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Cambios climáticos

Discordia en Copenhague

La esperanza de arribar a un acuerdo global en la conferencia de Ciudad de México para afrontar el calentamiento quedó postergada hasta diciembre

NASALas partículas de carbono que envuelven el planeta: sin metas de corte obligatorioNASA

Quienes esperaban un acuerdo capaz de orquestar compromisos de los países pobres, los emergentes y los ricos contra los efectos del aumento de la temperatura del planeta en el marco de la 15ª Conferencia sobre Cambio Climático (COP-15), de Copenhague, salieron rotundamente frustrados. Al cabo de dos semanas de muchos debates y negociaciones, el encuentro convocado por las Naciones Unidas tuvo un final dramático el día 18 de diciembre, con jefes de Estado intentando en vano limar asperezas, incluso después del cierre oficial de la conferencia. El resultado final fue un documento político genérico, firmado únicamente por Estados Unidos, China, Brasil, India y Sudáfrica, que prevé metas para la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero apenas para 2050, y aún así, sin establecer compromisos obligatorios capaces de impedir la elevación de la temperatura en más de 2 grados Celsius, la meta que se pretendía estipular en Copenhague. También se planteó una ayuda a los países pobres por valor de 30 mil millones de dólares durante los próximos tres años, aunque sin establecer parámetros sobre qué países estarán aptos para recibir el dinero y qué instrumentos se emplearán para distribuirlo. El documento, redactado a último momento, no pudo ni siquiera convertirse en un acuerdo. Le faltó el aval de los delegados de países como Sudán, Tuvalu, Cuba, Nicaragua, Bolivia y Venezuela, disconformes por haber sido dejados de lado en las conversaciones finales. “Lo que tenemos que lograr en México es todo lo que deberíamos haber logrado acá”, dijo Yvo de Boer, secretario ejecutivo de la conferencia, remitiéndose a las esperanzas para la COP-16, que se realizará entre los días 29 de noviembre y 10 de diciembre de 2010 en Ciudad de México.

La COP-15 tenía como meta principal sellar un acuerdo para suceder al Protocolo de Kioto, celebrado en 1997, cuyos signatarios – 37 países industrializados – se comprometieron a reducir las emisiones de gases causantes del efecto invernadero en un 5,2% hasta 2012, considerando el nivel de emisiones de 1990. La idea para Copenhague era dar un paso al frente y garantizar una suma de las metas de los países ricos capaz de disminuir en al menos un 25% las emisiones de gases de efecto invernadero, también en relación con 1990. Así se evalúa que sería posible circunscribir el aumento global de la temperatura a dos grados Celsius.

El impasse principal giró en torno de un juego tira y afloja sobre las responsabilidades de los países ricos y las de los pobres. Las naciones desarrolladas querían que los países emergentes tuvieran metas obligatorias, lo que no fue aceptado por China, el país que emite más carbono en la atmósfera actualmente. Y Estados Unidos, que se abstuvo de ratificar el Protocolo de Kioto e intenta recuperarse de la mayor crisis económica desde 1929, ni siquiera se disponía a cumplir la meta de 1999. Su propuesta consistía en reducir tan sólo en un 4% sus emisiones con relación al nivel de 1990. Las negociaciones se empantanaron en las discusiones sobre las nuevas metas post Kioto. El llamado Plan de Acción de Bali, sellado durante una conferencia realizada en 2007, preveía conversaciones en dos frentes: por una parte apuntando a un acuerdo abarcador, y por otra, la extensión y la expansión de las metas de Kyoto. Pero un texto preliminar hilvanado por el gobierno danés fue bastante criticado por abandonar Kioto y privilegiar el interés estadounidense.

El día 14 de noviembre, delegaciones de países africanos llegaron a abandonar las negociaciones durante cinco horas, insatisfechas con la propuesta de concentrarse únicamente en un nuevo acuerdo, en lugar de trabajar simultáneamente en una extensión del Protocolo de 1997. El impasse llevó a la ministra de Medio Ambiente de Dinamarca, Connie Hedegaard, a renunciar a la presidencia de la COP-15 en la recta final de la conferencia, en la víspera de la llegada de los jefes de Estado.

Otra cuestión fundamental en la conferencia danesa era el financiamiento de las políticas de mitigación de las emisiones destinado a los países pobres. Los países desarrollados exigían que los emergentes ayudasen a financiar a los menos desarrollados. Esa tesis fue rechazada por los emergentes, que esperaban obtener ayuda externa para sus políticas de combate al calentamiento, aunque el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, en un discurso del último día de negociaciones, había admitido aportar dinero al fondo global propuesto por Estados Unidos.

En la víspera del cierre de la conferencia, la secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton anunció en Copenhague la disposición de EE.UU a juntarse a los otros países ricos para recaudar 100 mil millones de dólares anuales para ayudar a los países en desarrollo, pero estableció condiciones, como la exigencia de que todos los países fuesen transparentes en el cumplimiento de sus metas y aceptasen un monitoreo internacional. China rechazó de plano esa idea. El premier chino, Wen Jiabao, afirmó en la capital danesa que China no sometería sus acciones voluntarias sobre los cambios climáticos a la verificación internacional por “principios y por soberanía”.

Brasil cumplió un papel relevante en las negociaciones finales, cuando el presidente Lula intentó, junto con su colega francés Nicholas Sarkozy, forzar una nueva negociación. El gobierno brasileño presentó un plan para reducir en un 39% la proyección de emisiones para 2020, gastando 166 mil millones de dólares (282,2 mil millones de reales) durante los próximos 10 años. De dichos recursos, entre 110 mil y 113 mil millones de dólares irían a parar a la construcción de hidroeléctricas, y otros 32 mil millones de dólares se destinarían a la agricultura, con acciones de plantío directo y recuperación de áreas degradadas. La contención de la deforestación en la Amazonia, responsable de la mitad de las emisiones nacionales, costaría 21 mil millones de dólares. La situación de Brasil es  privilegiada, toda vez que la matriz energética brasileña es limpia (con un 46% da energía proveniente de fuentes renovables) mientras que el estándar mundial es de un 13% de energía renovable. El punto frágil del país es el descontrol sobre la deforestación, sobre todo en la Amazonia. Se trata de una actividad económica predatoria, que no representa más de un 1% del PIB del país. “Debemos evitar la deforestación de la Amazonia, porque es de nuestro interés”, dijo el canciller Celso Amorim.

JEWEL SAMAD/AFPLos delegados se reunieron en el Bella Centre en Copenhague: divergenciasJEWEL SAMAD/AFP

Por cierto, São Paulo, un estado con una matriz energética más limpia  aún que la nacional, con un 56% de la energía generada por fuentes renovables, también estuvo en Copenhague mostrando sus estrategias. El gobernador de São Paulo, José Serra, participó en un evento del día 14 de diciembre, en el cual defendió el potencial del etanol brasileño como fuente de energía limpia capaz de contribuir a los esfuerzos de mitigación y de adaptación al calentamiento global. Al presentar las acciones ambientales del gobierno paulista, Serra destacó el papel de la investigación científica, y en particular el de los programas de la FAPESP volcados a los cambios climáticos, la bioenergía y la biodiversidad. El evento Agricultura – Selvas Plantadas – Bioenergía, organizado por la Alianza Brasileña por el Clima, congregó a alrededor de 30 organizaciones no gubernamentales que actúan en Brasil, sumadas a empresarios y autoridades, como el ministro de Medio Ambiente, Carlos Minc, el secretario de Medio Ambiente de São Paulo, Francisco Graziano, y el director científico de la FAPESP, Carlos Henrique de Brito Cruz.

Serra criticó la visión de algunos líderes internacionales sobre el etanol brasileño y caratuló como “mitos” a las ideas que señalan que la producción de etanol puede invadir la Amazonia o redundar en una escasez de alimentos en el mundo. “Esa fantasía del etanol como factor de destrucción de la Amazonia y causa de crisis alimentarias es una confusión que parte del menoscabo al progreso tecnológico, que es sin embargo una variable crucial. La productividad de la caña de azúcar por hectárea en São Paulo ha aumentado un 40% desde la década de 1970 sólo con base en innovaciones elaboradas en institutos de investigación del estado y en el sector privado”, dijo.

Para el gobernador, la explotación irracional de la madera y la expansión de la ganadería y la de la soja son los verdaderos problemas ambientales de la región amazónica, y no el etanol. “Los centros productores de caña de azúcar están a dos mil kilómetros de la Amazonia. No veo esa amenaza a la selva debido al etanol”, afirmó. Según Serra, con inversiones en investigación científica, será posible  maximizar considerablemente la producción de etanol sin expandir el área plantada. “El fomento y la coordinación de investigaciones científicas en el área se han hecho mediante la acción de la FAPESP”, dijo. El gobernador destacó tres programas que han contribuido en el combate contra el calentamiento global: el Programa FAPESP de Investigación en Cambios Climáticos Globales (PFPMCG), el Programa FAPESP de Investigación en Bioenergía (Bioen) y el Programa Biota-FAPESP. “El PFPMCG es incluso en asociación con el gobierno federal, que aporta la mitad de los recursos, siendo que el programa dispone de un total de 64 millones de reales. El Bioen mantiene asociaciones con la iniciativa privada y se dedica a hacer investigaciones que van desde la fisiología de la planta hasta la alcoholquímica. Y el Biota-FAPESP, que produce estudios sobre la biodiversidad, es uno de los mayores programas de investigación a nivel mundial”, señaló.

“La ciencia y la tecnología están en el centro del debate mundial sobre los cambios climáticos y el medio ambiente, y los programas de la FAPESP contribuyen para que las estrategias de Brasil puedan, siempre y cuando el gobierno así lo desee, basarse en el conocimiento, tal como lo ha demostrado el gobierno de São Paulo al promulgar resoluciones y decreto basados en los resultados obtenidos por el Biota-FAPESP”, destacó Brito Cruz. Otra política ambiental del gobierno paulista mencionada por Serra fue la Ley de Cambios Climáticos. “La ley paulista prevé una reducción de las emisiones en términos absolutos, es decir, no se basa en recortes por unidad de PIB, ni tampoco en la desaceleración. Esto no es tarea fácil, incluso porque la energía utilizada en São Paulo es más limpia que la de otros centros industriales”, afirmó.

Las dudas de los escépticos
Las indagaciones de ciertos científicos son usadas por políticos que intentar negar los cambios climáticos

Como los modelos empleados para proyectar los efectos de los cambios climáticos tienen un cierto grado de incertidumbre, existen científicos serios que consideran demasiado categóricos los pronósticos que formuló el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC). Son nombres como el de la estadounidense Joanne Simpson, la primera mujer acreedora de un PhD en meteorología. Al jubilarse, en 2008, dijo que se sentía aliviada de poder hablar francamente sobre sus dudas. Simpson considera que son aún tenues las evidencias de que la acción humana en el aumento de las emisiones de carbono en la atmósfera sea la causa del calentamiento global. “Esa correlación se basa únicamente en los modelos climáticos y nosotros sabemos que éstos son todavía frágiles”, afirmó. En la misma línea, Kiminori Itoh, profesor de química de la Universidad de Tokio, afirma que el IPCC soslayó otras causas del calentamiento, tales como los cambios en la actividad solar. El físico noruego Ivar Giaever, ganador del Premio Nobel en 1973, tampoco está convencido de que el carbono sea la clave para entender el calentamiento. Catalogados como “escépticos” desde que el estadístico danés Bjorn Lomborg empleó el adjetivo en el título de su libro famoso (El ambientalista escéptico), estos investigadores forman un ala minoritaria en el seno de la comunidad científica, pero cumplen el papel de poner a prueba el conocimiento, perfeccionándolo con sus dudas. Sus argumentos son a menudo utilizados por representantes de países o de empresas afectados por las acciones destinadas a enfrentar los cambios climáticos. En la Conferencia de Copenhague, Mohammed Al-Sabban, delegado de Arabia Saudita, país exportador de petróleo, dijo que duda acerca del calentamiento del planeta y que es  necesario controlar los  trabajos de los climatólogos. Uno de los miembros de la comisión de medio ambiente de la Unión Europea, el político de extrema derecha Nick Griffin, del Partido Nacional Británico, le hizo coro al saudita. “En Gran Bretaña, más del 50% de la población rechaza la teoría del calentamiento. Estoy contento por estar acá como su representante”, afirmó.

Una polémica vinculada a e-mails de científicos divulgados por hackers condimentó las bambalinas de la Conferencia de Copenhague y sirvió de combustible para los políticos incrédulos. En noviembre, piratas de internet dieron a conocer e-mails obtenidos en los servidores del Centro de Investigaciones Climáticas (CRU) de la Universidad East Anglia, en el Reino Unido, en los cuales hay insinuaciones sobre manipulación de datos en favor de la tesis de que el calentamiento tendrá efectos dramáticos. El mensaje más embarazoso, de 1999, tuvo como autor al meteorólogo Phil Jones. Éste se refería a una estratagema destinada “enmascarar bajas de temperaturas”. Aunque sea imposible negar la tendencia de elevación de la temperatura, los  e-mails provocaron confusión. “Muchas personas son escépticas y se sienten aún más preocupadas cuando suponen que los científicos manipulan informaciones en cierta dirección”, dijo  Yvo de Boer, secretario ejecutivo de la conferencia. “Pero las evidencias sobre los cambios climáticos son sólidas y no se vieron afectadas por los e-mails”.

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