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Entrevista

Oswaldo Frota-Pessoa: La palabra viva de un señor científico

Al escuchar a Oswaldo Frota-Pessoa, con sus 88 años a cuestas, uno de los  pioneros de la genética médica en Brasil, se hace fácil entender por qué sus cualidades como docente arrancan elogios de parte de investigadores de varias generaciones que estuvieron entre sus alumnos. Si en el aula, Frota se valía de una narratividad atrapante, multicolorida, graciosa y siempre entrecortada con una sonrisa abierta, que aún hoy en día lo acompaña al abordar su trayectoria de científico y difusor de la ciencia, ni qué hablar entonces del escucharlo, del aprender con él, que era seguramente una experiencia atravesada por el placer. Resulta por eso también fácil dejar sentado que los más de 700 artículos de divulgación científica que publicó en la prensa brasileña entre las décadas de 1930 y 1950 se alimentaron ciertamente de la exquisita finura e inteligencia de su labia.

Carioca, biólogo, médico, profesor de niveles secundario y superior, investigador activo hasta los años 1990, autor de 150 artículos de investigación y de muchos libros didácticos, Frota-Pessoa recibió entre otros el Premio José Reis de Divulgación Científica de 1981-1982, el Premio Kalinga Internacional de Divulgación Científica de la Organización de las Naciones Unidas para Educación, Ciencia y Cultura (Unesco) en 1982 y el Premio Alfred Jurzikowyski, de la Academia Nacional de Medicina, referente a la investigación básica relevante para la Medicina, en 1989.

Frota-Pessoa, cuja lucidez y vigor gambetean el largo tiempo vivido, gastó dos tardes para hablar largamente con la revista Pesquisa FAPESP, siempre haciendo gala de un excelente humor. Por razones editoriales publicamos a continuación solamente los principales párrafos de su entrevista.

Yo pretendía que usted empezase contándonos sobre su experiencia en la divulgación científica. ¿Cómo fue? ¿Y en que año comenzó?
Dejé preparadas acá las carpetas con todos mis artículos de divulgación científica, que son más de 700. Te voy a mostrar el primero que escribí…

?Por qué los hijos se les parecen a los padres?. Ya de entrada usted escribía para el gran público en la revista Vamos Ler, de Río de Janeiro… ¿Era una revista de circulación amplia?
Era como Veja en los días actuales. Yo tenía la idea fija de que debía escribir para divulgar, ¿y qué fue lo que hice? Pues escribí este artículo y después salí en busca de alguien que lo publicara. Me llegué hasta la redacción de Vamos Ler, les dije que tenía un artículo, les pregunté si querían publicarlo… Ellos pensaron que yo era un cretino, lógico. Yo, sin ninguna carta de presentación… ?Ah, déjelo allí, y que sé yo qué…?. Y lo dejé. Y lo publicaron. El primero de los 700.

¿Trabajó para A Manhã, para un suplemento de Diário Carioca, y después para Jornal do Brasil también?
Sí trabajé mucho.

¿Cómo fue su formación hasta llegar a la universidad?
Yo tuve un maestro de ciencias muy bueno cuando estaba en la primaria y al comienzo de la secundaria, en la escuela Ginásio Arte e Instrução, en los suburbios de Río. Y ese maestro nos llevaba a hacer excursiones al monte, a ver animalitos?los llevábamos al laboratorio para estudiarlos… Eso fue en la primaria; antes de la secundaria.

Usted tenía 12, 13 ó 14 años.
Exactamente. E hice una alianza con tres compañeros, que teníamos la misma tendencia para ese lado. Y así fue como, una vez que terminé el secundario, me fui a hacer medicina. Y cuando estaba en primer año de medicina, que yo estaba cursándolo porque no había carrera de historia natural ni de biología, y medicina era lo más cercano a eso, me encontré por casualidad con uno de estos chicos, que me dijo “¿no sabes? Están abriendo una nueva universidad acá y hay una carrera de biología”. Yo le contesté: “¡no puede ser! ¿Dónde es? Vamos ahora mismo, vamos a matricularnos”.

¿Usted seguía medicina en qué facultad?
En la Nacional.

Que después cambió su nombre por el de Federal de Río de Janeiro.
Sí, exactamente. Era la única que había en Río. Quedaba en Plaia Vermelha.

¿Y usted se recibió?
Sí, sí. Hice las dos carreras a la vez. El compañero que me encontré por casualidad en Cinelândia y que vino con la noticia de que habían creado una nueva universidad era Newton Dias dos Santos. Nosotros fuimos a ver y había sí, una carrera de historia natural. Bueno, esa carrera nos entusiasmó, porque fue Anísio Teixeira quien la fundó. Texeira es un mecenas de la enseñanza en Brasil. Es fantástico lo que él hizo. Después de destacarse como experto en educación en Bahía y hasta en Río, se encargó de crear una universidad en Río, que era la capital de Brasil y no tenía una facultad de ciencias. Así fue como erigió la Universidad del Distrito Federal. Pero eso no es nada, lo importante es que les había dicho a los asesores “miren,  vamos a tener que seleccionar docentes para todas las carreras de esta nueva universidad, pero yo quiero al mejor investigador de cada área. Puede que nunca hayan dado clases; no importa, yo lo quiero así mismo. Quiero a tipos que sepan investigar”. Y así fue, nuestros profesores fueron escogidos de esta manera, ¿entiende? En la primera clase de botánica -en aquel tiempo, la clasificación de las plantas y de los animales era lo era importante…

La taxonomía.
Exactamente. Pero ocurre que nuestro profesor de botánica nunca había dado una sola clase. Pero era botánico, había sido director de la parte de botánica del Museo Nacional, había hecho la marcha con [el Mariscal Cândido] Rondon cuando se fijaron las fronteras de Brasil, recogió plantas de todo Brasil; en síntesis, era un gran botánico, hecho y derecho. Alberto Sampaio era su nombre. Modestísimo, un gran tipo. En la primera clase y entró en el aula -éramos 18 alumnos- y dijo: “miren, yo soy el profesor de botánica y estoy pensando en cómo podemos organizar la carrera. Sé que aquí en el Distrito Federal existen muchas familias de plantas que no han sido aún bien estudiadas. ¿Por qué ustedes no se juntan en grupos de tres o cuatro, cada grupo escoge una planta, una familia, y hacen una revisión de la situación, de la sistemática de estas familias de plantas en el Distrito Federal?”. Tal idea nos vino al pelo, pues lo que queríamos era operar con el material, y no quedarnos adentro escuchándole tonterías al profesor. El resultado fue que ese mismo día él nos llevó adentro -la clase era en el museo- para mostrarnos el herbario, donde había una montón de salas con cajas metálicas. En estas cajas había carpetas con las plantas que se habían recogido hacía 10 años, 50 años atrás, por aquellos botánicos europeos que venían, viajaban, extraían plantas, las catalogaban y las depositaban en el Museo Nacional. Teníamos una riqueza material para estudiar que ningún estudiante siquiera podría soñar. Y luego, a la semana siguiente, ya estábamos saliendo rumbo al monte, yendo allá arriba, a la zona en que, como se decía en el herbario, se habían extraído tales plantas.

¿Cuál familia fue a estudiar usted?
Las saxifragáceas. Es la familia de la hortensia que, a propósito, es europea. Pero en dicha familia existen géneros brasileños, y estos mismos eran los que habríamos de estudiar, porque eran los menos conocidos, y haríamos la revisión. Como resultado de ello, siendo aún estudiante, en el tercer año, publiqué mi primer trabajo científico, que se llamó Las saxifragáceas en la flora fluminense.

¿Cuándo usted hace una referencia a “allá arriba”, está hablando de la sierra fluminense, del estado de Río de Janeiro?
Existe una reserva en Teresópolis, el Campo das Antas, y subiendo la montaña por allí, cerca de Dedo de Deus, en Serra dos Órgãos, encontramos muchas cosas. Ahora bien, voy a contarle algo para amenizar la charla, un incidente: Newton y yo hicimos la excursión; pero nos agarró la noche y cenamos; algo sencillo, lo que habíamos llevado. Y en ese momento nos dimos cuenta de que no teníamos azúcar para el café. Fue la primera vez que probé café sin azúcar. Y hoy en día yo sigo tomando café sin azúcar. A la mañana siguiente, cada uno montó en su caballo para ser el primero en descubrir la primera saxifragácea. Fuimos hacia Campo das Antas, que es un meseta que queda después de la ladera. Y sabíamos que en esa meseta se había recogido la planta 50 años atrás, había sido algún hombre que pasó por allá. Entonces empezamos a mirar hacia los árboles, llegamos a aquel final de la meseta, allí se bajaba hacia un vallecito. Paramos, nos miramos el uno al otro, cada uno queriendo ser el primero en descubrirla, ¿no es cierto? Y entonces, ¿qué hice yo? Me apeé del caballo y me metí en aquel monte para descubrir donde estaba la saxifragácea. Y resulta que, cuando estoy haciendo eso, Newton me grita desde allá arriba, “¡Frota!”, “¿qué pasa?”, “¿esa Escallonia (que era el nombre del género) tiene flores rosadas?”, yo le contesté: “sí”, “¿y tiene raíces de qué sé yo qué?”, le dije: “sí”, “¡entonces ataste a tu caballo en ella!”

Y usted, con prisa, ni la había visto.
Sí, por la prisa en ser el primero. Así uno puede ver cuál era el espíritu. Estudiantes del primer año de la universidad haciendo una excursión como ésa. Anísio Teixeira es nuestro santo.

¿La Universidad del Distrito Federal luego se incorporó a la Universidad de Brasil?
Sí. Fue algo triste, porque volvió a lo que era la universidad común, sin ese espíritu conquistador y mejor en todos los sentidos. Anísio Teixeira mandó a buscar a varios franceses para áreas en que no había expertos en Brasil. Filosofía, por ejemplo. Tuvimos clase con gente de la Sorbona que vino contratada por un año para dictar clases. Fue una maravilla. Y en nuestra vivencia de estudiantes, absorbimos de los profesores sus calidades; por eso, todos salimos con vocación didáctica.

¿Usted se recibió en historia natural en 1938 y allí se quedó, enseñando y al mismo tiempo escribiendo para la prensa?
Sí, exactamente. El movimiento de Anísio entusiasmó a los profesores secundarios, principalmente a una buena parte de los jóvenes. Hacíamos por lo tanto una política de mejora de la enseñanza. Si sabíamos que un colegio particular necesitaba un profesor, el postulante iba allá, ponía su nombre en juego y empezaba a enseñar como es debido, haciendo que las personas pensaran.

Es decir, era fundamental huir de la práctica de memorizar y, en lugar de ello, llevar a los jóvenes a pensar, a cuestionar…
La enseñanza tradicional hasta los días actuales se basa en que el profesor habla y los alumnos copian tonterías para hacer la prueba de memoria. Nosotros hacíamos lo contrario. Uno les daba el problema; elegía uno que fuera muy interesante y hacía un debate. Y decía: “bueno, para la próxima clase, van a leer este fragmento del libro, para aplicar y ver qué conclusión sacan”. A la próxima clase el chico llega habiendo ya leído aquello, y uno le dice “¿qué has pensado de aquella pregunta, cómo la contestaste?”, “y tú, ¿cómo han respondido?”, “ah, yo respondí así”, “¿tú estás de acuerdo?, ¿tú no estás de acuerdo?”, y así sucesivamente. Así, en una sola clase, uno ve que ha hecho que los alumnos verifiquen un hecho interesante y un principio interesante, lo que no va a ser el comienzo de mi clase, sino el fin, cuando ya se ha recorrido este trayecto.

Es decir, una vez hecho el camino desde el problema y con algunos refuerzos teóricos, el alumno puede llegar a un nuevo conocimiento adquirido y debatido junto con los compañeros.
Y esa es la mejor parte, porque es así que su mente mejora. Oír lo que el profesor está diciendo, y ellos ahí, aburridos, copiando aquello para memorizarlo para la prueba, eso no lleva a nada. Cuando, una vez que me recibí en Biología, me nombraron profesor en Río, me casé rápido, como para que veas cómo andaba bien de dinero. Había una reverencia por los docentes. Eso se fue aguas abajo fatalmente con el aumento de la población, que exigía cada vez más educación y cada vez tenía menos. A una cierta altura, alguien que entraba para ser profesor, si tenía cualquier posibilidad de seguir otra profesión, migraba. Y hoy en día, ni hablar… Recientemente salió en Veja un artículo que se preguntaba: “¿cómo los alumnos secundarios tratan a los profesores?” Una clase ahora es una vergüenza, el profesor está allí sin saber qué hacer. Es un hombre sin experiencia, porque los que saben no son tan burros como para caer en ésa, con los alumnos enloqueciéndolo, fumando marihuana, insultándolo… en fin, es un horror eso que viven los profesores actualmente.

¿A usted lo contrataron como profesor de la secundaria en la enseñanza pública?
Sí, me contrataron en Río. Cuando nos recibimos, automáticamente nos nombraron, porque éramos la primera promoción de docentes egresados de la universidad. Y durante veinte años fui profesor en el secundario.

¿Y después, como se desarrolló su carrera de investigador y su venida a la USP?
Muy sencillo. Yo me había recibido en la Universidad del Distrito Federal, que se trasladó a la Universidad de Brasil. Para esa ocasión, yo estaba enseñando en la secundaria y haciendo un curso en Manguinhos, en el Instituto Oswaldo Cruz. Como biólogo me interesó hacer ese curso, que revivía la experiencia del Oswaldo Cruz. Fue entonces cuando me invitaron a ser profesor asistente de biología de la Universidad de Brasil. Un día, a la hora del almuerzo, yo estaba en el Instituto Oswaldo Cruz y me dijeron “oye, está llegando allí un americano formidable, con una idea de genética de la drosófila…”. Era [Theodosius] Dobzhansky. Yo me dirigí entonces a mi profesor de allá, un excelente naturalista, y le dije: “¿qué diablos es una drosófila?”. A lo que me contestó: “son unas mosquitas que ellos tienen allá, en Estados Unidos, pero acá no hay de ésas”. Bueno, mi tesis  doctoral fue sobre las especies brasileñas de drosófilas. Sigamos; supe de la llegada de Dobzhansky a São Paulo. Y entonces [André] Dreyfus, que era el artífice de la idea de traerlo, y [Crodowaldo] Pavan, que iba asesorarlo, resolvieron hacer un librito con la clasificación de las drosófilas.

Usted, a esa altura, ya sentía una cierta curiosidad por la genética.
Sí, y yo ya sabía de genética. En la carrera de biología, que era medio itinerante, con cada asignatura que se dictaba en un edificio diferente, de acuerdo con el  docente que la enseñara “íbamos al Museo Nacional, al Oswaldo Cruz, a Praia Vermelha…”, un día Lauro Travassos, profesor de zoología en Manguinhos, entró en el aula y dijo: “miren, la genética fue creada por un individuo del cual yo tengo aquí el primer trabajo publicado. Yo les saqué fotocopias para ustedes y la próxima clase vamos a hacer un debate sobre ese trabajo”.

Era el trabajo de Mendel con las arvejas.
Sí. ¿Te diste cuenta de qué la época que estamos hablando? La genética estaba empezando a entrar acá. Y Travassos le pidió a un colega que diera la parte metodológica. Así fue como empecé a interesarme más en genética. En cierto momento llegó a Río Dreyfus, para visitar a Travassos, que era su amigo. Dreyfus después trajo a Travassos para hacer una temporadadita de algunos años en São Paulo. De cualquier manera, a esa altura, Dreyfus le pidió al Travassos que le apuntase a dos ex alumnos para ir a São Paulo a chequear las claves de clasificación de especies de drosófilas brasileñas que había hecho Pavan. Entonces yo, que no sabía todavía qué era una drosófila, pero estaba ahí, con mi título de buen taxonomista, fui uno de los designados. A Pavan le gusta mucho contar esta historia de mi llegada a São Paulo para cargar a un carioca, ¿sabe? Él estaba en un pequeño laboratorio con Dobzhansky y con los microscopios, estudiando las moscas. Y cuenta siempre que yo llegué, abrí la puerta y dije “yo soy Frota-Pessoa”. Me carga, para decir que los cariocas hablamos de más. La cosa es que, al cabo de diez minutos yo estaba en el microscopio viéndomelas por primera vez con una drosófila, para verificar la clave de clasificación. “¿Tiene dos antenas?”, “sí”, “¿tiene eso, tiene aquello?… Entonces es la fulana de tal”. Aquello que yo había hecho allá en la montaña con las hortensias, pues me la pasé 15 días en São Paulo haciéndolo con las drosófilas. Ese trabajito después fue publicado en un folleto del departamento que ayudó mucho a los genetistas a estudiar las drosófilas. A partir de allí fue que me comprometí… Esta historia de “yo soy Frota” fue el primer acto en el sentido de asumir la postura de investigador. A esa altura me salió una beca para ir a Estados Unidos.

¿La beca era de la Fundación Rockefeller?
Sí. La Fundación Rockefeller fue una maravilla para Brasil y para el desarrollo de la ciencia, y varios de nosotros, en genética y en otras especialidades, fuimos a Estados Unidos gracias a ella. Para mí fueron dos años de trabajo allá, con Dobzhansky en la Columbia University, en Nueva York y cuando terminó la beca era un drosofilista. Pero, cuando ya me aprestaba a  regresar a Brasil, recibí un llamado de la Unión Panamericana, de Washington (Organización de Estados Americanos). El tipo me dijo que quería contratarme. Yo entonces le dije “¿pero, cómo?, estoy terminando aquí con una beca sobre la drosófila…”, a lo que él me dijo: “es para la sección de enseñanza”, “¿pero, cómo es la cosa?”… Pero ahora tengo que retrotraer la historia hacia atrás, así: algún tiempo antes, Anísio Teixeira había resuelto publicar libros didácticos y me invitó a publicar la biología…

Aquel libro con el que tantos brasileños estudiamos biología desde los años 1950.
¡Eso! Ves, estaba ante un dilema. Me había casado hacia poco tiempo, Bete necesitaba un tempito para adaptarse a la mudanza de país. No sabía qué hacer, pero terminé yendo allá. Ellos querían fundar un departamento para mejorar la enseñanza en Latinoamérica. Por eso le dije al hombre, que era el director de este sector, lo siguiente: “mira, se me está terminando la beca y debo regresar a Brasil, y allá voy a desarrollar un libro de biología” “que era la idea de Anísio” “para profesores. De manera tal que tengo que irme”. Entonces el hombre me dijo: “no, pero espera un poquito, puedes hacer eso acá”. Entonces pasé dos años en Washington, y conseguí terminar el libro didáctico gracias a eso.

O sea, después de la Columbia University usted se quedó dos años en Washington.
Sí. Me contrataron pues pensaban que necesitaban a alguien que se hiciera cargo de la parte de educación. Y, como les dije que tenía un libro por escribir, les pareció bárbaro. Y hay más, fue divertido, pues iba como si fuera empleado público: entraba a las ocho de la mañana, salía a las seis de la tarde- y pensaba: “bueh, pero yo estoy acá sin hacer nada, ya que el tipo no me ha asignado ninguna tarea”. Entonces fui hablarle: “mira, estoy aquí para impulsar el desarrollo de la ciencia en la enseñanza, pero todavía no tengo nada que hacer. ¿Qué hago?”. Y así fue como le presenté un programa: iba a organizar un curso en Nicaragua, por ejemplo, capacitar a 15 profesores y distribuirlos en 15 países… Él me dijo: “ah, eso es excelente”, por lo cual puse más que contento. Al cabo de una semana no pasaba nada, entonces volví a él y le dije: “mira, estoy hace una semana y no he hecho nada hasta ahora- resulta que necesito saber si usted tiene fondos para…”, “ah, sí los fondos ya está llegando, que esto, que lo otro”… Me mantuvo unos tres meses así, sin hacer nada. Es que no tenía fondos. Entonces la cosa quedó en ese “llueve pero no moja”, hasta que un día me planté: “oye, estoy aquí sin hacer nada y no estoy sirviendo para nada a la institución que me paga. Tengo un libro por escribir sobre la enseñanza de la biología para profesores secundarios, puede ser de Brasil o de toda Latinoamérica”. “¡Pero que bárbaro! Es eso mismo lo que vas a hacer”. Tuve una suerte fantástica. El resultado de eso fue que permanecí durante los dos años terminando el libro que le había prometido al Ministerio de Educación de Brasil.

¿Usted guarda aún algún ejemplar de la primera edición de ese libro?
Sí claro, se llamaba Biologia na Escola Secundária. Hicimos una edición en el ministerio, que éste mismo la distribuyó. Pero después cambió el gobierno y el editor fue a solicitarle al ministerio que lo dejaran publicarlo como un libro común. Y publicó así varias ediciones.

¿Cuándo regresó al país?
Al final de aquellos dos años esperando los benditos fondos que nunca llegaron, se me apareció Pavan, que quería sencillamente invitarme a ir a la USP. De nuevo me quedé en aquél “¿voy o no voy?”. Pero la cosa es que fui. Regresé a Río y al cabo de unos meses me fui a vivir a São Paulo. Fui a la USP, al laboratorio del Dreyfus. Y era profesor de la carrera de ciencias biológicas. Llegué y empecé con una cuestión, que a esa altura yo, al igual que otros, como Newton Freire-Maia, no podíamos evitar, y que era la siguiente: “¿Si uno está estudiando la genética de una mísera mosquita, por qué no estudiar la del hombre?”. Así fue como varios de nosotros cambiamos de camiseta. Incluso él y yo. Freire-Maia fue a Curitiba y fundó el laboratorio de genética de la drosófila, pero inmediatamente después empezó a trabajar con la parte humana y lo propio ocurrió conmigo acá.

¿Cómo fue ese paso?
Fue muy sencillo y rápido. Porque luego que de llegar acá yo me dije: “la pucha, ¿qué estoy haciendo ahora? Estoy en dos especialidades”. Porque en Río ya había trabajado con genética humana. Había visitado, cerca de Brasilia “que no existía en aquel tiempo”, a una comunidad con bocio endémico, y tenía ciertas ideas sobre eso, qué es lo que determina el bocio endémico y todo eso. Sin embargo, hice mi doctorado con genética de las drosófilas. De allí en adelante mis investigaciones se orientaron a la parte de genética médica, y como yo había graduado en medicina también en 1941, eso me facilitó el hecho de desarrollar el aconsejamiento genético.

Algo que era totalmente nuevo, ¿no?
Exactamente. Freire-Maia fue el primero; se interesó en el caso de una enfermedad genética en Curitiba, abandonó las drosófilas y se convirtió prácticamente en el fundador de la genética médica en Brasil. Después, con una pequeña diferencia de tiempo, yo puse a funcionar aquí el laboratorio de genética médica. Y luego, como en cualquier lugar donde surge una idea nueva, vinieron mis discípulos, que ahora ya tienen los suyos, que es como si fueran mis nietos.

¿Pero por qué usted se interesó por el aconsejamiento genético? La idea era estudiar las alteraciones, las enfermedades genéticas resultantes, los riesgos de determinados matrimonios. Pero cómo, usted, que era médico, quiso también aconsejar a las personas, explicarles…
No es porque yo fuera médico, no señora. Si yo no fuera médico, habría seguido la misma senda, como fue el caso de Newton Freire-Maia. Pero el laboratorio de aconsejamiento genético fue la gran invención, porque ahí atraíamos al ambulatorio a las familias con miembros con enfermedades aparentemente genéticas.

¿Y cuales eran las enfermedades que en aquel momento usted más imaginaba estudiar?
Ah, bueno… Mongolismo y una serie de enfermedades raras, pero importantes, que fueron siendo objeto de trabajos nuestros y el de los otros grupos. Teníamos por delante el trabajo de describir -véase ahí la vieja sistemática operando, la taxonomía- aquellas entidades nuevas.

En una entrevista que nos concedió (Pesquisa FAPESP, edición 110, de abril de 2005), Mayana Zatz elogió mucho su especial capacidad como docente para llevar al joven investigador a resolver problemas, y también su trato personal con los pacientes en el aconsejamiento genético, ¿en el fondo, se trataba en ambos casos de llevar a las personas a reflexionar sobre sus problemas, no es cierto?
Sí, exactamente. Y no es tanto con la persona que padece el riesgo con quien hablamos. La que soporta el riesgo ya es objeto de nuestros cálculos de riesgo. En general es lo siguiente: la madre, el padre, el tío u otro pariente llevan hasta nosotros a un niño que tiene un trastorno raro, algo que es medio que una incógnita a veces, y quiere saber el riesgo de que eso ocurra otra vez con otro hijo. El aconsejador genético, tiene que desarrollar, así como yo, la habilidad de explicar con claridad qué es eso u aquello, sin falsear el tema.

Voy a volver un poquito a la divulgación científica. ¿Usted nunca cobró por su trabajo en la prensa?
La contribución de la prensa para con mis ganancias era en general, irrisoria, pero me deba una enorme satisfacción. Mi fuente de renta principal era la docencia.

Entre 1938 y 1951 su colaboración fue continua e incluso se dio durante un largo período paralelamente en A Manhã y en Jornal do Brasil. ¿Cómo usted se hacía tiempo para tantas cosas?
Eso es también lo que yo mismo me pregunto. Lo que yo quería mostrarle es un suplemento científico de uno de los periódicos, que duró tres años más o menos.  Acá está: Ciencia para todos, que salía los últimos domingo de cada mes. Bernardo Esteves ha concluido una tesina en la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) sobre eso. Aparentemente, le fascinó el tema.

Usted se jubiló de la USP en 1982, pero siguió trabajando allá.
A esa altura yo había empezado a investigar sobre genética psiquiátrica: hasta qué punto las enfermedades mentales son determinadas por los genes o por el ambiente, o ambas cosas.

¿Cuál la enfermedad que más le interesaba?
Mi interés era principalmente en la psicosis maníaco-depresiva, que hoy la llaman trastorno bipolar, porque la persona queda por un período muy excitada y pasa otro tiempo deprimida, y así a través del tiempo. Y habían aparecido a la época nuevos estudios para el tratamiento de la enfermedad. Y yo entonces usé un método de la genética, que consiste en buscar en las familias cómo se presenta la enfermedad. Encaré en algunos artículos una investigación donde estudiábamos al paciente y su familia. En algunos casos sólo los pacientes tenían un síntoma, aislado, y en otros, varias otras personas de la familia presentaban síntomas. Y entre éstos el alcoholismo era una manifestación importante.

¿Y a qué conclusión arribó?
No puedo decirlo dogmáticamente, porque depende del tamaño de la muestra, pero había una sugerencia de que realmente en las familias en que se registraban más casos de alcoholismo era más frecuente también el trastorno bipolar. Esto precisaría de más investigación.

¿Pero usted llegó a sostener que la psicosis maníaco-depresiva tenía bases genéticas, efectivamente?
Claro.

Usted también escribió un libro importante sobre esquizofrenia.
Es una revisión general sobre la esquizofrenia, donde escribo un artículo y otros colegas colaboradores psiquiatras también escriben. Pero, para finalizar con la divulgación científica, quería decir que, cuando vine a São Paulo, prácticamente paré de escribir en los periódicos. Para mí el gran campeón de esto fue José Reis. Fue el fundador de la divulgación científica en Brasil. Fue el creador de un estilo apropiado para la divulgación científica.

¿Cuál fue su última contribución en materia de libros didácticos?
Es la Colección Os Caminhos da Vida [Los caminos de la vida], de Editora Scipione, donde colaboraran Cintia Fragoso y Maria Angélica Santini. Destinada a la enseñanza media, está compuesta por tres tomos y un manual del profesor: 1. Estructura y acción; 2. Ecología y reproducción; 3. Genética y evolución y el Manual del profesor. En sintonía con las propuestas de los PCNs, la colección pone de relieve temas actuales, referentes a la vida del estudiante y del país. Los textos presentan estrategias renovadoras que fomentan la autonomía de los estudiantes y sugieren experimentos, proyectos, videos e investigaciones en Internet.

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