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Historia

Lectura de viaje

Libro de Lilia Schwarcz narra cómo llegó a Brasil la Real Biblioteca portuguesa

biblioteca nacional D. Jõao VI huyendo de Portugal con la familia real, en noviembre de 1807biblioteca nacional

Brasil pagó para lograr la independencia de Portugal; eso no es ninguna novedad. Lo que no se sabía es que la abultada suma de 800 ‘contos de réis’, el equivalente a dos millones de libras esterlinas y cuatro veces el valor de la platería de la Corona, se gastó para asegurar la llegada de la valiosa Real Biblioteca a tierras brasileñas. Esto es lo que se relata en el libro A Longa Viagem da Biblioteca dos Reis (El Largo Viaje de la Biblioteca de los Reyes)(Companhia das Letras, 560 páginas, R$ 44,50), de la profesora del Departamento de Antropología de la Universidad de São Paulo (USP) Lilia Moritz Schwarcz. La obra de esta libre docente cuenta la historia de la Real Biblioteca portuguesa -luego transformada en Biblioteca Nacional-, desde el terremoto seguido de incendio de Lisboa, acaecido en 1755, hasta la independencia de Brasil.

El deseo de estudiar la trayectoria del acervo real portugués surgió a partir de una investigación anterior de Schwarcz financiada por la FAPESP, que originó el libro As Barbas do Imperador (Las Barbas del Emperador) (Companhia das Letras, 1998, 624 páginas, R$ 44,00), focalizado en la figura de Don Pedro II. A causa de esa tesis, la investigadora permaneció durante mucho tiempo dentro de la Biblioteca Nacional. Estando allí se dio cuenta de que faltaba un trabajo que analizara el archivo de esa biblioteca. “Las documentaciones estaban dispersas por entre las diferentes divisiones”, comenta Lilia. El objetivo era unificar y clasificar dicho patrimonio, para de esa manera suministrar un incentivo a la investigación en la biblioteca. Lilia es antropóloga, pero siempre transitó por la etnohistoria, que está vinculada a la antropología.

El proyecto fue financiado por Odebrecht y escrito en asociación con Paulo Cesar de Azevedo (que fallecido antes que el libro fuese lanzado) y Angela Marques da Costa. Además, Lilia contó con la ayuda de unas 20 personas, entre bibliotecarios, latinistas y “traductores” de documentos. La investigación se extendió por cuatro años y demandó que la antropóloga fuese dos veces a Portugal, en donde permaneció durante un mes en promedio. Durante los viajes, Schwarcz buscó informaciones en la Torre do Tombo, en la Biblioteca Nacional en la Biblioteca da Ajuda.

El libro empieza con el relato del terremoto seguido de incendio que aterrorizó a Lisboa en una tranquila mañana del feriado del 1º de noviembre, Día de Todos los Santos. A causa de tal efemérides, se vino abajo la Real Biblioteca, con sede en el Palacio da Ribeira, la niña de los ojos de la Corona portuguesa, que acumulaba a la época 70 mil volúmenes, depositados en estanterías de nogal, instaladas en salas de mármol. Lilia describe en su libro que el fuego fue despiadado con los papeles acumulados durante siglos, y que la Real Biblioteca corrió idéntica suerte que una serie de bibliotecas, como la de Alejandría, que terminó desintegrada en llamas. Entre los tesoros estaban la Biblia impresa en Moguncia en 1462 y los estudios de Rafael, Michelangelo y Rubens.

La destrucción de la biblioteca regia fue una gran pérdida. Era tenida como una de las grandes de Europa, repleta de piezas raras. Y representaba, más que un patrimonio cultural, la autoafirmación de un país carente, notoriamente separado del resto de Europa. Expresaba una obsesión de los monarcas por los libros, o al menos por las ventajas políticas, sociales y simbólicas que un acervo como el que ésta representaba, y funcionaba como la principal joya del reino. La tradición de acumular libros empezó con el monarca Don João II, y adquirió proporciones grandiosas con Don João V. Éste ordenaba comprar bibliotecas enteras en el extranjero, colecciones particulares y preciosidades que eran tenidas como trofeos.

Todo era adquirido con el oro brasileño. Ese patrimonio no poseía únicamente un rico conjunto de libros y manuscritos, sino también preciosas colecciones iconográficas de estampas europeas. El hecho de que los portugueses contasen con una imponente biblioteca no significaba que tuvieran acceso a ella, o incluso que gustasen de leer. Extranjeros anunciaban a los cuatro vientos diversas características que hacían de Portugal un país tacaño, para nada acorde con el tamaño de su acervo cultural. Pero el desapego a las letras era muy bien camuflado. Lilia narra que los miembros de la corte eran afectos a usar gafas, en una tentativa de ostentar gusto por la lectura.

Siendo tamaña joya para la autoestima de la Corona, la biblioteca real fue reconstruida inmediatamente después del terremoto -su reconstrucción estaba incluida como una de las tareas de emergencia del plan de reconstrucción del Marqués de Pombal. Se compraron colecciones privadas, se requirieron otras que estaban olvidadas en monasterios, y algunas que habían sido abandonadas apresuradamente por los jesuitas (expulsados por Pombal), y hubo también generosas donaciones. El real acervo portugués fue dividido en dos: la Real Biblioteca, sita en el Palacio da Ayuda, y la Real Biblioteca Pública.

Una gran adquisición fue la colección del abad Diogo Barbosa Machado, que entregó su patrimonio compuesto por 4.301 obras a cambio de una suculenta pensión para él y para la gente que él mantenía. El Iluminismo orientó la elección de los libros, pero un Iluminismo a la portuguesa, limitado por el tamiz de la Inquisición. En el Portugal pombalino, nuevos modelos de pensamiento se debatían con las mentalidades tradicionales, y eso fue explícito en la reconstrucción del acervo real. Lilia cuenta con lujo de detalles la reconstrucción de la biblioteca, dejando expuesta su formación de antropóloga, buscando el sentido simbólico de esa reconstitución.

Ese rico patrimonio, lleno de libros, documentos y grabados, arribó a Brasil junto con la familia real en noviembre de 1807. O mejor dicho, debería haber arribado. La biblioteca real, toda encajonada, fue olvidada en el puerto, tamaña fue la prisa de la corte para partir rumbo a las seguras tierras brasileñas. Y esas cajas allí quedaron, castigadas por el sol y la lluvia, hasta que fueron llevadas nuevamente a la Ayuda. Fueron necesarios tres viajes para que llegara a Brasil toda la colección, realizados entre 1810 y 1811.

Pero quien imagina que la ilustración solamente llegó a Brasil con el desembarco de ese valioso patrimonio se engaña. “Es ilusorio pensar que solamente se empezó a leer con la llegada de la corte”, comenta Lilia. Según la profesora, una pequeña parte de la población tenía el hábito de la lectura y sorbía títulos provenientes de Portugal y Francia. De cualquier manera, afirma Lilia, su obra sirve para reafirmar aquello que Sérgio Buarque de Holanda denominaba como “la cultura del lustre”: el gobierno no se preocupaba con el analfabetismo de la población, en cuanto que el saber estuviera debidamente guardado en imponentes bibliotecas.

La autora narra cómo fue la venta de la biblioteca a Brasil. Para Don Pedro I era muy importante que ésta permaneciera en el país, para darle brillo a una tierra que era tenida como salvaje y tosca, tropical en demasía como para albergar saber. En la suma de objetos que Portugal tendría derecho a reclamar a Brasil, la biblioteca era el segundo ítem de la Convención Adicional del Tratado de Paz y Amistad del 29 de agosto de 1825, en el cual Don Pedro I concordaba en indemnizar a la familia real portuguesa con un 12,5% del valor depositado, atrás únicamente del pago de la mitad de la deuda pública hasta 1817.

Lilia reconoce que, al intentar contar la trayectoria de la biblioteca, se metió en otras áreas, investigando la historia de Portugal de esa época. Discute el concepto de biblioteca, de la misma manera que cuenta en detalle la llamada era pombalina. Y se extiende por capítulos para explicar la historia portuguesa. “Tuve que mostrar todo el contexto, pero en lugar de narrar la gran historia, me quedé con la microhistoria”, analiza la antropóloga.

A Longa Viagem da Biblioteca dos Reis está rindiendo sus frutos, se lanzarán durante el primer semestre del año que viene un CD-ROM de la Biblioteca Nacional y un libro de arte, con alrededor de 600 imágenes, acompañados con explicaciones técnicas y aclaratorias.

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