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Los desafíos en el campo y en las ciudades

El cambio climático acentuará las pérdidas en la producción agrícola e incidirá en la gestión urbana. El reto de generar energía hidroeléctrica será mayor

Residentes del barrio de Campo Grande, en Teresópolis, una región serrana de Río de Janeiro, recogen lo que quedó luego de las lluvias devastadoras de febrero de 2011

Imagem: Wilton Jr. / AEResidentes del barrio de Campo Grande, en Teresópolis, una región serrana de Río de Janeiro, recogen lo que quedó luego de las lluvias devastadoras de febrero de 2011Imagem: Wilton Jr. / AE

“Debemos actuar para evitar lo peor”, comentó el agrónomo Eduardo Assad, investigador de Embrapa en abril en el marco de una conferencia realizada en São Paulo al presentar las conclusiones de uno de los capítulos del primer informe emitido por el Panel Brasileño de Cambios Climáticos (PBMC). Los científicos esperan que los datos aportados por el informe sirvan para encauzar la elaboración e implementación de políticas públicas y la planificación de emprendimientos. “Con el aval de nuestro informe”, dice Tércio Ambrizzi, del IAG-USP y uno de los coordinadores del PBMC, “contamos con más posibilidades de ver en qué áreas estamos bien y a cuáles precisamos brindarles mayor atención”.

Los desafíos señalados por el informe brasileño son varios. “Debemos modificar las políticas agrícola, industrial y urbana, incluir el parámetro de la sostenibilidad y eventos climáticos extremos tales como las lluvias y las sequías”, comenta Antonio Magalhães, asesor del Centro de Gestión y Estudios Estratégicos (CGEE), dependiente del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (MCTI). “Debemos ampliar los debates y superar la rigidez institucional, las resistencias y los intereses de corto plazo”.

El informe señala que las consecuencias del aumento de la temperatura media global serán dramáticas para Brasil. De acuerdo con los modelos informáticos de simulación del clima, la agricultura será el sector más afectado, a causa de las alteraciones en los regímenes pluviales. “Aunque la cantidad de lluvia no se alterara, la disponibilidad de humedad en el suelo disminuirá, como consecuencia del aumento de la temperatura promedio anual, que acentúa la evapotranspiración”, dice Magalhães. A su juicio, este fenómeno perjudicará a los cultivos agrícolas en las regiones donde la escasez de agua es constante, tal como ocurre en el semiárido nordestino.

“En el nordeste brasileño”, advierte el informe, “los cultivos de maíz, arroz, frijol, algodón y mandioca sufrirán una pérdida significativa de productividad debido a una fuerte disminución de la zona de bajo riesgo”. Una probable consecuencia de la reducción de la producción agrícola y del área de tierras aptas para la agricultura consiste en la merma de los ingresos de las poblaciones, intensificando así la pobreza y la migración desde la zona rural hacia las ciudades, que a su vez verán agravarse sus problemas de infraestructura (vivienda, educación, salud, transporte y saneamiento).

Los efectos en la agricultura ya pueden dimensionarse. “A partir del año 2000 hemos notado un descenso en la producción en algunas regiones, fundamentalmente en cuanto a los cultivos de café, soja y maíz”, dice Assad. Según afirma, con el aumento de la temperatura, las pérdidas en la productividad agrícola provocadas por las variaciones del clima ya ascienden a los 5 mil millones de reales por año, y seguirán aumentando. El pronóstico surgido de un estudio de Embrapa en 2008, que se confirmó con el informe del PBMC, sostiene que los cambios climáticos afectarán la producción de alimentos, ocasionando pérdidas que se estiman en 7.400 millones de reales para 2020 y 14 mil millones de reales en 2070, con compromiso para el agronegocio, responsable por el 24% del PIB nacional. La soja será el cultivo más afectado, con pérdidas de hasta un 40% del área de plantío. La producción de cafeto arábigo caerá un 33% en São Paulo y Minas Gerais, aunque puede aumentar en el sur del país. Las previsiones indican que, entre 2020 y 2030, se producirá una disminución en la producción de algodón, arroz, frijol, soja, maíz y trigo, como consecuencia del probable aumento de la temperatura.

“Entre 1990 y 2010, la intensidad de las precipitaciones se duplicó en la región del cerrado”, dice Assad, “y el modelo tecnológico actual de la agricultura todavía no se ha adaptado a estos nuevos patrones”. A su juicio, se torna imperioso invertir en forma intensiva en sistemas agrícolas en consorcio, y no solamente en la producción agrícola unitaria, como modo de aumentar la fijación biológica de nitrógeno, reducir el uso de fertilizantes y elevar la rotación de los cultivos. “El conocimiento existe, pero necesitamos un mejor nivel de administración”, sostiene. “Debemos incrementar la productividad agrícola en el centro-oeste, sudeste y sur, para evitar la destrucción de la Amazonia. La reorganización del espacio rural brasileño ahora resulta urgente”.

Más pestes y plagas
Crecientes y sequías más frecuentes e intensas también causarían una disminución de la producción agrícola por otra razón. Investigadores de la división Medio Ambiente de Embrapa, en la localidad de Jaguariúna, concluyeron que algunas enfermedades ‒principalmente las provocadas por hongos‒ y plagas podrían agravarse en muchos de los 19 cultivos analizados ‒entre los cuales se cuentan soja, maíz, café, arroz, frijol, banana, mango y uva‒ derivados del aumento en los niveles de CO2 del aire, de la temperatura y de la radiación ultravioleta B, tal como se advierte en los escenarios de cambio climático, amenazando con la posibilidad de aumento de precios y reducción de variedades de cereales, hortalizas y frutas. Otra posibilidad radica en la migración de enfermedades tales como la sigatoka negra, la plaga más preocupante del banano, causada por un hongo, que perdería intensidad en algunas regiones productoras, para emerger en sitios donde aún no se ha manifestado (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 198).

Estas crecientes y sequías más intensas y frecuentes, según el informe del PBMC, también alterarían el caudal de los ríos perjudicando el abastecimiento de los embalses de las hidroeléctricas, acelerando la acidificación del agua del mar y reduciendo la biodiversidad en los ambientes acuáticos brasileños. La pérdida de biodiversidad en los ambientes naturales brasileños se agravará: algunos ya han perdido una superficie significativa ‒el cerrado, un 47%, y la caatinga, un 44%‒ a punto tal que los expertos incluso se preguntan si la recuperación del equilibrio ecológico característico de esos biomas sería posible.

Quienes habitan en las ciudades, fundamentalmente en las regiones costeras, deberán lidiar con un mayor riesgo de aludes en cuestas, aluviones aún más potentes y con los posibles efectos de la elevación del nivel del mar y de la intensificación de las olas de calor, que pueden agravar la mortalidad principalmente entre los portadores de enfermedades cardíacas y respiratorias, y con la proliferación de insectos transmisores del dengue y la malaria, beneficiados por las altas temperaturas. “Si no tomamos medidas ante la posibilidad de la intensificación del calor y de la humedad en las ciudades”, advierte Assad, “la tendencia apunta que tendremos mayores problemas de salud pública”.

Para prevenir desastres naturales: parques lineales como éste, en Manaos, pueden ayudar a reducir los efectos de las inundaciones en las ciudades

Imagem: eduardo cesarPara prevenir desastres naturales: parques lineales como éste, en Manaos, pueden ayudar a reducir los efectos de las inundaciones en las ciudadesImagem: eduardo cesar

¿Qué hacer?
El grupo de trabajo coordinado por Assad y Magalhães sugirió medidas de adaptación a las inclemencias del clima en las ciudades, tales como la implementación de parques lineales a orillas de los arroyos, el control de la erosión en las ciudades costeras, donde habita el 85% de la población del país, y la reubicación de los residentes en zonas de riesgo, para reducir el impacto de las crecientes y evitar inundaciones dantescas como la ocurrida en la ciudad de Petrópolis hace dos años. “Soy asiduo visitante de Río de Janeiro desde hace 50 años, pero sólo después de que mil personas fallecieran en Petrópolis observé barrenderos limpiando las bocas de tormenta en Copacabana”, dice Assad. “Un alcalde de Minas Gerais adoptó medidas contra las inundaciones, recogiendo la basura y limpiando los desagües, y no se registraron inundaciones en su ciudad durante los dos años siguientes; pero al tercer año se abandonaron las medidas de prevención”.

“La incertidumbre no justifica el aplazamiento de las decisiones destinadas a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero”, comenta Mercedes Bustamante, docente de la Universidad de Brasilia y coordinadora del equipo que analizó las perspectivas de disminución de los impactos (mitigación) y de adaptación al cambio climático. Emilio Rovere, docente de la Universidad Federal de Río de Janeiro, quien también dirigió el equipo que elaboró esa parte del informe, reconoció “la virtual imposibilidad de estabilización de la temperatura en tan sólo 2 grados por encima del nivel previo a la Revolución Industrial”, “la factibilidad del logro de los objetivos voluntarios de limitación de emisiones aprobados por el gobierno brasileño” ‒la reducción de un 36% a un 38% en la emisión de gases de efecto invernadero para 2020, anunciada en diciembre de 2010, mediante la disminución de los desmontes, la recuperación de pasturas degradadas y la implementación de políticas agrícolas, ambientales y energéticas ambientalmente sostenibles‒ y “la tendencia de un retorno al crecimiento en las emisiones brasileñas después de 2020, en caso de que no se aprueben medidas adicionales de mitigación”.

Los expertos de ese grupo concluyeron que aparentemente es factible, en efecto, conciliar la reducción en la emisión de gases con efecto invernadero con el desarrollo económico. “El gobierno está actuando, pero las medidas aún son tímidas”, sostiene Assad. El gobierno federal impulsó las primeras licitaciones de energía eólica y solar, pero el etanol, que representa una alternativa menos contaminante que los combustibles fósiles, aún es poco valorado, a su juicio. Una iniciativa relevante está representada en el Programa de Agricultura de Baja Emisión de Carbono (ABC), que asignó 3.500 millones de reales para la financiación de la cosecha 2011-2012 con el propósito de incentivar a los productores rurales a reducir la emisión de gases de efecto invernadero, por medio del plantío directo sobre la paja del cultivo recién cosechado, la recuperación de pasturas degradadas para la producción de alimentos y el incentivo a la integración de bosques, ganadería y labranza. Como resultado del Plan de Prevención y Control del Desmonte de la Amazonia, la tala se redujo de 27 mil km2 a 4 mil km2 en menos de 10 años, aunque los ajustes en las áreas de transportes todavía son lentos. “Necesitamos más trenes, subterráneos y bicisendas, ya no podemos seguir dependiendo de los medios de transporte individuales, fundamentalmente en las ciudades”, dice Assad.

Los autores del informe admiten que el diálogo está fluyendo mejor. Antiguos oponentes, como lo eran los productores agrícolas, ahora son aliados. El Plan Nacional sobre el Cambio del Clima y el reconocimiento por parte del gobierno de Estados Unidos de que los cambios climáticos constituyen un problema acelerarán la implementación de políticas efectivas en el área. “Todas las esferas de gobierno, industria, comercio y sociedad deben involucrarse en el desarrollo de una respuesta nacional adecuada”, afirma Assad. Magalhães, del CGEE, reconoce que tal articulación recién está comenzando, aunque la preocupación por los cambios climáticos es creciente.

“Cuando se inició el debate internacional sobre el cambio climático, sobre todo a partir de la creación del IPCC en 1989, el tema no llegó a sensibilizar a los tomadores de decisiones en Brasil. Se demoró más de una década para que el país reaccionara”, dice Magalhães. “Hoy en día ya contamos con una Comisión Nacional sobre Cambios Climáticos, un Foro Nacional y Foros Estaduales, que incluyen a la sociedad civil, un Plan Nacional, y ahora se están elaborando planes sectoriales de adaptación frente a los cambios que ya son inevitables. Varios ministerios e instituciones han trazado planes de acción, pero aún resta un mayor esfuerzo y firmeza en las respuestas. Este movimiento de articulación tiende a crecer. El futuro deberá ser diferente, ya que el gobierno acaba por reflejar lo que la sociedad desea”.