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Los rostros del tiempo

La prioridad es ahora evitar que los desastres naturales empeoren las condiciones de vida de millones de personas

Maria Neira corre contra el tiempo. Al frente del equipo de salud pública y medio ambiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Ginebra, ella deberá concluir a comienzos del próximo año el plan de acción solicitado por 193 miembros de Salud para prevenir y contrarrestar los desastres naturales que se tornarán más intensos y frecuentes a causa de los cambios climáticos. En junio, frente a representantes de 37 países, Alexander Bedritsky presentó las propuestas de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), que él preside, para tornar a las previsiones del tiempo más precisas, rápidas y útiles, en un intento por evitar las tragedias sociales causadas por los cada vez más probables e inminentes episodios climáticos extremos, tales como sequías, inundaciones y desertificaciones. Poco tiempo antes, el ex secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, como presidente del Foro Humanitario Global, había reunido alrededor de 300 líderes de instituciones financieras, gobiernos y organizaciones internacionales, ante quienes presentó la Alianza Global para la Justicia Climática, un plan para proteger especialmente a los países más pobres, que también son los más vulnerables a los impactos ocasionados por los cambios climáticos.

La prioridad de ésas y otras instituciones es ahora lo que llaman “cara humana” de los cambios climáticos, cuya expresión se revela en la perspectiva de que huracanes, sequías y tempestades rompan las estructuras sociales y económicas de ciudades o de países, agraven el hambre y la violencia en el mundo, amplíen las epidemias de enfermedades infecciosas tales como la malaria y el dengue, aumenten la marginación social y motiven migraciones de millones de personas. “Los cambios climáticos representan un riesgo adicional para 600 millones de personas en estado de subnutrición crónica, pueden aumentar en 400 millones los casos de malaria y forzar el desarraigo de 332 millones de personas que residen en áreas costeras”, comentó Cecilia Ugaz, directora del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas (UNDP) y coordinadora del informe sobre el desarrollo humano emitido a fines del año pasado, que detalla la vulnerabilidad de las poblaciones humanas frente a las transformaciones del clima. La ola de calor que mató a 70 mil personas en Europa durante 2003, el Catarina, el primer huracán registrado en el Atlántico Sur, que en 2004 apareció por sorpresa en el Sur de Brasil, y el Katrina, que destruyó la ciudad de Nueva Orleans y causó casi 2 mil muertos en 2005, hayan sido o no originados por mutaciones del tiempo, ahora representan ejemplos de los que puede suceder con mayor asiduidad en el futuro. Revelan también lo que hay que hacer — o lo que debiera haberse hecho- para evitar y tomar recaudos ante los estragos ocasionados por los desastres naturales.

“Necesitamos aprender con los desastres”, sugiere Maryam Golnaraghi, jefe de la división para la reducción de riesgos por desastres de la OMM. “¿Por qué los habitantes de Nueva Orleans no se hallaban preparados? Podríamos haber tenido una buena previsión climática, la información debiera haber llegado a la comunidad y el área debiera haber contado con inversión en infraestructura”. Ahora todos los países son vulnerables, en mayor o menor escala. “Nueva Orleans sufrió los mismos problemas que Bangladesh”, observa Suren Erkman, profesor de la Universidad de Lausana, en Suiza. Rodeado de montañas al norte y por el mar al sur, Bangladesh ha sido agobiado por las largas crecientes de los ríos que separan el país de 150 millones de habitantes, anegan hogares, cubren ciudades y destruyen cultivos.

“Tenemos que adaptarnos desde ya a los cambios del clima a corto plazo, que pueden acarrear un impacto social muy grande e irnos preparando para las variaciones de largo plazo”, plantea Antonio Divino Moura, director del Instituto Nacional de Meteorología (Inmet) y tercer vicepresidente de la OMMM. “La sequía de la Amazonia en 2005 fue prevista, pero nadie tomó ninguna actitud. Los ríos se secaron y faltó alimento para la población. Debemos ser creativos y utilizar las informaciones para tomar decisiones”. Como ejemplo de acción ante las variaciones del clima, Moura cita el trabajo de meteorólogos, antropólogos y sociólogos que conversan con agricultores y, en conjunto, encontraron formas de reducir los efectos de la sequía en el estado de Ceará. Como resultado, desde 1992 el gobierno estadual acelera la construcción civil, promoviendo obras que emplean a trabajadores desempleados de la agricultura, de la cual depende casi la mitad de la población, frente a la inminencia de una intensa sequía.

Samuel RodríguezCelebrados en los últimos años, los modelos matemáticos que indican las tendencias climáticas en los próximos años siguen siendo importantes, pero las preocupaciones se ampliaron. Actualmente, la expresión cambios climáticos no inspira solamente escenas conmovedoras de osos polares aislados sobre pedazos de hielo. Motiva también planes urgentes, que consideran los límites y las necesidades de cada ciudad o región y atribuyen roles claros a las instituciones y a las personas. Según Maryam, la prevención y la detección de desastres naturales — y luego la respuesta y la recuperación- exigen de una articulación institucional, entre el gobierno nacional y el local, y la acción coordinada de los servicios de meteorología, hidrología, geología, marina y salud, además de la concientización, participación y cooperación de la sociedad civil, basada en una planificación y una legislación que funcione antes, durante y después de las tragedias.

Walter Fust,  director general del Foro Humanitario Global, una organización no gubernamental en funcionamiento desde hace un año, sabe que no será fácil ayudar a los países pobres, que posiblemente serán los más afectados, para prevenirse contra las inclemencias. Según él, los constructores de políticas públicas no se sienten responsables por las tragedias económicas y sociales, tales como la pérdida de hogares y empleos, que afectan a los sobrevivientes de los desastres naturales. No faltan argumentos para convencer a los políticos acerca de la necesidad de realizar acciones concretas. Algunos países, como en el caso de Rusia, pueden beneficiarse con nuevas áreas para la agricultura, pero los efectos negativos tienden a predominar. “La producción agrícola caerá, incluso con un pequeño aumento de uno o dos grados en la temperatura promedio anual”, afirma Mannava Sivakumar, jefe de la división de meteorología agrícola de la OMM. Con variaciones mayores, de hasta 5 º Celsius (C), la producción de arroz y de trigo podría reducirse a la mitad en India.

“Lo que falta es organización social para lidiar con esos problemas”, dice Wolfgang Grabs, jefe de la división de recursos hídricos de la OMM. La noción del peligro puede escapar no sólo entre los formuladores de políticas públicas sino también entre los agricultores de países pobres tales como India, Nepal y Bangladesh, que no quieren abandonar las tierras que cultivan, incluso cuando quedan inundadas. Al no poseer la propiedad legalmente, temen perder las tierras a manos de otros en caso de evacuarlas, y prefieren creer que las previsiones meteorológicas pueden ser erróneas. El Banco mundial enfatiza la necesidad de tomar medidas locales y de cooperación internacional entre instituciones públicas, privadas y grupos de la sociedad civil en un documento que se expuso para la consulta pública y deberá votar este mes, con propuestas de mecanismos innovadores para poner en práctica acciones de adaptación ante los cambios climáticos. “Evitar lo peor”, dice Cecilia Ugaz, “implica modelos de estado y de desarrollo social y económico más descentralizados, con participación de la sociedad civil”.

En Ginebra no se notan señales de la crueldad del tiempo, a no ser un verano que comenzó de modo intenso y repentino y algunos días después la temperatura alcanzaría los 37º C. Igualmente los habitantes se movilizaron — y no solamente para nadar o navegar en el vasto lago de agua fría que baña los Alpes. “Todos pueden participar”, dice Alexandre Epalle, coordinador del servicio para el desarrollo sostenible de la ciudad. La guía de vida sostenible que él ayudó a crear motivó a los 180 mil residentes a cambiar los hábitos y preferir los alimentos producidos localmente, a comer menos carne y a controlar el modo en que se produce lo que consumen. Orientados mediante folletos, libretos y manuales, también prestan bastante atención al reciclaje: del total de 600 mil toneladas de desechos producidos anualmente por la ciudad, 350 mil (63%) son recicladas (en Brasil, apenas un 12%) y 160 mil son incineradas y ayudan a producir energía. “Todo el mundo usa papel reciclado, incluso el presidente de la República”, comenta Martial Honsberger, responsable de gestión y reciclaje de desechos de una de las centrales de reciclaje, que funciona los fines de semana hasta las 21 horas y atiende a 25 mil personas. Suiza obtuvo el primer lugar en el Índice de de Desempeño Ambiental (EPI) de las universidades de Yale y Columbia, de Estados Unidos; entre 149 países, Brasil obtuvo el 35º lugar, beneficiado por ser pionero en la producción de energía limpia, principalmente el alcohol combustible (etanol), aunque perjudicado por la polución de las industrias y por los altos índices de destrucción de las selvas nativas.

Samuel RodríguezPara Maria Neira, de la OMS, viajar más en ómnibus o en tren y menos en automóviles, otra recomendación adoptada por los habitantes de Ginebra, no ayuda solamente a posponer la furia climática, debido a que el transporte es responsable por un 25% del consumo energético y de las emisiones de gases que contribuyen para el calentamiento global, una de las causas de los cambios climáticos. Es también una forma de beneficiar la salud, combatiendo la obesidad y el sedentarismo y, con menos vehículos en las calles y menor polución en el aire, reducir la incidencia del asma y del cáncer. “Si la población se entera de los beneficios para la salud, presionará para mejorar el ambiente urbano”, dice ella. Las recomendaciones de la OMS, dirigidas principalmente hacia los países pobres incluyen refuerzos en los equipos e infraestructura de salud para detener las epidemias que se intensificarán. “Tenemos que movilizarnos para hacer lo que en cualquier caso habría que haber hecho para evitar el empeoramiento de situaciones que ya no son demasiado buenas”.

Michel Jarraud, secretario general de la Organización Meteorológica Mundial, enfatiza: “Debemos reducir los impactos y al mismo tiempo adaptarnos a los cambios climáticos”. La recomendación tal vez sea mejor recibida e implementada entre los suizos que entre los habitantes de países pobres, tal como es el caso de Benin, en la costa oeste de África. Siendo un antiguo puerto de donde partieron 2 millones de negros para vivir como esclavos en Brasil, Benin ocupa la 163º posición entre los 177 países del Índice de Desarrollo Humano 2007-2008 de las Naciones Unidas: es uno de los 40 países más pobres del mundo. Juliette Koudenoukpo, ministra de Medio Ambiente, reconoce que el gobierno se encuentra atrasado en un plan que podría reducir la vulnerabilidad del país ante los impactos de los cambios climáticos, ya que la mayoría de sus 9 millones de habitantes vive de la agricultura de subsistencia en las planicies costeras, expuestas a la erosión y a la elevación del nivel del mar. La mayoría de los agricultores ya ha notado que el comportamiento del clima durante las estaciones del año se modificó y que las lluvias disminuyeron: donde anteriormente se recogían dos cosechas de maíz, ahora con suerte cosechan una. Actualmente muchos prefieren plantar piñón manso (Jatropha curcas), que también se cosecha dos veces al año y sirve para producir biodiesel que abastece a los hogares. Las mujeres plantan árboles para mitigar las transformaciones climáticas, pero eligieron una especie poco estimada entre los ecólogos por absorber demasiada agua: el eucalipto.

Cotonu, ciudad portuaria y centro financiero del país, con 800 mil habitantes, es una de las ciudades más contaminadas del mundo, envuelto en un clima caluroso y húmedo y por el humo de escapes de miles de moto taxis en permanente movimiento (no hay autobuses). Los motociclistas utilizan camisas amarillas, ni se les ocurre usar casco, indispensables también para los pasajeros, y compran gasolina de baja calidad contrabandeada de la vecina Nigeria, que se vende en bidones en mesas improvisadas en las calles. “Conducir un moto taxi es sólo un empleo temporal, mientras que no consiga algo mejor”, comenta Sebastien Djossa, con 32 años, frente a la falta de empleo incluso para quien estudió en la universidad. “No es un trabajo vergonzoso y es mejor que pasar hambre”. Uno de los pocos que habla inglés en un país de lengua francesa, Djosa cuenta que cada noche siente dolores en los huesos y reza para no sufrir accidentes al día siguiente.

Hamsay Fatay, de 52 años, revende motos chinas que adquiere a un distribuidor en Nigeria y aún no estaba enterado que el presidente de Benin había conseguido un empréstito del Fondo Monetario Internacional (FMI) para subsidiar la agricultura y contener el alza del precio de los alimentos. “Espero que ese dinero sea utilizado también para la educación de los adultos, así yo podría volver a la escuela para aprender inglés”, comentó. Su sueño era obtener una visa y también un mejor empleo en otro país. “Aquí no hay futuro para mí”.

*Colaboraron Lina Sagaral Reyes, Naftali K. Mungai y Samuel Rodríguez (fotos), de Cotonu, Benin. Los autores de este artículo viajaron como invitados al evento Media21 Global Journalism Network.

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