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Ecología

La noche en el sertón

Botánicas del estado de Pernambuco echan luz sobre las peculiaridades de la polinización en la región conocida como Caatinga

Cuando cae la noche, los murciélagos copan los cielos de la zona geográfica del nordeste de Brasil conocida como Caatinga. No lo hacen en busca de sangre, incluso porque las especies hematófagas son una minoría entre estos mamíferos, sino de néctar especialmente el de las flores de los cactus que se abren al llegar el crepúsculo, blancas o verdosas, y sobresalen en la oscuridad. Los murciélagos, menos numerosos entre los polinizadores de otros ecosistemas brasileños, corresponden al 13% de los animales que, al transportar el polen, aseguran la reproducción de plantas del semiárido brasileño. Quedan atrás únicamente de las abejas y los colibríes, de acuerdo con un estudio llevado a cabo por un equipo de la Universidad Federal de Pernambuco (UFPE), que evaluó las peculiaridades y la frecuencia de la polinización en 147 especies vegetales de la Caatinga ?desde árboles hasta plantas rastreras. En el Sabana, en restingas y en los bosques húmedos, los murciélagos generalmente se encuentran al final de la lista de polinizadores, con un porcentaje hasta diez veces menor, detrás incluso de las avispas, los abejorros, las mariposas y las moscas.

Atraídos probablemente por la abundancia de cactus o por las cavernas, estos animales impresionantes asumen el papel de angelical cupido en medio a la flora del semiárido. En este caso, la flecha es su prolongado hocico, y el blanco, el estigma la estructura de la flor que recibe el polen, un polvo fino formado por las células reproductoras masculinas, liberado por columnas llamadas anteras. En busca de néctar, un líquido rico en azúcares que les sirve de alimento, los murciélagos nectarívoros estiran su estrecha lengua, cilíndrica y rojiza, en cuya punta hay mechones de pelos cortos llamados papilas, y acaban rozando el polen con el hocico o con otras partes del cuerpo. Adherido a la piel del murciélago, dicho polen es de esta manera transportado hasta el órgano reproductor femenino de las flores. Éste depende casi siempre de un agente externo ?el viento, un animal o el agua? para llegar al estigma de la misma flor o de otra: es allí cuando las células masculinas y femeninas se encuentran y se concreta la fertilización.

De esta manera el murciélago entra en el ciclo de vida de los cactus, que pertenecen a una de las tres familias de plantas más abundantes de la Caatinga, con 41 especies endémicas o restringidas a este ecosistema, el único exclusivamente brasileño, esparcido por 800 mil kilómetros cuadrados del interior de la región nordeste del país. Todo entre ambos, murciélagos y cactus, parece encajarse, en medio a un intrincado rompecabezas evolutivo. Las flores de muchas especies de cactus son nocturnas, así como los murciélagos, y sus colores son claros, ya que al oscuro, el rojo y el anaranjado tendrían poca diferencia para estos animales, que no tienen una visión aguzada.

Pero el aroma constituye efectivamente su gran atractivo. El olfato de los murciélagos es más desarrollado que la visión, por eso el olor fuerte y dulce de las flores de los cactus, que es empalagoso para nosotros, es más eficaz que los colores, dice la bióloga Isabel Cristina Machado, coordinadora del estudio, realizado conjuntamente con Ariadna Lopes, también de la UFPE, y publicado en la revista británica Annals of Botany. Estos mamíferos voladores tienen también los dientes incisivos atrofiados, lo que facilita el paso de la extensa lengua con que extraen el dulce néctar. Tal es el caso del Glossophaga soricina, un murciélago pequeño pesa alrededor de 10 gramos de pelaje marrón oscuro y alrededor de 20 centímetros de envergadura. Parece un ratón con alas.

Miedo y frío
Las fotos destinadas a registrar e identificar a los murciélagos fue una prueba de fuego para Isabel, que no oculta el miedo que en ocasiones éstos le provocaban: Había momentos en que, de tan cerca que estaban, yo pensaba que iban chocarse conmigo. Otros momentos difíciles que ella y Ariadna pasaron fueron las continuas horas de observación a la noche, cuando hace frío en el sertón. Nos daba tortícolis de tanto mirar hacia la flor fijamente, para no perder la foto en caso de que surgiera un visitante, pues esto duraba apenas fracciones de segundo, dice Isabel. Ella y Ariadna confirmaron los procesos de polinización de 99 especies de plantas en tres áreas de Caatinga de Pernambuco: los alrededores de la localidad de Alagoinha, a 200 kilómetros de la costa; el Parque Nacional de Vale do Catimbau, en Buíque, a 285 kilómetros de la costa; y una reserva de la estación experimental de la Empresa Pernambucana de Investigación Agropecuaria con sede en Serra Talhada, a 700 kilómetros de Recife.

Una única flor de xiquexique (Pilosocereus gounellei) o de facheiro (Pilosocereus pentaedrophorus), especies exclusivas de la Caatinga, o de cualquier otro cactus quiropterófilo polinizado por murciélagos, produce hasta 200 microlitros de néctar por día, un volumen entre 50 y más de 100 veces mayor que el emanado por otras plantas, que, al ser parsimoniosas, brindan a sus polinizadores solamente de 3 a 5 microlitros del dulce alimento. Esta cantidad de néctar de las flores de cactus es una recompensa por la visita del murciélago, un polinizador que es mucho mayor y requiere más alimento que una abeja, ejemplifica Isabel.
El goloso murciélago sólo es rival para el picaflor, otro polinizador de la flora del semiárido, que se repone del esfuerzo de vuelo ingiriendo bastante néctar. Tal el caso del colibrí conocido como ermitaño chico de cola blanca (Phaethornis gounellei), una especie de pico largo y curvo, endémica de la región nordeste, encontrada en tramos de la Caatinga de los estados de Piauí a Bahía, que suele visitar bromelias durante el día. Con los colibríes la relación es diferente: en lugar del aroma, tal como sucede con los murciélagos, lo que atrae a estas aves es el color de las flores. El rojo es el color predilecto, no solamente de los picaflores, sino también de las aves en general. En tanto, las abejas parecen ser menos exigentes: visitan flores moradas, azules, amarillas, violeta y naranja.

Pero las dos botánicas de Pernambuco advierten que no es posible deducir cuál es el polinizador únicamente según el color de la flor. Los análisis más detallados tienen en cuenta una serie de otras características de las flores, tales como la forma, el aroma, el tamaño, el momento del día en que se abren y las recompensas que les brindan a los animales que transportan el polen al estigma algunas brindan también aceites florales, al margen de néctar. Una variable puede excluir a la otra, dice Isabel. La flor roja de una bromelia o de un cactus, que generalmente no tiene olor, está asociada a la polinización por picaflores y otras aves, que no tienen olfato desarrollado. Las abejas a su vez, no ven bien el rojo, pero sienten su olor.

Con las patas
Las abejas de mediano y gran porte, de 1, 2 y 3 centímetros de longitud, van a la cabeza en la polinización de la Caatinga, donde ayudan en la fertilización del 30% de las plantas. Constituyen el principal grupo de polinizadores también en la Sabana (el 65%), en las restingas (el 41%) y en las selvas húmedas como la Amazonia o el Bosque Atlántico (el 25%). Es también el animal que más emplea los recursos brindados por las flores del interior de la región nordeste. Hay abejas que recolectan de todo: el néctar, un alimento calórico; el polen, rico en proteínas; aceites florales, alimento para las larvas; y resinas, usadas en la construcción de los nidos.

Pero, aun así, tienen sus particularidades. Ni los murciélagos, ni los colibríes, ni las moscas, ningún otro polinizador recolecta aceites florales, dice Isabel. Si una planta ofrece únicamente aceites, se puede concluir que se trata de una planta cuya polinización se restringe a las abejas. De cualquier manera, no es cualquier especie: solamente las abejas de determinadas familias, como la Anthophoridae, con especies marrones y otras casi negras, cuyas piernas anteriores y las del medio poseen cerdas rígidas, que forman una especie de peine y facilitan así la colecta de aceites producidos por las flores.

Al cabo de decenas de observaciones de más de cuatro horas seguidas, que resultaron en muchas picaduras de insectos, Isabel pudo descubrir que las abejas que se posaban sobre las flores lilas, azuladas o incluso moradas de un pequeño arbusto chamado Angelonia pubescens llevaban a cabo la polinización de la planta mientras extraían aceites de la flor ubicados en dos bolsas de los pétalos. Las abejas chupan el néctar con la lengua, pero los aceites los llevan con las patas, observa la investigadora de Pernambuco. En ambas situaciones, la colecta del polen de las flores es pasiva, no intencional.

La abeja Centris hyptides literalmente se encaja en la flor al recoger el néctar. Esta especie es marrón, mide alrededor de un centímetro y medio y es la única del sertón del nordeste brasileño que se posa sobre la flor al recoger el aceite que está en los pétalos inferiores. Es como si agarrara a la flor con las patas. El torso del insecto roza el estambre la estructura masculina de la flor y conduce el polen hacia el estigma. Esta especie tiene las patas anteriores largas, una peculiaridad que la dota de mayor eficiencia para recoger aceites de las flores de Angelonia. Lo más común es que, de las tres piernas que las abejas tienen de cada lado del cuerpo, las más largas son las del medio.

Otra abeja exclusiva de la Caatinga adaptada a la polinización de una pequeña planta herbácea es la Tapinotaspis nordestina, de casi un centímetro. Ésta sí tiene las patas del medio más largas. Es una especie que fue catalogada por el grupo de Isabel en 2002, con base en los ejemplares capturados en Buíque. Pero no fue la única. En los dos últimos años, expertos en clasificación de abejas les dieron nombres a otras cuatro especies hasta entonces desconocidas, con base en ejemplares que Isabel y su grupo juntaron en la Caatinga.

La Tapinotaspis nordestina asegura la polinización de la Angelonia cornigera, una de las plantas rastreras estudiadas, al posarse en la flor a la hora de extraer aceites, en lo que parece ser una especie de abrazo. Con ese aceite, rico en lípidos (grasas), estos insectos alimentan sus larvas. Debido a situaciones como ésta, dice Isabel, la polinización a menudo no asegura la reproducción, no solamente das plantas, sino también de los propios polinizadores.

No obstante, esta dependencia de una determinada flor con relación a una especie de animal y viceversa, es más bien la excepción y no la regla. Lo que predomina es una relación generalista. Es decir, una planta es ornitófila (polinizada por aves), pero a sus flores no las visita únicamente una especie de ave. En la mayoría de los casos, explica la investigadora, la dependencia no es de uno a uno, sino de un grupo de animales con relación a una planta o grupo de plantas. Los picaflores, por ejemplo, generalmente no polinizan a una única especie, sino a varias. Muchas veces, la propia estructura de reproducción de las plantas, especialmente cuando las flores son más abiertas, permite la polinización por más de un grupo de animales. Se trata de una estrategia de supervivencia, porque, cuanto más específico es el polinizador, menos posibilidades tiene la planta de reproducirse si éste se extingue.

Las orquídeas son una excepción, pues son polinizadas por grupos específicos de abejas y mantienen sus flores abiertas hasta un mes, cuando lo habitual es que las flores duren una mañana o una noche. Sin embargo, hay algo en lo que las orquídeas son igualitas a las casi mil especies de plantas conocidas de la Caatinga, a las de los otros ecosistemas y a las de nuestros jardines: luego de recibir la visita del polinizador, se marchitan y dejan caer sus pétalos. El mantenimiento de una flor abierta y atractiva durante días y noches al hilo requiere mucha energía.
Si esa dosis extra de energía de por sí exige mucho a las plantas en ambientes húmedos, ni qué decir en la Caatinga, donde llueve de 500 a 900 milímetros por año, menos de la mitad que las precipitaciones anuales del Bosque Atlántico. Durante la época de sequía, que se extiende por alrededor de seis meses, de julio a diciembre, muchas plantas pierden las hojas como forma de reducir la transpiración y resistir a la falta de agua. Pero, precisamente en esa época, es cuando la floración puede ser más exuberante. El resultado es un espectáculo de puntos rojos, amarillos y lilas en medio al gris de las ramas y troncos secos de los árboles.


Los proyectos
Síndromes de polinización, sistemas sexuales y recursos florales de especies de la Caatinga de Pernambuco y Sistemas de polinización de especies existentes en la vegetación de la Caatinga: ornitofilia y quiropterofilia
Modalidad
Auxilio a la Investigación (Facepe) y Beca de Productividad en Investigación/ CNPq
Coordinadora
Isabel Cristina Machado – UFPE
Inversión
R$ 11.023,00 (Facepe) y R$ 24.000,00 (CNPq)

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