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Miguel Nicolelis

Miguel Nicolelis: El hombre de las múltiples conexiones

El inquieto científico Miguel Nicolelis, un referente mundial en el área de neurociencia, es un paulistano [de la ciudad de São Paulo] que desde hace más de 15 años vive en Estados Unidos. Y en estos momentos se apresta a disfrutar su primer año sabático. Que, por cierto, será un año más que interesante. Su programación de los próximos meses ya está lista. Pasará un tiempito en la ciudad de Natal, en el norte de Brasil, a orillas del mar. Luego, unos días en Lausanne, Suiza. Después hará una corta visita a São Paulo. Y cuando empiece a echar de menos su casa, regresará a Carolina del Norte, estado donde queda la Universidad de Duke, donde Nicolelis es jefe de laboratorio, con sus más de 30 subordinados y algunas decenas de millones de dólares de presupuesto. Pero, que nadie piense por todo esto que Nicolelis va a todos esos lugares de paseo; si bien que su estadía en la capital paulista es siempre una oportunidad para visitar a sus padres y, de ser posible, ver en vivo un partido de Palmeiras, uno de sus grandes amores. A los 45 años, el neurocientífico se toma un año sabático para tener más tiempo para trabajar en sus proyectos, en especial el de la construcción del Instituto de Neurociencias de Natal. “Viviré en el puente aéreo Estados Unidos, Brasil y Suiza”, afirma el investigador, padre de tres chicos y casado con la médica Laura, una especie de gerente administrativa de las iniciativas de su marido. En la tierra de los relojes y del chocolate, el brasileño estructurará a pedido de los helvéticos un nuevo centro de neurociencias.

En la siguiente entrevista, concedida durante su reciente paso por São Paulo, Nicolelis se refiere a los comienzos de su carrera en Brasil, la mudanza a Estados Unidos y los progresos de sus investigaciones, que abrieron el camino hacia la creación de modernas interfaces cerebro-máquina. En un futuro cercano, estos dispositivos, movidos por señales procedentes del cerebro de los propios pacientes, quizás permitan que personas discapacitadas se muevan, con el auxilio de robots. “Queremos que sea un brasileño el primer ser humano que se beneficie con esta tecnología”, afirma Nicolelis.

¿Cuándo empezó a pensar en ser científico?
Al concluir el tercer año en la Facultad de Medicina de la Universidad de São Paulo (FM/ USP), donde yo era director deportivo del club de alumnos. Quería hacer algo distinto, no la medicina tradicional. No es que no me gustase la medicina; es más, aún me gusta, pero no me parecía que el día a día de la parte clínica fuera tan excitante como lo había imaginado. Fue así como empecé buscarme un trabajo de investigación. Fui a hablar con el profesor César TimoIaria [un neurofisiólogo que trabajaba en el Instituto de Ciencias Biomédicas (ICB) de la USP], quien falleció recientemente y fue mi gran mentor. Solicité una beca de iniciación científica ante la FAPESP para trabajar con computación. Eso fue en 1982, cuando la primera generación de microcomputadoras estaba llegando a Brasil. A mí me interesaba la epidemiología, los modelos matemáticos de interacción bacteriana. Pero tenía una curiosidad muy grande en pensar el cerebro como una gran computadora. Cuanto más estudiaba computación, más me daba cuenta que lo interesante realmente era estudiar el cerebro. Cuando me recibí, en 1984, fui uno de los dos alumnos de mi promoción que optamos por no hacer el examen de residencia. Empecé el doctorado directamente.

¿Y de que se trataba su doctorado?
Era una tesis extraña. La mitad era un proyecto de computación, de análisis de conexiones neurales. Al término del doctorado, arribé a la conclusión de que la neurociencia se encontraba ante un dilema. No podía observar ya una neurona sola por vez. Era necesario ver varias al mismo tiempo. Ésa fue la sensación que tuve a leer toda la literatura científica del área. Una ventaja de estar en Brasil era que, si bien había dificultades para hacer cosas experimentales, era posible leer mucho. Había tiempo para eso.

¿Y después, qué hizo?
Terminé mi tesis en 1988 y luego empecé a buscar algún lugar en el mundo donde hubiera alguien que tuviera al menos alguna idea parecida a la mía. Después de conversar con el Dr. César, empecé a escribirle a un montón de gente. Creo que recibí unas 40 cartas de rechazo. Ésa era la norma. Y de pronto encontré en la revista Science dos anuncios interesantes. Uno era de un tipo de la Universidad Yale, Gordon Shepherd, y el otro de John Chapin, de la Universidad Hahnemann. Ambos me aceptaron, pero terminé yendo Hahnemann. Yale pretendía que yo hiciera algo más tradicional, interesante, pero ese no era precisamente mi sueño. John, de la Hahnemann, una universidad pequeña de Filadelfia, tenía la misma idea que yo. Llegó a la conclusión de que el camino era realmente ése, registrar centenas de células nerviosas al mismo tiempo. John me pidió que fuera a dar una entrevista, y acepté. Al final del día, me ofreció hacer un posdoctorado en la universidad. Tres meses después me fui Filadelfia. Años más tarde, luego de mi salida de Hahnemann, compraron esa universidad, cambió de perfil y hoy en día es parte de lo que se conoce como MCP (Medical College of Pennsylvania-Hahnemann University). Pero, durante un período, invirtió pesado en neurociencia y puso mucho dinero en el área.

¿Cómo era la vida en Hahnemann?
Durante seis meses, dejé a mi familia, mi mujer Laura y mi primer hijo Pedro, que tenía 6 meses, en Brasil. Contaba únicamente con una beca de posdoctorado de la FAPESP (posteriormente la universidad me contrató). Fue una locura. Llegué solo a un mundo distinto y estaba aprendiendo a hablar en inglés. Pero me trataron muy bien en todo momento. Lo bueno fue haber ido primero a un lugar chico, sin la presión de Yale o de Harvard. Al fin y al cabo, no era un lugar donde esperaban que fuera de entrada a hacer algo importante. Pero, para mí, el fracaso no era una opción. O me salía bien, es decir, o hacía las cosas bien, o no iba a tener la posibilidad de hacer lo que quería hacer en Brasil. Era al todo o nada.

¿Pero era bueno hacer investigación allá?
Era un paraíso. John abrió la puerta de un laboratorio, que ya era uno de los centros de punta en neurofisiología a nivel mundial, y me dijo: “es tuyo”. Me dio una Ferrari en la mano y me dijo “aprende a conducir”. En América es así. El jefe no está encima tuyo todo el día. Lo que quiere es ver resultados, pero la libertad es total. Te da los medios, te da todo, pero la cosa es así: “Arrégleselas, mi amigo”. Y fue eso precisamente lo que John hizo. Y yo solamente logro trabajar así. Con libertad. Acá en Brasil, en el laboratorio del Dr. César, yo la tenía. Pero en la USP, a la época, no era posible tenerla.

¿Por qué?
Por qué los puestos eran mucho más jerárquicos, fijos. Tuve un jefe de patología, en la USP, que era un tipo muy duro. Tenía que hacer todo a su manera; de lo contrario, a la calle. No había alternativa. No se le podía cuestionar nada. En América hasta los alumnos de High School (la enseñanza media) cuestionan lo que digo. Y está bien que así sea. El hecho de que yo diga algo no quiere decir que sea la verdad. Acá no se puede cuestionar al jefe. El jefe es un dios. Esa postura mata a la ciencia. No es solamente la falta de dinero que mata a la ciencia. Quienes hacen investigación y no logran tener autonomía se convierten en técnicos. No van a convertirse en investigadores jefes. En Hahnemann también aprendí a administrar mi tiempo. Tenía que dividir mi día entre hacer experimentos y leer. Puedo decir que hice una carrera de neurociencia en tres años en Hahnemann como nunca la habría hecho en mi vida. Estaba todo ahí: literatura científica, libros e internet, que estaba empezando a aparecer. Creo que nunca leí tanto en mi vida como entre 1989 y 1993.

¿Y qué aprendió durante ese lapso?
Yo sabía qué pasaba a en la neurociencia a la época, de arriba a abajo. Conocí a toda la vanguardia del área. Así descubrí qué era lo que había arriba de las nubes. Ése es el gran problema de la ciencia. No es llegar a las nubes, sino ver que hay arriba, cuál es el horizonte. Descubrir cuál es la pregunta fundamental que debe hacerse en su área. Eso es muy difícil. Tardé cuatro o cinco años para lograr hacerme una idea.

¿Y cuál fue su idea?
Estaba interesado en entender las leyes fisiológicas que rigen la interacción entre grandes poblaciones de neuronas. Si entendiéramos eso, entenderíamos todo. Podremos entender cómo funciona el cerebro, explicar la conciencia e incluso cómo las enfermedades neurológicas destruyen esa noción. Eso es el Santo Grial de la neurociencia. Hoy en día, siento que estamos muy cerca de crear una teoría unificadora, que una todo eso en una base mecanicista única.

¿Cómo se dio su transferencia de Hahnemann a la Universidad de Duke?
Un día apareció en Hahnemann un tipo que resultó ser el jefe de un nuevo departamento de neurobiología de Duke: Dale Purvis, que era famoso, y que yo lo conocía de nombre. Dale había oído hablar de mi trabajo porque yo había dictado una conferencia, una de las primeras de mi vida, en el marco de un congreso; y porque un gran amigo suyo conocía a uno de los docentes Hahnemann que estaba trabajando conmigo. Él, que había ido allí para dictar una conferencia, me dijo que quería conversar conmigo. Para sorpresa mía, el tipo se la pasó tres horas charlando conmigo, viendo mis experimentos. Un mes después recibí una invitación suya para dar una charla en la Duke. Nunca había dado una charla fuera de un congreso, de ésas en las que a uno lo invitan a hablar. Me pareció fabuloso. Di la charla en la Duke y me pasé el día hablando con ese profesor.

¿En esa época usted hacía referencias al fútbol brasileño durante sus conferencias?
Sí, por supuesto. Pero todavía no habíamos ganado el Mundial ’94. Di la charla y luego me quedé conversando todo el día con un grupo de docentes del departamento. El último encuentro del día era con Dale. Entonces éste me dijo que a los docentes les había gustado mucho mi charla y que él estaba ahí con las impresiones de todos. Me pareció muy extraño eso. Pero Dale prosiguió y dijo que las impresiones eran excelentes, y me ofreció un empleo.

¿Era un proceso de evaluación?
Sí. Es aquello a lo que ellos denominan job talk, o job interview. Pero no me dijeron nada sobre eso, porque creyeron que a lo mejor me pondría nervioso, o que iba a intentar impresionar a las personas durante la entrevista. Y ellos querían verme al natural. Cuando finalizó el día, yo tenía una oferta de empleo en uno de los más grandes departamentos de investigación del país, con cosas que ni siquiera sabía que existían. Por ejemplo: cuando uno consigue un empleo en América, ellos te dan dinero para crear tu laboratorio. Una cantidad de dinero que yo nunca había visto en mi vida. Y te brindan su apoyo durante una determinada cantidad años. Pagan tu mudanza y todo lo que sea necesario para instalarte.

Hacen una gran inversión en la persona.
Es descomunal. Seleccionan muy bien al personal. No contratan por concurso. No hay nada de mesa examinadora. Barren el país en busca del tipo que se encaje perfectamente a lo que ellos quieren. Eso se hace con base en el currículo y en la producción del postulante, solicitando una carta de recomendación de las personas que interactúan con él y entrevistándolo, por supuesto. Así es como funciona. Y, por cierto, funciona muy bien. Cuando llegué a la Duke, es decir, Laura y yo, que inmediatamente se convirtió en mi manager de laboratorio, lo único que existía era el suelo de las salas que ocuparíamos, una oficina y mucho dinero para las instalaciones.  Y nada más. Yo suelo decir que montar un laboratorio es como abrir una panadería. Uno allí es un hombre de negocios. Y tiene que hacer de todo: buscar alumnos, buscar posdoctorandos, técnicos, instalaciones y animales de laboratorio. Y conseguir dinero. La universidad invierte en uno, te da una especie de crédito, pero quiere una devolución, quiere recuperarlo. La presión es muy grande. Yo no sabía que era. Al principio me comí algunos palazos. En la Hahnemann yo estaba en un ambiente casi que familiar, con seis personas en mi laboratorio.

¿Cómo era esa presión?
Uno se la pasa seis años bajo supervisión y evaluación continua. Al cabo de ese lapso, o te efectivizan o te despiden.

¿No exigen en lo que hace a la publicación de artículos científicos?
Por supuesto. Te exigen publicaciones. Y siempre preguntan qué estás haciendo y cuáles son tus ideas. Uno da rutinariamente seminarios en la universidad. Cuando llegué en la Duke, era realmente un cucaracha. Los tipos me preguntaban: “¿Usted estudió en la Universidad de São Paulo? ¿En qué lugar de California queda eso? ¿Es cerca de San José, Santa Bárbara? ¿Dónde queda São Paulo?”. Yo les decía que era más al sur. Es así, y tuve que sobrellevarlo.

¿En la Duke fue donde empezaron a hacer los implantes de electrodos en animales?
No. Fue antes, aún en la Hahnemann. Mi idea era desarrollar una técnica quirúrgica y un método que, desde el vamos, permitiera el registro de múltiples lugares del cerebro.  Y lo hice, primeramente en ratones. Como el espacio en la cabeza del animal es muy pequeño, debía crear técnicas para poner múltiples conectores en los roedores. En la época los conectores eran grandes. Hoy en día tenemos microconectores. Cuando salí de la Hahnemann, ya había realizado experimentos que me rindieron un artículo en Science. Pero fue en la Duke, después de 1995, cuando publiqué mi segundo artículo en la revista, que mi trabajo explotó. En ese artículo presentamos por primera vez el registro total de una vía neural sensorial, desde la primera neurona del ganglio trigeminal hasta la corteza. Nunca nadie había visto esa imagen. Es como apuntar con un telescopio hacia una galaxia nunca observada antes.

¿Cuál fue la repercusión de ese trabajo?
Creo que en los días actuales sigue siendo mi trabajo más citado en la literatura científica. Fue una revolución. Demostró que la dinámica del circuito cerebral como un todo no podía preverse según los registros de un solo lugar. Y que, en realidad, todos los componentes del circuito contienen la información de las  otras estructuras. Es decir que todas las estructuras se conectan, y lo hacen mediante múltiples fibras. Una información que aparece en una estructura es rápidamente diseminada hacia las restantes del circuito. En vez de ser un proceso jerárquico, donde cada estructura desempeña una función, es un proceso compartido. Todas las estructuras tienen funciones compartidas. Fue el trabajo que me abrió las puertas. Evidentemente, al momento en que hicimos algo de ese porte, la mitad de la neurociencia sostuvo que eso era una locura.

Y la otra mitad consideró que era sensacional.
La otra mitad quedó boquiabierta y empezó a invertir en el área. Pero fue un período muy difícil. Mi primer alumno en el laboratorio de la Duke era un estadounidense hijo de padres paquistaníes, Asif Ghazanfar. En broma, él y yo llamábamos a nuestro laboratorio de laboratorio “ningún lugar”, pues el orientador era brasileño y el alumno era paquistaní [hoy en día hay más de 30 personas en el laboratorio de Nicolelis, de las  cuales 8 son brasileñas]. Pero, la cosa es que Asif fue un travieso “hoy en día es docente de Princeton” que compró el sueño. Y me ayudó mucho. Nuestra producción fue muy grande. Pero en 1997 reparé que de nada servía quedarnos en el área táctil, sensorial, que es mi especialidad. Para demostrar que ese concepto que apunta cómo funciona el cerebro funciona era general y fundamental, debíamos ir hacia otras áreas. Necesitábamos una demostración visual y concreta de esa idea. Creamos entonces una interfaz cerebro-máquina.

¿En qué pensaban exactamente?
En aquel tiempo, aún no se tenía noción de que ese trabajo iba a generar una posibilidad de tratamiento clínico. No se podía preverlo. Yo quería demostrar que era posible leer las señales eléctricas del cerebro, extraer un código motor y usar esas señales para controlar un brazo mecánico, que reproduciría un movimiento que el animal hacía. Ése era el concepto que debíamos demostrar. Volviendo a Hahnemann, también con John Chapin, cuando hicimos el primer experimento en ratones, vimos que estábamos ante algo gigantesco, mucho mayor que una sencilla demostración de una teoría. Podíamos estar realmente abriendo una compuerta. Y fue realmente eso. Luego hice el primer trabajo con monos en la Duke, y los animales lograron controlar un brazo mecánico con la interfaz cerebro-máquina. Y a partir de allí la cosa realmente explotó. Había un potencial no solamente en investigación básica, que sigue siendo un área clave, sino también en términos de aplicaciones clínicas.

¿Cuáles son las perspectivas de aplicación de la interfaz cerebro-máquina en el hombre?
Hace unos dos años testeamos la interfaz en 11 pacientes humanos mientras que se los sometía a una cirugía para a aliviar los síntomas del mal de Parkinson. Y funcionó bien. Implantamos temporalmente 32 microelectrodos en una zona del cerebro y captamos actividad eléctrica suficiente como para mover una prótesis. Pero existen varias posibilidades de aplicaciones. Debemos apostar en múltiples direcciones al mismo tiempo, incluida la investigación básica. Luego de que demostramos el potencial de este abordaje, varios grupos de investigación de Estados Unidos empezaron a trabajar en el área. Pero algunas personas quieren ganar dinero pronto con eso. Ésa es una postura que aborrezco. Hay dos o tres compañías que dicen abiertamente que no es necesario hacer más investigaciones, que basta con poner el implante con cables y todo en las personas. Es una locura. Hay varias preguntas a las cuales todavía no les hemos dado respuestas. ¿Cómo el cerebro responderá a un implante que dure años? Nosotros, por ejemplo, tenemos allá en Estados Unidos dos monos lechuza que están hace cuatro años con el implante. Los animales están bien y el implante continua funcionando. Estamos publicando un trabajo sobre este experimento.

¿Uno de los mayores problemas de la interfaz cerebro-máquina sigue siendo miniaturizar todos sus componentes?
Sí, pero miniaturizamos buena parte de lo que usé en el primer experimento con seres humanos. Ahora casi todo está en un chip, una plaqueta menor que una tarjeta de crédito, que en el futuro teóricamente el paciente usará en la cintura, como si fuera un celular. Estamos implantando ahora en monos una serie de equipos por seis meses. Puede no ser la versión de la interfaz que se usará en un ser humano, pero está bien cerca de ello. Ahora todo es wireless, inalámbrico. Las señales que se capten en el cerebro se transmitirán vía ondas de radio. Todo va a esa placa, que envía las señales al robot como si fuera un celular que está con el paciente. Además, también hemos comenzado a testear un exoesqueleto, una indumentaria de metal que le pusimos al mono para que se mueva en una cinta.

¿Cómo es ese proyecto del exoesqueleto?
Es una indumentaria completa, de cuerpo entero, que usaría la persona deficiente. Existen exoesqueletos, pero son muy pesados y complicados, y nadie nunca pensó en controlarlos con señales provenientes del cerebro. En realidad, lo que existe es un robot que camina, pero que no dobla, ni se detiene cuando uno así lo desea. Es decir, una persona tetraplégica entra en un aparato y éste anda. Mi idea es adaptar este robot, que se creó para su uso en Marte, donde un astronauta no tendría fuerzas como para andar debido al desgaste del viaje. Nadie lo duda, nosotros vamos a lograr extraer del cerebro las señales necesarias como para controlar las articulaciones de ese robot. Pero, lo que nadie sabe es cómo vamos a mantener a esa persona dentro de ese exoesqueleto. Es que, cuando el robot camina el equilibrio se ve perturbado, y no logra así mantener la postura eréctil de cuando está parado. Ése es el gran desafío de control, un problema de ingeniería. En tal situación, el cerebro también tendrá que suministrarle señales de equilibrio al robot. Y eso nunca nadie lo ha hecho.

¿La persona tiene que reaprender a andar, solo que por medio del robot?
Exactamente. Y el robot también debe reaprender. Habrá que crear una ingeniería adaptativa, modelos adaptativos que aprenden como un niño. La idea es precisamente ésa. Eso fue lo que me motivó a conversar con investigadores de Suiza y de Japón, donde están los dioses de la robótica en ciertas áreas. Y también fue eso lo que me llevó a la idea de crear una red internacional de institutos de neurociencia, con sede en Suiza, de la cual el proyecto de Natal formará parte. La neurociencia ha crecido tanto hoy en día que está casi que en la misma situación que la física de hace 40 años. Es imposible hacer algo de gran impacto en solo lugar. Se necesita un grupo de gente de las más diversas especialidades, del lugar que sea preciso.

A propósito, ¿cómo surgió la idea del Instituto de Neurociencias de Natal?
Surgió en 2002, de tres brasileños: Sidarta Ribeiro, de mi equipo de la Duke, Cláudio Melo, de la Oregon Health and Science University, y yo. Llegamos a la conclusión de que Brasil debía que invertir en ciencia de punta, hecha en el marco de un modelo diferente, más ágil, y con una visión social. El modelo universitario de investigación brasileña es tradicional, complicado, y afronta muchos problemas. Queríamos crear algo así como los Institutos Max Planck, de Alemania, que forman un red de institutos dentro del país en áreas vitales.

¿No es una idea megalómana?
Por supuesto. No cabe duda. Pero mi abuela siempre me decía, y voy a repetirlo hasta que me muera, que para soñar en chiquito y para soñar en grande se tarda lo mismo. Sucede que el producto final del sueño chiquito es demasiado pequeño comparándolo con el del sueño grande. Por eso es mejor soñar a lo grande. No tengo la ambición de concretar esa red en dos o tres años. Es un proyecto de una generación, que está empezando ahora, con el Instituto de Natal. Este modelo no existe en ningún lugar. La ciencia puede ser un agente de transformación social, educativa, de prestación de servicios clínicos. El cerebro tiene que ver con el deporte, la ciencia, el arte; es algo revolucionario. Hoy en día esa visión no es solamente mía. Otras personas en otros países han empezado a ver esa idea como algo avasallador, de manera tal que hoy en día la mayor parte de los recursos de porte para el proyecto de Natal está llegando de fuera de Brasil.

¿A cuánto ascienden estos recursos al momento?
Primeramente recibimos algunas dotaciones de recursos de parte del gobierno nacional, provenientes de convenios con diferentes ministerios. Entre 4,5 y 5,5 millones de reales. Parte de esos fondos ya está en Natal, y parte aún estamos esperando que llegue. Pero sucede que establecimos una importante sociedad con o Hospital Sirio-Libanés de São Paulo, por ejemplo, que formará parte de esta red internacional de institutos de neurociencia. El Sirio será el centro clínico por excelencia de la red y, en contrapartida, efectuó una donación de un millón de dólares para la parte social del proyecto de Natal. También logré sellar en Estados Unidos contratos de investigación para Brasil del orden de los dos millones de dólares para los próximos dos o tres años. Hace poco tiempo hicimos una subasta de obras de arte a beneficio en São Paulo, y juntamos en una noche 350 mil reales. Cuando le presenté el proyecto de Natal a la gente de Suiza, me dijeron así: si yo creará un instituto de neuroingeniería en Lausanne y fijase la sede de la red internacional de neurociencia allá, ellos me ayudarían a juntar seis millones de dólares para el proyecto de Natal. Y acepté. Hasta ahora, creo que hemos logrado juntar un total de 10 millones de dólares para Natal.

¿Está todo en orden con el terreno de la localidad de Macaíba, en los alrededores de Natal, donde funcionará la sede del instituto?
Sí y ya tenemos otro terreno también, donado por la municipalidad de Macaíba, donde vamos a construir la escuela y el centro de salud mental ligados al instituto. Pero, mientras no empezamos las obras de la sede definitiva del proyecto, junto al cual también funcionará un complejo polideportivo, no estemos quietos. Decidimos alquilar un local en Natal para que sea sede de los primeros laboratorios del instituto, y también el primer componente social de nuestro proyecto, que serán las clases de educación científica para el público infanto-juvenil. Sidarta se ha instalado en Natal para empezar a trabajar en el instituto.

¿Cuál será el papel de la cuidad Natal y de Brasil en esa red de investigaciones?
Quiero hacer acá la parte final de estos ensayos clínicos, con el apoyo de la Duke. ¿Por qué acá? Pues porque, ni bien se inició el proyecto de Natal, llegamos a la conclusión de que necesitaríamos un centro clínico para trabajar con esa red internacional. Pese a que la Duke tiene un centro clínico de gran porte, queríamos hacer esta parte de la investigación clínica en Brasil. Queremos hacer historia acá. De allí la sociedad con el Sirio. Queremos que sea un brasileño el primer ser humano que se beneficie con esta tecnología, a punto tal de volver a caminar, o mover los brazos.

¿Y en cuánto tiempo eso será posible?
Es difícil preverlo, pero planeamos estar en condiciones de hacer eso en los próximos tres años. Pero no puedo descartar la hipótesis de que alguien tenga éxito antes. De pronto surge un descubrimiento revolucionario. Pero nuestro plazo es ése. Lo importante es que haya un beneficio real durante los ensayos clínicos. Quiero que los primeros pacientes puedan al menos sentir la restauración motora y realizar tareas. Un tetraplégico, por ejemplo, usaría un robot para agarrar un vaso o un tenedor. Nadie va a salir de la cama caminando de golpe y sopetón.

¿El Instituto de Natal estará abierto a la participación de investigadores de las  universidades brasileñas?
El instituto es un proyecto privado, pero es abierto a la colaboración de todos. He recibido muchas consultas de parte de una nueva generación de neurocientíficos. Recibo correos electrónicos de todo Brasil. Pero la visión de la generación más sénior de científicos brasileños es muy feudal. Se creen que los territorios son impenetrables. Cada uno tiene su feudo y no quiere que aparezcan otros feudos; pues, de este modo, habrá más competencia. El hecho de sentir que eso aún existe en Brasil fue una decepción muy grande. No necesito de ningún feudo en Brasil. Mi intención nunca fue ésa. Nunca quise disputar recursos con los investigadores brasileños en el CNPq, en la FAPESP o en la Finep, de ninguna manera.

¿Siente que ésa fue la tónica dominante de la reacción a su proyecto en Natal?
Hubo un miedo totalmente infundado, especialmente al comenzar con el proyecto. Si hubo una gran decepción, fue al ver que gente que ocupa altos cargos en la jerarquía científica brasileña demostró tener una mentalidad muy cerrada. Eso es de la naturaleza humana y nunca influyó en mí. Pero también se pudo notar lo contrario, la reacción de personas que me recibieron con entusiasmo.

¿Cómo son las reacciones ahora?
Creo que esta gente no tiene mucho que decir. Al principio creían que el Instituto de Natal era una hermosa utopía, pero que yo iba a sacar al equipo de la cancha tan pronto como viera cuál era la realidad brasileña. Pero no lo hice. Mi actitud sigue siendo la misma que tuve cuando fui a América: fallar es inconcebible. Puedo tardar veinte años. Nunca dije que iba a hacerlo en dos, tres o cuatro años. Pero la palabra abandonar no consta en mi vocabulario.

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