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Autonomía universitaria

La carrera por los indicadores de excelencia

Rankings y comparaciones internacionales reconocen el desempeño de las universidades públicas paulistas, que apuntan a lograr un mayor impacto

La autonomía financiera conquistada en 1989 por la Universidad de São Paulo (USP), la de Campinas (Unicamp) y la Estadual Paulista (Unesp) permitió que estas se hicieran un lugar entre las mejores instituciones  de educación superior y de investigación del mundo. La garantía de un porcentaje fijo de la recaudación del Impuesto sobre la Circulación de Mercancías y Servicios (ICMS) incentivó, por ejemplo, a que la producción científica de las tres instituciones se multiplicase por 16 durante los últimos 30 años, y a que la cantidad de doctores graduados creciera siete veces. Un reflejo de esta inversión pudo observarse el día 17 de julio, cuando la revista inglesa Times Higher Education (THE) dio a conocer la última edición de su encuesta de reputación de las universidades, basada en la opinión de 11 mil investigadores y académicos de distintos países.

La USP fue la única institución brasileña que figuró entre las 100 de mayor prestigio del mundo, formando parte del pelotón del 81º al 90º puesto junto con la Universidad de California, en Santa Barbara, la Universidad Libre de Berlín y la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong, entre otras. Los entrevistados apuntaron a las 15 instituciones más destacadas con respecto a la investigación y la enseñanza; la mitad de la lista está ocupada por universidades estadounidenses. “La autonomía financiera y administrativa fue una divisoria de aguas para las universidades públicas paulistas”, afirmó el actual rector de la USP, Vahan Agopyan. “Logramos programar el futuro por medio de planes económico plurianuales y esto produjo una mejora en todos nuestros indicadores”. La encuesta de reputación es uno entre los diversos componentes del ranking de las mejores universidades que divulga anualmente la revista THE, cuya metodología también contempla indicadores de enseñanza, investigación, internacionalización, innovación y empleabilidad. En ese ranking general, la USP aparece entre las 300 mejores del mundo. La Unicamp se clasificó entre las 500 mejores y la Unesp entre las mil.

En opinión de Jacques Marcovitch, rector de la USP entre 1997 y 2001, la autonomía tuvo un impacto notable en la gobernanza de las tres instituciones. “Aumentó la responsabilidad de los dirigentes sobre la construcción del futuro de las universidades, pues no había forma de responsabilizar a terceros por las dificultades y desafíos que las instituciones iban a enfrentar”, afirma. Las universidades se preocuparon por medir su desempeño, al principio por medio de indicadores sencillos, como el número de artículos publicados, y más recientemente a través de métricas que atañen a la evaluación de impacto científico, económico y social de su producción. “Las diferentes áreas del conocimiento, que daban pesos distintos a las actividades de enseñanza, investigación y extensión, terminaron construyendo valores comunes que aúnan esas tres dimensiones”, explica Marcovitch, quien lidera un proyecto tendiente a crear un sistema de indicadores de desempeño de las tres universidades capaz de mensurar su influencia en el desarrollo del estado y del país.

Las comparaciones internacionales suelen ser útiles para mostrar los puntos fuertes y vulnerables de las universidades y los resultados de sus esfuerzos para mantenerse competitivas. Las universidades públicas paulistas aparecen bien evaluadas en los indicadores de la producción científica y de formación de profesionales de alto nivel, pero pierden puntos a la hora de contabilizar el impacto internacional de la investigación que realizan, es decir: las citas en general han crecido en una velocidad bastante menor que la cantidad de artículos. Según Clarivate Analytics, entre 2011 y 2016, el impacto de la producción de la Unicamp fue de 0,94, el de la USP de 0,93 y el de la Unesp de 0,79, inferiores al promedio global, igual a 1. “El mayor reto para las universidades consiste en transformar su productividad sumamente alta en alto impacto de citas, a pesar de la ausencia de políticas públicas robustas que valoren el impacto sobre la productividad, como vemos en otros países, como China”, asevera Marcovitch.

La tendencia aparece de forma clara en el ranking producido por el Centro de Estudios en Ciencia y Tecnología (CWTS) de la Universidad de Leiden, en Holanda, que se basa en indicadores tales como el número de artículos publicados en inglés y la cantidad de citas. La USP aparece en un honroso 8º lugar en el ranking general, que tiene en cuenta el número de artículos entre 2014 y 2017, al frente de instituciones estadounidenses como las universidades de Stanford o de California en Los Angeles. En cambio, en la lista que enfatiza los artículos de mayor impacto –la cantidad de trabajos de cada institución que está entre el 10% más citado del mundo– la posición de la USP cae al 81º lugar. La Unicamp aparece en 183º lugar en número de artículos y en 322º entre el 10% de artículos más citados. “La calidad de la producción científica brasileña es heterogénea y las universidades paulistas tienen que avanzar en la internacionalización de la investigación y en la ampliación de las colaboraciones internacionales, aunque todas están invirtiendo y obteniendo progresos, afirma José Augusto Chaves Guimarães, docente del Departamento de Ciencia de la Información del campus de Marília de la Unesp, quien hasta recientemente integraba la Comisión Institucional para la Evaluación de los Rankings de esa universidad.

En la competencia internacional, no basta mantener la excelencia. Es necesario acompañar o superar la velocidad con la que progresan los rivales. Al contrario de lo que sucede en Brasil, los gobiernos centrales de varios países invierten concentradamente en grupos selectos de universidades para mantenerlas en el listado de las mejores do mundo. Alemania lanzó en 2005 la Iniciativa de Excelencia, para estimular a las instituciones a competir por recursos y promover colaboraciones. Ya se han invertido 4.600 millones de euros y 14 universidades se llevaron el sello de elite, lo que implicaba para estas una asignación extra de recursos. En la clasificación de THE, había nueve universidades alemanas entre las 200 mejores del mundo en 2005. Actualmente son 22. China, por su parte, creó en los años 1990 la Liga C9, una asociación de nueve universidades que reúnen el 3% de los investigadores, reciben el 10% de las inversiones de investigación y son responsables del 20% de las publicaciones y del 20% de las citas del país.

Renato Pedrosa, docente del Departamento de Política Científica y Tecnológica de la Unicamp y coordinador del Programa FAPESP de Indicadores de Ciencia, Tecnología e Innovación en São Paulo, señala otra tendencia: la emergencia de instituciones de porte menor y con el enfoque en la innovación y la tecnología. Él menciona el ejemplo de dos universidades surcoreanas: el Instituto Avanzado de Ciencia y Tecnología da Corea (Kaist), que es público, y la Universidad de Ciencia y Tecnología Pohang (Postech), privada. De acuerdo con el Academic Ranking of World Universities (Arwu), producido por la Universidad de Shanghái, las dos instituciones coreanas aparecían entre las 400 mejores del mundo a principios de los años 2000 y actualmente despuntan en el pelotón entre la 76ª y la 100ª posición. “Son instituciones jóvenes, fundadas en la misma época en que nuestras universidades conquistaron la autonomía, extremadamente dinámicas y enfocadas en la competencia internacional. Esto se refleja en el avance en los rankings internacionales.”

Los rankings pueden ser útiles para comprender de qué manera el público externo ve las instituciones, acota el rector Vahan Agopyan, pero no tiene sentido para las universidades brasileñas orientar estrategias para subir puestos en esas listas. “Los salarios de nuestros docentes necesitan respetar el techo de los empleados públicos de los estados y yo no podría contratar a un ganador del Premio Nobel para trabajar en la USP, cosa nos llevaría a subir posiciones en los rankings. Ni eso tendría sentido. Con su sueldo puedo contratar a 100 jóvenes investigadores talentosos que van a ayudar a mantener la excelencia de la institución”, alega.

Una característica de las públicas paulistas es su amplitud respecto a las áreas del conocimiento. “Es más difícil elevar indicadores en universidades con ese perfil, al contrario, por ejemplo, del Instituto Karolinska, de Suecia, que se dedica al área de salud e innovación biomédica y tiene alto reconocimiento internacional por eso”, aduce Aluísio Cotrim Segurado, de la Facultad de Medicina de la USP, coordinador de la Oficina de Gestión de Indicadores de Desempeño Académico (Egida) de la universidad.

La USP, la Unicamp y la Unesp obtienen un reconocimiento más destacado en listas que evalúan el desempeño en campos específicos del saber. En el ranking Arwu, la USP aparece entre la 151ª y la 200ª ubicación general, pero está entre las 50 mejores del mundo en áreas tales como ciencia y tecnología de alimentos (8º puesto), odontología (9º), agricultura (9º) y biotecnología (36º). La Unicamp, en el 300º puesto en el ranking general, despunta en 5º en ciencia y tecnología de alimentos y 50º en odontología, mientras que la Unesp exhibe resultados más expresivos en agricultura (29º puesto) y veterinaria (34º).

Que las universidades estaduales paulistas despunten en ciencias agrícolas es fácil de entender. La contribución de Brasil en la producción científica mundial se ubica alrededor del 2,8%, al tiempo que en ciencias agrícolas su participación llega al 8%. “La inversión de São Paulo en ciencias agrícolas es antigua y dio origen a instituciones tales como el Instituto Agronómico de Campinas y la Escuela Superior de Agricultura Luiz de Queiroz, de la USP”, comenta Renato Pedrosa, de la Unicamp. “La presencia de la Unesp en el interior del estado se relaciona con la excelencia de la universidad en veterinaria y ciencias agrarias”, afirma José Guimarães. En el caso de odontología y biotecnología, son áreas de la investigación en medicina y salud, en la cual Brasil también ha invertido y formado investigadores de alto nivel y en buena cantidad. Para Pedrosa, la investigación brasileña logró concentrar capacidades en diversas áreas en las cuales logra destacarse. “Entre los países con más publicaciones sobre zika y microcefalia entre 2014 y 2018, Brasil aparecía en segundo lugar, detrás solamente de Estados Unidos, y también tenía muchos de los artículos altamente citados”, añade.

El trío de universidades también se distingue por la intensidad con que se dedica a su nivel de posgrado. En 2017, de la USP salieron 3.078 doctores, desempeño superior, en términos cuantitativos, al de grandes universidades de investigación del mundo: en Harvard fueron 1.528 doctores aquel año y en la Universidad de California en Berkeley, 1.182. La performance de la Unesp (1.227 doctores en 2017) y de la Unicamp (997) también fue expresiva. “Juntas, las tres universidades públicas paulistas son responsables del 40% de los títulos de doctorado de Brasil. Ningún otro país tiene un grupo restringido de instituciones con semejante peso”, asegura Pedrosa.

En los programas de posgrado se desarrolla la mayor parte de la investigación de las universidades. Eso ayuda a explicar por qué los investigadores de las tres públicas paulistas participan del 35% de la producción científica brasileña. La USP, la Unicamp y la Unesp, pilares del sistema brasileño de posgrado creado en la década de 1960, son responsables del 12% de los más de 4 mil programas de maestría y doctorado del país. Según una reciente evaluación de los programas realizada por la Coordinación de Perfeccionamiento del Personal de Nivel Superior (Capes), 465 programas del país recibieron calificaciones 6 y 7, las más elevadas de la escala. El 30% corresponde a las universidades públicas del estado de São Paulo.

Pedrosa calculó el costo de mantener el sistema intensivo de posgrado en las públicas paulistas, comparándolo con el de 15 grandes universidades que también tienen el 20% de sus alumnos en cursos de maestría y doctorado. Mientras que el gasto promedio por inscripción de alumnos de grado y posgrado fue de 53 mil reales en la USP, de 56 mil reales en la Unicamp y de 38.900 reales en la Unesp, el mismo llegó a 328 mil reales en Harvard. “Cuanto más intensiva en posgrado, mayor la erogación por alumno de la institución. Pero lo que se ve es que las tres universidades estaduales paulistas no son caras, si se consideran las referencias internacionales”, completa Pedrosa.

El modelo de financiación de la USP, la Unicamp y la Unesp es único. “La idea de recibir un porcentaje de la recaudación tributaria es fruto de una cultura muy específica que resultó en el estado de São Paulo, pero la estabilidad en la oferta de recursos que propicia está presente en las grandes universidades de investigación”, afirma Agopyan. En Estados Unidos, las universidades se financian por medio de fondos patrimoniales, resultantes de donaciones de exalumnos y empresas, de la competencia por recursos de investigación y del cobro de aranceles a los alumnos, mientras que las públicas reciben recursos en general vinculados a objetivos específicos. El presupuesto de la Universidad de California en Berkeley, pública y de incumbencia del estado de California, fue de 2.800 millones de dólares en ejercicio fiscal de 2017 y 2018. Su origen es pulverizado: un 33% proviene de aranceles de inscripción, un 14% de recursos del estado, un 15% de agencias científicas de fomento, un 9% de alianzas públicas o privadas, un 10% de actividades educativas, un 10% de donaciones, un 5% de rendimientos y un 4% de otros ingresos.

Francia, por su parte, aprobó una ley en 2007 que dotó de mayor autonomía a sus universidades públicas: estas pudieron convertirse en propietarias de sus predios y usarlos como garantía para contraer préstamos. Pero se vieron obligadas a cumplir metas medidas cada cuatro años, y únicamente las que alcanzan el desempeño esperado pueden ampliar su financiación pública. Para Vahan Agopyan, la experiencia internacional puede ayudar a perfeccionar el modelo de las universidades públicas paulistas. “Podemos mejorar nuestro sistema, pues la oscilación en la recaudación de impuestos le impone retos a nuestra gobernanza”.

Este es el tercer reportaje de una serie sobre los 30 años de la autonomía financiera de las universidades públicas del estado de São Paulo

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