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BUENAS PRÁCTICAS

La sombra del acoso en el marco de la integridad científica

La sociedad de geofísicos amplía las definiciones de mala conducta incluyendo los casos de intimidación sexual en el ámbito académico

Luana Geiger

La American Geophysical Union (AGU), una sociedad con sede en Washington, Estados Unidos, actualizó el mes pasado su código de ética e incluyó al acoso sexual dentro de las definiciones de ejemplos de mala conducta científica. En un comunicado difundido el 15 de septiembre, la AGU expresó que los efectos destructivos del acoso y de la intimidación con carácter sexual afectan no sólo a sus víctimas, sino a todo el entorno del ambiente de investigación, e incluso puede alejar a las mujeres de la carrera científica. “Aun siendo intolerable, el acoso sexual constituye un problema que la comunidad científica enfrenta en forma persistente”, alegó Eric Davidson, docente de la Universidad de Maryland y presidente de la AGU. “Debemos generar un ambiente que brinde apoyo y estímulo a los jóvenes talentos, en lugar de intimidarlos”. La nueva política se aplica a los 62 mil miembros de la sociedad así como a cualquier individuo que participe de sus actividades. Más allá del acoso sexual, el hostigamiento psicológico [bullying] y la discriminación también fueron incluidos en la lista de los comportamientos antiéticos.

Según las directrices de la AGU, cualquier persona puede presentar una queja formal por acoso.

Aquellas denuncias que no puedan ser resueltas por el cuerpo colegiado de la sociedad serán remitidas a una comisión encargada de investigarlas. Si el caso compromete a una investigación científica financiada con recursos federales, la AGU notificará a la institución vinculada con el acusado y determinará a quién le cabe realizar la investigación. La sanción máxima prevista es la expulsión del miembro considerado culpable.

La adopción de esta nueva política fue objeto de debate durante un año y reavivó una antigua polémica al respecto de las definiciones de mala conducta científica. El abordaje pactado desde la década de 1990 circunscribe tales definiciones a comportamientos con impacto inequívoco sobre la investigación, tales como fraude, invención de datos y plagio. Pero siempre hubo controversia acerca de qué hacer con los desvíos éticos no específicos de las actividades científicas que ocurren en su ámbito. Durante algunos años, la National Science Foundation (NSF), la principal agencia de fomento a la investigación básica de Estados Unidos, llegó a incluir entre sus directrices éticas una cuarta categoría de mala conducta, descrita vagamente bajo la denominación de “otros desvíos serios”. Con todo, en el año 2000, el gobierno estadounidense optó por una interpretación más estricta.

La profesora Rebecca Barnes, del Programa de Medio Ambiente del Colorado College, en Colorado Springs, Estados Unidos, y miembro de la AGU, manifestó, en declaraciones a la revista Science, que en principio no hallaba una conexión entre el acoso sexual y un menoscabo de la integridad científica. “Mi impresión era que los problemas serían de diferente índole”, dijo. No obstante, según ella, el enfoque social evolucionó y prevaleció la noción de que el acoso produce consecuencias negativas dentro del ámbito académico comparables al plagio o a no otorgar el debido crédito al autor de un trabajo científico. “El acoso sexual también estigmatiza a las víctimas desvalorizándolas e impactando en el ambiente laboral”.

Agu Encuentro anual de la American Geophysical Union en 2015: nuevas directrices éticas buscan proteger a alumnas e investigadorasAgu

Una investigación llevada a cabo en 2015 por la Association of American Universities en 27 universidades reveló que el 62% de las alumnas de grado y el 44% de las de posgrado padecieron acoso sexual en el ámbito académico. Otras sociedades científicas, aparte de la AGU, también se movilizan. Durante el mes pasado, la American Chemical Society abordó el acoso sexual en un reportaje de tapa de su revista Chemical & Engineering News, donde las editoras Linda Wang y Andrea Widener relatan las vivencias de varias mujeres que sufrieron el acoso sexual de docentes o dirigentes académicos cuando eran estudiantes de química. En ese artículo, la británica Kate Sleeth Patterson, presidenta de la National Postdoctoral Association, relata el drama padecido por alumnas y pasantes de posdoctorado extranjeras en Estados Unidos, e incluso el de ella misma durante su etapa de estudiante, que soportan amenazas de expulsión de grupos de investigación o pérdida de la visa de permanencia en el país en caso de denunciar a los docentes acosadores.

La resolución de la AGU surge en simultáneo con una serie de escándalos en instituciones educativas y de investigación estadounidenses. En la Universidad de Rochester, en Nueva York, el lingüista Florian Jaeger, docente del Departamento de Ciencias Cognitivas, fue acusado por nueve mujeres de acosarlas sexualmente enviándoles fotografías con contenido sexual, de promover fiestas para estudiantes ofreciendo drogas ilícitas y de perjudicar a alumnas e investigadoras que rechazaron sus embates. En un documento de 111 páginas elevado a la Comisión de Igualdad de Oportunidades Laborales del gobierno estadounidense, el grupo, que involucra a docentes, alumnas y pasantes de posdoctorado, acusa a la dirección de la universidad de proteger a Jaeger –quien fue investigado dos veces y absuelto– y de sancionar como represalia a las autoras de las denuncias. El rector de la institución, Joel Seligman, anunció en septiembre que iniciará una investigación independiente, luego de afrontar protestas en el campus. También prometió contratar a un evaluador con autonomía para revisar los procedimientos relacionados con acoso y discriminación.

Renuncia
Otro caso salpicó a la Texas Tech University. El biólogo Robert Baker fue acusado el año pasado de acosar a alumnas de grado y de posgrado durante décadas, y su colega, Lou Densmore, de invitar a estudiantes a fiestas sexuales en su casa. A finales del año pasado, el paleoantropólogo estadounidense Brian Richmond renunció al cargo de curador de la sección de Orígenes Humanos del Museo Americano de Historia Natural, en Nueva York, acusado de acoso por alumnas y colegas, y de comportamiento inapropiado en trabajos de campo (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 251).

La profesora Erika Marín-Spiotta, docente de biogeoquímica en la Universidad de Wisconsin-Madison, sostiene que el acoso sexual puede ser determinante para el abandono de carreras científicas. Marín-Spiotta lidera una iniciativa financiada por la NSF, que aportó fondos por 1,1 millones de dólares, que recabará datos sobre la incidencia del acoso sexual en las geociencias, un campo del conocimiento en el que las mujeres son el 39% de las alumnas de grado, pero menos del 20% de las docentes e investigadoras. La investigadora, que desarrolló un programa de capacitación obligatorio contra el acoso sexual en su universidad, se propone ahora reunir estrategias que ayuden a los científicos a brindar respuestas y prevenir ese problema en laboratorios y salones de clase, así como en investigaciones de campo. “Escuchamos con frecuencia que la gente simplemente no sabe cómo reaccionar ante un caso de acoso”, manifestó en declaraciones a la revista Nature. La investigadora espera que su grupo logre generar e implementar en los próximos años herramientas capaces de ayudar a los miembros del cuerpo docente para intervenir en forma adecuada ante incidentes de acoso sexual que involucran a estudiantes.

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