermatóloga Fabiane Mulinari Brenner, de la Universidad Federal del Paraná (UFPR), el cabello está impregnado de significados socioculturales. El estilo definido por un corte o peinado indica a que grupo social una persona pertenece y a veces incluso la posición que ocupa, motivo por el que en general se impone el rapado de la cabeza a los reclutas militares, criminales y prisioneros de guerra como forma de eliminar la individualidad y subyugarlos a la autoridad, recuerda el psicólogo estadounidense Thomas Cash en un análisis sobre el tema publicado años atrás.

Ante tantos valores atribuidos a la cabellera, parece natural que quien exhibe cabellos atrayentes quiera preservarlos – y quien no los tiene quiera transformarlos en madejas a lo Gisele Bündchen o Rodrigo Santoro – con la ayuda de champúes, cremas de enjuague y otros tratamientos de belleza. La industria de cosméticos, claro, hace tiempo identificó ese filón e invierte pesado en el lanzamiento de productos que prometen restaurar los cabellos o dejarlos más voluminosos y brillantes, como se nota en las revistas femeninas o en los comerciales de televisión. Los datos más recientes de la Asociación Brasileña de la Industria de Higiene Personal, Perfumería y Cosméticos, que reúne a las mayores empresas de esa área, reafirman el éxito comercial del sector: la producción de cosméticos para cabellos creció cerca del 50% de 2003 a 2006, alcanzando 458 millones de toneladas, y las ventas más que se duplicaron alcanzando, 2,2 mil millones de dólares el año pasado. ¿Pero será que todos esos productos de hecho funcionan?

La respuesta que comienza a emerger de estudios conducidos por instituciones de investigación sin conexión con la industria no siempre agrada a los fabricantes de cosméticos. En algunos casos, corrobora impresiones que las mujeres adquirieron a lo largo de años en salones de belleza; en otros, destruye mitos seductores construidos por campañas publicitarias. Pruebas hechas por el equipo de la química Inés Joekes, de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp), muestran que champúes y acondicionadores funcionan para limpiar los cabellos y dejarlos más fáciles de peinar, pero no promueven la recuperación de los hilos damnificados que se proponen diversos productos. Ni podrían.

“El hilo de cabello es un tejido muerto, incapaz de regenerarse después de formado”, recuerda Fabiane, especialista en enfermedades del cuero cabelludo. Por esa razón, la mejor forma de mantener una cabellera vistosa y bien nutrida es por medio de una dieta equilibrada y rica en proteínas y ácidos grasos, afirma a dermatóloga paranaense. Hace cuatro décadas investigadores demostraron que la carencia de nutrientes como el hierro favorecía la caída del cabello, hasta en mujeres que no sufrían de anemia, además de dejar la piel y los propios cabellos resecos, con la textura de paja. Más recientemente estudios asociaron la carencia del aminoácido lisina – uno de los componentes de las proteínas, encontrado en las carnes rojas, peces y huevos – a la pérdida de esos preciosos hilos. Dueña de largas mechas castañas, Fabiane advierte, sin embargo, que es necesario tener cuidado con los excesos: “La Vitamina A además de lo recomendado aumenta la caída del cabello y no debe ser consumida sin orientación de un médico o nutricionista”.

El simple uso diario del champú hace más que eliminar las partículas de suciedad, de polución y el sebo del cuero cabelludo que se acumula en los hilos. Él es tan eficiente que remueve hasta las pequeñas partes del propio hilo, contribuyendo a producir daños microscópicos en su estructura, alterar el color y tornarlo más quebradizo, en especial en las puntas, como comprobaron Inés y la química Carla Scanavez.

En experimentos en el laboratorio de físico-química aplicada de la Unicamp, Carla decidió verificar lo que simples cuidados diarios, como el lavado con champú, el cepillado y el uso de secador, hacían con el cabello. En una primera batería de pruebas, ella colocó mechas de cabellos castaños que nunca habían pasado por tratamiento químico de remojo por 8, 16, 24 y 32 horas en un recipiente con agua a 40 grados Celsius y una pequeña dosis del principal componente activo de los champúes, el detergente lauril sulfato de sodio. Analizando los hilos al microscopio electrónico, Carla constató que a partir de 16 horas de lavado – o dos meses de baños diarios de 15 minutos – surgieron huecos y rajaduras en la cutícula, la parte más externa de los hilos, compuesta por 6 a 18 camadas de placas sobrepuestas como escamas.

Los daños a los hilos aumentaron cuando, en una segunda etapa, Carla intentó reproducir una situación más próxima a la que las mujeres enfrentan en lo cotidiano. En vez de dejar las muestras de cabello de remojo, ella pasó a estregarlas suavemente con champú durante dos minutos, antes de enjuagarlas con agua caliente. En seguida cepilló las mechas mojadas, las secó con un secador de cabellos y volvió a peinarlas. Esta vez los perjuicios aparecieron más temprano. “A partir de 20 repeticiones comienza a haber daños en las cutículas”, cuenta Carla.

Ejecutado 120 veces, el equivalente a cuatro meses de lavados, cepillados y secados diario, ese tratamiento prácticamente eliminó las cutículas. Afectó también el córtex, región interna del hilo que concentra el 80% de la queratina del cabello, proteína que le confiere una resistencia a la tracción mayor que a del acero – sólo se rompe fácilmente un hilo de cabello por causa de su reducido diámetro, que varia de 50 a 100 micrómetros (milésimos de milímetro). Un mes de baños con esa misma duración dejó el cabello perceptiblemente más claro.

En los estudios sobre los efectos de la limpieza del cabello, publicados en la Colloids and Surfaces B, Carla e Inés presentan la explicación completa de como el detergente del champú afecta la integridad y el color de los pelos. El agua penetra por espacios entre las cutículas, las levanta y disuelve el material depositado entre ellas – en general, restos de células muertas -, originando pequeñas cavidades. El detergente del champú acelera la formación de huecos en las camadas internas de las cutículas y extrae las grasas naturales del pelo.

Con el tiempo, las cutículas comienzan a desprenderse y dejan la superficie del cabello irregular. Esos daños facilitan el ataque del agua y del champú al córtex, originando cavidades en el interior del pelo por la remoción de proteínas y del cemento celular que mantiene los haces de queratina unidos. Además de más ásperos al tacto, los pelos se vuelven progresivamente más claros. Dos procesos contribuyen al cambio del tono del cabello: el surgimiento de las cavidades y la destrucción de la melanina, proteína responsable del color de los pelos – es la cantidad total de melanina la que determina si un cabello es rubio, pelirrojo, castaño o negro.
En el caso de los cuidados diarios, los huecos en la cutícula y en el córtex del pelo son los responsables del cambio de color del cabello y de alterar sus propiedades ópticas. Es que cuánto más cavidades hay en el pelo, más luz es reflejada para el ambiente y menos es absorbida por los granos de melanina. En los estadios avanzados ocurre la destrucción de los gránulos de melanina, dejando el cabello amarillento.

Quien siente más esos efectos son las personas con cabellos largos: sus pelos presentan un desgaste mayor principalmente en las puntas, que puede ser agravado por la forma como se lava la cabeza. Rita Wagner, otra química del equipo de Inés, formado casi solamente por mujeres, sometió cabellos castaños y rubios a dos tipos de lavado: inmersión en agua con champú (sin fricción) o la fricción de los pelos. Las dos formas de limpieza fueron repetidas a temperaturas diferentes, que simulaban baños calientes y fríos. En una prueba inicial, Rita observó que sólo el agua ya era suficiente para retirar las proteínas del cabello, pérdida que se duplicaba cuando se adicionaba champú.

Lo más nocivo, sin embargo, fue enjabonar los pelos, describe la investigadora en otro artículo de la Colloids and Surfaces B. “La fricción es la responsable por el 90% de los daños a la cutícula”, afirma Rita, efecto que aumenta progresivamente con la elevación de la temperatura del agua. De acuerdo con Inés, la primera señal de desgaste de las cutículas detectable a simple vista son las puntas dobles, que surgirían después de un año de lavados masajeando el cabello.

Si el uso del champú limpia los pelos, pero los damnifica al punto de que se conviertan más opacos, enmarañados y quebradizos al peinar, la salida sería ¿dejar de lavarse los cabellos? Por suerte, nada tan radical. Lo ideal es lavarse la cabeza el menor número posible de veces a lo largo de la semana. “La decisión de cuando se debe lavar el cabello depende de la percepción personal de que el cabello está sucio y necesita ser lavado”, afirma Inés. Y no hay reglas, toda vez que las características de los pelos y del cuero cabelludo varía de una persona para otra, así como es diferente el nivel y el tipo de contaminación a que se está expuesto diariamente. “Aunque no haya diferencia de eficacia entre los productos en el mercado, el champú adoptado debe ser el que mejor se adapta a su cabello y al cuero cabelludo”, recomienda Inés, que dice no tomar cuidados especiales con sus largos cabellos rubios.

Para el que le gusta enjabonar la cabeza con frecuencia, ella sugiere el uso de los champúes infantiles, que contienen detergentes menos agresivos a los cabellos. Otros consejos son: friccionar lo menos posible los pelos, tomar baño tibio, secar poco con toalla y peinar lo mínimo necesario, de preferencia, con peines de dientes largos, además de, claro está, no exagerar en el champú. “También es posible usar productos que minimicen los daños del lavado”, recuerda Carla, que después de años de investigación en la Unicamp fue recientemente contratada por una empresa del sector.

Algunos champúes traen en su formulación pequeñas cantidades de silicona – uno de los más conocidos es la dimeticona -, polímero que recubre los pelos lubrificándolos y dejándolos más brillantes. “La silicona del champú forma una película sobre los pelos y reduce la pérdida de proteínas por fricción”, afirma Rita. Ela descubrió recientemente que un tercer componente del cabello, la médula, altera el color y la resistencia de los pelos.

La silicona, mientras tanto, no es completamente inocuo: él se adhiere al pelo y no sale fácilmente en el enjuague. De ese modo, facilita la acumulación de suciedad y exige el uso de más detergente en el próximo lavado. “Muchas personas que creen tener el cabello grasiento, en verdad, no lo tienen”, dice Inés. “Esa oleosidad se debe al uso de champú inadecuado, conteniendo silicona.” El cosmético que más ameniza la acción nociva de los champúes son los acondicionadores. Formulados a base de grasas y de un detergente diferente a los usados en los champúes, los acondicionadores llenan las cavidades abiertas en la superficie y en el córtex del cabello y cierra las cutículas, aumentando la capacidad de los pelos de reflejar la luz – razón por lo que parecen más brillantes. Inés comprobó también que el acondicionador altera las propiedades mecánicas del cabello. “Ese cosmético deja los pelos más homogéneos en lo que se refiere a la capacidad de resistir al estiramiento”, explica. Como resultado, menos pelos frágiles se rompen con el peinar.

Pero ni los acondicionadores restauran uno de los tratamientos más agresivos que Inés ya vio desde que comenzó a investigar la eficiencia de los cosméticos de cabellos en 1983: el alisamiento de los pelos, hecho por personas que tienen cabello crespo u ondulado y desean dejarlos impecablemente lisos. Carla aplicó en mechones de cabellos crespos dos tipos de cremas alisadoras encontradas en el mercado – una a base de tioglicolato de amonio y otro con hidróxido de calcio o litio. En seguida, dejó actuar por 20 minutos, tiempo de una sesión de alisamiento, y 60 minutos (tres sesiones), antes de analizar los pelos al microscopio.

Aunque usados en bajas concentraciones, esos compuestos deforman de manera irreversible la estructura microscópica del cabello. A diferencia del cabello liso, de formato cilíndrico, el cabello crespo es achatado y con torsiones naturales, como una escalera de caracol. Tanto el tioglicolato como el hidróxido – también usados por quien tiene cabello liso y quiere dejarlo encaracolado con un tipo de peinado llamado permanente – destruyen los vínculos de las fibras de queratina, deshaciendo las vueltas microscópicas del pelo. El cabello se queda liso y más frágil, como un hilo de aluminio retorcido que es estirado. “Surgen rajaduras y surcos que reducen a menos de la mitad la resistencia de los pelos al alargamiento”, explica Inés.

Algo semejante sucede con el alisamiento térmico que, en vez de cremas, se prende el cabello entre dos chapas calentadas de un pequeño aparato – la famosa chapita, versión moderna de planchar el cabello con plancha. “El cabello se pone más opaco y áspero al toque”, dice Carla. “Para mejorar su apariencia, es necesario usar mucho acondicionador, cremas para peinar y compuestos oleosos, que funcionan como un lustra muebles en una mesa arañada: llenan los huecos, pero no se eliminan los daños.” Si no da para restaurar los defectos que los cuidados diarios y los tratamientos cosméticos producen en los pelos, también no es posible prevenir de forma adecuada, por lo menos por ahora, las alteraciones causadas por la exposición al sol. La ingeniera química Ana Carolina Nogueira expuso al sol durante 91 horas, el equivalente a un mes de vacaciones en la playa, muestras de cabello blanco, rubio, pelirrojo y castaño – y repitió la prueba con luz artificial. Ella constató que los diferentes tipos de radiación ultravioleta – ultravioleta A (UVA) y ultravioleta B (UVB) – damnifican de diferente forma los pelos de cabello. De modo aún no comprendido, la radiación UVA degrada la melanina, pigmento que determina la coloración del cabello, dejándolo más claro. Y cuanto más claro el cabello, más claro él se queda, describió Ana Carolina en el Journal of Photochemistry and Photobiology B.

Ya la radiación UVB destruye las moléculas de queratina y deja los pelos más frágiles. Según Ana Carolina, los actuales filtros solares no protegen completamente el cabello. “Ellos forman una película alrededor de los pelos. Como esta película contiene proteínas, reduce los efectos de los rayos UVB, pero aún se encuentran en desarrollo productos que reduzcan la acción de rayos UVA”, dice la investigadora, que hoy trabaja en una suministradora de materia prima para la industria de cosméticos y, con Lelia Dicelio, de la Universidad de Buenos Aires, identificó un efecto inesperado de los rayos UV sobre los cabellos blancos: en vez de ponerlos amarillos, como se pensaba, el sol los vuelve más blancos. Lo que los deja amarillos es el calor (radiación infrarroja), explica en un artículo que va a ser publicado. Para Inés, se llegó a un estadio en que es necesario conocer mejor como se comporta el cabello desde el punto de vista físico y químico para que la industria pueda fabricar cosméticos que hoy hagan alguna diferencia.

El Proyecto
Fisicoquímica del cabello: diferencias con el tipo étnico (04/13066-0); Modalidad: Línea Regular de Auxilio a la Investigación; Coordinadora: Inés Joekes – Unicamp; Inversión: 228.934,19 reales (FAPESP)

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