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Percepción de la ciencia

Qué no vas a hacer cuando seas grande

Una investigación muestra que menos del 3% de los adolescentes latinoamericanos desea seguir una carrera científica

Eduardo Cesar Muñeco de Albert Einstein en Estação Ciencia, en São PauloEduardo Cesar

Pese a que viven en un mundo inmerso en la tecnología, los jóvenes, al depararse con la célebre pregunta: “¿qué vas a hacer cuando seas grande?”, difícilmente contestarán diciendo “científico”. De acuerdo con la investigación intitulada Los estudiantes y la ciencia, un proyecto del Observatorio Iberoamericano de Ciencia, Tecnología y Sociedad (Ryct/ Cyted), organizado por el argentino Carmelo Polino, tan sólo el 2,7% de los estudiantes secundarios (de 15 a 19 años) de América Latina y España piensa seguir una carrera en las áreas de ciencias exactas o naturales, tales como biología, química, física y matemática (y las ciencias agrícolas apenas sí figuran). En el marco de dicho estudio, realizado entre 2008 y 2010, fueron consultadas alrededor de 9 mil escuelas privadas y particulares de siete capitales: Asunción, São Paulo, Buenos Aires, Lima, Montevideo, Bogotá y Madrid. Curiosamente, entre los entrevistados, el 56% manifestó interés por seguir una carrera de las ciencias sociales, y una quinta parte optó por las ingenierías. El equipo brasileño participante en el proyecto está ligado al Laboratorio de Periodismo de la Unicamp (Labjor), coordinado por el lingüista Carlos Vogt, responsable del capítulo “Hábitos informativos sobre ciencia y tecnología” del libro, publicado en español y disponible únicamente para descarga en el siguiente enlace: www.oei.es/salactsi/libro-estudiantes.pdf.

“Son datos preocupantes para sociedades en cuyas economías existe una gran demanda de científicos e ingenieros, pero también un escaso interés por parte de los jóvenes en estas profesiones. Y las razones que se alegan son igualmente desalentadoras: un 78% de los estudiantes justifica su opción apuntando que las ciencias exactas y las ciencias naturales son ‘muy difíciles’, y casi la mitad de los alumnos las consideran ‘aburridas’, mientras que una cuarta parte afirma que dichos campos brindan limitadas oportunidades de empleo”, afirma Polino. “La cantidad de alumnos de ciencias se encuentra en un nivel insuficiente para las necesidades de la economía y la industria, y, por sobre todo, para lidiar con los problemas que deberán afrontar las sociedades en el futuro”. También según los entrevistados, el desgano ante el reto de las ciencias tiene que ver en buena medida con la modalidad de enseñanza, pues se quejan de que los recursos empleados en el aula son parcos. La mitad de los adolescentes tampoco cree que las materias científicas hayan intensificado su aprecio por la naturaleza, ni que sean fuentes de soluciones para los problemas de la vida cotidiana.

“Existen barreras culturales, pues los jóvenes de hoy creen que para tener éxito en la vida, para tener dinero, no hace falta estudiar mucho. Es posible elegir una carrera de resultados económicos más rápidos. La cultura del esfuerzo, que es la cultura de la ciencia, ha venido perdiendo terreno. Tenemos una necesidad urgente de contar con una política pública de educación y comunicación de la ciencia”, advierte Polino. En algunos puntos, la nueva investigación refuerza algunas tendencias que ya se habían observado en el estudio anterior del grupo, intitulado Percepción pública de la ciencia (lea Las imágenes de la ciencia, en la edición 95 de Pesquisa FAPESP; Lectores esquivos, en la 188, y Avances y desafíos, en la 185), de 2004, pero la investigación reciente, con foco en los jóvenes, aporta nuevos y preocupantes datos. “En un país como el nuestro, cuyo futuro depende de los avances de la ciencia y la tecnología, y donde se registra una enorme carencia de profesionales técnicos e ingenieros, esas cifras requieren la atención de las autoridades y de la sociedad en general para suscitar en esos jóvenes el interés por las carreras científicas. Y por encima de todo, es una paradoja, porque vivimos en un mundo estructurado de acuerdo con la presencia de la tecnología en todos los espacios de la vida de la gente”, analiza Vogt. “Apreciamos las bondades del esfuerzo científico, pero no nos interesamos en continuar ese trabajo. Las facilidades existen, pero son ilusorias, pues si queremos tomar posesión de esas conquistas es necesario contar con capacitación científica, con capacidad de abstracción, aun con todas esas dificultades que surgen del estudio de las ciencias exactas y naturales.”

“Existen grandes obstáculos para que los jóvenes entren en el mundo de las ciencias, que es visto como una cosa hermética, una cosa de iniciados con lenguaje propio, que poco tiene que ver con el mundo sensible en que vivimos, y que requiere un alto grado de abstracción y los estudiantes no siempre pueden encontrar fácilmente analogías en la vida personal”, sostiene Vogt. “Imagínese todo esto en un país como el nuestro, donde tan sólo el 2% de los graduados pretende ser docente. La situación de la enseñanza es lamentable y, en la mayoría de los casos, los que dan clases de ciencias provienen de campos alternativos: son ingenieros o médicos, poco interesados en facilitar o renovar la manera de enseñar.”

Por ende, las razones que llevan a un estudiante a optar por seguir una carrera científica son sutiles. Según la investigación, 4 de cada 10 estudiantes se inclinarían por esta profesión por dos motivos: se viaja mucho y se trabaja con nuevas tecnologías. Para un tercio de los interesados, el sueldo, que es considerado atractivo, es también una variable que ha de tenerse en cuenta a la hora de elegir. Muy atrás, con menos del 18%, se encuentran motivos tales como descubrir cosas nuevas, solucionar los problemas de la humanidad y avanzar en el conocimiento. Bien por debajo, con menos del 5%, aparecen razones tales como ejercer una profesión socialmente prestigiosa o trabajar con gente calificada. En el terreno de los factores que desaniman a los jóvenes, el gran “villano” es la didáctica de las ciencias en clase, cosa que aleja de la cabeza de los estudiantes el deseo de seguir una carrera científica o de tener un futuro en el laboratorio. Después, para 6 de cada 10 alumnos, las dificultades para entender las materias se erigen como un filtro negativo. El “aburrimiento” aflige a la mitad de los jóvenes. De esto se desprende que otro factor que los desalienta es la idea de que la elección del área científica es seguir estudiando “indefinidamente”, algo que consideran efectivamente “aburrido”. En cuarto lugar, con un 24%, se encuentra el temor de que existan pocas oportunidades de conseguir trabajo en el área.

Eso no impide que los jóvenes vean a aquéllos que eligieron a la ciencia como profesión como figuras socialmente prestigiosas, cuyo trabajo es asociado a fines altruistas y al progreso, y la imagen de los científicos que predomina es la de unos enamorados de su trabajo, con mentes abiertas y un pensamiento lógico: ha quedado atrás el estereotipo del científico “solitario” y “alejado de la realidad”. No obstante, perdura un punto controvertido: los jóvenes están convencidos, en su mayoría, de que los científicos poseen una inteligencia superior, lo que, si bien puede verse como una característica positiva y atrayente, ahuyenta a los jóvenes, que no se consideran capaces de alcanzar los niveles de “esas figuras excepcionales”, y esto tiene efectos negativos sobre la elección de la carrera científica. “Es necesario analizar estos datos con base en su potencial, ya que es posible cambiar ese paradigma actual para revertir la situación, atrayendo no solamente a más jóvenes hacia las carreras científicas, sino también mejorando la experiencia de aprendizaje de la educación secundaria”, sostiene Polino.

Ante la afirmación de “que la ciencia aporta más beneficios que riesgos en la vida de la gente”, 7 de cada 10 entrevistados coincidieron con la premisa. Pero ante otra que sostiene que “la ciencia y la tecnología están produciendo un estilo de vida artificial y deshumanizado”, las posturas aparecen menos definidas y la respuesta más recurrente (el 21,5%) fue “no estoy de acuerdo ni en desacuerdo”. El contexto social reveló aspectos interesantes: los jóvenes de las escuelas públicas son menos entusiastas con relación a las comodidades que ofrece la tecnología. “No es de extrañarse que los que tienen menos acceso a ella se percaten en menor medida de su importancia en lo que hace a facilitar la vida de la gente”, dice Polino. Ante afirmaciones “contradictorias”, de que la ciencia “está acabando con puestos de trabajo” y que “la ciencia aportará más oportunidades de trabajo a las generaciones futuras” los resultados revelan que más jóvenes (un 37%) tienen miedo de perder su empleo por causa de la ciencia que los que se muestran optimistas con relación al futuro (un 32%). De acuerdo con los investigadores, las respuestas siguen el patrón de la juventud latinoamericana, para la cual la “meritocracia” en el trabajo es más un mito que una realidad. Y cuando el medio ambiente entra en escena, la cosa va peor.

De cara a las afirmaciones que sostienen que “la ciencia y la tecnología eliminarán la pobreza y el hambre del mundo” y que “la ciencia y la tecnología son responsables de la mayor parte de los problemas ambientales”, 3 de cada 10 estudiantes no creen en el poder de “cura” científico y la cifra repite en la certeza de que la ciencia está afectando al medio ambiente negativamente. En este caso también las mujeres muestran su visión: son las más escépticas, y 5 de cada 10 rechazan la capacidad de la tecnología para poner fin a las grandes llagas globales. Sin embargo, en el cómputo total existe un cierto optimismo juvenil: un 52% de los adolescentes se muestran abiertos y favorables a lo que la ciencia y la tecnología puedan realizar en nuestras sociedades, lo cual demuestra que no ya no impera la fe ciega y absoluta ante sus resultados, y se muestran más moderados y conscientes de los riesgos que los adultos, lo que, según dicen los investigadores, de aprovechárselo bien puede servir de base para erigir una ciudadanía más crítica y responsable. “La construcción de una central atómica en Angra sin consultar a la sociedad es hoy en día algo impensable. Los jóvenes presumen que existe un sistema que hace hincapié en la democratización de los procesos científicos, lo cual no implica votar a quienes van o no van a un laboratorio”, sostiene Vogt. “Aceptan una cultura científica que efectúe una conexión entre la razón y la humanidad, entre la ciencia y la sociedad.”

082-085_PercepcaoCiencia_192-2Esto quizá explique un dato curioso que surge en la investigación realizada por el Labjor. Si bien el principal camino del conocimiento científico sigue siendo la televisión, seguida por internet, la ciencia ficción, en libros, películas, cómics o videojuegos ocupa un honorable tercer lugar como fuente de información sobre ciencias para los jóvenes. “Junto con internet, estos medios diferenciados tienen un gran potencial para atraer a los jóvenes hacia la ciencia de manera lúdica e interesante; es una forma estratégica de llegar a ese estrato de la población para la divulgación de temas científicos”, dice Vogt. Incluso porque, en varios de los lugares investigados las instituciones oficiales son poco conocidas o incluso ignoradas, como así también lo son los lugares donde se puede hallar información sobre ciencia, tales como los museos o zoológicos. Por eso mismo, curiosamente, una ciudad como São Paulo, donde existe una concentración importante de centros de investigación y universidades, y el acceso a la información científica se ve favorecido por la presencia de museos y una rica oferta mediática, mostró índices de consumo informativo por parte de la población ubicados por debajo del nivel promedio.

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