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Ingeniría Forestal

En la región amazónica las existencias arbóreas son finitas

Dos especies de árboles tardan más de un siglo para crecer y reponer la cantidad de madera talada

Simulaciones llevadas a cabo en computadora apuntan que la extracción comercial de ciertos árboles nobles de la Amazonia puede no ser una actividad sostenible a largo plazo. Ni tampoco lo sería la adopción de técnicas hoy en día recomendadas para el manejo forestal, un conjunto de medidas que, en teoría, debería servir para reducir los efectos de la actividad maderera sobre la selva a niveles aceptables, pero que no es capaz de suavizar las marcas dejadas por la mano humana. Con su acción rápida y eficaz, la motosierra gana siempre, y con creces, la carrera contra la naturaleza. En uno de los escenarios virtuales, creado en las computadoras de los investigadores que participan del proyecto Dendrogene – Conservación Genética en Selvas Manejadas en la Amazonia, poblaciones de dos especies arbóreas, la tatajuba y la massaranduba, fueron sometidas a un ciclo único de corte, efectuado de acuerdo con los preceptos que se considera como racionales cuando se habla actualmente de sostenibilidad. Esta situación se representó con el auxilio de un programa de modelado ecológico y genético llamado Eco-Gene, que calculó cuánto tiempo sería necesario para que los árboles remanentes de cada especie crecieran y se multiplicaran, y el bosque volviera a tener su cantidad original de tatajubas y massarandubas. Y los resultados encendieron una luz amarilla: un siglo de descanso no es suficiente para dotar nuevamente a la selva del mismo stock de madera de ambas especies que tuviera anteriormente.

La situación de la Bagassa guianensis, nombre científico de la escasa tatajuba, que suministra una madera amarillenta, apreciada en la construcción de barcos y pisos, es particularmente preocupante. En la simulación, la selva requirió 200 años para recuperar el 80% de su cantidad original de madera. El proceso de regeneración fue tan lento que la especie no logró recuperar todo su stock inicial. Más abundante, la Manilkara huberi, la popular massaranduba, con su madera muy dura y resistente, de una tonalidad roja oscura, tuvo un desempeño mejor, pero no muy halagüeño: requirió 130 años para tener nuevamente la cantidad original de madera. “Necesitamos revisar algunas ideas referentes a la explotación maderera”, dice Milton Kanashiro, ingeniero forestal de Embrapa (Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria)-Amazonia Oriental, con sede en la ciudad Belém (Pará) que coordina desde hace cinco años los trabajos de aproximadamente 50 investigadores y colaboradores del Dendrogene. “Hemos reunido indicios de que, aun con la adopción del manejo, en los moldes hoy en día practicados por las empresas, lo que se da es una gran reducción en el stock comercial de árboles de algunas especies explotadas económicamente.”

Sol y sombra
La tatajuba y la massaranduba son árboles de alto valor comercial extraídos de la Amazonia, y que en ocasiones se hallan uno junto a otro en áreas de tierra firme, como se les llama a los fragmentos de selva que nunca se inundan. Cuando alcanzan su plenitud, llegan a los 40 ó hasta 50 metros de altura, y pueden ubicarse por arriba de la cobertura de la selva. Tienen troncos gruesos, con diámetros que oscilan entre 1,4 y 2 metros en los ejemplares adultos, y sus frutos son comestibles, en especial el de la massaranduba. Pese a sus puntos en común, ambas especies priman por las diferencias en su dinámica de reproducción y crecimiento. “Una es lo contrario de la otra”, afirma la bióloga Marivana Borges Silva, alumna de doctorado de la Universidad Federal de Pará (UFPA), quien trabajó en las simulaciones. En selvas adultas, la tatajuba es rara, afecta al sol y crece rápidamente. La massaranduba es abundante, tolera bien la sombra y se desarrolla lentamente. En un área de 500 hectáreas del Bosque Nacional de Tapajós, cerca de Santarém, Pará, donde se concentran los trabajos de campo del Dendrogene, entre los árboles con más de 10 centímetros de diámetro el número de ejemplares de la primera especie es diez veces menor que el de la segunda.

En este tramo de selva, alrededor de 50 investigadores y colaboradores del proyecto, del país y del exterior, estudian minuciosamente desde hace cinco años los más variados aspectos de la biología y la genética de siete especies arbóreas, todas exploradas por las madereras. Al margen de la tatajuba y de la massaranduba, cuyos trabajos se encuentran en una fase más adelantada, son objeto de las investigaciones el guapinol, el cumarú o sarrapia, el cerillo, la andiroba y el parapará. Cada árbol tiene una existencia y una dinámica reproductiva distinta de los demás, y forman, según los científicos, un panel representativo de buena parte de la diversidad de especies arbóreas de la Amazonia. El objetivo central del Dendrogene, un emprendimiento científico por valor de seis millones de reales administrado básicamente con recursos de la propia Embrapa y del Departamento para el Desarrollo Internacional del gobierno británico, consiste en entender el mayor número posible de variables que influyen en el proceso de nacimiento, crecimiento, muerte y regeneración de los árboles de interés comercial. Y de esta manera delinear planes de manejo específicos para los grupos de árboles que parecen ser más aptos para su explotación a largo plazo. “Uno de los problemas del manejo actual consiste en tratar a la selva como algo homogéneo, sin tener en cuenta las particularidades de cada especie”, opina Kanashiro. “Nuestros datos, aunque son preliminares, muestran que el manejo forestal puede ser viable en caso de que se sigan dos caminos: reduciendo la intensidad de la extracción, para así disminuir la cantidad de madera retirada, o alargando el ciclo de corte e impulsando una rotación entre las especies que se explotarán comercialmente en el futuro, concentrando las actividades en aquéllas de rápido crecimiento.”

El problema es que aún no se sabe con seguridad qué especies pueden manejarse de manera sostenible. De allí la importancia de que existan proyectos científicos que intenten responder a esta difícil cuestión. Por ahora, sigue sin estar claro qué tipo de manejo será recomendado probablemente, para la explotación de la tatajuba y de la massaranduba. El análisis de otra serie de simulaciones llevadas a cabo en marco del proyecto Dendrogene, indica que ambos casos son delicados. Con la ayuda del programa Eco-Gene, que recibió el aporte de datos biológicos y moleculares de las dos especies, los investigadores compararon el impacto de la adopción de nueve escenarios distintos de exploración a lo largo de un período de 300 años. El objetivo era ver si algún cambio de conducta produciría reducciones significativas en los efectos de la actividad maderera sobre las poblaciones de tatajuba y massaranduba. Una vez más, al final de las simulaciones, no hubo nada que celebrar: en todos los escenarios ensayados, incluso en aquéllos aparentemente menos agresivos, no quedaban más árboles en cantidad suficiente para su explotación comercial luego del tercer ciclo de corte. “Los resultados no cambiaban mucho en función del escenario”, comenta Vânia Azevedo, alumna de maestría de la Universidad de Brasilia (UnB), quien tomó parte en las simulaciones. “Una vez pasado el tercer ciclo de corte, no se podía extraer casi nada de la selva.”

En cada simulación, al menos uno de los tres principales parámetros del plan de manejo forestal se alteró. Estas directrices centrales definen el intervalo de tiempo entre cada extracción de madera, el diámetro mínimo de los troncos de los árboles que pueden talarse y el porcentaje de árboles pasibles de corte que será preservado (son ejemplares que quedan en carácter de reserva). Entre las pocas empresas que implementan planes de manejo en la Amazonia, donde el 70% de la extracción de madera es irregular, según algunas estimaciones, lo usual es hacer lo que la ley manda: adoptar un ciclo de corte de 30 años, considerar como candidato a la tala a cualquier árbol con al menos 45 centímetros del llamado diámetro a la altura del pecho (Dap) y mantener como reserva solamente a uno de cada diez árboles que han alcanzado ya el punto de corte. El primer escenario ensayado sirvió de control. En este caso, el Eco-Gene calculó qué sucedería con poblaciones de 500 tatajubas y 500 massarandubas que se mantuvieran como intocables durante tres siglos. En los otros escenarios, del segundo al noveno, se ensayaron distintos planes de manejo, con mayor o menor restricción a la actividad maderera. El número dos simuló precisamente los parámetros actualmente empleados en el manejo. En los restantes, el ciclo de extracción osciló entre 30, 60 y 90 años, el diámetro mínimo de corte varió entre 45, 55 y 65 centímetros y la cuota de árboles que quedaron en carácter de reserva fluctuó entre un 10%, un 30% y un 50% de los ejemplares adultos.

Al cabo de 300 años de explotación virtual de árboles, el cuadro general diseñado por el Eco-Gene no era para nada alentador. Con relación al escenario uno, donde no hubo corte alguno de madera, la tatajuba y la massaranduba, −esta última en menor escala− mostraron en las demás simulaciones reducciones significativas en las existencias de madera y en el número de árboles que componían sus respectivas poblaciones. La cantidad de madera de la B. guianensis disponible en el bosque se retrajo entre un 82% y un 90%, y la cantidad de árboles, entre el 63% y el 78%. El stock de madera de M. huberi retrocedió del 58% al 80% y la cantidad de árboles decreció de máxima un 12%. Parece existir ahí una paradoja – o un error – que ronda a ambos índices, calculados por el programa de modelado para la massaranduba. ¿Cómo puede ser que, después de tres siglos de explotación, la cantidad de árboles de la especie casi no haya disminuido, mientras que el stock de madera se redujo tan claramente? La respuesta indica que eso es cierto: al final de las simulaciones, había casi tantas massarandubas como en el pasado; pero cierto es también que eran mucho menores que antes.

Si bien el manejo forestal tal como hoy se lo practica altera de manera extrema las existencias de madera de la selva, su impacto sobre la diversidad genética de la tatajuba y la massaranduba no parece ser de tamaña magnitud. En ambas especies, la pérdida de información molecular fue a lo sumo del 15% de las así llamadas combinaciones genotípicas que había en los árboles antes del comienzo de la actividad maderera. Una combinación genotípica es la forma particular de un gen hallado en un individuo. En otros parámetros, como la consanguinidad, no hubo cambios estadísticamente significativos. “Las simulaciones indican que no existen fuertes amenazas a la conservación genética de esos árboles”, considera Kanashiro. “Pero aún no podemos afirmar esto con total certeza.”

Una realidad compleja
Es necesario analizar en perspectiva los resultados de las simulaciones. La realidad, como todos lo saben, sobre todo los investigadores del Dendrogene, es más compleja que los escenarios construidos por un programa de computadora que intenta prever los efectos de la extracción controlada de madera. El programa Eco-Gene fue abastecido con datos relativos a las características genéticas y biológicas de la tatajuba y de la massaranduba estudiadas en un área de selva natural. Lo ideal es que el software se alimente con la información referente a árboles provenientes de las áreas manejadas, que deben presentar una dinámica reproductiva distinta. En poco tiempo más, esto ha de ser posible. Al final de 2003, los investigadores siguieron el corte del 90% de los árboles adultos de las siete especies estudiadas en el marco del proyecto, que existían en las 500 hectáreas de selva donde el mismo concentra su parte de campo. “Este mismo año, o en 2006, volveré a visitar el área para ver el impacto de extracción de madera sobre los insectos y otros animales responsables de la polinización de los árboles”, dice la bióloga Márcia Motta Maués, de Embrapa-Amazonia Oriental.

Puede parecer un contrasentido para los legos, pero la extracción de madera estimula la germinación de semillas en el suelo de la Amazonia y, en un primer momento, favorece el crecimiento de plantines de árboles en el tramo de selva explotado. El corte de una massaranduba o de una tatajuba de gran porte abre una claro en el bosque, y los rayos solares llegan así más fácilmente a la tierra. El ingeniero forestal José do Carmo Alves Lopes, también de Embrapa, midió en Tapajós los niveles de regeneración de las siete especies estudiadas en detalle por el Dendrogene, antes y después de las talas de árboles allí efectuadas. Diez meses después de que la motosierra hiciera su trabajo, todas las variedades aumentaron sus tasas de regeneración. La tatajuba, una especie a la que le encanta el sol, registró el mayor índice de aparición y de crecimiento de plántulas, como los técnicos llaman a las plantas pequeñas. Había 62 veces más plántulas de la especie que antes (el número de plantines por hectárea pasó del 0,3 a 19). La andiroba, la especie que tuvo la menor tasa de regeneración, aumentó tan sólo un 5% o su cantidad de plántulas (trepó de 106 plantines por hectárea a 112). “Ahora veremos cómo tales tasas de crecimiento se reducirán en el transcurso del tiempo. Seguramente caerán, pero lo que no sabemos es cuánto”, afirma Carmo. A medida que la copa de la selva vuelve a densificarse, las especies que no toleran la sombra pasan registrar tasas alarmantes de mortalidad. Tan solo unos pocos ejemplares más altos sobreviven, aquéllos que han logrado literalmente un lugar permanente al sol. Ésta es la desgracia de la tatajuba, al contrario de la massaranduba, que es afecta a la sombra.

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