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Sociología

La dictadura de la alegría

Intelectuales defienden cambios para salvar la fiesta más tradicional de Bahía: el Carnaval

Una vez que el comercio baja sus persianas en la región central, el Salvador de 2007 más bien parece que está bajo toque de queda. Importantes vías como la avenida Sete de Setiembro y la calle Carlos Gomes quedan rápidamente vaciadas, mientras que los cuellos de botellas próximos a las áreas de concentración de shoppings en la región de la avenida Paralela ganan un flujo intenso y transforman el tránsito en un caos parecido a los congestionamientos de São Paulo. Todos parecen tener prisa en llegar a casa. Mientras que las obras del metro finalmente se reanudan, sus habitantes pasan la impresión de que viven inquietos, perseguidos y afligidos.

El mayor motivo, aparentemente, es la violencia cotidiana, que acorrala a habitantes de todas las edades y clases en sus casas y limita su diversión a los shoppings que brotan como tragaperras por toda la ciudad. El último sábado de mayo, por ejemplo, mientras la orla estaba semidesierta alrededor de las  9:00 p.m., en el Shoping Iguatemi, el mayor de la ciudad, era casi imposible comprar una entrada para ver alguna película o conseguir una mesa vacía en sus decenas de cafeterías y restaurantes de comidas rápidas. Hay quien diga que a violencia se convirtió en un problema de calamidad pública en la ciudad, aunque los latrocinios sean en número menores que en São Paulo y Río de Janeiro. No por casualidad, la encuesta de una emisora de TV local, el mismo día, preguntaba cuantas veces cada transeúnte había sido asaltado.

Según el profesor Antonio Albino Rubim, de la Universidad Federal de Bahía, el fin del carlismo, provocado por la elección del gobernador Jacques Wagner, trae la expectativa al menos del inicio de una ruptura con lo que él llama ?dictadura de la alegría?. La expresión tiene varios significados. Está relacionada, por ejemplo, a la manera supuestamente natural de ser del bahiano intensamente explotado por la industria del turismo, de la música y del Carnaval hace casi 20 años. O de un lugar donde la televisión tiene fuerza suficiente para imponer la idea de un lugar fiestero 24 horas por día y donde es posible ser feliz siempre. Un estado de cosas simbolizado por letras de canciones antropofágicas como We are Carnaval, we are folia, we are the world of Carnaval, we are Bahia.

La idea de Salvador como Tierra de la Felicidad  modernizada para Tierra de la Alegría, dígase, no es nueva. Ya en los años 1930 Ary Barroso usó la expresión al componer el clásico En la Baja del Zapatero, cuya letra exaltaba las bellezas de la mujer bahiana y de la tal Buena Tierra del Señor del Buen fin. Pero lo que se vive en 2007 está anclado en un concepto más moderno de bahianidad que la antropóloga Goli Guerreiro autora del libro La trama de los tambores ? La música afro-pop de Salvador (Editora 34) dice ser posible de entender como una articulación entre políticos, artistas, religiosos, intelectuales, publicitarios y gestores turísticos y que encuentra resonancia en diversas camadas sociales.

La dictadura del folión, continua Rubim, estaría relacionada también a las estrechas vinculaciones que el mercado momesco y el de la música tienen con el poder estadual y municipal, por medio de la Bahiatursa y Emtursa, empresas que promueven el turismo. Una complicidad, dice, que acabaría junta a la figura de Antonio Carlos Magallanes, que, al volver al gobierno del estado en 1990, supo capitalizar el fenómeno de la música bahiana que surgía  y sería peyorativamente rotulado de axé-music  para transformarla en un producto de turismo.

Bloques
Al mismo tiempo que admitió una cooperación de artistas, productores y empresarios de bloques con infraestructura y patrocinios, para el investigador, el grupo de ACM dio a todos ellos la amplia libertad para que administrasen el Carnaval. De ahí, completa, la expectativa y el temor de algunos grupos con la subida del PT al poder. Wagner pudo matar dos pájaros de un tiro: fragilizar un foco carlista de gran influencia en la vida cultural de la ciudad y acabar con la omisión de los poderes públicos en dejar la conducción del Carnaval ser manipulada en perjuicio de la tradición de la fiesta. Bahía, observa el antropólogo Antonio Risério, vende muchos mitos que no son verdaderos. Autor de Una historia de la ciudad de Bahía (Versal), él cita algunos: se dice que es una ciudad soleada, cuando, en verdad, llueve el año entero, torrencialmente. Caymmi alimentó la idea de que no se trabaja, pero el bahiano currala como caramba, observa. La visión de ciudad alegre, evalúa Risério, contrasta con los nombres de lugares antiguos como Largo de los Afligidos, Plaza de la Piedad y Ladera del Destierro, entre otros. Se impuso una imagen maníaca, donde nadie tiene el derecho de estar triste, pero basta conversar con las personas y usted encontrará mucha soledad.

El sociólogo Paulo Miguez hace coro. En Salvador no se puede poner triste y si eso nunca sucede la persona será profundamente infeliz, porque la tristeza es una dimensión de la vida humana que no puede ser despreciada, observa. Miguez defendio el doctorado La organización de la cultura en la ciudad de Bahía, en que presenta conclusiones reveladoras sobre la industria de la música y del Carnaval de Salvador. La fosa, el bajo astral, todo eso, de vez en cuando, nos enriquece. Un pueblo que es permanentemente alegre se pone pesado porque no es posible construir la alegría cotidianamente a partir de todo y en una ciudad de graves desigualdades sociales. Se creó, en su opinión, una isla de la fantasía, aunque a veces se desmonte el circo, como en la huelga de los policiales [en julio de 2001], cuando la población quedó rehén de delincuentes.

Comprender las complejidades de Salvador y defender una amplia y urgente discusión sobre los rumbos de la ciudad han sido una preocupación casi exclusiva de los académicos bahianos en los últimos años. Principalmente en el Centro de Estudios Multidisciplinares en Cultura/Cult, del Programa Multidisciplinar de Post-graduación en Cultura y Sociedad/Post-cultura, de la UFBA. El núcleo realizó entre los días 23 y 25 de mayo el III Encuentro de Estudios Multidisciplinares en Cultura (Enecult), que reunió a casi dos centenas de investigadores de todo Brasil, América Latina y Europa.

Carnaval
Los investigadores afirman que cualquier planificación de crecimiento sostenible para Salvador tiene que pasar por la elaboración de un proyecto de reevaluación del papel del Estado y de la alcaldía en el Carnaval, con la finalidad de salvar la más importante fiesta popular de Bahía. Significa, entre otras medidas, sacarlas de las manos de un pequeño grupo de empresarios que hace más de dos décadas ha dictado reglas y establecido privilegios en nombre de lo que llaman profesionalización del Carnaval más democrático del mundo. En la práctica, sin embargo, esa máquina ha privatizado los espacios públicos y asfixiado las manifestaciones populares tradicionales o vinculadas a la cultura afro.

Aunque se diga que el bahiano es cordial, el hecho es que el temor de la violencia ha alejado de las fiestas tanto a turistas como a habitantes. El Carnaval de 2007 reflejó, de acuerdo con Rubim, la crisis en el modelo de la fiesta y sirvió como un alerta más: los hoteles no tuvieron ocupación máxima y era posible  comprar fantasías (abadás) sin dificultad y durante el folión. Tienen que crearse  caminos, una lógica de mercado que no sea sumisa, predatoria, en busca de la ganancia inmediata, para dar margen a la innovación, sugiere.

Teórico respetado de la comunicación, Muniz Sodré, uno de los conferencistas del Enecult, destaca que tanto el Carnaval como la música bahiana necesitan ser repensados. La cultura popular ha sido hecha por los medios de Salvador, principalmente por causa de la fuerza de la TV. Sin embargo, continúa teniendo, de la parte del pueblo, apropiaciones diversas y en lugares diferentes. Por eso él cree que el concepto de lugar es imperativo para definir la diversidad, porque no es el lugar de los medios, sino de la pequeña comunidad, del interior, con formas propias que se manifiestan.

Bahía, asevera Sodré, ya fue el lugar donde, de repente, esas expresiones simbólicas diferenciadas ganaron el primer plano, pero inmediatamente se comercializaron. Si, por un lado, el mercado musical hizo emerger cierta identidad que hasta entonces estaba recalcada, por otro lado fue inmediatamente apropiada por la industria del entretenimiento y por el Estado como atractivo turístico. Creo que eso tuvo en el primer momento un papel político muy fuerte y el problema es el saber si esa radiación ya acabó. Personalmente, creo que tal fuerza se está agotando porque no se preocupó mucho con la continuidad.

Si hizo surgir algunos grupos, el Carnaval, afirma él, tiene limitaciones económicas grandes y no toca en la cuestión de la desigualdad. Los propios bloques, que tenían sentido libertario, hoy son organizaciones cercadas por cuerdas.Así, el concepto que se ve en las calles durante el carnavalero va al encuentro de la idea del Carnaval dionisíaco, libertario. Predomina entre empresarios, artistas, Estado y municipio, en su opinión, la vieja ideología del patrimonialismo. Es la ideología de la compaternidad, del favor. El país continúa  siendo así y, por más que el contenido de la cultura sea de izquierda, no se puede infringir esa lógica, que establece territorios. Es más fuerte que cualquier ideología de derecha o de izquierda.

Injusticia
Para el periodista y carnavalero Bob Fernandes, el Carnaval es sólo uno más de los graves fenómenos de la evidente injusticia social que ha marcado  los cinco siglos de historia de Bahía. Carnavalesco callejero, como se define, él dice que demagogo no es quien propone discutir la fiesta, sino aquellos que defienden su continuismo a partir de la visión del confort de los reservados y de la tribuna oficial. Yo ando en el medio de la masa y se que meterse en el esquema no va a resolver el problema del apartheid en Bahía, pero puede señalizar lo que el poder público piensa a ese respecto. Cuando no, al menos ampliar el número de propietarios de ese negocio.

La primera medida, sugiere él, es acabar con las cuerdas. La cuerda es el  leñazo, es la venta del espacio público y la imposición del prejuicio y de la segregación. Fernandes cree que el futuro de la fiesta va a depender de la capacidad del nuevo gobierno de imponerse, de discutir y de ejecutar algún tipo de proyecto para la ciudad. Salvador es la joya de la corona y no es posible  que no se haga un amplio debate hasta el Carnaval del año que viene. Por ser una gran fiesta popular, se puede establecer una política duradera y más justa.

Lo más grave, en su opinión, está en el poder que los bloques establecieron en la organización de la fiesta. Es un Carnaval de persecución, con objetivo absolutamente restringido a media docena de señores, muchachos y muchachas. Son personas que se dan bien en un esquema montado a partir de una gigantesca mentira que se creó para vender el evento: lo de que Salvador recibe 1 millón de turistas en cinco días.¿Cómo eso es posible, pregunta él, si la ciudad sólo tiene 27 mil camas de hoteles? No hay casas ni apartamentos para alquilar que quepa tanta gente. Por sus cuentas, si 30 bloques desfilan al mismo tiempo con cerca de 90 mil foliones, el número de gente en la calle no debe pasar de 500 mil.

Bob Fernandes identifica problemas graves de aspectos cultural y político que pueden transformar la capital bahiana en un lugar inviable de vivir a medio plazo. Síntomas que ya aparecen en el tránsito caótico en las principales vías por causa de concesiones dadas a constructoras de shoppings y de condominios de lujo. Quieren a cualquier costo ahora aumentar la categoría de los edificios da orla para transformarla en una nueva Copacabana, cuyos perjuicios ambientales y de calidad de vida alcanzarán a toda la ciudad. Y destaca su preocupación por una cierta cobardía moral de la población que ve los bienes públicos ser usurpados sin reaccionar. El bahiano adora salir al leñazo individualmente, pero se ha mostrado incapaz de movilizarse contra los desmanes de esos grupitos que hacen lo que quieren de la ciudad, provoca.

Desafíos
El secretario de Cultura Márcio Meirelles, hace cinco meses en el  cargo, sabe los desafíos y las reformas que necesita hacer. Uno de los renovadores del teatro bahiano en las dos últimas décadas, él habla con cautela de los desafíos que tienen por la frente. Entre sus prioridades está la descentralización de la cultura para el interior con el fin de preservar o revivir ricas tradiciones amenazadas por la aplanadora en que se convirtieron la música y el Carnaval de la ciudad.

Meirelles ríe antes de hablar del avispero en que quiere meter la mano: la relación de intercambio de favores entre la Bahiatursa, empresarios y artistas del Carnaval. Cuando las relaciones no son más con un cacique, o un coronel, las cosas tienen que cambiar. Según él, hay mucha gente revelándose porque está perdiendo privilegios. Es aquella vieja historia: quien se siente amenazado, reacciona. Y es eso que comenzamos a vivir: el ataque de los privilegiados.  Otro aspecto de la cultura bahiana que ha sido de interés en la academia es la importancia de la música afro-brasileña, que dejó el gueto para tener éxito en las radios y en la TV y alimentar el folión a partir de los años 1980. Más que eso, causó profundas transformaciones, como el rompimiento de barreras de prejuicios, y promovió la recolocación del negro en su espacio, en una ciudad donde el 70% de la población tiene ascendencia africana. Ese es el lado positivo de una industria predatoria, marcada por equívocos, como explica Rubim.

Miguez destaca que lo obstinado de la disputa por foliones tuvo un punto favorable: hizo que parámetros raciales y de belleza fuesen dejados de lado. La selección de los foliones hoy, no tengo dudas, prioriza la cuestión económica. Hasta el esquema de montar una agenda de Carnavales fuera de época por todo el año  las micaretas, que dejan a algunos bloques y artistas con las agendas llenas, parece fragilizado por la falta de novedad.

Rubim señala a la propia universidad como responsable, de cierto modo, por el inicio de la valorización de la cultura afro, con la creación del Centro de Estudios Afro-Orientales (Ceao) en la década de 1960. Otro aspecto relevante, destaca, fue la industrialización del Recóncavo con la creación del polo petroquímico de Camazari y del Centro Industrial de Aratu en los años 1970, que hizo surgir grupos emergentes de negros, más conscientes de sus derechos y de la importancia de su cultura, con nuevas necesidades y en sintonía con el movimiento del black power americano y de la música negra, principalmente el reggae. De ese despertar nació el bloque afro Ilé Aié, conscientemente volcado para la valorización del negro en Bahía.

Caetano Veloso
El tercer elemento fue el compromiso de un grupo de compositores venidos de la clase media en la década de 1970, liderado por Antonio Risério, Caetano Veloso y Gilberto Gil. Este sólo vino a descubrir la fuerza de la cultura negra después de la experiencia del exilio y con su compromiso en el bloque Hijos de Gandhi. Ellos plantarían la semilla de lo que sería la axé-music.

Risério concuerda con Rubim y asume su papel en la historia. Él cuenta que había una envestida política clara para que ocurriese en la Bahía una gran virada negra, con la población tratada con respeto, pues lo que existía de interesante en la cultura local venía de ellos. Ese esfuerzo apareció, por ejemplo, en la grabación de Belleza pura, por Caetano; y en la batida de la vertiente carnavalesca del candomblé (afoxé)  que Moraes Moreira consiguió sacar de la guitarra. Lanzamos signos y ayudamos a transformar la cultura negra en una ideología hegemónica. El antropólogo recordó que iba con Caetano a varias iniciativas vinculadas a la música negra promovidas por bloques como Badaué, Ilé Aié y Zamzimbá, entre otros.

A los observadores curiosos queda la expectativa de cómo será el ritual de elogios de algunos importantes cantores a los políticos.

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