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Ética

La crítica de la razón pura

Un libro del estadounidense Edward Teller, creador de la bomba H, y la biografía del ruso Andrei Sakharov, discuten los límites de la moral en los descubrimientos científicos

En julio de 1945, en Alamogordo, Nuevo México, todos los científicos del Proyecto Manhattan, reunidos para presenciar la primera prueba de una explosión atómica, recibieron órdenes de los militares para permanecer de espaldas al impacto. Sólo un hombre desobedeció al comando y, altivo, miró de frente hacia el terrible hongo, dispuesto a no perderse un átomo del potencial de destrucción de la nueva arma. Era Edward Teller, un húngaro naturalizado estadounidense y uno de los primeros físicos llamados por el gobierno de Estados Unidos para participar en la construcción de la bomba A. “Nunca me interesé en ver las fotos de los impactos en Hiroshima y Nagasaki. Mi trabajo consistía en construir la bomba, en hacer que la ciencia progresara. Lo que se hizo con mis descubrimientos no me incumbe”, le afirmó Teller a Pesquisa FAPESP . A los 94 años, el investigador es director honorífico del Lawrence Livermore Laboratory de California.

Quizás por haberse interesado únicamente en ver la bomba funcionando en condiciones de laboratorio y no haber deseado conocer sus resultados prácticos, este físico creyó que lo que él y sus colegas (entre los cuales se encontraba Robert Oppenheimer) lograron en 1945 fue poco. Años más tarde, Teller fue el único padre de “Mike”, la bomba de hidrógeno o bomba termonuclear, de 10,4 megatones, mil veces más potente que aquélla que fue lanzada sobre Japón al final de la Segunda Guerra. En el mismo tono “valiente” con el cual encaró al hongo, al enterarse del éxito de la “Superbomba”, en noviembre de 1952, en Eniwetok (en el Pacífico), Teller declaró orgulloso: “Ha nacido y es un niño”. Nada más natural entonces que este científico continúe aún hoy defendiendo su creación, como efectivamente lo hace en su autobiografía recientemente lanzada: Memoirs: A 20th Century Journey in Science and Politics (Perseus Books, 628 págs., 35 dólares).

En la contramano
Curiosamente, también está saliendo al mercado la biografía de otro “padre” atómico: Andrei Sakharov, el creador de la bomba de hidrógeno soviética, escrita por Richard Lourie (Brandeis, 453 págs., 30 dólares). Pero Sakharov, en la contramano del entusiasmo de Teller, luego de estar inmerso en la ciencia y en el descubrimiento vio que, más allá progreso sin obstáculos, existen frenos éticos para la física. Sakharov, fallecido en 1989, fue uno de los principales detractores de las pruebas nucleares, un defensor de los derechos humanos en la ex Unión Soviética que pasó años exilado en Gorki, debido a sus ideas contra las bombas y la dictadura.

“Si no hubiéramos hecho la ‘Super’, estoy persuadido de que, si estuviéramos vivos, estaríamos hablando en ruso. No me arrepiento de para nada de haberla hecho, pese a que todos estuvieron en contra y afirmaron que esa invención era imposible”, dijo Teller. “La construcción de la bomba de hidrógeno solamente trajo paz al mundo. Vea la historia y compare como, a partir de la segunda mitad del siglo XX, el planeta vivió con menos guerras y menos muertes”, defendió el físico. Ése era precisamente el razonamiento tortuoso del personaje Dr. Strange Love (de la película de ese mismo nombre de Stanley Kubrick, un ex científico nazi con un brazo mecánico que levantaba a cada tanto su brazo para saludar como lo había hecho en el pasado el führer ), que preconizaba la “máquina del juicio final”, que por ser tan mortífera, impediría su uso. No sin razón se comenta que el modelo para Strange Love fue precisamente Teller.

“Yo creo que la belleza de la ciencia no debe saber de límites. No debemos preocuparnos con política o dinero, o incluso con cuestiones éticas. Nuestro deber como científicos es siempre descubrir más. Pero reconozco que el saber sin moral es incompleto, así como la moral sin ciencia poco vale”, explica el físico. Fue debido a ese espíritu “progresista” que Teller frecuentó la Casa Branca desde la época de Truman hasta la de Reagan, pasando por George Bush, el padre del actual líder norteamericano. Ante todos ellos defendió la necesidad de contar siempre con más armas, a fin de lograr la paz en el planeta. Reagan y Bush, en especial, se tomaron en serio al viejo científico. Una vez más, Teller ejercía una paternidad de gusto dudoso: el proyecto La Guerra de las Galaxias, tendiente a la instalación de un escudo antimisiles en el espacio, que podría detonar una nueva carrera armamentista. Un detalle: Bush hijo, volvió a hablar de dicho proyecto con entusiasmo luego de los ataques terroristas del 11 de septiembre.

En 1941, Teller escuchó de boca de Enrico Fermi, su amigo de larga data, que sería posible construir una bomba capaz de calentar deuterio de manera suficiente como para provocar una reacción termonuclear. El problema era la inexistencia de computadoras capaces de calcular las variantes necesarias para poner en práctica tal proyecto. Con ese consejo en la cabeza, Teller, al ser llamado para trabajar con Oppenheimer, llegó dispuesto a crear la “Super” y, tan solo por entender que la bomba A era un medio necesario para llegar a ella (la bomba de Hiroshima sería la espoleta de la bomba termonuclear), se arremangó y formó parte del equipo. Con el fin de la Segunda Guerra, los otros científicos no querían saber más nada de explosiones e ignoraron los llamados iracundos de Teller para que continuaran con la producción de la bomba H.

Demócratas
El físico apeló a políticos de Washington para llegar al presidente Truman. “Los demócratas habían desmovilizado el país y no tenían noción del peligro inminente, pues los rusos no se habían parado un minuto”, cuenta el científico. Tras mudarse de Los Alamos a Livermore, Teller se encontró con el matemático Stanislaw Ulam, lo que le permitió resolver los hasta entonces problemas insolubles de cálculo. La Guerra Fría trajo el clima que él tanto necesitaba, y en 1950, el gobierno de Estados Unidos dio luz verde para la creación de “Mike”.

En 1949, la primera prueba rusa de la bomba atómica (con la supervisión de Lavrenti Beria, jefe de la policía secreta de Stalin) imprimió más entusiasmo aún al grupo de Livermore, y más apoyo financiero proveniente de la presidencia. Había comenzado la carrera atómica. Y también la caza de brujas. En 1946, el FBI empezó a investigar a Oppenheimer, por considerarlo un “pacifista” con “tendencias comunistas”. El final de la carrera de Oppenheimer se cristalizó poco más tarde, en 1954, durante un proceso de actividades antiamericanas que contó con el dudoso testimonio de Teller, que decía considerar “extraño” el comportamiento de su ex jefe, nada ansioso por construir esa nueva arma que haría frente a los avances soviéticos.

En 1952, con un nuevo diseño propuesto por Ullam (Teller poco dice al respecto de ello en sus memorias), “Mike” llegó al mundo. “Yo cumplí mi misión. Ahora les cabe a las democracias decidir si van a usar lo que creé o no. Mi deber era para con el conocimiento”, dijo Teller. Hoy en día, tal como hace 20 años, el físico cree que se puede usar la “Super” para actividades constructivas, como la alteración del clima. O, como se lo propuso a John F. Kennedy en los años 60, para construir “un segundo Canal do Panamá en menos tiempo que lo que se demoraría para tomar la decisión de usar la bomba para hacerlo”.

“Toda esa tontería del equilibrio nuclear y la paz por medio de las bombas fue desacreditada con los atentados del año pasado, cuando vimos que no es necesario tener grandes armas para causar grandes estragos. Lo que Teller hizo, a decir verdad, no fue ciencia por la ciencia misma, sino darle al mundo una manzana envenenada que transformó a los científicos en políticos”, dice Richard Rhodes, autor del mejor estudio sobre la carrera nuclear: The Making of the Atomic Bomb . Del otro lado del planeta, otro físico le daba igualmente un buen mordisco a esa fruta.

Andrei Dmitrievitch Sakharov, nacido en Moscú en 1921, hijo de un científico, creía al igual que Teller en la necesidad de no limitar el conocimiento y el saber. Siendo un patriota, como su par de Estados Unidos, Sakharov creía que el socialismo soviético era la vía hacia el futuro y se alegraba al ver cómo el Estado de Stalin invertía en investigación y en la formación de nuevos científicos. Por ello, pese a no afiliarse al Partido, aceptó sin problemas la orden de juntarse al grupo de físicos y matemáticos que desarrollaban investigaciones con artefactos nucleares, bajo el comando de Beria, en 1948. Al fin y al cabo, como Sakharov revela en su autobiografía: “Al saber sobre el impacto devastador de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, casi desfallecí en la calle leyendo el periódico. Sabía que era mi deber ayudar a mi país a no quedarse atrás, sujeto a la amenaza del poderío nuclear creciente de los norteamericanos”.

Un héroe del Trabajo
Al trabajar en el laboratorio secreto conocido como Arzamas 16, Sakharov supo que su nuevo ámbito de investigación había sido construido por políticos prisioneros que, al rebelarse, fueron fusilados por orden de Beria. Pero eso no afectó su creatividad, y así diseñó la bomba de hidrógeno rusa, basada en cierta forma en la actividad de espionaje (de Klaus Fuchs, por ejemplo, que había trabajado en Los Alamos) sobre los progresos norteamericanos. Merced a sus estudios, arribó a las mismas conclusiones que Teller, y el artefacto fue detonado pocos meses después que la “Mike” estadounidense, en 1953. A Sakharov no le agradó lo que vio. Por primera vez, el científico “teórico puro” cedió su lugar al ciudadano, que pone en jaque el valor moral de sus invenciones. Tenía 32 años y fue nominado para la Academia Soviética de Ciencias, y convertido en Héroe del Trabajo Socialista.

La consciencia acerca de sus actos continuó creciendo. En 1957, empezó a investigar los daños biológicos de las pruebas nucleares, y escribió un artículo advirtiendo sobre los efectos de la radiación aun cuando ésta fuese de un nivel poco elevado. Según el investigador, la detonación de una bomba de un megatón causaría la muerte por cáncer de 10 mil personas, que ni siquiera sabrían qué fue lo que les provocó esa enfermedad fatal. Más tarde, en 1968, fue aún más desafiante, con el panfleto Reflexiones sobre el Progreso, la Coexistencia Pacífica y la Libertad Intelectual , en el cual atacaba duramente al sistema político soviético y exigía que la ciencia se preocupase con el futuro de las generaciones.

También a contramano de Teller, lo que provocara malestar en Sakharov fue motivo de un chiste de mal gusto por parte de un militar soviético, el mariscal Nedelin, director militar de la prueba de la bomba H rusa. Al comunicarle al comandante, tras el éxito de la explosión, que las pruebas deberían continuar haciéndose solamente en teoría, Sakharov escuchó al militar espetarle la siguiente reprimenda: “Su trabajo es crear la bomba. El nuestro es determinar cuando y cómo usarla”. Sakharov igualmente desaprobaba la teoría que sugería que más bombas significaban más paz, y reconocía que a decir verdad lo que representaban era una carrera nuclear ininterrumpida entre los países en pugna durante la Guerra Fría.

En una era de constante avance tecnológico, Sakharov prefirió utilizar su éxito personal para advertirle al mundo que la ciencia era inseparable de la consciencia. “Como físico, aprendí que la ciencia es la fuerza de la racionalidad, y que las leyes físicas son inmutables. Lo mismo vale para ciertos valores nuestros, como la libertad y el respeto a la dignidad individual. Ésas son también leyes inmutables y universales, como las de la física”, afirmó Sakharov. Por mucho tiempo intentó en vano persuadir a Kruschev para que parara las pruebas nucleares en los años 50 y 60. “Usted es un cristal de la dignidad”, solía retrucar el premier ruso.

Aun así, sus derechos civiles y su carrera como físico fueron interrumpidos. De cualquier manera, Sakharov telefoneó nuevamente para el premier poco antes de la realización de una nueva prueba nuclear, pidiéndole que reconsiderara la necesidad de efectuar nuevas explosiones nucleares carentes de sentido. Krushev le juró al científico que postergaría la explosión, porque coincidía con él, pero al día siguiente, la bomba H fue detonada en Kazajstán. “Luego de ese episodio, me sentí totalmente libre y sin dudas sobre lo que estaba haciendo. Dejé de ser el académico preocupado solamente con la teoría y la belleza de los descubrimientos científicos y me di cuenta de que era mi deber luchar contra esa falsa asepsia de la física”, afirmó Andrei Sakharov en su autobiografía (a propósito, la misma fue escrita con el auspicio de sus captores, durante su exilio).

Afganistán
El hombre que lamentara la muerte de Stalin deseaba ahora expresar cada vez más sus opiniones ante la prensa del exterior. Yuri Andropov, por entonces jefe de la KGB, lo declaró como “el enemigo público número uno”. Sakharov respondió aplicando principios de cuestionamiento científico a asuntos políticos, es decir, sometiendo a prueba las hipótesis y buscando evidencias confiables para las preguntas. En 1979, protestó vivamente contra la invasión militar de Afganistán por parte de la Unión Soviética, lo que irritó profundamente a los militares rusos. La policía secreta lo prendió ilegalmente y lo llevó a Gorki, ciudad cerrada para los extranjeros.

Sakharov, siendo un disidente, permaneció en ese exilio forzado durante seis años, junto a su mujer, Yelena Bonner. Con la ascensión de Gorbachov y la glasnost , fue instalado un teléfono en la casa del científico y el primer llamado que recibió fue el del propio presidente, invitándolo a regresar a Moscú para asumir un cargo en la nueva asamblea rusa. El físico estaba participando activamente de los primeros borradores de una nueva constitución para el país cuando murió en 1989, de un ataque cardíaco. “Fue un gran científico y realmente nos asustó mucho. No esperábamos que la bomba H soviética llegara en tan poco tiempo. Eso es un mérito del talento de Sakharov”, elogia Edward Teller.

“Hoy en día se toma eso muy en serio. Pero lo que vemos es que hay personas que cada vez confían menos en la ciencia y cada vez están más temerosas con su utilización. ¿Y eso es bueno para el progreso de la humanidad?”, se pregunta Teller. Albert Einstein (que le envió una carta al presidente estadounidense Franklin Roosevelt alertándolo sobre la posibilidad de creación de una bomba nuclear alemana) llegó incluso a ensayar una posible respuesta para esa compleja cuestión, al recordar que “el accidente de adquirir autoridad por medio del estudio del reino natural me otorgó una terrible y fascinante responsabilidad sobre el reino social”.

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