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ciencia política

Revolución a la cubana

Estudios analizan la influencia de la isla de Fidel sobre la izquierda brasileña y la lucha armada

HÉLIO DE ALMEIDAHubo un tiempo en Brasil en el cual soñar con cuba libre era mucho más que mezclar dos cucharadas soperas de jugo de limón, una medida de ron y media lata de Coca-Cola, todo batido con algunos cubos de hielo. “Difícilmente sería posible abordar la historia de las organizaciones comunistas brasileñas en los años 1960 sin destacar el rol de la revolución cubana en la elaboración del programa político de los comunistas brasileños de aquel período”, evalúa el historiador Jean Rodrigues Sales, de la Unicamp, autor de la recientemente defendida tesis doctoral “El impacto de la revolución cubana en las  organizaciones comunistas brasileñas”. De Leonel Brizola a José Dirceu, pasando por Carlos Marighela y Luís Carlos Prestes, la izquierda (y por algún tiempo, antes del alineamiento cubano con la antigua Unión Soviética -URSS incluso sectores de la derecha política nacional, festejaron a Fidel Castro) admiró al grupo de “barbudos” que, en 1959, puso fin a la dictadura de Fulgencio Batista y se espejaría en ellos para hacer también acá una revolución. Al fin y al cabo, ¿el propio Che Guevara no escribió que “Brasil es realmente un lugar para trabar una batalla y debemos considerar siempre en nuestras relaciones con los países americanos que somos parte de una misma familia”?

Eso cobró aún más fuerza en 1961, cuando Cuba se declaró socialista y empezó a sufrir una intensa presión por parte de Estados Unidos. “En esa situación, interesaba inmensamente a los cubanos que otras revoluciones hicieran eclosión en el continente para que disminuyera la presión que Washington hacía sobre la isla. Al mismo tiempo, las izquierdas nacionales, anteriores al golpe, se apoyaban en el ejemplo de Cuba, que aparecía como un camino revolucionario victorioso en las condiciones latinoamericanas”, explica el investigador. Así, antes del golpe de 1964, recuerda Jean Sales, ya había sectores de la izquierda que querían seguir el camino de la lucha armada, como por ejemplo las Ligas Campesinas, grupo surgido en 1955 en Pernambuco, dirigido por Francisco Julião, que si bien de entrada propugnaba una reforma agraria dentro de los límites legales, luego del paso de algunos de sus líderes por Cuba, entre 1960 y 1961, modifica su proyecto político para incluir un posible enfrentamiento armado. Entre 1960 y 1961, algunos de sus miembros fueron a Cuba para realizar un entrenamiento guerrillero. “Los campos brasileños fueron desbaratados por la policía, pero su existencia sirve para llamar la atención sobre la presencia de propuestas de enfrentamiento armado que anteceden al golpe”, asevera.

Masas
El PCB  (en ese entonces llamado Partido Comunista de Brasil) de Prestes saludó también con entusiasmo la victoria de Fidel, pero de manera distorsionada, ya que era vista como la corporificación de la teoría apoyada por los comunistas de que una revolución democrático-burguesa había  antecedido a la llegada del socialismo y el rol destacado en ese éxito le cabría al Partido Comunista Cubano. “Después de la revolución cubana, el cuestionamiento acerca de la necesidad de un partido coordinando a las masas llegó a su apogeo. Para toda una generación que acababa de ingresar en la militancia no tenía sentido creer que la revuelta del pueblo solamente se daría bajo la tutela de una dirección política”, sostiene André Lopes Ferreira, historiador de la Unesp. “Cuba era el ejemplo más citado por los que disentían de los partidos comunistas tradicionales, ligados a la URSS, pues la revolución había sido iniciada por un grupo de guerrilleros, sin el apoyo del partido cubano, prueba de que la dirección política era dispensable ante el deseo de transformación”. El PCB no veía con buenos ojos la lucha armada y rechazaba el llamado “foquismo” castrista, es sea, el darle prioridad a la lucha armada, iniciada por un pequeño grupo, cuyas acciones crearían las condiciones objetivas para la toma del poder. La revolución, según este postulado, empezaría con un foco guerrillero y se propagaría, como escribió Régis Debray en ¿Revolución en la revolución?, libro en el cual, dice el historiador Daniel Aarão Reis, “él exacerbó el papel de la vanguardia y oscureció las complejas fuerzas que le dieron la victoria a la lucha en Cuba”.

“La lectura de la revolución que se hace en el librito de Debray, con la metáfora de la mancha de aceite esparciéndose por el país, es una grosera falsificación de la revolución cubana. La propuesta del foco fue deletérea para las izquierdas de nuestra América. Derramada sobre una juventud izquierdista sin muchos márgenes legales de actuación, impaciente con la ineficiencia notoria de los viejos partidos comunistas, con sus derrotas seguidas, tuvo efecto de fuego sobre gasolina: incendió imaginaciones, estimulando asaltos son apoyo y sin fundamento, el camino seguro a la derrota”, analiza Reis. Efectivamente, La Habana acabó transformándose en la manzana de la discordia entre las izquierdas brasileñas, especialmente luego del golpe, cuando varios sectores de la izquierda responsabilizaron a la política inepta del PCB por el éxito de los militares. “En ese momento, el modelo revolucionario cubano fue visto por muchos militantes como un ejemplo que podría servir en Brasil, principalmente en el uso de la lucha armada contra la dictadura”, dice Jean.

Centenares de ellos resolvieron dejar el partido para formar organizaciones de izquierda revolucionarias, que tenían en común el uso del foquismo como motor de sus proyectos políticos. El PCdoB (Partido Comunista do Brasil), constituido en 1962 como una disidencia del PCB (que pasó entonces a llamarse Partido Comunista Brasileño), igualmente se interesó por Cuba, pero a contramano, planteando la revuelta de Fidel como un ejemplo de la falencia de los partidos comunistas ligados a Moscú y optando por el modelo chino. De cualquier modo, algunos historiadores, como Jean, ven en el apogeo de la acción armada del PCdoB, la guerrilla de Araguaia, no una lucha en los moldes maoístas (la guerra popular prolongada), sino un inusitado ejemplo de foquismo a la cubana. “Aun haciendo la defensa de la guerra popular y criticando el foquismo, el PCdoB terminó teniendo en Araguaia una práctica foquista. Es decir, no hubo trabajo  político anterior a la lucha y cuando la misma empezó, los militantes quedaron totalmente aislados. Con la diferencia del escenario (el campo en vez de la ciudad), el partido padeció el mismo aislamiento de los grupos urbanos a los que criticaba por adoptar el foquismo como inspiración”, explica el investigador.

Pero, mal o bien, Cuba pasó a ser el centro de referencia del debate que originó la llamada nueva Izquierda brasileña. Fidel, a su vez, buscó socios diversos en Brasil. Luego del fracaso de las Ligas y del advenimiento de la dictadura, depositó sus esperanzas en el exiliado Leonel Brizola y, con el fracaso de éste, a partir de 1967, se volcó a la ALN (Alianza Libertadora Nacional) de Marighela, un disidente del PCB. “Entonces las izquierdas quedaron socialmente aisladas, y se propagó una crisis sin precedentes de representación de los partidos tradicionales de oposición”, acota Marcelo Ridenti, sociólogo de la Unicamp. A partir de los años 1970, Cuba recibirá oleadas de militantes para entrenarlos como guerrilleros, provenientes en su mayoría de la ALN, de la VPR (Vanguardia Popular Revolucionaria) y del MR-8 (Movimiento Revolucionario 8 de Octubre). Más que nunca imperaba el carácter mítico de la revolución cubana, la “vidriera revolucionaria”.

“Este mito (no lo digo en el sentido de una mentira) era muy movilizador. Ser llamado a Cuba para entrenarse le daba a la organización una legitimación fuerte ante los otros grupos de izquierda brasileños. Aunque la ALN haya sido escogida por los cubanos como la más capacitada para dar inicio al proceso revolucionario en Brasil, Marighela, su líder, nunca aceptó que la contrapartida al apoyo fuera la interferencia de los cubanos en los rumbos de la revolución brasileña”, advierte Denise Rollemberg, historiadora de la Uerj. “Otro aspecto que debe mencionarse es la transfiguración del carácter político de la propuesta revolucionaria en una propuesta ética y moral. La revolución debía hacerse menos porque se habían dado las condiciones para ello y más porque era justa”, analiza Reis. “Esta concepción dificultaría posteriormente la adopción de la autocrítica o la opción por un repliegue incluso táctico, visto como una cobardía”. Sin un punto de retorno, militarizados, y creídos de que Fidel efectivamente había vencido a Batista sólo con su romántico grupo de guerrilleros, los militantes comenzaron la acción armada sin reunir las condiciones mínimas.

“Las organizaciones que tuvieron sus cuadros entrenados en la isla solamente se beneficiaron de eso de manera simbólica, pues los compañeros que quedaron en Brasil se sentían motivados imaginando a sus compañeros con los mejores instructores de guerrilla”, dice Ferreira. Desafortunadamente, la verdad era muy distinta. “Esos cursos, además de ser deficientes, se volcaban a la lucha en el campo, la guerra de guerrillas. La realidad brasileña acontecía en los centros urbanos, y por eso ese entrenamiento se distanciaba del que era necesario en aquel momento, en la lucha que ocurría en Brasil”, sostiene Jean. Ferreira recuerda también que el índice de muertes de los entrenados en Cuba era mayor que el de los que se quedaban en el país. “Agentes infiltrados avisaban de la llegada de guerrilleros, que eran capturados enseguida por los órganos de la represión. Considerados por el régimen como ‘de alta peligrosidad’, fueron los más perseguidos por la saña policial”. José Dirceu, que se entrenó en Cuba (por cierto, junto a la actual ministra Dilma Roussef), apodó a los cursos “examen de ingreso al cementerio”. Pese a todo, él tuvo suerte. De los 28 militantes del grupo disidente de la ALN, el llamado Grupo de la Isla, que regresaron a Brasil provenientes de Cuba, el ex Jefe de Gabinete es uno de los seis únicos sobrevivientes. ¿El paso por Cuba fue tan fundamental para el modus operandi del ex diputado, como dice la gran prensa?

“No hay por qué afirmar que una experiencia vivida hace más de 30 años puede ser tan decisiva en las posturas de Dirceu o de otros miembros del actual gobierno que pasaron por Cuba. Mucho fue lo que sucedió en la vida de esos militantes desde la vuelta a Brasil hasta la llegada del PT a la Presidencia en 2002”, evalúa Ferreira. Al fin y al cabo, recuerda el investigador, el PT fue creado cuando la lucha armada ya no estaba más a la orden del día, y sí la redemocratización, que hizo que esos antiguos militantes dirigieran su foco a la disputa de elecciones, a exigir la apertura del régimen, etc. “Creo que las culturas políticas de izquierda colaboraron para forjar la sociabilidad que existe actualmente, en especial en las elites políticas, intelectuales y artísticas, por más contradictorio que eso pueda parecer. Pero cabe recordar que el pasado no es exclusivo de los miembros de este gobierno. El intendente José Serra, por ejemplo, debe también parte de su capacidad administrativa a su militancia en Acción Popular, que se acercó a Cuba y después a China”, recuerda Ridenti. Reis es más enfático: “Lo que prevaleció en muchos dirigentes del PT fue la asimilación de comportamientos de la elite brasileña, y eso no se aprendió en Cuba, sino en el entrenamiento realizado en Brasilia”, ironiza el historiador.

Disney
Para él, buena parte de las izquierdas todavía se relaciona con Cuba como si fuera “la Disney de la izquierda”. “Van a hacer turismo ideológico, sin ningún espíritu crítico, condicionadas más bien por un resentimiento visceral, y en parte justificable, contra Estados Unidos, y no por un conocimiento de causa adecuado a las condiciones y a la dinámica de la revolución cubana”, advierte. Ridenti recuerda acertadamente la cita de Max Weber, en La política como vocación: “El resultado final de la actividad política raramente se corresponde con la intención original del agente, y a menudo la relación entre el resultado final y la intención primaria es sencillamente paradójico”. Al fin y al cabo, cuba libre, en Cuba, se llama simplemente “cuba” y hace tiempo que no es la bebida favorita de la isla: fue creada a comienzos del siglo pasado, cuando La Habana y Washington (de allí la Coca-Cola) eran amigas contra España.

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