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Historia

El saber en escena

Una exposición reúne instrumentos científicos de la Universidad de Coimbra del siglo XVIII y XIX

En la Europa del siglo XVIII, las demostraciones de física experimental se hacían no solamente en las universidades, sino también en clubes y sociedades, salas alquiladas por los llamados físicos demostradores – que viajaban con su arsenal de instrumentos – y en las casas. No por casualidad, estas experiencias ganaban aires escénicos y el término   teatro se asociaba a menudo a eventos de esta índole. Estaba el Teatro de las Experiencias, el Teatro de las Máquinas, el Teatro de la Física Experimental y el Teatro de Poleni, entre otros. “A mediados del siglo XVII, la práctica experimental, como medio para el descubrimiento y la validación del conocimiento, comenzó a echar raíces firmes”, dice Ermelinda Antunes, investigadora del Departamento de Física de la Universidad de Coimbra (Portugal).

Con ese fuerte componente de entretenimiento en la física de la época, la Pinacoteca del Estado de São Paulo se convirtió en el lugar ideal para la exposición Laboratorio del mundo – ideas y saberes del siglo XVIII, que va hasta el día 13 de marzo y de la cual Ermelinda es la curadora. Se trata de una reunión de 212 piezas: instrumentos científicos y libros del siglo XVIII y XIX – alrededor de 110  de ellas pertenecientes al Museo de Física y al Observatorio Astronómico de la Universidad de Coimbra -, mapas, cuadros, grabados y pinturas de la colección de la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro. El evento forma parte de las conmemoraciones relativas a los 450 años de São Paulo y es producto de un convenio entre el Gabinete de Relaciones Culturales Internacionales del Ministerio de Cultura de Portugal y la Pinacoteca. La muestra es el centro de varias actividades sobre historia del siglo XVIII. A comienzos de diciembre tuvo lugar el seminario internacional Luces en los trópicos: la capitanía de São Paulo en el siglo XVIII, coordinado por profesores de la Cátedra Jaime Cortesão, órgano de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la Universidad de São Paulo (USP), asociada al Instituto Camões del Ministerio Portugués de Negocios Extranjeros. El 25 de enero se abre la exposición Cartografía de una historia, en conjunto con el Museo Paulista de la USP, sobre mapas relativos al territorio de la Capitanía de São Paulo.

De todos los eventos, Laboratorio del mundo es el que más expresa el cambio de paradigmas y la adopción de nuevas ideas en una época en que se comenzaban muy lentamente a abandonar las antiguas teorías sobre el mundo natural, basadas en Aristóteles. “La valoración de la experiencia había sido defendida por Francis Bacon en su obra Novum Organum, publicada en 1620, donde éste afirmaba que “el progreso solo podría resultar de una unión cercana y estricta de las facultades racionales y experimentales, que hasta entonces nunca se habían unido'”, comenta Ermelinda. En el siglo XVIII los fenómenos naturales pasaron a verse como una mezcla de materia y fuerzas, y a describirse en un lenguaje matemático. Los instrumentos ganaron gran importancia en la tarea de interrogar a la naturaleza, y no solamente como una muestra de la capacidad creadora de los hombres. “Utensilios tales como bombas de aire, vasos comunicantes o aparatos de elevación de agua, empleados desde la Antigüedad, fueron perfeccionados y se convirtieron instrumentos científicos, articulados con la resolución de problemas fundamentales”. En el siglo XVII es cuando aparecen los gabinetes de curiosidades y los teatros de máquinas. Éstos dieron origen, en el siglo siguiente, a los gabinetes de física dentro de las universidades. Hay, por ese entonces, un desarrollo natural de la construcción de los llamados instrumentos filosóficos, elaborados con la finalidad de producir y demostrar los variados efectos de la física.

La exposición de la Pinacoteca narra parte de esa historia. Hay instrumentos sencillos, como la palanca de Musschenbroek, usada para levantar bultos pesados, y otros más sofisticados, como el telescopio paraláctico, destinado a seguir el paralelo de un astro o su movimiento diurno de oriente hacia occidente, describiendo su propio paralelo. Hay piezas que, de tan prosaicas, arrancan una sonrisa del visitante. Tal es el caso de un modelo didáctico de un tornillo con una tuerca enroscada, que podría dividirse en dos partes, o una prensa empleada para verificar la compresibilidad del agua. Aquella era la época de estudiar el movimiento simple y el compuesto, la trayectoria de los proyectiles, las diferentes fuerzas y sus efectos. En la colección de la Universidad de Coimbra hay también curiosidades famosas, como el “poderoso magneto oculto en una corona”. Se trata simplemente de un gran imán “en este caso, ‘revestido’ con una corona real” con el cual se demostraba la fuerza de las piedras magnéticas. Éste, especialmente, era capaz de sostener 93,7 kilos. En la exposición hay un mueble que no pertenece a la Universidad de Coimbra, pero que llama mucho la atención: el trono acústico hecho para mitigar la sordera de Don João VI en 1819, una de las piezas más ingeniosas ya construidas para tal fin.

Algunas demostraciones hechas dentro o fuera de la universidad encantaban al público. Las que involucraban a la electricidad, con las experiencias electrostáticas luminosas y ruidosas, eran las más apreciadas. O la bomba que extraía el aire y creaba vacío dentro de dos semiesferas de cobre, inventada por Otto de Guericke en el siglo XVII. La famosa experiencia hecha por éste con esos dos hemisferios en 1657, que sólo pudieron separarse con la fuerza de ocho yuntas de caballos, tuvo una gran difusión por toda Europa (la réplica de los llamados hemisferios de Magdeburgo figura en la exposición). De otro tipo de experimento se lograba sacar provecho práctico inmediato, como el modelo del pararrayos, elaborado entre 1790 y 1824. En un libro explicativo cuyo autor es el profesor italiano Giannantonio dalla Bella, Noticias históricas y prácticas acerca del modo de defender los edificios de los estragos de los rayos, se muestra cómo proteger almacenes de pólvora y la mejor manera de hacer la instalación de la pieza.

De los 110 instrumentos provenientes de Portugal, Ermelinda Antunes arriesga una premonición sobre la que considera más valiosa desde el punto de vista de la historia de la ciencia: la pila de Volta, de 1800, el primer generador de corriente eléctrica; pero hay otras importantes. “El esfuerzo del hombre en la elaboración del saber abarca generaciones”, dice la investigadora portuguesa. “Observe tres piezas presentes en la muestra: la eolípila, la máquina rotativa de Botelho Lacerda y la locomotora”, ejemplifica. La eolípila es una bola hueca de metal con agua montada en un carrito. Cuando se la calienta, el agua se vaporiza y hace mover el carro. La máquina rotativa de Botelho Lacerda demuestra la acción de los vapores al usársela como fuerza mecánica.  La locomotora ya es conocida. “Todas forman parte de la historia del aprovechamiento de los efectos motrices del chorro de vapor, ya conocidos en la Antigua Grecia. No se puede decir cuál es la más importante.”

Estos instrumentos comenzaron a estudiarse más en Portugal en la segunda mitad del siglo XVIII. Antes, la ciencia se encontraba en situación precaria en el país. Es cierto que había intelectuales portugueses preclaros y conocedores de los recientes avances científicos. El médico de origen judío Jacob de Castro Sarmento, por ejemplo, radicado en Londres, publicó Teórica verdadera de las mareas, el primer libro en portugués que difundió las ideas de Newton, en 1737. Ermelinda Antunes comenta que dentro de la universidad, dominada por jesuitas, las obras e ideas de Galileu Galilei, Isaac Newton y Pierre Gassendi habían sido prohibidas de circular en 1746 por un edicto del rector del Colegio de las Artes de Coimbra, padre José Veloso. Cuando Sebastião José de Carvalho e Melo, futuro marqués de Pombal, fue designado ministro del rey Don José I en 1750, ya estaba consciente del atraso portugués. La controvertida administración de Pombal alcanzó todos los sectores de la vida nacional – y la educación no se quedó fuera. Una de sus iniciativas fue la creación del Real Colegio de Nobles de la Corte y de la Ciudad de Lisboa, en 1761, al que ingresaban estudiantes de la nobleza portuguesa de entre 7 y 13 años. Allí se enseñaron por primera vez disciplinas científicas como la matemática, la astronomía y la física experimental. Fue a ella que Pombal  llevó a Dalla Bella, por ese entonces profesor de la Universidad de Padua, Italia, para impartir clases, y le encargó adquirir los instrumentos científicos necesarios – la mayoría construidos por artesanos portugueses entre 1766 y 1768, y algunos comprados a los ingleses. “El Colegio de los Nobles terminó por no tener éxito en lo atinente al estudio de las ciencias debido, principalmente, a la poca edad de los estudiantes y a la falta de la base necesaria para entender las materias”, observa Ermelinda.

Todos los instrumentos empleados en las clases y experiencias de física del Colegio de los Nobles se llevaron al Gabinete de Física de la Universidad de Coimbra en 1773 (un año antes de que comenzara la gran reforma de la universidad), donde se los organizó y se los uso sistemáticamente en las clases y experimentos, también comandados por Dalla Bella, invitado a hacerse cargo la cátedra de física experimental. Parte de ese material está presente en la exposición Laboratorio del mundo. “El Gabinete de Física usado en las clases en Coimbra a partir de 1773 estaba perfectamente equipado para demostrar la física que era a la época enseñada en Francia, Inglaterra o Italia”, afirma Ermelinda. Con la reforma de la universidad y la introducción del debate sobre las nuevas teorías científicas y filosóficas, Portugal adquirió un nuevo status. Penetró en el mundo de las ideas y los saberes del siglo XVIII.

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