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Comunicación

¿Hay público para una televisión pública en Brasil?

El gobierno define este mes la creación de una nueva red de televisión

“La televisión es para mí una cosa muy educativa. Cada que alguien enciende un televisor, yo me voy a la sala del lado a leer un libro”. La frase, de Groucho Marx, suena como un desafío al lanzamiento a comienzos de diciembre de la TV pública, programada para entrar en el aire con las primeras transmisiones de la TV digital. En este mes o en el próximo, el gobierno enviará al Congreso una medida provisoria o un proyecto de ley determinando la creación de la nueva red, que, segundo el ministro jefe de la Secretaria de Comunicación Social de la Presidencia de la República, Franklin Martins, contará con un presupuesto de 350 millones de reales. “Dios me dio el segundo mandato para hacer cosas nuevas y una de ellas es la TV pública”, afirmó el presidente Lula, para el que la nueva TV será el inicio de un “PAC (Programa de Aceleración del Crecimiento) cultural”. Según el presidente, “hoy en día, en ningún estado brasileño, con raras excepciones, existe algún programa de debate”. Lula, sin embargo, advierte que “nosotros no queremos TV oficial, porque ella se desmoraliza por si misma, no duraría tres meses. No es una cosa para hablar bien o mal del gobierno, es para informar”.

El formato de la TV pública sigue siendo un misterio (hay posibilidades de que las TVE’s -educativas- existentes sean reunidas en una red, sirviendo como “embrión” de la nueva TV), hay mucha confusión entre “TV pública” y “TV estatal” y tampoco se sabe como la red será financiada ni cual será su direccionamiento. Hay hasta dilemas técnicos: no existe “espacio” en el espectro electromagnético de la radiodifusión para crear canales públicos con transmisión digital en São Paulo. “En el caso de que el proceso de transformación del modo analógico se iniciase hoy, ellos estarían fuera”, afirma la superintendencia de la Agencia Nacional de Telecomunicaciones (Anatel), ya que durante el proceso de migración cada canal va a ocupar el espacio de dos canales, el ya existente, analógico, y el nuevo, digital. En lo concreto, están solamente las declaraciones de Martins, asegurando que seguirá algunos puntos de la “Carta de Brasilia”, un documento con recomendaciones y propuestas, resultante del Primer Foro Nacional de TVs Públicas, realizado en mayo de 2006. La carta prevé una “nueva red pública organizada por el gobierno federal que debe ampliar y fortalecer, de manera horizontal, las redes educativas públicas ya existentes”. El documento insiste en que “la nueva red debe ser independiente y autónoma en relación al mercado, debiendo tener su financiamiento en fuentes múltiples, con la participación significativa de presupuestos públicos”. Su misión sería complementar la programación de la TV comercial, abierta o por cable, “contemplando la producción regional, fomentando la producción independiente y destacándose por el estímulo a la producción de contenidos digitales de cualidad elevada, interactivos e innovadores”.

“En Brasil, la idea de servicios públicos de radiodifusión fue siempre subordinada al modelo comercial”, analiza el sociólogo Laurindo Leal Filho, miembro del consejo de profesionales reunidos para idealizar la TV pública. La primera iniciativa del género ocurrió en 1923, cuando Roquete Pinto creó la Radio Sociedad de Río de Janeiro, cuya función sería “llevar a todos los hogares el confort moral de la ciencia y del arte por la radio”. Por algunos meses, Brasileño se anticipó a la creación de la BBC británica, nacida bajo el mismo espíritu, pero financiada por una licencia paga por los oyentes, lo que le garantizaba una independencia financiera. “En Brasil se dio lo contrario: el modelo sucumbió al comercio y, en 1932, el gobierno autorizó a las emisoras a que ocupasen un 10% de sus programaciones con anuncios. Vargas, aunque centralizador, tenía que componer con el capital privado, que poseía interés en ese sector. Aún la Radio Nacional, del gobierno, funcionaba en los moldes de una empresa privada”, observa Leal. Esa curiosa reunión, evalúa el sociólogo Renato Ortiz, fue “la génesis de la absoluta falta de límites entre lo público y lo privado en la radiodifusión brasileña, que se perpetúa hasta hoy, con financiamiento dado por el Estado a las emisoras privadas de TV, bajo la forma de publicidad y patrocinios”.

En 1968 hubo un nuevo intento de reverter ese cuadro con la creación de la Fundación Padre Anchieta, reproduciendo el modelo de la BBC en que un consejo curador representativo de la sociedad y con autonomía de administración dirigía la emisora. “Sólo que si el consejo británico funciona con 12 miembros, en São Paulo, en la TV Cultura de hoy, tenemos 45 de ellos, lo que diluye la responsabilidad y fragiliza la autonomía de la red”, pondera Leal. El tercer chance, cree el sociólogo, fue perdido en la Constitución de 1988, con el artículo 233 dando competencia al Ejecutivo para otorgar y renovar la concesión y el permiso para el servicio de radiodifusión de sonidos e imágenes. “El Brasil se mantuvo con un modelo comercial hegemónico, con reducido servicio estatal de radio y TV y con la solitaria experiencia de la Cultura de São Paulo, siempre con crisis.” Para Beth Carmona, directora de la TVE y también integrante del consejo de la TV pública, “es reciente el entendimiento y la práctica de los conceptos de red pública en el país”. Según ella, “Brasil optó desde el inicio por el camino de la cesión de concesiones para la explotación de las señales de televisión por el sector privado, sin ninguna política estratégica sobre la utilización de los vehículos con objetivos sociales”. El Estado, continúa, sólo se insertó en la cuestión durante los años 1970, cuando fue implantado un sistema educativo de radio y televisión, irregular y frágil, en los diferentes estados. “La TV brasileña se desarrolló en un clima liberal, alineada por parámetros comerciales que tienden al mercado de consumo, teniendo como objetivo la rentabilidad, casi sin límites de contenido”, evalúa la directora de la emisora carioca.

“Hoy la población y el Estado se dan cuenta de la necesidad de una TV volcada para la población, con una programación que valorice al público no solamente como consumidor, sino también como ciudadano. Un sistema público de comunicación es necesario para la democracia”, completa. El periodista y profesor de comunicación de la Escuela de Comunicación y Artes, de la USP, Eugenio Bucci, es menos radical. “Es bueno dejar claro que las demandas del mercado son legítimas y vitales en la democracia y no un satán encarnado. Ellas sólo no pueden ser las únicas en definir el conjunto de comunicación social. Ahí es que entra la TV pública, ejerciendo funciones complementares, no opuestas. Emisoras públicas y comerciales, cada una en su campo, fortalecen la salud de la democracia. Si ellas se igualan, si ofrecen contenidos análogos, la sociedad no necesita la TV pública”, pondera. Defendiendo la independencia de la red pública de cualquier papel subalterno de promoción de gobernadores, ministros o presidentes de la República, Bucci propone cuatro banderas estéticas para la TV pública: anhelar lo invisible, o sea, salir de la postura de adulador de plateas, actitud que define la industria del entretenimiento; desmontar la oferta de gozo pre-fabricado, ofreciendo lo diferente y no reiterando dosis mayores de las mismas sensaciones; buscar contenido que no cabe en la TV comercial, sin temer a la “pesadez” como un abismo; emancipar en lugar de vender, no debiendo sucumbir al impulso de desearse deseada, no funcionando como un cautiverio del público, sino emancipadora e incubadora.

Antítesis
¿Eso no sería la antítesis de la naturaleza del vehículo? Al final hasta el presidente Lula reiteró su visón de una TV que no fuese solamente “instrumento de educación”, sino que “tuviese audiencia y no trazo”. ¿Es posible hacer TV que no sea “de entretenimiento” y aún así ganar espectadores? “La televisión no es una gracia de la naturaleza, sino una producción cultural, de las relaciones sociales, de la democracia. Se sentido y su uso son determinados en la planicie de la cultura y ella, por si, no tiene una naturaleza que espacié a la cultura. El entretenimiento, ramo del comercio, nada tiene que ver con la comunicación de carácter público”, observa Bucci. Hay, recuerda, ejemplos de eso en varias experiencias, algunas exitosas, de redes públicas globales, en especial la BBC inglesa.

“Es necesario suministrar al ciudadano una parrilla de programación de buena calidad, sin intereses comerciales, volcada para educar, suministrar cultura y poner disponible informaciones que difícilmente serían exhibidas en la TV comercial. La TV pública existe para el ciudadano, que es su mayor guardián”, evalúa el periodista Lúcio Mesquita, director del Servicio Mundial de la BBC para las Américas, que se interesa en establecer alianzas con Brasil. La red británica es financiada por una tasa anual paga por domicilio con aparato de televisión por un valor de 116 libras esterlinas, así como por la venta de programas y licenciamientos para diversos países y destinaciones del gobierno. Pero la publicidad obedece a reglas draconianas. “La principal es el distanciamiento entre quien produce el contenido de los programas y los anunciantes”, dice Mesquita.

El director general de la BBC está sometido a un consejo curador, cuyos miembros representan la sociedad civil, fiscalizando la programación de los diez canales de radio y 50 emisoras de TV de la red, que se enorgullece de tener un “manual de conducta”, con severas prescripciones éticas prohibiendo la exclusión de cualquier línea de pensamiento en sus contenidos. Por eso Mesquita cree en el poder de renovación de la red pública. “En Brasil, programas como el Castillo Rá-tim-bum, por su calidad, pasaron a ser referencia, obligando a otras emisoras a mejorar sus infantiles.” ¿Modelo a ser seguido? Para el periodista Nelson Hoineff, “tal vez la BBC no sea capaz de suministrar pistas sobre como lidiar con el mal desempeño de la TV privada brasileña, pero es un indicador de que un sólido modelo de TV pública es pieza esencial para el funcionamiento de una sociedad democrática”. Hay, sin embargo, problemas en el modo de financiamiento británico. “Hay algunos años el gobierno de São Paulo intentó cobrar un apoyo compulsorio para la TV Cultura por medio de las cuentas de luz y el mundo casi se desmoronó”, recuerda Hoineff. “Desdichadamente”, observa, “no es posible reproducir ese modelo aquí, comenzando por la génesis de la televisión brasileña, que nació acompañando al modelo privado estadounidense y no se alejará de él hasta el agotamiento de la noción de emisoras y redes”.

La diferencia es que el gobierno estadounidense invirtió en la televisión pública desde su inicio, en 1951, cuando fueron reservados 242 canales de TV para transmisiones no comerciales: “El interés público será claramente atendido si esas estaciones contribuyesen al proceso educacional de la nación”, afirmó, entonces, la Federal Communications Commission. Era necesario detener el monopolio organizado de la TV comercial. En un final, el inicio desordenado de la radio, en el 1920, hizo que la televisión siguiese un patrón funcional, adoptando, de inmediato, el principio de la financiación de la programación por anuncios publicitarios. En el 1967, el presidente Lyndon Johnson envió al Congreso un mensaje en el que trazaba las líneas directivas de la TV pública, dividiendo la comunicación televisiva en tres vertientes: la comercial, con “una finalidad de reposo y distracción”; la educativa, “que suministra un saber reconocido”; y la pública, “que se consagra a todo lo que presenta interés e importancia en el plano humano, sin que se transforme en el momento en un objeto publicitario”. Aunque teniendo fondos federales, esa TV sería “libre de cualquier interferencia por parte del gobierno”.

Separando un presupuesto de 27,5 millones de dólares, Johnson abrió un espacio para la creación, en el 1969, de PBS (Public Broadcasting Service), cuyo estatuto preconiza que su “principal bandera es servir al país y no al mercado”, dejando claro su opción de no usar índices de audiencia como parámetros de su contenido. La PBS es una organización sin fines lucrativos constituida por 350 estaciones, proveedora de una programación no comercial y otros servicios (en especial, la difusión educativa vía internet), por los cuales los espectadores pagan una estimativa anual. Además de eso, hay presupuestos del gobierno, repasados por medio de la Corporating for Public Broadcasting, y la red también recibe dinero de los espectadores, que contribuyen en campañas de recaudación. La PBS es mediadora de la alianza entre sus estaciones y las universidades que producen programas para la enseñanza a distancia, beneficiando a cerca de 450 mil estudiantes, que completan sus créditos universitarios por la vía de clases televisivas. “Aunque a veces ambivalente, la PBS es una prueba de que sólo en aquel espacio es posible transitar un producto de la creación humana que no tendría buena acogida en un mercado que nada tiene de creativo o humano”, resume el artículo “PBS’s independent lens”, del New Yorker.

Independientes
La gran innovación de la red, además, es no producir programas ni financiarlos, comprando lo que precisa de terceros, en general productores independientes de toda parte del mundo. Esa es la postura también defendida por el periodista Gabriel Priolli, director de la TV PUC, de São Paulo, como forma de cortar costos y posibilitar la existencia de la TV pública en Brasil, cuyo financiamiento, defiende, debería ser “mixto”, garantizando que las dotaciones presupuestarias del Estado efectivamente lleguen a las emisoras, al mismo tiempo que la sociedad y la iniciativa privada se involucrarían en el proyecto. “Las TVs públicas necesitan dejar de actuar como productoras, volcándose para la exhibición, pero con absoluto control sobre la creación de productos, conceptos y orientación de la red de programación.” Priolli es cauteloso con el entusiasmo estatal. “Debemos conceptuar bien lo que es TV pública y que tipo de TV pública queremos financiar. No estoy de acuerdo con la idea de red. La multiplicidad es el camino”, evalúa. Ese es el tono adoptado por las TVs públicas alemanas, que optaron por usar estaciones regionales, de programación regionalizada, también ofreciendo multiplicidad de informaciones. “Las emisoras públicas no son solamente medios, sino, principalmente, un importante foro de debate social. A la emisora pública alemana le gusta salir de su edificio para que su público la vea”, cuenta Uwe Rosembaum, director de programación de la Südwestrundfunk.

Dosificando bien la comparación, la TV pública alemana fue, en el pasado, ejemplo de una amenaza que muchos hoy temen se repita en la red pública brasileña: instrumento político de propaganda de un gobierno. “Creo que la TV pública necesita existir, pero con mucho cuidado, con vigilancia de la sociedad. No puede ser la TV de Lula, sino de la sociedad. Es necesario sobrepasar los pequeños intereses. No se crea una TV pública con seriedad en dos, ni tres meses, con pocos ministros y asesores”, alerta el doctor en comunicación graduado en la Universidad Federal de Bahía Valério Brittos, profesor de la Universidad del Valle del Río de los Sinos (Unisinos). El presidente de la Asociación Brasileña de Emisoras Públicas, Educativas y Culturales (Abepec), Jorge Cunha Lima, concuerda. “Una red pública no nace de un decreto, sino de la conversión de los contenidos, de la suma de la capacidad de producir de cada estado y de la transmisión de eso en carácter nacional.” Para el presidente de la Abepec, “una TV solamente será pública si es intelectual y administrativamente independiente, equidistante del poder y del mercado, regida por consejos representativos de la sociedad”. Según él, es importante la existencia de un fondo de recursos para las TVs públicas.

Calidad
De acuerdo con la evaluación de Lima, los estados están preparados para producir contenidos de calidad, proponiendo el modelo de la TV Cultura de São Paulo en sustitución de las intenciones del gobierno federal, que, desconfía, pretende transformar la futura red pública en una especie de “TV estatal” disfrazada. “Hablar de que la TV estatal defiende al gobierno y que la TV pública es independiente es un argumento capcioso, porque aún la TV enteramente de propiedad del Estado no puede hacer proselitismo”, pondera Bucci. Para él, el deber de la impersonalidad vale para todas. “Ninguna democracia prescinde de la comunicación pública, porque ella suple áreas que la comunicación comercial no puede atender. Nuestro problema es de gestión y formatación de marco reglamentario.” Beth Carmona va más allá y afirma que ese es el momento de que se repiense el papel del Estado en las comunicaciones. “La televisión es un poderoso instrumento de fortalecimiento de los valores y costumbres de una sociedad, por lo tanto debería ser contemplada dentro de las políticas públicas. Pero cualquier intento de discusión es visto con sospecha de censura u oscurantismo. El Estado prácticamente se ha limitado a conceder el canal, controlarlo del punto de vista técnico, para la disciplina y la ordenación del espectro electromagnético.” Según ella, la tarea del Estado quedó aún más compleja. “Hoy no basta diferenciar la TV pública utilizando la premisa de la programación de calidad o por su contenido nacional, pues otros ya se apoderaron de esta marca. Ella sólo tendrá sentido por la posibilidad de diversificar las opiniones, abrir los contenidos, tratar de todos los temas y abordar todas las localidades.” Si no le gusta, ve para la sala de al lado a leer un libro.

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