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Zoolog

Cómo es la vida silvestre en la metrópolis

La ciudad de São Paulo alberga 433 especies de animales salvajes, de zorzales a monos y pumas

En las miles de calles de la ciudad de São Paulo habita más vida silvestre de lo que indican las palomas blancas, negras o grises que descansan sobre los cables y disputan migas de pan en las aceras, entorpeciendo el paso de los peatones apresurados. Las palomas constituyen tan sólo una de las 433 especies de animales silvestres que se esparcen por el escaso de verde de la metrópolis, de acuerdo con el más reciente relevamiento de la fauna del municipio, dado a conocer a comienzos de junio por la Secretaría Municipal de Verde y Medio Ambiente (SVMA).

En el transcurso de doce años, el equipo coordinado por la bióloga Anelisa de Almeida Magalhães, de la división de fauna de la SVMA, halló 258 especies de aves, 58 de mamíferos, 37 de reptiles, 2 de crustáceos, 2 de arañas y 40 de anfibios en las 48 áreas verdes que resisten entre el concreto y el asfalto de la ciudad. Es probable que la mayoría de los paulistanos no sepa diferenciar una paloma doméstica de otro tipo, como la “jurití”, ni que haya notado en los jardines de los edificios la existencia de los zorzales colorados, de pecho rojizo y canto pausado y triste.

Pero quienes se interesan y aprecian la fauna silvestre paulistana no necesitan para ello salir de la ciudad. En el Parque do Ibirapuera, el más conocido y uno de los más grandes de la capital, hay 142 especies de aves, de las más fácilmente identificables como la garza blanca (Ardea alba) y el ruidoso tero común (Vanellus chilensis) a las más raras, como el pájaro carpintero de copete amarillo (Celeus flavescens) o el cardenal de copete rojo (Paroaria coronata), con su elegante penacho. Entre las 134 especies que habitan el Parque do Carmo, en la zona este de la capital, vive el chiflón (Syrigma sibilatrix), de cara azulada y torso grisáceo, el pato sirirí (Dendrocygna viduata) y el búho coronado cariblanco (Rhinoptynx clamator), al margen de otras 114 especies de aves.

Con algo de suerte, el visitante puede hasta depararse con el “caxinguelê” (Sciurus ingrami), la versión brasileña de las ardillas del Hemisferio Norte, o incluso con algún venado gris (Mazama gouazoubira), especie actualmente amenazada de extinción. En el extremo sur de la metrópolis, donde los edificios y las casas aún no se han impuesto completamente a la vegetación natural, el equipo de Anelisa halló rastros de un mamífero mucho más grande: el temible puma u onza colorada (Puma concolor capricornensis), también en riesgo de desaparición de la naturaleza.

No es casual que las aves sean el grupo más abundante, hallado incluso donde la concentración de edificios es elevada y el verde no pasa de unas suaves pinceladas en el escenario. Una comparación entre las aves de diez parques de la capital apunta una explicación. Las especies predominantes en dichas áreas son las menos exigentes con relación al tipo de alimento disponible: se alimentan tanto de frutos y semillas como de insectos. “En estos diez parques, el 60% de las especies tiene una dieta bastante variada, lo que puede favorecer la adaptación de las mismas al ambiente modificado por la presencia humana”, dice la bióloga Marina Somenzari, autora del estudio.

Más que guiar la mirada de los paulistanos entre las alamedas de los bosques de la capital, el relevamiento de la fauna silvestre del municipio ha de ayudar en el trabajo de los biólogos y veterinarios de la SVMA. Sucede que la secretaría administra la principal guardia de la fauna silvestre de São Paulo: el vivero Manequinho Lopes, protegido en un área de acceso restringido del Parque do Ibirapuera, donde la mona Binha y otros 23 compañeros de pelaje castaño rojizo pasan una temporada, mientras que no les llega el momento de regresar a la naturaleza. “Este inventario es fundamental para orientar la reintroducción de estos animales a su ambiente natural”, afirma Vilma Geraldi, directora de la división de fauna de la secretaría, que administra el vivero cuyo nombre homenajea al empleado público Manuel Lopes de Oliveira, quien en la década de 1920 plantó centenares de eucaliptos en el Ibirapuera para drenar el terreno pantanoso y permitir la creación del parque.

Allí todos los meses llegan unos 170 animales -monos, titíes, canarios y tortugas, entre otros- en manos de la población, de los bomberos o rescatados por agentes de la policía forestal en operaciones de combate contra el tráfico de animales silvestres.  En el estado de São Paulo se decomisaron el año pasado 30 mil animales silvestres, una población diez veces mayor que la del zoológico paulistano, el más grande de América Latina.

“Para devolver estos animales al ambiente al que pertenecen, era necesario primeramente conocer de qué manera las diferentes especies se distribuyen en las áreas verdes de São Paulo”, explica Anelisa, quien hace 12 años trabaja en la identificación de la fauna silvestre de la localidad, una tarea que no se concluye con la publicación del inventario.

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