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Las tribus del mundo

Un equipo de científicos de Minas Gerais emplea nuevos marcadores para agrupar las poblaciones del planeta

Algunas investigaciones, aun arribando a los mismos resultados que otras, cobran valor cuando revelan caminos no explotados todavía. Fue así con un trabajo de un equipo de la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG) coordinado por Sérgio Danilo Pena, que examinó el ADN de 1.064 personas de 52 poblaciones del mundo. La conclusión es la misma obtenida por un grupo de investigación estadounidense: la población mundial puede ser agrupada en cinco grandes bloques, que corresponden aproximadamente a las grandes regiones geográficas mundiales: América, África Subsahariana, Oeste de Asia, Oceanía y un bloque formado por Europa, Norte de África, Medio Oriente y Asia Central. Esos subconjuntos pueden verse como los representantes actuales de grupos que vivieron aislados en los albores de la civilización humana.

El equipo de Belo Horizonte usó una estrategia diferente a la empleada por los estadounidenses para detectar las diferencias entre las largas cadenas de ADN. En el trabajo que dio origen al de Pena, Noah Rosenberg, de la Universidad de Michigan, Estados Unidos, examinó muestras de ADN de 1.056 personas de 52 poblaciones por medio de marcadores genéticos denominados microsatélites, definidos como secuencias repetidas de nucleótidos, los elementos básicos del ADN: adenina, guanina, citosina y timina. Las personas se diferencian según la cantidad de repeticiones: cada una puede tener, por ejemplo, 10, 11, 12 ó 13 repeticiones de guanina-adenina-timina-adenina. Esta clasificación de la población mundial en cinco grupos, y que incluía las semejanzas lingüísticas y culturales, presentada en Science en 2002, exhibió una precisión bien mayor que la obtenida por Richard Lewontin en 1972 empleando proteínas de la sangre. Pero hubo críticas: los microsatélites serían inestables y podrían causar distorsiones estadísticas.

El equipo de Minas, en tanto, se valió de 40 marcadores llamados indeles, sigla que aglutina dos palabras, inserciones (ganancias) y deleciones (pérdidas) de adenina, guanina, citosina o timina. Son mutaciones inofensivas transmitidas de una generación a otra. Cada variación funciona como marcador porque se propagó a partir de una mutación acaecida en una sola persona. Pena y sus alumnas Luciana Bastos-Rodrigues y Juliana Pimenta, que firman junto con él el estudio publicado en marzo en Annals of Human Genetics con esos resultados, creen que los indeles, son más estables que los microsatélites, tal vez puedan emplearse para complementar los estudios sobre la población brasileña y para definir con más precisión la susceptibilidad a enfermedades asociadas a la ancestralidad.

Una visión parcial
La historia genética de la población brasileña ha sido analizada principalmente por medio de marcadores de dos tipos: los del cromosoma Y, que se halla en el núcleo de las células de los hombres, lo que ayuda a reconstruir el linaje paterno, y los del ADN mitocondrial, contenido en otro compartimiento celular, la mitocondria, y utilizado para estudiar la linaje materna. Las respuestas obtenidas dependen mucho de los tipos de marcadores: ninguno de ellos  ofrece una visión completa o irrefutable, ya que otros marcadores pueden llevar a otros resultados.

Pena reconoce que puede haber lo que él llama “aparente correspondencia” de los cinco grupos geográficos y las cinco razas definidas en el siglo XIX por el antropólogo alemán Johann Friedrich Blumenbach con base en perfiles del cráneo y en el color de la piel: la caucasoide, la mongoloide, la etiópica, la americana y la malaya. “Pero esa semejanza es meramente superficial y engañadora”, dice Pena. El propio Rosenberg, después de rehacer su trabajo de 2002 usando 993 marcadores en vez de los 377 empleados la primera vez, muestra en un artículo publicado en diciembre de 2005 en PLoS Genetics que esos grupos son realmente consistentes -o, como dirían los expertos, los clusters son robustos. Rosenberg había encontrado un valor de hasta el 5% para la variación genética que ocurre entre los grupos continentales. Para el equipo de Minas la diferencia puede llegar al 12%.

Mestizaje
En 2000, con el Retrato Molecular do Brasil, Pena demostró que el mestizaje en el país era tan intenso que imposibilitaba cualquier tentativa de formar grupos distintos. El análisis de marcadores de los cromosomas Y y del ADN mitocondrial indicaba que los hombres autodenominados blancos no siempre descendían de blancos. La mayoría descendía de padres europeos, pero la probabilidad de la madre también ser europea era de tan sólo el 39%: uno de cada tres de los 250 hombres que participaron del estudio representaba un linaje materno amerindio y un poco más de uno de cada cuatro (el 28%) traía en la sangre la herencia indeleble de una madre africana.

“No podemos generalizar”, comenta Francisco Mauro Salzano, investigador de la Universidad Federal de Río Grande do Sul (UFRGS), que trabaja en el área hace 50 años. “Para que tengamos una idea más exacta de estos aportes debemos verificar la historia de cada comunidad.” Surgen entonces reductos de mestizaje extremadamente bajos. Es el caso de Veranópolis, ciudad de Serra Gaúcha habitada casi integralmente por descendientes de europeos, por el linaje materno y por el paterno, de acuerdo con un estudio de la UFRGS, con la participación de Salzano, publicado en 2005 en American Journal of Human Biology. En otras 13 ciudades del los investigadores encontraron en el linaje materno un 36% de la herencia de los antiguos indígenas que vivían en la región- los guaraníes- y un 16% de sangre africana.

Y el mestizaje tiende a aumentar, en Brasil y en el mundo, resalta Marco Antonio Zago, docente de la Universidad de São Paulo (USP) de la localidad de Ribeirão Preto. En uno de los estudios más recientes de su equipo, publicado en Human Biology, el foco son los negros que viven en comunidades aisladas -los llamados “quilombos”- en Pará y en Maranhão, estudiados por medio del cromosoma mitocondrial. Zago y Wilson Araújo Silva, también de la USP de Ribeirão Preto, con biólogos del Río Grande do Sul y de Pará, arribaron a la conclusión de que hubo una expresiva contribución de mujeres amerindias en la formación de los “quilombos”. Los historiadores ya habían concluido en el sentido de que la cantidad de hombres que huían para formar los “quilombos” era mucho mayor que el de mujeres, pero no tenían como llegar a ese nivel de detalle.

Este estudio también aportó nuevas informaciones sobre el tráfico negrero hacia Brasil. Los registros históricos sostienen que la mayoría de los negros de África que llegaban a Brasil entre los siglos XVI y XVII era de la etnia benín, del oeste de África. Así y todo, los genetistas hallaron señales predominantes de representantes de otra etnia, los bantúes, que vinieron del centro-oeste y del oeste de África. De los laboratorios sale así, poco a poco, un cuadro claro sobre las consecuencias de la mezcla de etnias impulsada por los tratantes de esclavos en los almacenes del puerto de Salvador, Bahía, como forma de evitar rebeliones y por las migraciones internas, después de la llegada a Brasil. “A causa de este mestizaje entre las etnias”, comenta Zago, “Brasil es reducto hoy en día de una población muy específica de negros, diferente a la de cualquier otro lugar del mundo”.

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