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Vanderlan Bolzani

Vanderlan Bolzani: La química de los productos naturales

Léo RamosFueron las ganas de ser investigadora científica y desarrollar una química abocada a la comprensión del funcionamiento de la naturaleza lo que impulsó a Vanderlan da Silva Bolzani a abandonar la casa de sus padres en João Pessoa, estado de Paraíba, a mediados de los años 1970, y dirigirse hacia São Paulo para realizar su maestría. “Llegué con la cara y el coraje”, rememora Da Silva Bolzani, quien años más tarde se convertiría en docente del Instituto de Química de la Universidade Estadual Paulista (Unesp) en la ciudad de Araraquara e investigadora conocida internacionalmente por sus trabajos en el área de la química de productos naturales. “En esa época yo no tenía trabajo, y para mantener a una hija en São Paulo, una familia debía tener dinero. Mis familiares se reunieron y mi padre dijo que haría el mayor sacrificio para mantenerme durante los primeros meses y que luego debía hallar un modo de hacerlo por mi cuenta”, recuerda la investigadora.

Graduada en farmacia en la Universidad Federal de Paraíba, donde inicialmente había cursado medicina, Da Silva Bolzani es hija de una descendiente de portugueses que se casó con un descendiente de indios. Por eso, ella atribuye su interés por la química de la naturaleza a su herencia genética paterna, algo que consolidó durante su carrera de grado, alentada por los profesores que despertaron su pasión por el área de la química más cercana a la biología.

Edad:
64 años
Especialidad:
Química de productos naturales
Estudios:
Universidad Federal de Paraíba (UFPB), título de grado (1972); Universidad de São Paulo (USP), mestría (1978) y doctorado (1982); Virginia Polytechnic Institute and State University, posdoctorado (1992-1994)
Institución:
Instituto de Química de Araraquara de la Universidade Estadual Paulista (Unesp)
Producción científica:
198 artículos científicos, citados 2.377 veces. Dirigió 19 tesinas de maestría y 20 tesis doctorales. Supervisó 20 pasantías de investigación posdoctoral

Ni bien arribó a São Paulo, sufrió algunos contratiempos. El investigador que había aceptado supervisarla en su maestría, Paulo de Carvalho, falleció víctima de un infarto fulminante, y su colega de cuarto tuvo una crisis epiléptica. El apoyo de su familia resultó crucial para que no lo abandonara todo en ese momento ni más adelante, mientras hacía el doctorado y ya tenía dos niños pequeños, cuando su marido, el sociólogo Jorge Bolzani, de 38 años, sufrió un accidente cerebrovascular (ACV) que le impidió trabajar por el resto de su vida, hasta su muerte acaecida en 2011, a los 60 años.

Esas y otras adversidades no acobardaron a esta “nordestina tímida”, quien bajo la dirección de su gran maestro, el químico Otto Gottlieb, uno de los pioneros en la química de productos naturales en Brasil, alcanzó reconocimiento nacional e internacional, e incluso fue galardonada con el Distinguished Women in Science, en 2011, concedido por la American Chemical Society (ACS) y la International Union of Pure and Applied Chemistry (IUPAC).

Más allá de su doble trabajo como madre (ahora también es abuela) e investigadora, Bolzani cumple un rol destacado en la política académica, procurando extender la cooperación internacional y entre distintas áreas de la ciencia, así como reducir los rancios rasgos culturales que obstaculizan el ascenso de la mujer a los cargos académicos directivos. Fue presidenta de la Sociedad Brasileña de Química (SBQ) entre 2008 y 2010 y actualmente es vicedirectora de la Agencia de Innovación de la Unesp, donde coordina a un grupo de científicos que han investigado alrededor de 170 extractos vegetales y aislaron 640 sustancias, algunas con potencial interés farmacológico.

A continuación, lea los tramos principales de la entrevista concedida a Pesquisa FAPESP.

¿Cuál fue el premio más significativo entre los que ha recibido?
El Distinguished Women in Science, un premio mundial, por el que compiten mujeres de todos los continentes. Se eligieron algunas representantes de cada continente, nominadas por las sociedades científicas y por investigadores. A mí me propusieron el profesor Adriano Andicopulo y Alejandra Palermo, de la Royal Society of Chemistry, además de otros colegas extranjeros, entre ellos Gerard Bringmann, de la Universidad de Wurzburgo, en Alemania, y Leslie Gunatilaka, de la Universidad de Arizona, en Estados Unidos, del área de productos naturales.

¿Eso cuándo fue?
En 2011, el Año Internacional de la Química, cuando también se rindió un homenaje a las mujeres en la ciencia y se conmemoró el centenario del Premio Nobel concedido a Marie Curie. Fui la única representante de América Latina en una competencia mundial para químicas e ingenieras químicas, proveniente del área de productos naturales. Entre los premios recibidos en Brasil, quiero destacar la medalla Simão Mathias, que también me concedieron en 2011, destinada a científicos que brindaron un gran aporte a la química. Ahora, en 2014, obtuve el Capes-Elsevier, por mi producción académica. Se trata de un premio para mujeres de diversas ramas de la ciencia, y me parece relevante que se le haya concedido a alguien de productos naturales, porque en la química, como en el resto de las ciencias, es algo común la competencia entre áreas que se consideran más importantes que las otras.

¿Cómo surgió su interés por la química de productos naturales?
Debe provenir de alguna herencia atávica. Nací en una ciudad muy pequeña, Santa Rita, cercana a João Pessoa, donde lo único que había era una tejeduría. Mi madre no venía de una familia pobre. Mi padre, con ascendencia indígena, muy pobre y muy inteligente, era mecánico de motores diesel. No poseía estudios técnicos, pero sabía tanto como un ingeniero mecánico. Cuando yo cursaba la etapa de alfabetización, nos mudamos para Cabedelo, una ciudad portuaria, y mi madre decidió enviarme a estudiar a una colonia de pescadores, en la playa Formosa, que era hermosa, con un cocotal enorme. La escuela estaba ubicada al borde de la playa y como yo era muy curiosa, le preguntaba a la profesora por qué el mar subía y después bajaba. Me contestaba que yo era muy chica para entenderlo. Lo mismo le pregunté a mi mamá, y ella, que era muy católica, me dijo que era obra de Dios. Creo que así fue que empecé a interesarme por la naturaleza.

¿Pero cómo fue que eso la condujo a la química?
Mi padre quería que todos sus hijos estudiasen. En la secundaria, elegí el curso de orientación científica. Yo me identificaba más con la medicina y mi papá se puso orgulloso, ¡imagínense, tener una hija médica! En João Pessoa se fundó el Colegio Universitario, similar a los colegios de aplicación, y quien aprobase el ingreso obtenía el derecho a un cursillo gratis. Aprobé. Mi madre, a su modo, me ayudó bastante para que estudiara medicina. Ella bordaba mantas, vestidos, hacía bordados portugueses a mano, para ayudarle económicamente a mi padre, y en esa época bordaba hasta la madrugada, como una especie de complicidad materna para que yo estudiara hasta tarde.

¿Y qué tal fue cursar medicina en la UFPB?
Me decepcionó. Las primeras clases, de fisiología y de anatomía, eran muy teóricas, y yo estaba ansiosa por la práctica. Al mismo tiempo, en el ciclo básico, quedé maravillada con las clases de bioquímica. Al finalizar el segundo año abandoné la carrera.

¿Influyeron los profesores para su conexión con la bioquímica?
Ellos fueron muy importantes. Tenía un profesor de hematología, Jackson Medeiros, que hablaba de la bioquímica y de la química de un modo tan cautivante que me indujo más pasión por la química que por la hematología. Cuando ingresé en farmacia, me encontré a mí misma.

¿Su familia protestó?
Sólo mi padre opuso un poco de resistencia. Me planteó que cómo iba a dejar la medicina para ser farmacéutica si ellos no tenían dinero para montarme una farmacia. Para la gente más sencilla, sin tanta información, medicina, ingeniería y derecho son las carreras que otorgan más estatus.

¿Usted ya tenía claro que se dedicaría a la investigación científica?
Para nada, hice análisis clínicos, guardias de emergencias, y recién tuve claro que quería investigar cuando comencé a estudiar farmacognosia, una materia básica de la carrera de farmacia. En aquella época, la universidad atravesaba un período de transformaciones y llegaron docente visitantes de química orgánica a Paraíba. Asistí a las clases que impartieron Lauro Barata, de la Unicamp, quien por entonces ya sería posdoctor de la Universidad Federal de Río de Janeiro [UFRJ], Therezinha Tomassini, por entonces docente del departamento de productos naturales en la UFRJ, y Roberto Cisne, profesor del Instituto Militar de Ingeniería [IME] en Río. Eran muy competentes, hablaban con gran pasión de la química de las plantas y eso despertó mi interés. Esa tendencia, que en mí ya era manifiesta, se consolidó entonces durante la carrera.

¿Cuándo decidió venirse a São Paulo?
Fue una decisión que también me inspiraron mis maestros, entre ellos un profesor de análisis clínicos, Wilmar Nunes de Brito, uno de los pocos de la UFPB que en esa época poseían un máster. Él lo había realizado en el Instituto de Química de la USP [IQ-USP], bajo la supervisión de Paulo de Carvalho. Intelectualmente era fascinante, como un padre, y me estimulaba diciéndome que yo tenía estilo de científica. Él le envió una carta de recomendación al profesor Carvalho, quien respondió diciendo que sería un placer recibirme como maestranda, pero que debía sortear una prueba. Ése fue el primer paso. En el nordeste siempre se planteaba el dilema: ¿ir a São Paulo o a Río de Janeiro? El profesor Paulo de Carvalho me dijo que São Paulo contaba con una estructura de investigación más sólida. Entonces me vine, con la inseguridad de quien, con 22 años, abandona el refugio familiar.

¿Obtuvo una beca de estudios?
No, vine con la cara y el coraje. Mi familia hizo una reunión, y mi padre dijo que haría todo para bancarme los primeros meses y que después yo tendría que conseguir una beca o trabajar para mantenerme. Al llegar, me albergué en un hotelito en la calle Teodoro Sampaio. Después estuve algunas semanas en la calle Fradique Coutinho, en casa de Edna, la hermana de Maria Coeli y cuñada de Saulo Almeida de Ataíde, hoy en día director del Hospital Napoleão Laureano, el hospital del cáncer de João Pessoa. Finalmente, me mudé al Crusp [el Complejo Residencial de la USP].

¿Eso fue en 1975?
Exacto. Cuando fui a inscribirme en la maestría del IQ-USP me topé con la dura realidad contrapuesta aún hoy entre el sudeste rico y el nordeste pobre. En la USP, así como en São Paulo, sufrí el prejuicio contra los nordestinos. Creían que nuestra educación era inferior, y la mía no lo era, tuve una educación excelente. Vine para hacer el magíster bajo la dirección de Paulo de Carvalho, pero él no trabajaba con química de productos naturales, hacía química farmacéutica. No obstante, yo quería hacer mi máster en la USP de cualquier manera y, en el Crusp, compartí el departamento con una gaúcha, que estudiaba biología y ya era profesora asistente. Un día estábamos conversando y ella sufrió una crisis epiléptica. Casi me muero, no sabía qué hacer. Era un fin de semana y no había casi nadie; fue un estrés tremendo. Hubo también otro hecho trágico, ni bien llegué: Paulo de Carvalho falleció, víctima de un infarto fulminante. Con su muerte quedé sumida en la desesperación.

Y desamparada.
Pensé: “Me vuelvo”. Pero no podía, hubiera significado un fracaso. En esa época, hablar por teléfono era algo complicado y mi madre me envió un telegrama: “Ten calma y sigue firme”. Me dirigí al Instituto de Química para hablar con la coordinación y elegir otro supervisor. Ahí, por esas cosas del destino, una persona en el pasillo me preguntó si estaba buscando a alguien. Era Mário Motidome, profesor de química de productos naturales. Me invitó a su oficina y le conté lo que había sucedido. Él y el profesor Carvalho eran muy amigos y en el departamento estaban todos consternados. Los laboratorios de investigación estaban todos en el pabellón 11, el B-11: en la planta superior estaba química farmacéutica y debajo, química de productos naturales, con el profesor Otto Gottlieb, que ya era muy famoso. Junto a Motidome hice mis primeros pasos en la investigación, con una planta de nombre difícil, Mikania hirsutissima. Parecía que los horizontes se me abrían, fue una etapa muy buena. Como tenía que estudiar para el examen de la maestría, él me dijo que podía pasar un tiempo ahí para ir conociendo el ambiente. Fui a la carrera de grado y cursé fisicoquímica y química inorgánica para prepararme para la prueba. Durante esa etapa me topé en varias oportunidades con el profesor Otto Gottlieb y pensé en hacer la maestría con él. Pero para presentarme al máster tenía que demostrar que era buena alumna y aprobar el examen.

¿Cómo era su rutina?
Estudiaba, organizaba datos, hacía plaquitas cromatográficas, aprendí a purificar sustancias, algo preliminar, pero fundamental para lo que quería hacer. El profesor Gottlieb, jefe del laboratorio, era brillante, muy rígido y metódico, características importantes en un científico. El laboratorio era un desorden, pero las plaquitas y todo lo demás había que registrarlo. Yo llevaba un cuaderno de investigación con todo anotado, que aún conservo. Lo gracioso es que yo soy medio desordenada, pero les impongo organización a mis alumnos, que tienen que tener sus cuadernos. São Paulo fue una gran escuela y me mostró las contradicciones que tenemos en el país e incluso a excelentes y maravillosos que conocí y de quiénes soy amiga. Uno de ellos fue Hans Viertler, quien también trabajó en la FAPESP y ya se jubiló. Él era docente de estereoquímica, importante para adquirir noción de arreglo molecular en el espacio y sus propiedades. Iba a tomar cervezas con nosotros, y daba unas clases maravillosas. Varias veces nos quedamos hasta tarde conversando sobre muchos temas extracientíficos y hasta de fútbol. Él jugaba en la cancha que está frente a Química con Jorge [Bolzani], con quien me casé. Era un profesor fascinante y solidario. En la etapa en que vivía sola en el Crusp, con poco dinero, me enfermé de neumonía y estuve a punto de suspender mi matrícula, pero él me dijo que no lo hiciera. Que me quedara haciendo reposo, tomando los remedios y alimentándome bien y él me pasaba las clases a las que no podía asistir. No perdí la materia durante ese período gracias a su generosidad.

¿Fue importante esa ayuda?
Muy importante. La maestría fue un período de intenso crecimiento personal. Conocí a Jorge y tuve discusiones enriquecedoras en el bar Rei das Batidas, cerca de la USP. Aunque era farmacéutica y estudiante de química, mantenía mi cabeza abierta, con espíritu político, conciencia social, y amigos en geografía, sociología, de la Poli, de química. El debate con compañeros de áreas distintas era valioso, información con educación, algo que nos diferenciaba de algunos alumnos de ahora, que poseen mucha información y poca educación.

¿Cuál fue el tema de su tesina de maestría?
Una Euphorbiaceae de la Amazonia, diferente a las habituales Lauraceae y Myristicaceae que investigaba el profesor Gottlieb.

¿Qué características tienen?
Son abundantes en dímeros de C6-C3, los lignoides, sustancias fenólicas biológicamente importantes. Los monómeros de C6-C3 son moléculas que constituyen la estructura de sostén de las plantas, las ligninas. Gottlieb incluso diferenció a los lignoides, clasificándolos en ligananos y neolignanos, de acuerdo con la vía de biosíntesis. Massuo Kato, del Instituto de Química de la USP, intenta probar esa clasificación estudiando las Piperaceae. Son importantes para la defensa de las plantas. Como esas sustancias son biológicamente activas, algunas son modelos de fármacos.

¿Lo que Gottlieb quería entender era la estructura de los lignanos?
No sólo la estructura, sino también hallar la relación entre la química y los aspectos biológicos y taxonómicos. Como químico, él ya consideraba esenciales en ese entonces a los metabolitos secundarios para la comprensión de la biología y la filogenia de las plantas. Fue un gran defensor de la quimiotaxonomía y demostró que la química confirma la taxonomía. Eso fue un gran aporte para la filogenia de las plantas. Fue un pionero de esos estudios en Brasil. La química de productos naturales moderna le debe mucho al profesor Gottlieb, de aquí, y a los profesores Bem Gilbert y Walter Mors, de la UFRJ. Entre los tres educaron a toda una generación de investigadores en Brasil. El profesor Gottlieb fue el único brasileño propuesto para el Nobel en dos oportunidades. Cuando entré en el laboratorio, él era un full professor y disponía de asistentes, que se hacían cargo de los alumnos ‒en mi caso, ésa era la función de Marden Alvarenga‒, alguien muy importante en mi educación. Era incisivo y, como yo era nordestina y tímida, él me alentaba. Estudié una planta de la Amazonia del género Croton, de la familia de las Euphorbiaceae, que volví a estudiar ahora, a causa de sus péptidos. Era una planta que Gottlieb no tenía en la mira.

¿Y por qué llegó a ella?
Marden había desarrollado su tesis doctoral con esa familia de plantas y descubrió algunos terpenos muy distintos, que contenían bromo, algo común en los organismos marinos. Logré aislar una sustancia desconocida, y él me insistía: “Sigue purificándola, porque aún está impura”. En aquella época, dilucidar la estructura de una sustancia nueva implicaba un enorme desafío. Como trabajábamos con compuestos fenólicos, las señales detectadas en los espectros de resonancia magnética nuclear (RMN) a 60 megahertz parecían ser impurezas. Cuanto más la purificaba me iba quedando sin material y los haces espectrales de la resonancia magnética indicaban lo mismo. Luego de unos seis meses, llegó a la UFRJ el profesor Gabor Lukacs, experto en RMN de carbono 13, que estaba comenzando. Pasé una semana en Río y, cuando regresé, propuse la estructura del diterpeno y le enviamos la sustancia a Hugo Gottlieb, el hijo del profesor Otto, que ya era profesor en el Instituto Weizmann, en Israel. Nos envió como respuesta que no contenía impurezas, la sustancia poseía un núcleo furánico y era un terpeno completamente diferente. Nos llevó bastante tiempo determinar y publicar su estructura correcta. Para ese entonces, en Estados Unidos ya comenzaban a compilar datos de productos naturales para elaborar los software de estructuras de productos naturales. El famoso profesor Carl Dejerassi le envió una carta al profesor Otto Gottlieb solicitándole los datos del diterpeno para incluir esa molécula, la diasiína, en la compilación de datos espectrales para editar los software de pronóstico de estructuras moleculares.

¿Qué es la diasiína?
Es la sustancia que aislé, un diterpeno labdano rearreglado, una tipo de moléculas con 20 átomos de carbono. Los diterpenos son metabolitos secundarios, una denominación que alude a la creencia de que eran desechos de las vías metabólicas primarias y no cumplían ninguna función. Esas sustancias son importantes para regular el funcionamiento y la defensa de las plantas y otros organismos. La naturaleza no gasta energía para producir cosas sin ninguna función. A través de distintas vías metabólicas se forman los productos naturales, tales como los lignanos, flavonoides, diterpenos, alcaloides, iridoides, entre otros, muy importantes para la regulación, defensa y equilibrio de la naturaleza. Esas vías metabólicas no son aleatorias. Las características genéticas inciden en los tipos de reacción química que ocurren en las diferentes especies y tornan posible la clasificación de las plantas con base en los metabolitos que producen. Existen ciertas clases de compuestos que sólo se forman en determinadas especies de plantas y funcionan como marcadores. Eso fue lo que hice en el doctorado en quimiotaxonomía, una herramienta valiosa para la comprensión de las plantas y su filogenia.

¿Empezó su doctorado inmediatamente después de la maestría?
Me casé y terminé la maestría embarazada de mi primera hija. En esa época me surgió una oportunidad de trabajo en la Universidad Federal de Paraíba. Mi hija nació en marzo y tomé el cargo el 5 de mayo, como profesora colaboradora. Era una forma de regresar a mi universidad y junto a mi familia. Nos fuimos a vivir a la playa, algo maravilloso. Pero entonces comenzaron los problemas de la adaptación: Jorge protestaba porque el trabajo del día se extendía hasta la noche, que la librería no tenía los libros que él necesitaba… Él era paulistano y para un paulistano, vivir en João Pessoa a finales de los años 1970 no era algo fácil. Entonces surgió una oportunidad para regresar, él consiguió empleo en la empresa Phebo. Me comuniqué con el profesor Gottlieb y le dije que haría el doctorado. Ahí mi historial académico se confunde con mi vida personal: iba en el vuelo de regreso a São Paulo con mi hija en brazos y al lado mío se sentó una señora, Maria Aparecida Pouchet Campos, que trabajaba en la Capes y era directora de la Facultad de Ciencias Farmacéuticas de la Unesp de Araraquara. Mariana era una dulzura y ella comenzó a jugar con la beba. Después me dio una tarjeta y me dijo que todo lo que quería en farmacognosia era alguien que trabajara con Otto Gottlieb. Como de todos modos iríamos a São Paulo, me decidí a ir a verla en Araraquara. Al llegar allí, me encontré con compañeros de química que hicieron su maestría conmigo. Quedaron entusiasmados. Fui a la carrera de farmacia entonces.

¿Cómo concilió el doctorado en la USP con las clases en Araraquara?
Yo no lo había iniciado aún. Fuimos a Araraquara, donde había una posibilidad de crear la maestría en sociología rural y urbana, y Jorge quería que lo dirigiera Maria Aparecida de Moraes Silva, que estaba en São Carlos. Era una oportunidad para que los dos regresáramos juntos, con empleo, a São Paulo. El padre de mi marido tenía una empresa de cosméticos en Diadema, que quebró. Finalmente, Jorge dijo que podríamos hacerlo porque estábamos cerca; no era tan cerca, pero éramos jóvenes y nos parecía que sí.

¿Cómo fue el comienzo de su vida académica en Araraquara?
Entré en farmacia entusiasmada con poder realizar mis proyectos. El primero que encaré fue con Rubiaceae, la planta que ya estaba estudiando en la maestría. Eso no salió bien, porque tenía que hacer el doctorado y el profesor Gottlieb me dijo: “Al ser madre no puedes viajar todo el tiempo, haz un estudio teórico. Veamos lo que esas moléculas nos dicen sobre la evolución, la filogenia de las plantas, qué contribuciones podemos ofrecerle a la botánica, a la taxonomía, a la biología”. Entonces salí del laboratorio y me dediqué a hacer un trabajo teórico, algo que fue bueno para mi formación. Fue una etapa prometedora. En 1990 obtuve una beca otorgada por el Servicio Alemán de Intercambio Académico [DAAD] y pasé un mes en Alemania.

¿Cuál fue su trabajo de doctorado?
Estudié el orden Gentianales completo y elaboramos un hermoso estudio sobre la evolución de los alcaloides indólicos en la naturaleza. El trabajo con el taxón Rubiaceae en esa línea que publiqué junto al doctor Gottlieb fue un éxito. Había un taxonomista famoso, Elmar Robbrecht, que estaba diseñando una nueva taxonomía para las rubiáceas, algo complejo desde el punto de vista biológico, para esa familia de plantas que abunda en todo el mundo y de la cual se extraen productos de gran valor económico. Quedó encantado, porque utilizando solamente los datos químicos, arribamos a la misma conclusión que él en su nueva taxonomía. Él publicó un artículo en una revista famosa, citando nuestro trabajo, y nos invitó a un congreso internacional, en Bélgica. Fue algo estupendo, porque era la primera vez que viajaba para brindar una conferencia de 50 minutos y aún era casi una estudiante.

¿Ese trabajo encauzó su carrera como investigadora?
Cada día estaba más decidida a emprender una línea de investigación. Conversando con el profesor Gottlieb, él me dijo que no tenía a nadie trabajando en el ecosistema marino y que yo podría hacer un posdoctorado en esa área y encauzar la investigación hacia algo completamente distinto. Quedé entusiasmada, pero entonces ocurrieron los infortunios: Jorge sufrió un ACV isquémico a los 38 años y quedó muy mal. Tuve que parar todo. Pedí licencia en la universidad y, cuando regresé, ya no quise saber más nada del ambiente marino.

¿Durante esa etapa se quedó aquí o en Araraquara?
Aquí y allá. En un primer momento, Jorge estuvo internado en el Hospital Albert Einstein. Después lo trasladamos a la casa de su madre, porque tenía que hacer fisioterapia y necesitaba asistencia. Yo venía los viernes y regresaba los martes. En uno de esos viajes, tuve un accidente con el auto, que dio varios tumbos. No me morí porque no me tocaba. Durante ese período pasé mucho tiempo en la USP, en el laboratorio de Massayoshi Yoshida.

¿Solicitó licencia de su cargo en Araraquara y se quedó investigando?
Durante los primeros seis meses pedí licencia completa. Tenía a Mariana y Tiago que eran pequeños. Creí que iba a perder mi carrera y seguí dando clases; prácticamente abandoné mis investigaciones. Pero Jorge mejoró bastante y me dijo que no debía malograr mi carrera. Me hizo dudar, pero nos pusimos de acuerdo y me fui con los dos niños a Estados Unidos en 1992, una gran experiencia también para ellos. Entonces hice mi posdoctorado con David Kingston, en la Virginia Tech (Instituto Politécnico y Universidad Estatal de Virginia).

¿Su marido no volvió a trabajar?
No pudo. Hacía mucho trabajo voluntario, porque había momentos en que estaba perfecto y podía hablar de la obra de Karl Marx de punta a punta. Pero de repente sufría lagunas y no lo lograba. Falleció a los 60 años. Fueron 22 años de lucha. Al final, se volvió medio hippie aventurero. Él amaba Bahía y se fue a vivir a una posada en Valença. En 2011, en el Año Internacional de la Química, yo estaba en París cuando él se descompuso en Bahía y una amiga llamó para avisarme. De ahí lo trasladaron a Salvador y, tras sufrir un infarto, tuvo que regresar a São Paulo. Desde entonces y hasta su muerte, en septiembre de ese año, me quedé prácticamente aquí.

Mientras tanto, usted desarrolló toda una carrera.
Fue una lucha, pero también fue gratificante. El posgrado recién se estaba armando y decidí que iba a crear un laboratorio modelo de química de productos naturales. Para eso necesitaba un equipo. Puse manos a la obra y fui la primera en trabajar con química de productos naturales con ese enfoque filogénico en el IQ-Unesp. Si tenemos ciencia básica de calidad, podemos trabajar con lo mejor de la química de productos naturales y colaborar con la gente de farmacología, de toxicología y de la biología para comprobar si logramos hallar alguna biomolécula que tenga aplicación. Con esa perspectiva, comenzamos a estructurar los proyectos.

¿Eso cuándo fue?
En 2000. Trabajé durante algún tiempo con Aristolochiaceae, junto a la profesora Lucia Xavier Lopes, pero enseguida cambié a una línea de investigación con Rubiaceae y obtuve mi primer Apoyo a la Investigación de la FAPESP. Después se sumaron Marcia Nasser, Maysa Furlan y el resto de los colegas, que ahora son siete, quienes integran el NuBBE, Núcleo de Bioensayos, Biosíntesis y Ecofisiología de Productos Naturales. La química de productos naturales de aquí era bastante tradicional: aislar, establecer estructuras y publicar. Nosotros queríamos entender mejor la naturaleza, tratar de hallar la relación entre la biosíntesis y la función de las macromoléculas en las plantas, así como su efecto farmacológico. Cada día estábamos más convencidos de que la naturaleza, en el curso de la evolución, no produjo un laboratorio químico tan sofisticado para sintetizar cientos y cientos de sustancias sin ninguna función. Existen compuestos biológicamente activos que podemos utilizar como prototipos para la elaboración de fármacos. Pero la naturaleza no lo hizo para el ser humano. Ella lo produce para su propia preservación y equilibrio. A partir de ese enfoque, comenzamos a estructurar nuestro laboratorio. Junto a Alberto Cavalheiro, que es brillante en métodos de separación, el NuBBE creó una excelente plataforma analítica volcada a los productos naturales, principalmente, porque ahora nuestro laboratorio es verde. Angela, Dulce e Ian completan el equipo del NuBBE.

¿Qué es un laboratorio verde?
Es un laboratorio sostenible. No utiliza clorados, ni solventes tóxicos. Todo el mundo hablaba mal de la química de productos naturales, porque era una química sucia. Para aislar algunos miligramos de una sustancia pura, se empleaba una gran cantidad de solvente clorado y orgánico, que es tóxico y se acumula en la naturaleza. Los métodos de separación que utilizan etanol, agua y acetona fueron establecidos recientemente por Cristiano, un posdoctor bajo la supervisión de Cavalheiro.

¿Desde cuándo ustedes son verdes?
Desde hace tres años. Contamos con un laboratorio muy bien montado a partir del programa Biota. En 1998, cuando estábamos armando el laboratorio, realizando las primeras reuniones con Sonia Dietrich, ella me invitó a una reunión del programa Biota en Campinas. Me dijo que yo poseía reunía los requisitos como para remitir un proyecto sólo de química de productos naturales en el marco del Biota.

¿Se trataba del BioProspecta?
Después se convirtió en eso. Al principio era un proyecto único de bioprospección de sustancias de la Amazonia y del Cerrado. Fue mi primer proyecto temático, logramos realizar recolecciones muy bien organizadas y adquirimos equipamientos de espectrometría de masa de alta resolución.

Ustedes mismos hacían los análisis.
Hacíamos la parte química y la gente de farmacia y de botánica, los análisis de actividad.

¿En animales o en células?
Hacíamos test in vitro. En esa etapa logramos formar recursos humanos altamente calificados y realizamos colaboraciones internacionales. Pudimos realizar estudios no sólo en fitoquímica, de compuestos producidos por las planteas, sino también con hongos endófitos, que viven en el interior de las plantas, y con algas marinas, coordinados por Angela y Dulce. No trabajamos solamente con la parte analítica, sino también con biosíntesis, bajo la coordinación de Furlan, y con ecología, a cargo de Cavalheiro e Ian. Tenemos interés en descubrir cómo se comportan esas sustancias en las plantas. Ahora, antes de jubilarme, estoy armando un grupo interesado en péptidos producidos por plantas. Pocos estudian eso en Brasil. Los péptidos desempeñan varias funciones importantes. Algunos son antipalúdicos, antichagásicos y antitumorales. Estoy interesada en comprobar su función en las partes donde son producidos en las plantas. Estamos trabajando con plantas de la caatinga, un ecosistema muy seco. Si logramos probar que esos péptidos son los responsables del funcionamiento de los estomas que permiten la supervivencia de las plantas en esos ambientes, será algo muy importante para la comprensión de ese ecosistema.

Si usted llega a la conclusión que, de hecho, los estomas evitan la pérdida de agua, se habrá entendido un mecanismo de preservación en ambientes extremos.
Exacto. Es algo muy importante demostrar cómo es que las plantas resisten en esos ambientes. Hay pocos estudios en relación con nuestras plantas y nuestros ecosistemas.

Más allá de las colaboraciones internacionales, usted también ha trabajado en forma multidisciplinaria. ¿Cómo fue esa experiencia?
Siempre consideré a la química una ciencia central y plural. Y nadie domina todo, por eso la cooperación es fundamental. Realizamos colaboraciones en el área de la biología, de la física y, principalmente, de la farmacología. El trabajo conjunto con el grupo de Glaucius Oliva, que es físico, fue interesante porque él se dedica a la síntesis de proteínas y cuenta con una larga experiencia en base de datos. La colaboración con él se dio en gran medida, en función del trabajo con Adriano Andricopulo. Un día le mencioné que quería elaborar una base con las sustancias que habíamos aislado, aquellas 640. Deseaba poner a disposición toda la información para que la gente, las empresas y universidades pudieran consultarla.

¿Cómo se llama esa base?
NuBBE Database. Tiene un gran éxito en el exterior, pero registra escasos accesos desde Brasil.

¿Esa base comenzó a elaborarse recientemente?
Hace un año y medio. Yo ya albergaba la idea, pero no sabía cómo plasmarla, por eso la importancia de la colaboración. Tenía una alumna brillante que iba a hacer doctorado en química medicinal. Conseguimos un profesional de informática y él desarrolló el sistema computacional. Creamos un sistema abierto donde podemos agregar variada información. Existen muchas bases de productos naturales tradicionales que cuentan con los datos de la especie y de la familia de plantas, de la estructura de los compuestos e informaciones fisicoquímicas. Las bases de química medicinal generalmente poseen otras propiedades importantes para la farmacología. La particularidad de la nuestra es que conjuga ambas cosas.

¿Ustedes están interesados en lograr que esas moléculas lleguen a la industria de productos cosméticos y medicamentos?
Hablé con João Batista Calixto, de la Universidad Federal de Santa Catarina, quien se encuentra interesado en algunas de ellas. Él coordina el CIEnP, un centro de investigaciones preclínicas, y quiere comenzar a realizar pruebas con las plantas que estudiamos. Por ahora no puedo decir nada más. Solicitamos el registro de patente para una y estamos en proceso de efectuar la prueba de concepto. Ya tuvimos colaboraciones con empresas. Una finalmente se canceló.

¿Fue el caso de la molécula con potencial efecto contra el mal de Alzheimer, cierto?
Esa molécula es un inhibidor reversible de la enzima acetilcolinesterasa. Cerramos trato con Apsen, una empresa farmacéutica que elabora productos contra enfermedades neurodegenerativas. Ellos invirtieron en los primeros estudios extraacadémicos, pero luego cancelaron el proyecto. Eso ocurre con muchas moléculas, tanto aquí como en el extranjero.

¿Hubo alguna complicación en la fase industrial?
Una cosa es el desarrollo de un fitoterapéutico, que es un extracto, un compuesto estándar que pasó por test de farmacología, eficacia, seguridad. Otra es el escalonamiento de producción de un fitomedicamento, una sustancia pura. Para evitar devastar a la naturaleza, la síntesis en laboratorio de una sustancia de arreglo molecular complejo que la planta produce por miligramos resulta fundamental, pero no es algo sencillo. Creo que fue por eso que el proyecto con esa molécula fue anulado.

¿Y en qué quedó todo?
Ellos cancelaron el trabajo y nos permiten presentárselo a otra empresa. Calixto está interesado en ella si la modificamos para utilizarla en el control del dolor neuropático. Pero ya no estábamos en condiciones de recolectar la planta para obtener el material y realizar la alteración estructural.

¿Ustedes interactúan con la industria de cosméticos?
Tuvimos dos proyectos conjuntos con Natura, un Finep y otro FAPESP. La prueba de concepto es importante para que la empresa pueda utilizar lo que le ofrecemos. Ellos empiezan, pero luego lo abandonan.

¿El problema son los ensayos preclínicos?
Así es. Es algo difícil de hacer Brasil. Ahora, con ese laboratorio que ostenta un estándar internacional de calidad, tal vez resulte más fácil también la realización de esa fase. Podría haber empresas brasileñas interesadas, y multinacionales también. No veo ningún problema en eso, siempre que los contratos estén bien estructurados. Es lo que hace China.

¿Por qué no avanzamos?
Hacen falta políticas. En el ámbito estadual existe la FAPESP, que cuenta con los Pipes, Pites y ahora también los Cepids. A nivel nacional existe la Ley del Bien, que otorga beneficios fiscales para quienes hacen innovación, pero se necesita despertar una nueva mentalidad en el sector empresarial brasileño. En el área de cosméticos está Natura, una importante empresa nacional que proyecta bastante, pero hasta ahora no realiza innovaciones radicales en el sentido del lanzamiento de productos basados en la hard science. La multinacional L’Oréal, que se está instalando en Río de Janeiro, siempre mantuvo su enfoque en la síntesis, y está intentando cambiar eso en Brasil. Ellos poseen laboratorios muy sofisticados en la Unión Europea, en Estados Unidos y en Asia e investigadores muy competentes que publican sus resultados en revistas científicas del área. Nuestra biodiversidad contituye un gran arsenal que podría utilizarse. En la reunión de la SBPC brindé una conferencia sobre el desarrollo sostenible de la Amazonia, donde lo que se hace es puramente extractivo. Debemos dar trascender el extractivismo pero no lo hacemos. Nuestro sector farmacéutico es muy reducido. Las multinacionales dominan el área y realizan investigaciones en los laboratorios instalados en sus países de origen.

¿Nosotros podríamos hacerlo también?
Claro que podríamos, pero deberíamos contar con un programa del Estado brasileño. La FAPESP elaboró un proyecto de cooperación por 10 años con GlaxoSmithKlein, que comenzó a realizar investigación básica y aplicada y está avanzando. También hay otro modelo que es el de los INCTs. Quizá en el futuro nosotros podamos imitarlos. Somos el país del futuro.

¿Faltan piezas en ese contexto?
Ahora están las agencias de innovación que funcionan como nexo. En el estado de São Paulo contamos con un ambiente que promueve la investigación científica de calidad y la convocatoria a empresas para dar el salto. La industria farmacéutica es de altísimo riesgo. El costo Brasil es muy elevado y desalienta la inversión del empresariado en función del riesgo permanente.

¿Sería necesario llegar al estudio clínico para despertar el interés de las empresas?
Cuanto más se avance, más fácil es la colaboración. ¿Por qué en el extranjero lo logran? ¿Por qué no hay una empresa nacional que monte esa estructura de investigación y dé ese paso? Representaría una diferencia enorme para ella y para Brasil. Las multinacionales poseen laboratorios muy bien montados en el exterior.

¿Pero sólo los grandes los logran?
Si hubiera un mecanismo que redujera los costos, se podría generar empleo para los doctores más capacitados, porque ya no tienen oportunidades de desarrollo en las universidades, y eso haría posible la investigación dentro de la propia empresa, tal como ocurre en GlaxoSmithKlein, en Merck. Algunas están comenzando a hacerlo, como en los casos de Natura y Cristália, pero hace falta avanzar bastante en ese ámbito tan competitivo. ¿Quién gana? China.

¿Pero Cina y la India no hacen mucho me too, medicamentos producidos a partir de moléculas conocidas y alteradas, y no fármacos innovadores?
Pero incluso para hacer me too es necesario poseer expertise. En cuanto a eso, China invierte mucho. La base es grande y ellos trabajan como hormigas, al igual que Japón, que ahora crea cosas nuevas, pero antes sólo copiaba. Eso tiene que ver con nuestra desorganización cultural y nuestra base de personal calificado todavía es pequeña.

En simultáneo con las investigaciones, está su actividad política dentro de la comunidad científica. Usted fue presidenta de la Sociedad Brasileña de Química.
Fui la primera mujer. En nuestra área, hay muchas mujeres en las carreras de grado, en las maestrías y doctorados. Pero el número de las que crecen durante sus propias carreras es pequeño.

¿Ese panorama no debería cambiar con el aumento del número de mujeres en la base del sistema?
La base viene creciendo en los últimos 40 años, pero no hay cambios. Existe un componente cultural machista, que también alimentamos nosotras, las mujeres. Conozco mujeres que son muy capaces, pero se las arreglan para dejar que el hombre sea quien figure. Se trata de una complicidad para el mantenimiento de la pareja y de la familia.

¿Las mujeres no luchan por ocupar los cargos o se lo impiden?
Ellas ascienden, pero tal vez sean menos competitivas que los varones. O menos eficaces para competir. Creo que hay un componente cultural que desalienta la creatividad en las chicas al decirles que la física, la química y la matemática son cosas de varones.

¿Cómo fue su presidencia de la SBQ?
Fueron dos años muy gratificantes. Impulsamos las colaboraciones internacionales. Tenemos varios programas con la American Chemistry Society, la Royal Society of Chemistry y la Iupac [International Union of Pure and Applied Chemistry]. Realizaremos el congreso de la Iupac en 2017, acá en Brasil. Ése es el simposio más importante y es la primera vez que se hará en América del Sur. Será en São Paulo.

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