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Biografía

La guerra de los Rosas

La experiencia de salvar judíos en la Alemania nazi signó la vida y la obra de Guimarães Rosa y de Aracy, su mujer

JONNE RORIZ / AGÊNCIA ESTADOAracy y Rosa lejos del frío alemán, en un viaje a Italia, en 1950JONNE RORIZ / AGÊNCIA ESTADO

La historiadora brasileña Mônica Schpun, de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, de París, empezó a investigar la vida de Aracy de Carvalho Guimarães Rosa (1908-2011), la segunda mujer del escritor João Guimarães Rosa (1908-1967), para hacerle justicia a la historia de Aracy, quien siendo funcionaria del consulado brasileño en Hamburgo, ayudó a conceder innumerables visas de ingreso a Brasil a judíos, pese a las instrucciones en sentido inverso de circulares secretas emanadas desde Itamaraty en los tiempos de Getúlio Vargas.

Esta historia nunca fue contada en profundidad y es común que se le atribuya todo el mérito al escritor, pues éste habría tenido el poder real de firmar los pasaportes. El proyecto se acaba de convertir en libro: Justa – Aracy de Carvalho e o resgate dos judeus trocando a Alemanha nazista pelo Brasil (Record). Esa tan esperada biografía es importante, pues hablar de Aracy es no solamente descubrir la gran influencia que ella tuvo en la obra del escritor, sino también regresar al momento en que Guimarães Rosa vivió en Alemania, cuando ambos se conocieron y vieron juntos los horrores de la guerra y del régimen nazi. Al mismo tiempo, esa experiencia le permitió al escritor ir más a fondo en las “maravillas de la cultura alemana”, y la empleó más tarde como fermento de sus mayores creaciones, cuyas expresiones máximas aparecen en la violencia de Riobaldo y en el dilema faustiano de la trayectoria del vaquero de Grande sertão: veredas, a propósito, dedicado a “Ara”, el apodo de Aracy. Son, cabe notar, experiencias contradictorias con relación a la misma cultura, y que resultaron en un dilema cuya resolución llevó a Rosa a repensar su escritura. El punto en común entre ellas es Aracy.

Bautizada como “El Ángel de Hamburgo”, es la única mujer citada en el Museo del Holocausto en Israel, como una entre los 18 diplomáticos que salvaron judíos de la muerte. En 1982, ella fue reconocida como “Justa entre las Naciones”, un título honorario otorgado por Israel a personas que ayudaron, poniendo en riesgo su vida, a judíos perseguidos. Es la única brasileña que se hizo acreedora de esa distinción, junto al embajador Souza Dantas, quien concedió, desobedeciendo órdenes del gobierno varguista, visados de ingreso en Brasil a judíos franceses. Para merecer tamaño honor, es necesario que varios testigos suministren informaciones sobre las acciones del “Justo”, que justifiquen su nombramiento. Aracy contó con innumerables recomendaciones de personas a las cuales ayudó. Pese a ello, se cierne sobre ella un extraño desconocimiento. Aún más grave es que hay quienes niegan que haya tenido importancia alguna en la obra del marido, pese a las tres décadas de convivencia armoniosa y amorosa. La biografía de Aracy contiene elementos como para cambiar eso, no solamente porque rescata su acción valiente en la Alemania nazi, sino también porque echa nuevas luces sobre su papel en la vida y la obra del escritor, incluso en lo que hace a la poco referida influencia sobre la actitud de Rosa ante la política, punto controvertido en su supuesta trayectoria de “apolítico”.

Ambos se conocieron en 1938, en el consulado brasileño de la ciudad portuaria de Hamburgo, hacia donde fue el entonces joven diplomático para asumir su primer cargo, el de cónsul adjunto, luego de concluir sus estudios en Itamaraty. Fue también en aquella ciudad que adoptó un nuevo hábito, que se tornó célebre en Grande sertão: veredas, la escritura en libretas de anotaciones (heredado, tal como afirma, de su colega Machado de Assis). El resultado es el llamado “diario alemán”, escrito entre 1938 y 1942, un notable y moderno collage de recortes de diarios, citas, anotaciones precisas sobre el horario de las alarmas de bombardeos, lista de libros, listas de condimentos, comentarios sobre sus constantes visitas al zoológico, descripciones de paisajes y climas, ideas para futuras novelas y críticas a las medidas contra los judíos.

Hay sin embargo, entre esos elementos tan diversificados, una interrelación que no escapa a la mirada de los especialistas, como el hecho de archivar, en una misma página, la noticia de la muerte de un líder nazi junto a una observación de que había vendido su coche. El texto completo, cuya publicación estaba prevista para finales de este año, permanece inédito, bajo embargo por intervención de las herederas de Rosa, aunque esté totalmente organizado por investigadores de la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG).

Cuando el escritor desembarcó en Bremen, ya separado de su primera mujer, que se quedó con las dos hijas en Brasil, aún no había publicado ningún libro, pero llevaba en el equipaje su primera obra, que pretendía revisar durante las pausas del trabajo diplomático. La misma llevaba aún el nombre de Contos, y era firmada por Viator. Una muestra acerca de la importancia del “diario alemán” son diversas anotaciones “casuales” sobre los distintos significados de las “sagas”, forma germánica de contar historias, que fueron fundamentales en el formato y en la revisión del título de la primera creación. “Él revisó el libro y en 1946, dejó de lado el título Contos, y en su lugar le puso Sagarana, un hibridismo producto de la fusión de ‘saga’ con el tupí ‘rana’, que significa ‘parecido’”, afirma el profesor de literatura Reinaldo Marques, de la UFMG, uno de los responsables de la edición. “Eso es solamente una parte de lo que se puede descubrir en el diario. En su totalidad, es el único testimonio de un escritor de esa envergadura sobre uno de los momentos más trágicos del siglo XX, signo contundente del agotamiento del proyecto de la modernidad”, sostiene el investigador.

EDITORA RECORDAracy de Carvalho en su trabajo, en el sector de pasaportes del consulado, en 1939EDITORA RECORD

Rosa llega a Alemania siendo un admirador de la cultura alemana. “Pero no ignora al nazismo y se indigna con la persecución contra los judíos. Su encuentro con la cultura alemana se vuelve ambivalente, un choque entre el pasado, con connotaciones positivas, y un presente nefasto”, afirma el profesor de la UFMG, Georg Otte, también del equipo del “diario alemán”. “Había dos salidas ante ese dilema. Una, la ironía, como cuando escribe ‘Heil Goethe!’, parodia del saludo hitlerista, luego de presenciar Fausto. Otra era volverse hacia la naturaleza que se encontraba a su alrededor como territorio neutro, que le permite al ‘yo’ evitar la confrontación entre las imágenes conflictivas de los alemanes. La ‘paz’ de la naturaleza ayuda a resistir a la guerra que macula la imagen preconcebida de los alemanes”. Y fue con Aracy que observó a esa Alemania perversa. “Paseo hoy con Ara. En un rincón vi una playita para niños. Pequeñas olas lamen la playa de juegos. Pero para arruinar toda la mansa poesía del lugar, pusieron en una columna una plaquita amarilla: ‘Espacio de juegos para niños arios’”. O también: “Paseo en automóvil con Ara. ¡Hasta niños de 4 años o menos, con el distintivo amarillo infamante!”. Aracy termina poniendo en jaque al Rosa “apolítico”, algo que escapa a muchos historiadores.

La unión de la biografía de Aracy con el diario es una trama compleja y plagada de sutilezas, que puede cambiar nuestra forma de entender el universo roseano, únicamente comprensible cuando se relacionan las diversas facetas del escritor como diplomático, literato y un paradójico observador de la cruda realidad de la violencia de la guerra, que lo lleva, a contramano, hacia la fantasía, hacia la animalización del mundo como forma de sobrevivir y digerir, por la vía de la negación, el mundo moderno. En Aracy encontró, además de a la compañera de casi tres décadas, a una lectora atenta y participativa en sus creaciones, como así también un modelo de coraje y actitud ante las injusticias. Al fin y el cabo, al preguntársele por qué se había arriesgado al conceder visas a judíos, ella respondió: “Porque era justo”.

Curiosamente, será casi con las mismas palabras que Rosa justificará su participación en las acciones de Aracy y describirá su credo como diplomático en una entrevista, años más tarde. Es posible notar de qué manera Ara lo ayuda a encarar su actividad diplomática desde una nueva perspectiva y cómo esa visión moldeará su nueva forma de ver el mundo para transformarlo en literatura de primera modernidad. De un solo golpe, Rosa absorbió el lado “bueno” de los alemanes, su cultura, y el lado “perverso” de esa misma civilización, y ante ese dilema, halló soluciones que constituirían la clave de su nueva literatura. Pero nada de ello habría sido posible sin la presencia de Aracy a su lado en ese momento fundamental.

¿Cómo se juntan ambas trayectorias? Aracy, hija de padre portugués y madre alemana, se valió de la nacionalidad materna para dejar el país con su hijo luego de separarse del marido. En Europa no afrontaba el acoso que las mujeres divorciadas sufrían en Brasil, y podía vivir en libertad. En 1935, por intermediación del canciller Macedo Soares, consiguió un trabajo en la división de pasaportes del consulado de Hamburgo. Habiendo nacido Rosa y ella el mismo año (Aracy cumplía años, como Hitler, el 20 de abril), tan pronto como se conocieron se enamoraron. “¡Fui a ver casas con el cónsul adjunto!”, anota. Pasado un mes, la cosa levanta temperatura: “Estuve linda. ¡Él me ama mucho, mucho!”. Ya podían compartir secretos. “Sin ser diplomática, Aracy tenía un cargo administrativo estratégico y trabajaba directamente en la concesión de visas, aunque no tenía la potestad de firmarlos, un privilegio del cónsul general y de su adjunto”, explica Mônica. “Aracy ignoró la limitación de la cantidad de visas que podían otorgárseles a los judíos impuesta por el Estado Novo y siguió preparándolas, y facilitando el embarque de casi un centenar de éstos rumbo a Brasil. Para que el cónsul general Souza Ribeiro firmase los visados, los ponía en el medio del papelerío y así logró obtener pasaportes sin la ‘J’ en rojo de los judíos con amigos”, comenta la historiadora Maria Luiza Tucci Carneiro, de la Universidad de São Paulo (USP), autora del libro recientemente publicado Cidadão do mundo (Perspectiva), una continuación de sus análisis de la diplomacia antisemita del régimen de Vargas.

EDITORA RECORDFachada del consulado brasileño en Hamburgo, que fue destruido durante la guerraEDITORA RECORD

Fraguaba certificados de residencia falsos para poder contemplar a los judíos de otras ciudades en donde había diplomáticos menos condescendientes. Llegó a transportar en el maletero del coche a un judío hasta la frontera de Dinamarca, escapando únicamente debido a la matrícula del cuerpo consular. Visitaba judíos para llevarles víveres y les daba consejos sobre cómo sacar bienes del país. Guardaba pertenencias de judíos hasta el embarque para evitar que los nazis se las robasen. “Rosa decía que un día de esos ella iba a desaparecer. Al fin y al cabo, en su casa se escondían judíos fugitivos”, comenta Tucci.

Pero era un tanto incoherente cuando mencionaba el papel del marido en las acciones. “Guima tenía un rol fundamental. Era quien firmaba los pasaportes”, dijo en una entrevista. En otra, declaró: “Nunca tuve miedo, el que tenía miedo era Joãozinho. Decía que yo exageraba, que me arriesgaba y arriesgaba a toda la familia, pero no se metía mucho y me dejaba hacer”. Para Mônica, se trata de una cuestión de género. “Aparte de que él era el diplomático, Aracy es mencionada como la viuda de Rosa. Pero el título de ‘Justa’, personal, se lo adjudicaron solamente a ella”, acota.

Con todo, más importante que los créditos por la ayuda dada a los judíos es discutir la importancia de Aracy en la vida y la obra del escritor. Dos investigadoras, Elza Miné, de la USP, y Neuma Cavalcante, de la Universidad Federal de Ceará (UFC), estudiaron las cartas de la pareja, aún inéditas. “Serás todo para mí: mujer, amante y compañera. Sí querida, has de ayudarme a escribir nuestros libros. Tú misma no sabes lo que vales. Yo sí lo sé. Además de inspiradora, serás una colaboradora valiosa, pese, o quizá incluso, por no tener pretensiones de ‘literata pedante’”, escribió Rosa en 1942. En 1938, cuando ella salió de vacaciones y él permaneció en Hamburgo, juró: “He soñado despierto todo el día contigo. Reafirmo que seré absolutamente fiel, no miraré a las alemanitas, que por cierto, ¡todas, todas se han convertido en sapos!”.

“En esas cartas se revela, además del amor, la importancia de Aracy como primera lectora de Rosa”, sostiene Neuma.

“Tu Sagarana, nuestro Saragana está casi listo. Reserva un ejemplar para nosotros. Sería una alegría doble: la llegada de ARA y SAGARANA. Pero en caso de peligro, deshazte de Sagarana y que venga solamente ARA, que es 300  mil millones de veces más importante para mí”, escribe en 1946. El resumen está en otra carta: “A los otros yo los conocí por ociosa casualidad. A ti te encontré porque era necesario”.

¿Alguien tan cuidadoso dejaría a su amada tan expuesta? Ésa es la tesis que Mônica cuestiona, a contramano de estudios que aducen un total antisemitismo del Estado Novo como política oficial y secreta. “La gestión de la inmigración judía puede incluirse en un movimiento mayor como lo fue la discusión sobre la restricción a los japoneses, que antecedió a las medidas contra los judíos. El secreto era normal en un Estado autoritario, y las críticas sufridas en 1934, debido a las medidas de inmigración, llevaron a las autoridades a mantener esas discusiones en secreto, no solamente las de los judíos”, sostiene.

LUCIANA WHITAKER / FOLHAPRESSAracy en su apartamento de Copacabana (1992)LUCIANA WHITAKER / FOLHAPRESS

Para ella, la ley de cupos no fue una intervención original brasileña, ni era que el país estuviera aislado en ello, ya que EE.UU. no precedió una década. “Las bases de la política migratoria restrictiva, incluso las étnicas, surgieron antes que los refugiados judíos”. La tristemente célebre “circular secreta 1.127”, sobre el ingreso de los judíos, ya afirmaba que: “Debido a informaciones repetidamente recibidas desde las misiones diplomáticas, el gobierno federal tiene conocimiento de que están llegando a Brasil numerosas oleadas de semitas que los gobiernos de otras naciones se han empeñado para apartarlos de sus territorios”. Esto, según Mônica, revela que la motivación de la medida serían las informaciones exageradas provenientes de las representaciones diplomáticas, que hacían referencia a una “invasión de oleadas de semitas”. Asimismo, el interés del gobierno consistía en atraer brazos para la agricultura, para lo cual se reservaban el 80% de las visas.

“Por supuesto que hubo racismo, pero no había reglas claras y todo dependía de la buena voluntad del funcionario y de sus prejuicios personales. Los brasileños eran diametralmente opuestos a los nazis, que querían aislar a los judíos. Acá el temor, y no solamente ligado a los judíos, era la formación de ‘quistes’ de inmigrantes no integrados, a causa de la política de Vargas, que pregonaba la unión de los inmigrantes con la sociedad nacional”. Era una política migratoria restrictiva para todos y para los judíos específicamente. “Había más temor con relación a los alemanes residente en Brasil, vigiados por el gobierno. La explosión del antisemitismo internacional fue acompañada por una cierta indiferencia en cuanto al destino de los judíos. Esto incidió más sobre las restricciones que el antisemitismo de las elites dirigentes nacionales, ya que los judíos no fueron reprimidos por Vargas”, analiza Mônica. Acá, en lugar de degeneración, el extraño traía progreso. “La mitología nacional desvalorizaba al negro y valoraba al inmigrante que pudiese reconstruirse y fusionarse en las masas.”

Así, sin desmerecer la valentía de Aracy, sus acciones no eran un riesgo con los nazis, que querían librarse de los judíos. El riesgo era el gobierno brasileño. “Riesgos corridos con gente como Souza Dantas, quien, sometido a interrogatorio, no sufrió sanciones. Lo propio no sucedió con el ‘Justo’ portugués, el embajador Aristides de Sousa Mendes, cónsul en Burdeos, que concedió visas a más de 30 mil judíos hasta ser destituido por el régimen de Salazar y para luego morir en la miseria”. Nada de ello va en detrimento del coraje y el filosemitismo de Aracy, quien, en 1950, en París, con Rosa, se quejaba de la dificultad para obtener visados para judíos, aunque no tenía ninguna función en la embajada. Ese carácter combativo ayudó Rosa a reforzar y moldear su ideal de diplomacia. “Un diplomático es un soñador y yo jamás podría, por eso mismo, ser un político, que practica actos irracionales. Quizá yo sea un político, pero de esos que solamente juegan al ajedrez cuando pueden hacerlo a favor del hombre. El político piensa en minutos. Yo pienso en la resurrección del hombre”, dijo en una entrevista, estableciendo así una inusitada separación entre el diplomático y el político.

“Al referirse a sus acciones en Hamburgo, decía que como ‘hombre del sertón’ no podía presenciar injusticias. La tiranía del político era para él una injusticia. La actividad de los Rosa en favor de los judíos no era para él un ejemplo de acción política, cosa que el nazismo hacía, sino un ejemplo de acción diplomática. Cuando nada escapa a la tiranía, es necesario abrir una brecha en el muro de la injusticia. Eso motivó la separación: la razón de justicia”, analiza la embajadora Heloísa Vilhena de Araújo, autora de Guimarães Rosa, diplomata. Sólo había liberación en el sueño. “Allí se invierten los conceptos. A decir verdad, la realidad fue la acción diplomática de Rosa al salvar vidas; el sueño, o la pesadilla, fue el nazismo. Así, en Hamburgo, la desvinculación de la política significó un acto político en su más alto grado de refinamiento. Con éste, la política encuentra sus límites y se vuelve contra sí misma.”

JONNE RORIZ / AGÊNCIA ESTADOLa joven pareja posa para una fotografía en Hamburgo, en 1939, lejos de los bombardeos y de los cañonesJONNE RORIZ / AGÊNCIA ESTADO

Esto aparece de manera clara en los apuntes del “diario alemán”. “Estoy escribiendo en la cama, al son de los estampidos de la Flak (la artillería antiaérea). Son como puñetazos retumbantes asestados por puños enormes en el centro elástico del aire alto. Otros retumban festivos. Unos tocan el tambor”, anotó en 1940. “Son registros nítidamente poéticos, pese a la furia del momento. Para no sucumbir al horror de la guerra, los sonidos son alegorías de un gigante de ‘enormes puños’. El texto roseano se convierte en una fuga de la ‘trivial problemática cotidiana’. La no adhesión a la crudeza de la realidad es un criterio imprescindible para la supervivencia”, sostiene João Batista Sobrinho, docente de la UFMG y autor de O narrável da guerra e o céu de Hamburgo (2009).

Lo propio puede explicar las innumerables visitas al zoológico de Hamburgo, listadas en el diario; momento para la reflexión, las anotaciones y los dibujos de animales. “La fijación en la vida animal y en la observación casi obsesiva de la naturaleza alemana sería la propuesta poética de Rosa para desplazar no solamente los rasgos comunes de la supervivencia humana, sino también la amenaza de muerte causada por la guerra. En los apuntes se animaliza la guerra, que se naturaliza; un esfuerzo para disminuir su acción destructiva”, señala la investigadora de la UFMG, Eneida Maria de Souza, del grupo del “diario alemán”. “La ‘metaforización’ de la guerra, merced a la mediación animal, no es meramente un refuerzo de la barbarie, sino al contrario, una atracción mutua y una inquietante familiaridad”. Escribe Rosa: “Estoy trabajando el último tramo de ‘El burrito pardo’. Mugieron las sirenas. ¡Alarma!”. Ése es uno de los muchos pasajes “animalizados” de los bombardeos, capaces de “teñir las nubes con colores de cebúes”, con “cañones acelerándose en tiempo de titeo de pavo iracundo”. “Son asociaciones que hacen a la lectura del espectáculo político como espectáculo sertanejo, una ‘estampida del arreo’. Es la metamorfosis operada por el sertanejo-escritor en medio de las bombas. La lectura de la guerra se da a través de la mirada sesgada del diarista-escritor, empeñado en el descubrimiento constante de un lenguaje capaz de transformar hechos en ficción, impresiones personales en creaciones de lenguaje”, dice Eneida.

Se detecta incluso la culpa por la impotencia, como en algunos contos del libro Ave, palavra: “El malhumor de Wotan”, “La señora de los secretos” y “La vieja”. En estos dos últimos, el narrador trabaja en una embajada y sus personajes, mujeres, le piden ayuda para salir de Alemania. El narrador les niega las visas. “Es una forma diversa de hablar sobre la barbarie nazi, a través de las mujeres y no a partir de los líderes masculinos. Son ellas personas comunes, quebrantadas por los acontecimientos, víctimas impotentes, incapaces de controlar la historia y sujetas a las decisiones del régimen”, analiza el historiador de la USP Jaime Ginzburg, autor de Guimarães Rosa e o terror total (2008). “No se puede salvar a nadie, aunque Brasil surja como esperanza de liberación. El narrador tampoco controla el proceso histórico y se revela la limitación de su capacidad de intervención en la violencia de la guerra”. En los textos literarios de Rosa hay una problematización de la actuación de Brasil (y del propio escritor-diplomático) en los años en que a los judíos se les negaron las visas.

“De ello se desprende la importancia de analizar la reunión entre Rosa y Aracy en la ayuda a los judíos. El diplomático convive con el escritor, en la medida en que el sujeto se vuelca tanto a las cuestiones de política exterior como a la construcción de un universo de fábula. Fue la experiencia del diplomático, con la mujer, la que reveló la convivencia entre el embajador y el hombre del sertón, valiente, intrépido”, sostiene Eneida. “También ayudó a construir la relación entre la naturaleza y el mundo de la violencia de sus libros. Una práctica surgida en el contacto con la cultura europea en crisis por la guerra y la distorsión de los principios de ciudadanía y libertad, lo que llevó al escritor a desconfiar del llamado de la racionalidad moderna, contaminada por la destruición y la ruina de los valores”, evalúa la investigadora.

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