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Ambiente

Fuego contra el fuego

La quema controlada en la región amazónica permitirá entender su impacto sobre la fauna y la flora

Son las siete y media de la mañana del día 16 de agosto, y el sol que arde sobre Fazenda Tanguro, una propiedad rural de Querencia enclavada en el este del estado de Mato Grosso, calienta las cabezas de tres decenas de personas en la carretera metida entre el campo y el monte. Sin embargo, para estos científicos, bomberos, estudiantes, propietarios rurales y técnicos de campo infestados de garrapatas, vale una regla: cuánto más caluroso, mejor. Ellos están allí para prenderle fuego al bosque y dar así inicio a un experimento científico paradójico. Con el fin de entender de qué manera los incendios típicos de la región amenazan el bosque de transición ubicado entre la sabana y la selva amazónica, provocarán un incendio más -pero con un método.

La quema se ha retrasado media hora, pero nadie parece preocuparse con eso. Se extenderá durante tres días, en sucesivas líneas de fuego, en esta primera parcela de 100 hectáreas (ha). En los años siguientes, el fuego de la ciencia incinerará dos lotes más de 100 ha, sumando así 300 ha, que serán comparadas con otros 150 ha divididas en tres lotes de control. Al cabo de seis años, la fauna y la flora serán censadas nuevamente para entender mejor cómo reacciona el monte, o si sucumbe al fuego estacional, convirtiéndose en una sabana más.

El bosque de transición al cual el estado de la zona centro-oeste debe su nombre es el trozo de la Amazonia Legal más amenazado por la deforestación oculta, esa que no aparece claramente en el sistema de monitoreo por satélite debido a que queda escondida bajo las copas de los árboles, tal como mostró un estudio del Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonia (Ipam, sigla en portugués) publicado en 1999 en Nature. En el año 1998, cuando la sequía provocada por El Niño pobló el monte de hojas y ramas secas, se estima que fueron víctimas de incendios rastreros, en general accidentales, unos 40 mil kilómetros cuadrados (km²) de selvas en pie, buena parte de ellos ubicados en el bosque de transición. Al ritmo actual, en el año 2050 quedaría solamente el 15% de ese bioma, de acuerdo con un modelo desarrollado por el Ipam y por la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG).

La temporada pirotécnica en Fazenda Tanguro recibió el nombre de Experimento Sabanización. Es una nueva idea del Ipam, que antes había descubierto una hectárea entera de selva amazónica con paneles de plástico para simular una sequía al estilo de las que provoca El Niño, en la Selva Nacional Tapajós, cerca de Santarém, estado de Pará. En este caso, el área de la organización no gubernamental de investigación queda dentro de una hacienda propiedad del grupo André Maggi, perteneciente a la familia de Blairo Maggi, el “rey de la soja”, gobernador del estado de Mato Grosso. Ellos parten del principio de que el motor del 80% de la deforestación actualmente es la extracción predatoria e ilegal de madera, combinada con la ganadería. La soja contribuiría más bien indirectamente, debido a que la conversión de pasturas en campos de cultivo mecanizado realza el valor de las tierras e incentiva la apertura de nuevas áreas posteriormente.

Fazenda Tanguro tiene casi 82 mil ha, el equivalente a un rectángulo de 10 km por 82 km. Alrededor de 35 mil ha habían sido deforestadas anteriormente para producción ganadera por parte de sus antiguos propietarios: los bancos Santander y Noroeste. Las áreas catalogadas como de preservación permanente, como es el caso de las adyacentes a cursos de agua, suman 3.132 ha. La estancia cuenta también con un área de reserva legal de 46.569 ha, más de la mitad del total. Con la progresiva conversión de pasturas en cultivos, al final de este año el plantío de soja en Tanguro llegaría a las 25 mil ha, con una inversión de 44 millones de reales.

Al margen de plantar, el grupo compra soja s otros 500 productores mediante el sistema de prefinanciamiento, lo que lo pone en una posición privilegiada para incentivarlos a implementar prácticas ambientalmente saludables en la producción. El Ipam observa atentamente ese potencial para fomentar la idea de sostenibilidad. Hay tres veces más tierras (alrededor 600 mil km²) en las reservas legales privadas que en las unidades de conservación, que son los bosques y parques nacionales.

Cuando todo parece estar listo y los equipos de encendedores y medidores en sus puestos, el fuego comienza en dos frentes de mil metros (m), separados por 500 m, que se internan en el monte en forma perpendicular a la carretera que ladea las pasturas. La escena en el monte tiene algo de surreal, no solamente por el fuego, que deja los pantalones de todos que pelan. “Es muy divertido”, dice riéndose Daniel Nepstad, coordinador científico del experimento y ecólogo del Ipam. A su lado, el bombero Abadio José Cunha Jr., el mayor Cunha, propone el empleo de un soplete a gas, pero el científico sale en defensa del querosén, que aportaría una llama más firme. En Tanguro de lo único que se habla ahora es de la “quema del bien”.

La quema se arrastra a 10 m/h, a la mitad de la velocidad inicialmente prevista. Durante la tarde, las llamas se animan. En un claro, donde la luz del sol resecó el material sobre el suelo, producen un ruido ensordecedor, proveniente de las grandes lenguas de fuego de 10 m a 20 m de altura -es difícil saberlo, desde una prudente distancia de 30 m. Pero las llamas medidas por los equipos de dos estudiantes se estabilizan en general entre los 5 y los 10 centímetros.

Se trata de recabar informaciones confiables sobre cómo se comporta el bosque de transición amenazado de sabanización, bajo el estrés constante del fuego. En Brasil la sabana más común recibe el nombre de Cerrado, que rodea a la Selva Amazónica por los flancos sur y este. Los lindes de Tanguro se ubican a tan solo 20 km del Cerrado y a otros 20 km del Parque Nacional de Xingú.

“¿A partir de qué frecuencia de incendios la selva deja de ser selva?” Ésta es la cuestión principal a la que ha de responder el experimento, según Nepstad, uno de los coordinadores del proyecto por el Ipam, junto a la bióloga Claudia Azevedo-Ramos, al margen de un equipo fijo que congrega a otras cinco instituciones: la Universidad Federal de Pará y la Universidad de Brasilia, del lado brasileño, sumados al Centro de Investigación Woods Hole y a las universidades Yale y Stanford, de Estados Unidos.

El fuego de los incendios no intencionales, en general provocado por chispas provenientes de áreas agrícolas aledañas, corre por el suelo delmonte a ritmo lento: a entre 10m/h y 20 m/h. Deja atrás árboles con menos hojas, que caen al suelo y quedan más secas, bajo la acción de la mayor cantidad de luz del sol que penetra por entre el follaje enrarecido. Con el cambio climático global, puede volver El Niño con mayor frecuencia, acelerando el círculo vicioso de resecado e inflamabilidad del bosque de transición.

Brasil exportador
Con la pujanza del frente agropecuario, que echa mano hasta el hartazgo del fuego para hacer efectivo el manejo de las pasturas y la apertura de nuevas áreas para la agricultura, el resultado es una presión inevitable sobre la selva de transición y el aumento vertiginoso del riesgo de sabanización. Un factor más fuerte e importante es la propia capitalización y rentabilidad de la agropecuaria. La soja y la carne alcanzan precios cada vez más altos en el mercado internacional.

Brasil despunta como el principal exportador de estas mercaderías -lo que hace del agronegocio una fuente crucial de divisas para alimentar los servicios de la deuda externa. Según estimaciones del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, hay 150 millones de hectáreas (1,5 millones de km²) de tierras con potencial para la agricultura mecanizada en Brasil. Una de las mayores regiones con perfil adecuado para la expansión de la soja está precisamente en Mato Grosso, de acuerdo con un estudio de Maria del Carmen Vera Diaz, del Ipam. “Es el tema ambiental más importante de la década”, dice Nepstad.

Sin embargo, en el camino del ganado y de la soja se encuentra el bosque de transición, que comparte con la Selva Amazónica más densa gran parte de su biodiversidad. El biólogo Oswaldo de Carvalho Júnior, del Ipam, informa que se ha observado en el área del experimento la aparición de un 65% de las 46 especies de mamíferos que los manuales informan que existen en la zona. Hasta se avistó a un zorro vinagre (Speothos venaticus), que debería vivir más al sur. Carvalho Jr. es el responsable por el módulo de fauna del experimento, junto a Lisa Curran, de Yale, que el primer día solamente vio a un grupo de seis monos.

Uno de los objetivos del experimento es precisamente descubrir cuáles son los animales más afectados por la recurrencia de los incendios rastreros. Los animales esparcen semillas o se alimentan de ellas, lo que quiere decir que la composición y la densidad de la fauna posterior al incendio influirán sobre el perfil del bosque. Por otro lado, no se conoce con certeza ni siquiera cuáles son los árboles que más lo padecen. Para los científicos, no basta con saber que los más vulnerables serán aquéllos de corteza fina: es necesario detallar eso con abundantes datos.

Dicho de otra manera: no basta con prenderle fuego al monte -es necesario mucha instrumentación. Fue por eso que los investigadores pasaron un mes preparando el experimento. Sin los equipos y el método, sería una quema como cualquier otra. Pero nunca hubo una quema como ésta, empezando por su costo: 110 mil dólares por año.

La temperatura y la humedad relativa del ambiente representan las medidas más importantes. Son registradas antes, durante y después del fuego, en centenas de puntos predefinidos. En un bosque denso, la humedad relativa es de al menos un 65%. En un bosque de transición como el de Tanguro, que tiene alrededor de un tercio de la biomasa de su vecino robusto, llega a un máximo del 45%, lo que lo vuelve mucho más propenso al fuego.

Una decena de sensores acoplados a computadoras miniaturizadas que se cuelgan en los árboles almacena ambos tipos de datos cada 30 segundos durante las quemas (durante el resto del tiempo, el intervalo es de 30 minutos). Jennifer Balch, de Yale, responsable de los sensores, escogió bien los árboles menos propensos a quemarse para colgarlos, a 5 m, 10 m y 15 m de altura. Mostró alivio el día de la primera quema, debido a que todos los aparatos se mantuvieron intactos (cada uno cuesta 180 dólares). Esa montaña de datos alimentará a un banco matriz sobre la dinámica del fuego, con información referente a su velocidad y a la cantidad de energía emanada, por ejemplo. Al comparar lo que esté en el banco de datos con las imágenes de satélite ya solicitadas, los científicos intentarán calibrar los instrumentos en órbita para que sean capaces de leer la marca de estos incendios en los bosques de transición, que dejarían así de estar ocultos.

Si todo marcha bien, esto resultará en la imagen de un cuadrado de ha lleno de rayas, correspondientes a las diferentes líneas de fuego. Comparando intensidad y velocidad con otras variables, tales como el horario del incendio, el tipo de vegetación, la presencia de claros y de nidos de hormigas cortadoras, los investigadores del Experimento Sabanización esperan estar así aptos para pronosticar, con base en las características de un monte, cuál es su grado de vulnerabilidad al fuego y la probabilidad de que se convierta en una sabana en determinado plazo.

Frente al porte de la amenaza de sabanización, las 300 ha incineradas en el marco de este experimento no parecen más de un fósforo quemándose en medio del incendio de una refinería de petróleo. Los incendiarios tardan 100 minutos para prender el fuego de 1000 m de su línea, deteniéndose varias veces para reabastecerse. Es más tiempo y más combustible de lo previsto, y la segunda quema, agendada para las 11 horas, se posterga para las 14 horas.

Enseguida se hacen las 16 horas. El sol empieza a bajar y algunas de las quemas las dejan para después: el fuego amenaza parcelas que no tienen que arder. La mitad del equipo abandona el trabajo: llegan lánguidos a las camionetas, con las narinas y los labios cubiertos de hollín. Otros van en el tractor utilizado para abrir un claro de 5 m de anchura en el campo vecino, como para asegurarse. Si el fuego llegara al pasto reseco debido al mes que pasó sin lluvias, iniciaría una quema que nadie quiere siquiera imaginarse en tener que apagarla -una quema del mal.

*Marcelo Leite visitó la propiedad Fazenda Tanguro por invitación del Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonia (Ipam) y del grupo André Maggi.

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