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Innovación

Un sistema inmaduro

Las universidades brasileñas ocupan un espacio que debería caberle a las empresas en el ranking de patentes

Las universidades ocupan un espacio que debería ser de las empresas en la producción del conocimiento tecnológico en Brasil. Un estudio realizado por el Instituto Nacional de la Propiedad Industrial (INPI) muestra que una universidad pública, la Unicamp, ocupa el primer lugar en el ranking de solicitudes de patentes en el país. El estudio tiene en cuenta los registros depositados en el INPI entre 1999 y 2003. En dicho período, la Unicamp presentó 191 solicitudes. En segundo lugar aparece Petrobras, con 177 pedidos, seguida de empresas como Arno, Multibrás, Semeato y Vale do Rio Doce. La disputa entre la Unicamp y Petrobras fue enconada, pero la universidad ocupó el primer lugar en tres de los cinco años contemplados en el estudio. Llama la atención que, entre los 20 primeros colocados, ocho estén vinculados al sector público y cinco sean universidades. La FAPESP, en 7º lugar, es el órgano de fomento mejor ubicado en el ranking, con 83 pedidos. Otras universidades también figuran en la lista, como la Federal de Minas Gerais (UFMG), en el 10º lugar, la Universidad de São Paulo (USP), en el 12º, la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa, sigla en portugués), en el 16º, el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq), en 17º, la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), en el 18º, y la Universidad Estadual Paulista (Unesp), en el 19º.

“Este resultado es para celebrarlo, porque es el fruto de un esfuerzo consistente de la Unicamp, pero también es motivo de gran preocupación”, dice Maria Beatriz Amorim Páscoa, directora de articulación del INPI. “Continúa faltando una participación más efectiva de las empresas en este ranking”, ella afirma. En los países desarrollados, el quiñón de las universidades en la protección a la propiedad intelectual suele quedar muy aquende del de la industria. En Estados Unidos, por ejemplo, sólo un 5% de las patentes concedidas para depositantes nacionales le cabe a las universidades. La Universidad de California, con sus diez campi, fue la institución de enseñanza superior que más tuvo patentes concedidas en el país en el 2003. Fueron 439. Este número es una pequeña fracción del desempeño de la líder entre las empresas, IBM, con 3.415 registros. Funciona así porque las empresas privadas son las que tienen una necesidad crucial de proteger sus invenciones contra la competencia.

La misión de la universidad es mucho más abarcadora: cabe a ella educar a los estudiantes y producir y difundir el conocimiento. Eventualmente, eso conlleva la generación de patentes. “Los datos del INPI contrarían el argumento de que las buenas universidades brasileñas dejan en segundo lugar el interés en tecnología. A pesar de las restricciones materiales, algunas universidades están consiguiendo resultados relevantes con la obtención y las licencias de patentes, lo que aún se ve en menor escala del lado de las empresas, con contadas excepciones”, dice Carlos Henrique de Brito Cruz, director científico de la FAPESP y ex rector de la Unicamp.

Es cierto que las empresas que integran el ranking brasileño ostentan historias ejemplares en el camino de la innovación. Arno, que presentó 148 solicitudes entre 1999 y 2003, pertenece al grupo francés SEB, que invierte un 3% de sus ingresos en investigación y tiene un historial internacional en el registro de patentes. La industria de máquinas agrícolas Semeato, de Río Grande do Sul, mantiene 300 empleados desarrollando productos y sintió la necesidad de preservar la propiedad intelectual para combatir las copias creadas por la competencia. Pero se puede afirmar que tales casos no son representativos del comportamiento de las empresas brasileñas.

¿Qué sería necesario para que tenga lugar esa alteración? “Es necesario que más investigadores actúen en empresas, como ha demostrado la experiencia en varios otros países”, dice el profesor Brito Cruz, de la FAPESP. El caso de España es paradigmático (lea en el recuadro). Entre 1981 y 2000, la cantidad de investigadores que trabajan en empresas se sextuplicó y creció en la misma velocidad que la cantidad de patentes españolas registradas en el Uspto, la oficina de marcas y patentes de Estados Unidos.

La Investigación Nacional de Innovación Tecnológica (Pintec) de 2003 registró una caída en la cantidad de empresas brasileñas que realizan investigación y desarrollo de manera continua -eran 2.432 en 2003, ante 3.178 en 2000. “Esto es muy grave y el perjuicio va más allá de aquello que los indicadores sugieren”, observa Eduardo da Motta e Albuquerque, profesor del Centro de Desarrollo y Planificación Regional de la Facultad de Ciencias Económicas de la UFMG. “La interacción entre las empresas y la academia no funciona bien. En otros países, la innovación en las universidades es impulsada por demandas generadas en los centros de investigación y desarrollo de las empresas. Acá en Brasil, como las empresas hacen poca investigación, ese impulso es débil”, dice Albuquerque.

La a la vanguardia
La debilidad de las empresas puede mensurarse acorde con varios indicadores. La comparación entre Brasil y Corea del Sur es significativa. En 2002, los surcoreanos depositaron más de 3,4 mil solicitudes de patentes en Estados Unidos, ante poco más de un centenar en Brasil. Ambos países tienen una comunidad de científicos de tamaño similar, pero en Corea, alrededor del 80% de los científicos se dedica a hacer investigación y desarrollo en la industria, mientras que en Brasil la industria no absorbe más del 10% de esa fuerza de trabajo calificada.

La vanguardia de la Unicamp es fruto de una estrategia delineada en los años 1980. Se crearon inicialmente la Comisión Permanente de la Propiedad Industrial (CPPI), en 1984, y luego la Oficina de Transferencia de Tecnología – ETT (por sus siglas en portugués), en 1990, y después el Edistec (Oficina de Difusión y Servicios Tecnológicos, por sus siglas en portugués), en 1998. Estas oficinas nacieron con el objetivo de estimular alianzas con empresas y órganos de gobierno y buscar aplicaciones prácticas para el conocimiento científico (lea el artículo sobre proyectos desarrollados por la Unicamp en la página 66). En los primeros años, la media de patentes depositadas se ubicó en alrededor de una decena por año. En 2003 se creó la agencia de innovación de la Unicamp, llamada Inova Unicamp, una iniciativa mucho más osada y eficaz, que incluye en su agenda la licencia de la propiedad industrial. Hoy en día es promedio trepó a 60 patentes por año, lo que equivale a más de una solicitud de patente por semana.

Con un archivo acumulado de 300 solicitudes, la Inova Unicamp pasó a dedicarse más fuertemente a un segundo desafío: la comercialización de las patentes por medio de la celebración de contratos de licencia con empresas. Si en los 15 años anteriores a la creación de la agencia la universidad había concretado solamente siete licencias, con la creación de la Innova Unicamp dicha cifra subió a diez contratos en 2004 y 12 en 2005. Ya hay empresas que han sellado varios contratos de licencias con la Unicamp, como es el caso de Laboratorios Cristália. Como demora de mínima cinco años el otorgamiento de una patente, la comercialización se inicia inmediatamente después del pedido de depósito de misma. Los posibles riesgos son compartidos entre la universidad y la empresa.

El mérito de la agencia de innovación de la Unicamp, acota su director ejecutivo Roberto de Alencar Lotufo, fue el de inaugurar en Brasil el estilo de un núcleo universitario de innovación focalizado en la comercialización de la propiedad industrial, pero respetando el carácter académico de la universidad. “La Unicamp tal vez sea la institución que más ha invertido en una agencia de innovación, un esfuerzo que comienza a ser compartido actualmente por otras instituciones, como el IPT y la USP”, dice Lotufo. “La calidad de la investigación académica hecha en la universidad es la base de todo. No por casualidad las unidades de la Unicamp con mayor cantidad de licencias tienen las notas más elevadas en la evaluación de la Capes y el mayor número de publicaciones internacionales.”

El interés de la universidad va más allá de aquel concepto tradicional de transferencia de tecnología. La experiencia internacional muestra que está perimida la idea de que la ventaja de patentar es ganar royalties para financiar sus actividades académicas. Es que son rarísimos los ejemplos de ganancias económicas significativas. Un editorial publicado en la revista Nature el día 13 de abril abordó este cambio. “Aunque las personas a veces supongan que la función de las oficinas de transferencia de tecnología es abultar las arcas de las universidades mediante la recaudación de royalties, el pensamiento de los dirigentes académicos está cambiando”, registró el editorial. “En lugar de ello, su principal papel consiste en desarrollar los lazos de las universidades con el mundo de los negocios de una forma tal que pueda beneficiar a los estudiantes, a los investigadores y a la sociedad.” Casi las mismas palabras están en la deliberación con la cual el Consejo Universitario de la Unicamp institucionalizó Inova, en la cual se afirma precisamente: “Artículo 1º – Queda creada la Agencia de Innovación de la Unicamp -Inova Unicamp- adjunta al Gabinete del Rector, con la misión de fortalecer las asociaciones y convenios de la Unicamp con empresas, órganos del gobierno y demás organizaciones de la sociedad, creando oportunidades para que las actividades de enseñanza e investigación se beneficien con tales interacciones y contribuyendo al desarrollo económico y social del país”.

La utilidad de las agencias de transferencia de conocimiento consiste en proteger la propiedad intelectual para garantizar que la difusión del conocimiento producido en la universidad transcurra de forma segura, por medio de un contrato con una empresa. “Y no será de las patentes de las universidades que saldrá el desarrollo tecnológico del país. Éste solo podrá nacer en las actividades de investigación y desarrollo de las empresas”, dice Roberto Lotufo. “Mientras, las universidades tiene el rol de formar profesionales educados en la frontera del avance tecnológico, y tener experiencia en propiedad intelectual forma parte de esta educación”, completa.

Inventores
La lectura del estudio del INPI revela otras señales de inmadurez del sistema de innovación, asevera Maria Beatriz Páscoa, del INPI. El ranking de las instituciones que la Unicamp lidera responde por tan sólo una tercera parte del total de pedidos de registro en el órgano. Los otros dos tercios se pulverizan en miles de personas físicas. “La mayoría de los pedidos parte de inventores aislados, que podrían estar articulados con instituciones”, dice la directora de la articulación del INPI. Mientras que las instituciones consiguen hacer lugar a más de la mitad de las solicitudes, entre las personas físicas dicho número es mucho menor, por una serie de factores que van desde las dificultades de redactar un pedido hasta la inadecuación del contenido de la patente. El INPI busca democratizar ese tipo de información ofreciendo cursos de capacitación de gestores -fueron 23 solamente en el año 2004. “La meta es mostrar que el objetivo final no es obtener la patente, sino asegurarse el mercado. No siempre el inventor aislado consigue ver eso y lucha por obtener la patente de una innovación que no tendrá aplicación comercial”, dice Maria Beatriz.

Incluso las empresas innovadoras son menos adeptas a buscar patentes que sus competidoras internacionales. Según la directora del INPI, Embraer, una de las empresas brasileñas más innovadoras, no tiene registro de patente en Estados Unidos. Su contrincante Bombardier tiene más de 700. Es cierto que hay algunos datos alentadores. Entre los depósitos de patente de instituciones, la mitad se vincula a invenciones y la otra mitad a perfeccionamientos de modelos. La relación muestra que las instituciones dedicadas a la innovación están llevando el trabajo en serio. Maria Beatriz cree que, con los mecanismos previstos en la Ley de Innovación, el cuadro podrá sufrir cambios en relevamientos futuros. “El contexto apunta a incentivar la innovación dentro de las empresas. Falta verificar si eso será suficiente como para alterar ese ambiente de manera substancial”, afirma.

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