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Geof

Viaje al centro de la Tierra

Hace 245 millones de años un meteorito abrió un cráter de 40 kilómetros de diámetro en la actual división entre Mato Grosso y Goiás

Desde que cambió la vida corrida de las grandes ciudades por la tranquilidad del campo hace seis años, el publicista paranaense Ruy Ojeda no se cansa de hablar de los encantos de la tierra que adoptó como suya: la pequeña Ponte Branca, en el sudeste del estado de Mato Grosso, el límite con Goiás. Lo que lo sedujo no fue el sosiego de localidad de menos de dos mil habitantes ni la belleza natural de la región, donde los campos gradualmente sustituyeron a los árboles de tronco retorcido y corteza espesa de la sabana. La razón del encanto es un fenómeno que ocurrió mucho tiempo atrás y aún hoy Ojeda no comprende bien: el surgimiento de un inmenso cráter formado por el impacto de un meteorito que cayó hace 245 millones de años cerca de donde hoy queda Ponte Branca y la localidad vecina de Araguainha.

Ojeda supo del cráter, cuya formación comienza ahora a ser mejor conocida con base en estudios recientes de geólogos y geofísicos de São Paulo y Campinas, en julio de 2002, cuando acompañaba el trabajo de campo del equipo de Claudinei Gouveia de Oliveira, de la Universidad de Brasilia. Maravillado con la posibilidad de ver de cerca esa cicatriz de un pasado distante, Ojeda no perdió tiempo. Subió en Serra da Árnica -el punto más alto de la región, a 16 kilómetros de Ponte Branca- y miró en todas las direcciones, con la esperanza de encontrar un inmenso hueco. No vio nada que pareciera un cráter. Pero no desistió de buscar y salió por las haciendas de la región pidiendo informaciones sobre el tal hueco. Sólo consiguió encontrar el cráter, el mayor de América del Sur provocado por la caída de un cuerpo celeste, cuando aprendió a descifrar las informaciones de los documentos científicos. “No imaginaba que vivíamos todos dentro de él”, cuenta.

Así como él, la mayor parte de los dos mil habitantes de Ponte Branca y de los 1.300 de Araguainha no sabe que las dos ciudades nacieron en el vientre de un cráter abierto por un meteorito. Muchos ni siquiera creen que de hecho exista. Y se puede entender por qué. El cráter es tan extenso “tiene 40 kilómetros de diámetro” que de Serra da Árnica, su punto central, no es posible ver los cerros que forman su borde. Sólo para que se tenga una idea de su dimensión, un cráter como el de Araguainha abarcaría completamente la Región Metropolitana de São Paulo, la mayor metrópolis sudamericana, formada por la capital paulista y 39 localidades vecinas.

No es sólo quienes viven por allá que tienen dificultades en percibir que las ciudades están en el fondo de un cráter: la primera cerca del centro, la región directamente alcanzada por el meteorito; y la segunda más próxima al borde, donde extensas cadenas de cerros semicirculares se irguieron a consecuencia del choque. También los científicos tardaron en notar el cráter. Su estructura en forma de un anillo con 40 kilómetros de diámetro fue inicialmente identificada en la década de 1960 en estudios geológicos hechos por Petrobras. Pero los indicios más fuertes de que se trataba justamente de un cráter sólo aparecieron más tarde. En 1973, al analizar las primeras imágenes del Brasil hechas por el satélite estadounidense Landsat, el geofísico Robert Dietz y el geólogo Bevan French sugirieron en un artículo en Nature que la región de Araguainha estaba en el interior de una depresión que podría ser un cráter del impacto abierto por una roca proveniente del espacio, estructura a la que los geólogos dan el nombre de astroblema.

Pero el formato circular observado del espacio podría representar también los restos de un volcán extinguido, cubierto por sedimentos, duda que intrigó a los investigadores durante años, hasta que las imágenes estudiadas por Dietz y French llamaron la atención de un geólogo brasileño recién graduado Alvaro Crósta, que comenzaba su maestría en sensoriamiento remoto en el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales. Después de días de viaje  por carreteras de tierra llenas de huecos, en 1978 Crósta fue a Araguainha y Ponte Branca y recorrió la región, analizando los diferentes tipos de rocas que afloraban en el paisaje. En esa expedición encontró las señales características de un cráter formado por el impacto de un meteorito, entre ellos fragmentos de rocas sedimentarias que recuerdan la punta de un árbol de Navidad. Son los llamados conos de fragmentación o shatter cones, que Crósta describió en un artículo publicado en 1981 en la Revista Brasileña de Geociencias, simultáneamente a la publicación del trabajo de la geóloga alemana Barbara Theilen Willige, que había llegado  al mismo resultado de modo independiente y estimado la edad del cráter en 285 millones de años.

Crósta analizó rocas que se formaron con la presión y el calor del impacto y calculó la edad del choque en aproximadamente 300 millones de años. “Pero en la época no había técnicas de datación adecuadas y yo ya suponía que pudiese ser más reciente”, comenta el geólogo, actualmente profesor del Instituto de Geociencias de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp). Dataciones posteriores hechas con técnicas más precisas definieron en 245 millones de años la caída del meteorito en la región.

En aquella época la Tierra era bien diferente de la que conocemos hoy. El clima era más cálido y seco y las placas tectónicas, inmensos bloques rocosos que forman los continentes actuales, aún se encontraban pegadas unas a las otras, fundidos en un continente único: la Pangea. Ese supercontinente que se extendía en el sentido norte-sur dividía el globo al medio y era bañado al este por un mar llamado Tetis y al oeste por el Pantalasa, un inmenso océano que cubría casi toda la Tierra. Lo que más llama la atención es que justamente en ese período ocurrió la mayor de las cinco extinciones en masa que devastó la vida en el planeta. Fósiles encontrados en diferentes regiones del mundo permiten estimar que 96% de las especies que poblaban los océanos y 70% de las que habitaban la tierra firme hayan sido eliminadas hace 250 millones de años, data que marca la transición del período geológico Pérmico para el Triásico. Hay hasta quien crea que esa extinción haya favorecido a la soberanía de los dinosaurios, que surgirían tiempos más tarde.

Es poco probable que el meteorito de Araguainha haya sido el único responsable de la mayor extinción de la vida del planeta. Pero alguna contribución puede haber dado, toda vez que el choque liberó una cantidad de energía tan grande que causó en toda la región más estragos de lo que se imaginaba, revela un extenso trabajo realizado por el equipo de Yára Marangoni, del Instituto de Astronomía, Geofísica y Ciencias Atmosféricas de la Universidad de São Paulo (IAG-USP).

En 2005 Yara reunió especialistas de diferentes áreas de la USP y de la Unicamp y, en viajes en coche que duran dos días a partir de São Paulo, los investigadores decidieron visitar la región, con el objetivo de investigar cómo el meteorito había afectado las capas más profundas de la corteza terrestre, que hoy se encuentran expuestas en el centro del cráter. Asociando técnicas distintas, este trabajo viene permitiendo redimensionar la intensidad del choque y la deformación provocada debajo de la superficie. Después de casi dos años de estudios y tres expediciones a Araguainha, el equipo de Yára ya tiene una idea más precisa de cómo era la región antes de la caída del meteorito y de la profundidad de esa herida abierta en la piel del planeta. También logra estimar mejor cuanto ya cicatrizó y fue borrado por el viento y por la lluvia.

Cuando un bloque rocoso con 4 a 6 kilómetros de diámetro cayó de los cielos a millares de kilómetros por segundo cerca de donde hoy es Araguainha, la región era una vasta restinga, sumergida algunos metros en agua salada. La violencia del impacto afectó inmediatamente la región comprendida por un círculo de unos 30 kilómetros de diámetro: la energía del choque transformó en vapor el agua que había allí y cavó un hueco con casi 2 kilómetros de profundidad, afirma el grupo de Yara en un artículo publicado en octubre en el Geological Society of America Bulletin. El punto directamente alcanzado por el meteorito fue sometido a altísimas presiones. Pero no por mucho tiempo. Así como una persona que cae en una cama elástica es lanzada de vuelta al aire, el alivio de la presión en  el centro del impacto hizo brotar la superficie un gigantesco bloque de granito, roca muy dura y antigua, que estaba a dos kilómetros de profundidad -muy distante del centro de la Tierra, visitado por los exploradores del libro de Julio Verne.  Ese núcleo con casi 5 kilómetros de diámetro es parte de la zona elevada en el centro del e incluye la actual Serra da Árnica, la misma zona que Ojeda visitó años atrás en la búsqueda del cráter, también conocida como domo de Araguainha.

¿Cómo se descubrió eso? Es sencillo. Los geólogos Cristiano Lana, Ricardo Trindade y Elder Yokoyama analizaron las rocas que forman el relieve de la región y constataron que las capas que deberían estar a centenas de metros de profundidad aparecían al nivel del suelo, como si las entrañas de la Tierra hubiesen sido expuestas. “La presión del impacto fundió parte de los sedimentos y después de enfriar hizo surgir en el centro del cráter una capa de 100 metros de espesor de una roca que contiene fragmentos microscópicos de vidrio”, cuenta Trindade.

Con un equipamiento que mide variaciones en la aceleración de la gravedad -y permite estimar la densidad de las rocas de una región-, Yara y Marcos Alberto Vasconcelos evaluaron 300 puntos en el interior del cráter. Notaron que la energía liberada en el choque generó daños muy por debajo de la actual superficie. “A casi 2 kilómetros de profundidad es posible detectar los efectos de ese impacto en el granito, que trincó y se convirtió mucho menos denso de lo que generalmente es”, cuenta la geofísica.

Los efectos del choque se propagaron para mucho más allá del núcleo y abollaron la corteza terrestre. Mapas tridimensionales producidos a partir de imágenes de satélite por Lana y Carlos Roberto Souza Filho, de la Unicamp, muestran que círculos concéntricos se formaron alrededor del local de impacto, como cuando se lanza una piedra en una vasija con agua. Una primera cadena circular de cerros de hasta 500 metros de altura y kilómetros de extensión se erigió a 12 kilómetros del local de impacto, y una segunda un poco más adelante, de 14 a 18 kilómetros del núcleo.

Por supuesto, no todo sigue igual. “En esos millones de años esos cerros perdieron de 250 a 350 metros de altitud debido a la acción del viento y de la lluvia”, explica Yára. A pesar de ese desgaste natural, los investigadores  afirman que el cráter sigue siendo muy parecido al que se formó inmediatamente después del impacto. “Es difícil tener acceso a un cráter con estructuras bien conservadas como la de Araguainha”, dice Trindade. Muchos geólogos creen que cráteres escavados por meteoritos hayan sido mucho más comunes que se puede imaginar. Al inicio de la formación del Sistema Solar los planetas más próximos al Sol, incluyendo la Tierra, fueron fuertemente bombardeados por meteoritos. La diferencia por aquí es que las condiciones climáticas y el movimiento de las placas tectónicas apagaron parte de esa historia, que permanece grabada en los cráteres de Marte o hasta de la Luna.

Como primer paso para proteger Araguainha, años atrás Crósta registró el cráter en la lista de la Comisión Brasileña de Sitios Geológicos y Paleobiológicos con los principales sitios geológicos nacionales, candidatos a ser clasificados como patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Al inicio de este año las municipalidades de Ponte Branca y Araguainha y el Ibama firmaron un documento proponiendo la creación de una área de protección ambiental en el área del cráter. “Esa es una forma de la región obtener recursos para preservar las estructuras del cráter y adoptar iniciativas como paneles explicando lo que sucedió por allí y programas de educación y divulgación en las escuelas locales”, afirma Crósta. “Si no transmitimos ese tipo de información, hay riesgo de que los afloramientos rocosos sean destruidos.”

Ruy Ojeda, que hasta marzo era secretario de Medio Ambiente y Turismo de Ponte Branca, ve en la conservación del cráter una oportunidad de renacimiento económico para la región, que empobreció desde el fin de las minas de piedras preciosas a mediados del siglo pasado. Desde que descubrió el cráter cinco años atrás, se enamoró y leyó todo lo que pudo al respecto. Y decidió compartir con los habitantes de la región y de otras ciudades el conocimiento sobre ese pasado distante. “Para hablar de este tema no escatimo en tiempo”, dice Ojeda, que es conocido como el embajador del domo de Araguainha.

El proyecto
Caracterización geofísica y petrofísica de la estructura de impacto de Araguainha
Modalidad
Línea Regular de Auxilio a la Investigación
Coordinadora
Yara Regina Marangoni – IAG/USP
Inversión
257.847,75 reales (FAPESP)

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