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Entrevista

Basilio Losada: Un mediador literario

Primer intérprete de Jorge Amado en España, el filólogo tradujo aproximadamente 150 libros de ocho idiomas

Losada frente a la instalación "Singularidad", de Alicia Martín, en Santiago de Compostela (2018)

Distrito Xermar/ Alberte Sánchez Regueiro

En la década de 1970, cuando la literatura brasileña era casi desconocida en España, el filólogo gallego Basilio Losada Castro llamó a la puerta de los principales editores de Barcelona, ciudad donde vive hasta nuestros días, para ofrecer sus traducciones de libros de Jorge Amado (1912-2001). Nacido en Láncara en 1930, este crítico literario y profesor jubilado de lengua y literatura, gallega y portuguesa en la Universidad de Barcelona recibió varias negativas, hasta que encontró a un editor catalán que se interesó por el proyecto y decidió publicar al autor brasileño. Anteriormente, algunos de los cuentos traducidos de Amado se habían publicado en la Revista de Cultura Brasileña, concebida en 1962 por el poeta y traductor español Ángel Crespo (1926-1995) y por João Cabral de Melo Neto (1920-1999). También responsable de introducir la literatura de José Saramago (1922-2010) en España, Losada tradujo alrededor de 150 obras de ocho idiomas: gallego, alemán, catalán, español, inglés, francés y ruso, además del portugués. También publicó varios volúmenes de crítica literaria y antologías comentadas de poesía. Miembro de la Real Academia Gallega, en mayo de 2018 recibió el Premio Eduardo Lourenço por establecer una “red de mediación cultural entre los diferentes espacios lingüísticos de la Península Ibérica”. Este lauro es otorgado anualmente por el Centro de Estudios Ibéricos, creado en 2001 por las universidades de Salamanca y Coimbra, en la ciudad portuguesa de Guarda. Aunque se jubiló en el año 2000, continúa dictando conferencias sobre literatura brasileña. Losada le concedió la siguiente entrevista a Pesquisa FAPESP.

¿Cómo llegó la traducción a su vida?
Empecé a trabajar a los 12 años como asistente de un abogado que había sido profesor en la Institución Libre de Enseñanza, una institución laica y privada creada en Madrid en 1876 para defender la libertad de cátedra. Mi trabajo consistía en recibir a las visitas. En aquella época, no tenía dinero para comprar libros, pero él me prestaba los suyos y nos encontrábamos todos los viernes, después del horario de trabajo, para discutir esas lecturas. Después de dos años, me presentó a un amigo que tenía una academia de bachillerato [ una escuela que ofrece educación superior a corto plazo]. Allí empecé a trabajar organizando los libros de la biblioteca y, a cambio, no tenía que pagar las cuotas mensuales. Me quedé en esta escuela durante dos años, cuando me preparé para ingresar a la universidad. Me licencié en filosofía y letras, especializándome en historia del arte y filología. En la prueba para entrar a la universidad, los candidatos eran evaluados por siete profesores y, la mayoría de las veces, el 80% salía reprobado. Saqué 10 en las pruebas, excepto un 3 en matemáticas, e ingresé a la universidad a los 16 años. Empecé a traducir porque necesitaba ganar dinero. En 1975, a los 45 años, defendí mi doctorado en filología gallega con una tesis intitulada “Temas de Rosalía de Castro”. He sido un pobre estudiante, pero siempre disfruté la lectura y fui acumulando muchos libros. En 2003 y 2017, doné varios libros a la Biblioteca de Galicia, en Santiago de Compostela, un total de 30 mil ejemplares, más o menos. Alrededor de 200 libros de esa biblioteca forman parte de mi historia profesional y personal. Cada vez que voy a la ciudad, paso por allá para reverlos, recordar mi trayectoria y también los momentos más importantes de mi formación intelectual.

Ya ha traducido al español obras escritas en siete idiomas diferentes. ¿Cómo es posible?
Para mí, traducir es la mejor forma de leer un libro profundamente. Cada vez que empiezo a leer una obra que me interesa, pienso que necesito traducirla. Con todos los idiomas que aprendí a traducir pasó lo mismo: empecé leyendo algunos trabajos en ese idioma, y no fue por la via de la gramática. Es decir, mi aprendizaje de idiomas es abrir un libro, empezar a leerlo y ver lo que puedo entender de ese idioma. Creo que cuando alguien logra leer cinco idiomas, puede leer 15. Para mí, las lenguas con las que trabajo son idiomas para leer. El alemán, por ejemplo, lo conozco bien, pero cada vez que voy a Alemania, donde a menudo viajo para dar conferencias, me asusto un poco cuando tengo que hablar ante una gran audiencia.

En los años 1960, la literatura brasileña era desconocida en España. Yo mismo ni siquiera sabía los nombres de los autores brasileños

La literatura brasileña empezó a circular en España gracias a usted. Cuéntenos, ¿cómo ocurrió?
En los años 1960, la literatura brasileña era desconocida en España. Yo mismo ni siquiera conocía los nombres de los autores brasileños, pero me interesaba la lengua portuguesa, debido a su parecido con el gallego, mi lengua materna. En 1964, encontré en un mercado de libros usados, uno de Jorge Amado, Los viejos marineros. Empecé a leerlo en el autobús, de camino a la universidad, a las carcajadas. Curioso por conocer mejor a este escritor, ni bien pude compré Capitanes de la arena. Al principio, la edición de autores brasileños en España fue muy difícil. Yo tenía buenas relaciones de amistad y colaboración con unos 10 importantes editores en Barcelona. Muchos de ellos habían sido mis compañeros de clase o alumnos en la universidad. Yo iba de editor en editor ofreciéndoles libros de autores brasileños y portugueses, pero muchos me decían que esos escritores no tenían salida en español. En el caso de Jorge Amado, escuché decir que su nombre se parecía al de un autor castellano de menor importancia. Hasta que entré en contacto con Luis de Caralt [1917-1994], editor catalán que publicaba en español. Intelectual cercano al franquismo, tenía una editorial con su propio nombre y estaba interesado en publicar al autor brasileño. Así fue como, en 1968, salieron a luz en España los primeros libros de Jorge Amado. Entre los demás libros de Amado que más tarde traduje al español, estaban: Los pastores de la noche, Jubiabá, Mies roja, Los subterráneos de la libertad, De cómo los turcos descubrieron América y Navegación de cabotaje. En aquella época, yo daba clases y conferencias sobre literatura brasileña en todo el país y siempre empezaba mis discursos diciendo cuánto me parecía que el portugués se trataba del idioma más esperanzador del mundo.

¿Usted les presentó otros autores brasileños a los españoles?
Sí, realicé en España la traducción del primer libro de Clarice Lispector [1920-1977], Cerca del corazón salvaje. Hasta mediados de 1990, ella también era desconocida entre los lectores, editores y críticos españoles. Hoy en día, es la autora más editada y reconocida, del mundo literario brasileño en España. Su obra entera fue traducida por mi hija Elena Losada, profesora titular del Departamento de Lengua y Literatura Gallega y Portuguesa de la Universidad de Barcelona. Además de Lispector, otras traducciones importantes que hice fueron Helena, de Machado de Assis [1839-1908]; Las horas desnudas, de Lygia Fagundes Telles; El quince, de Rachel de Queiroz [1910-2003]; Quarup, de Antônio Callado [1917-1997]; El cobrador y Secreciones, excreciones y desatinos, de Rubem Fonseca; los dos volúmenes de El Continente, de Erico Verissimo [1905-1975]; además de algunos trabajos de Patrícia Melo y Autran Dourado [1926-2012].

Reproducción Portadas de algunos de los títulos de autores brasileños traducidos por el filólogo gallegoReproducción

¿Cómo fueron recibidas las primeras traducciones de José Saramago en su país?
También fue una librería de viejos que compré el primer libro publicado por el autor portugués, Terra do pecado, de 1947. Me encantó, entonces empecé a conversar con editores de Barcelona y Madrid sobre la posibilidad de publicar la traducción de dos de sus obras: Memorial do convento y O ano da morte de Ricardo Reis. Saramago, hasta los años 90, también era poco conocido en España y fue un poeta catalán, Pere Gimferrer Torrens, quien se interesó en publicar su primera obra. En aquella época, Gimferrer dirigía la editorial Seix Barral, una de las más importantes de España. El poeta portugués Fernando Pessoa [1888-1935] ya circulaba entre el público universitario, yo mismo había dado un curso sobre su poesía durante cinco años. Por lo tanto, el editor optó por lanzar en primer lugar El año de la muerte de Ricardo Reis, [uno de los heterónimos de Pessoa]. La versión en español del libro, publicada en 1984, fue un éxito editorial y Ferrer decidió traducir las obras completas de Pessoa. Lo conocí personalmente a Saramago y traduje 14 de sus novelas. En 1991, la traducción de Memorial del convento recibió el Premio Nacional de Traducción del gobierno español. Saramago ayudó a consolidar la presencia viva que hoy tiene la literatura de habla portuguesa en España.

¿Existen especificidades en la traducción del portugués al español?
Debido a ser las primeras, mis traducciones de autores brasileños y portugueses fueron, en su inicio, una verdadera aventura editorial, a diferencia de las traducciones al francés, por ejemplo, porque muchas de estas últimas ya habían sido realizadas previamente por otros traductores. Ya traduje alrededor de 100 libros de lengua portuguesa y nunca tuve muchas dificultades con el idioma, porque el gallego difiere poco del portugués. El gallego es un portugués hablado con fonética castellana, es decir, las principales diferencias se producen en los sonidos. Enfrento más dificultades cuando el autor en cuestión es un africano de habla portuguesa y utiliza formas dialectales, o incluso también con Guimarães Rosa [1908-1967], que utiliza el portugués de una manera muy peculiar. Sigo considerando a Brasil uno de los países más interesantes en el campo de la creación literaria. Creo que la mejor literatura se hace en los países menos desarrollados y, en el caso de Brasil, hay una variedad de matrices étnicas que colaboran con el proceso creativo de los autores.

¿Usted ya estuvo en Brasil?
Estuve seis veces en el país y la primera fue después de un viaje que hice a Buenos Aires, en 1968. Pasé un mes en Argentina dictando conferencias y surgió la posibilidad de visitar al Brasil, antes de regresar a España. Estuve en Río de Janeiro una semana y me impactó muchísimo. Me pasé todo el tiempo entrando en las librerías, tal como suelo hacer hasta hoy en las ciudades que visito, y gasté todo el dinero que había ganado en las conferencias que había hecho en Argentina, comprando libros. En otras oportunidades, estuve en el país para ferias de libros y congresos, y tuve la ocasión de conocer algunos autores traducidos, como Rubem Fonseca. También inicié la circulación de la obra de Fonseca por España. Sueño con volver al país antes de morir, pero a esta altura, con casi 90 años, me parece difícil.

Sigo considerando al Brasil uno de los países más interesantes en el campo de la creación literaria. Existe una variedad de matrices étnicas que colabora con el proceso creativo

Durante el régimen franquista, el gobierno prohibió el uso del gallego. ¿Qué impacto tuvo esa acción en su vida?
Llegué a Barcelona en 1939, al final de la Guerra Civil, a los 8 años de edad. Con mi familia, vinimos a visitar a mi padre, combatiente de guerra que estaba internado en un hospital militar con heridas en la cabeza, que a menudo le hacían olvidar quiénes éramos. Mi padre falleció al año siguiente. Su historia es un caso peculiar, algo que sucedió a menudo durante la Guerra Civil. Él era anarquista, pero en 1936, cuando estalló el conflicto, fue convocado para formar parte del ejército franquista. Luchó contra sus propios amigos anarquistas y vio morir a muchos de ellos. En otras palabras, hizo la guerra junto a los franquistas y, debido a ellos murió, incluso oponiéndose a sus ideales. Cuando empezó la guerra, mi padre nos prohibió hablar en gallego, pero solíamos hablarlo con mi madre cuando él no estaba en casa. Después de su muerte, nos instalamos en Barcelona y empezamos a convivir con mucha gente proveniente de Galicia. Vivíamos en un apartamento humilde, pero todos los domingos la comunidad gallega de Barcelona se reunía en casa. Yo creía que esa gente venía a casa para tomar el chocolate que mi madre preparaba. Pero más tarde, me di cuenta de que se reunían para poder hablar en gallego y recordar su tierra natal. En la actualidad, el gobierno español quiere exhumar el cuerpo de Franco, enterrado en un mausoleo en el Valle de los Caídos, en el municipio de San Lorenzo del Escorial, cerca de Madrid. Allá también están enterrados alrededor de 40 mil víctimas de la Guerra Civil, en una de las mayores fosas comunes del mundo. Creo que esta idea es errónea, creo que deberían dejarlo donde está y distribuir libros que expliquen y cuenten la historia de por qué está enterrado en ese mausoleo monumental. Realizar la exhumación de sus restos sería trabajar contra la memoria histórica.

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