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Divulgación

Vacaciones en el club de ciencias

En Río de Janeiro, 100 adolescentes participaron en una inmersión en temas avanzados bajo la coordinación de jóvenes investigadores

Los mejores momentos de las vacaciones de Farid Saliba, una estudiante de Minas Gerais de 19 años, no fueron en un crucero con la familia ni en una casa en la playa con amigos. En lugar de selfies en un contexto de viajes, Saliba publicaba en sus redes sociales fotografías vistiendo un guardapolvo blanco y manipulando tubos de ensayo: “¡Extrajimos el ADN de una fresa!, escribió entusiasmada. En el marco de una semana de descubrimientos, Saliba incluso asistió a clases con expertos en evolución y quedó fascinada con el relato de investigadores que estudian el comportamiento de seres vivos en ambientes extremos. “Es un camino que conduce a encontrar respuestas para la vida más allá de nuestro planeta”, dijo.

En la tercera edición del Clubes de Ciencia Brasil, un evento gratuito cuyo objetivo es aproximar la investigación científica a la vida de 100 jóvenes estudiantes, Saliba fue una de las elegidas y disfrutó de la convivencia con científicos graduados en centros de investigación de Estados Unidos y de Brasil. La edición de 2019 se llevó a cabo en la Facultad de Farmacia de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) entre los días 15 y 19 de julio, con vacantes para jóvenes de 16 a 21 años provenientes de escuelas públicas y privadas de enseñanza media o de los primeros años de la educación superior. Este año hubo más de 500 inscritos, que se anotaron vía internet, en el sitio web clubesdeciencia.com.br.

Saliba, nacida en Belo Horizonte, eligió profundizarse en genómica, uno de los cinco temas disponibles este año, con el cual está familiarizada. Ella hizo la iniciación a la investigación científica júnior en el área de investigación genética y fisiología en la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG) mientras cursaba el primer año de una escuela militar en la capital de ese estado. El año pasado, la estudiante concluyó la educación básica como becaria en un liceo científico de Italia y retornó a Brasil para hacer su cursillo preparatorio para el examen de ingreso a la universidad. “Ahora quiero ser médica y dedicarme a la investigación”, dice.

Ella se propone seguir los pasos de Luiz Eduardo Del Bem, docente de genómica evolutiva en la UFMG y uno de los instructores en el Clubes de Ciencia. Con doctorado en genética y biología molecular otorgado por la Universidad de Campinas (Unicamp), y pasantía de posdoctorado en la Universidad Harvard, en Estados Unidos, Del Bem fue quien le enseñó a la estudiante a extraer manualmente el ADN de una fresa. “Resulta difícil describir la experiencia de formar parte de un club de ciencias. Eso lo llevaré conmigo para toda la vida”, dice Saliba. Del Bem remarca que la relación con los alumnos va más allá de la semana que dura el curso. “Les aconsejamos carreras y posibilidades de trayectos e incluso redactamos cartas de recomendación para jóvenes aspirantes a becas y vacantes en universidades del exterior”, comenta.

Profesores voluntarios
Todos los docentes del Clubes de Ciencia son voluntarios. Del Bem dedicó una semana de sus vacaciones a fomentar la ciencia entre los jóvenes. “Se trata de una forma de retribuir y compartir con la sociedad los beneficios que nos legó la ciencia. Es muy gratificante ver a esos chicos como multiplicadores de saberes”, dice. Al compartir el laboratorio con 20 jóvenes el investigador analizó con ellos la herencia del genoma mitocondrial. “Todos pudieron comprobar aquello que hablábamos sobre la teoría de la evolución”, relata. “Cuando la ciencia adquiere sentido para ellos, el avance no tiene límites”.

Alumna de segundo año de la enseñanza media en una escuela pública de Río de Janeiro, Camily Evangelista de Almeida, de 16 años, colaboró con el profesor Del Bem en una investigación aún en curso durante la temporada en el Clubes de Ciencia. “Él nos dejó analizar muestras de ADN de plantas acuáticas y terrestres, contribuyendo con sus estudios”, relata orgullosa. Como parte del programa de introductorio, ella también asistió junto al resto de sus compañeros a charlas sobre temas diversos y destacó a la astrobiología como uno de los que más le gustó.

Las actividades relacionadas con la astrobiología fueron coordinadas por la bióloga Amanda Bendia, que actualmente realiza una pasantía posdoctoral en el Instituto Oceanográfico de la Universidad de São Paulo (USP), y por el astrónomo Luan Ghezzi, docente e investigador en el Observatorio de Valongo, de la UFRJ. Experto en el comportamiento de microorganismos en los ambientes extremos de la Antártida, Bendia relata que sus trabajos están centrados en la comprensión de los límites de la vida y en la vida fuera de la Tierra. “Imagínense solamente que al finalizar el curso los alumnos elaboraron temas pertinentes y muy creativos, tales como la supuesta existencia de vidas no basadas en el carbono y posibles elementos para una nueva ley biológica, enfocada en lo que sería la evolución convergente de aves y murciélagos”, dice Bendia.

Los 100 alumnos se distribuyeron en grupos de 20 y dedicaron buena parte del tiempo al tema que escogieron durante el proceso de selección. Algunos de ellos ya contaban con experiencia de años anteriores en temas tales como Astrobiología – La búsqueda de vida en el Universo; Combatiendo epidemias, y Descubriendo nuevos fármacos en un ambiente virtual. La novedad de este año fue el tema Detectives del pasado: Las lecciones de la paleontología, uno de los que más despertaron la curiosidad de los jóvenes.

La paleontóloga Aline Ghilardi, doctora en geociencias por la UFRJ y cocreadora del canal Colecionadores de Ossos [Coleccionistas de Huesos], en YouTube, estuvo a cargo de la semana de introducción a la paleontología. Ghilardi, habituada a lidiar con público adolescente, promovió lo que denominó un gran relato de historias e hizo hincapié en los prolegómenos de la vida en nuestro planeta. “Los fósiles constituyen una especie de ‘libro de la Tierra’”, sostuvo, al presentarles a los alumnos un fósil real de dinosaurio. En el transcurso de la semana, coordinó un taller de replicación y les ayudó a los alumnos a replicar el cráneo de un velociraptor y un diente de tiranosaurio.

Más allá de Brasil, los Clubes de Ciencia se diseminaron por países tales como México, Colombia y España

El periplo de aprendizaje de los participantes en el Clubes de Ciencia arranca bastante antes. Uno de los alumnos más jóvenes del grupo, Arthur Borges Cantanzaro, de 16 años, estudiante de una escuela pública estadual de la localidad de Cotia (SP), tuvo que afrontar su primer viaje en ómnibus solo y hospedarse en un albergue para poder pasar toda la semana en Río. Farid Saliba, que llegó desde Belo Horizonte, también pudo hacerlo solamente gracias a la ayuda económica de docentes y compañeros del cursillo. “Al cabo, es bueno que se sepa, todo el esfuerzo valió la pena”, dice Cantanzaro.

El joven de Cotia, apasionado por el cerebro humano, posee un currículo extenso para su edad: mantiene un blog de neurociencia, concluyó un cursillo de preiniciación científica sobre rehabilitación motriz, asistió a clases de neuroanatomía como oyente y actualmente participa en clases de neuroestimulación en el Instituto de Psiquiatría de la USP, y además realiza una pasantía en el Instituto de Ciencias Biomédicas de la misma universidad.

“Me causa un gran placer aprender acerca del cerebro, por eso no lo tomo como un trabajo o una obligación”, dice. Él comenta que la experiencia le aportó aprendizajes valiosos, nuevas amistades y momentos increíbles de “gozo científico” posterior a las clases: “Luego de un día de mucho trabajo, al comienzo de la noche, el grupo incluso se reunía para observar planetas con un telescopio”, relata.

La historia del Clubes de Ciencia comenzó en 2014 gracias a una iniciativa de doctorandos mexicanos de dos de las más prestigiosas universidades estadounidenses: Harvard y el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). La idea era sencilla: brindar estímulo a científicos de países en desarrollo, graduados en universidades de excelencia, para promover la ciencia entre los más jóvenes, especialmente en localidades donde ella tiene escasa relevancia. Tres años después del de México, el programa llegó a Brasil de la mano de un equipo liderado por el veterinario David Soeiro, docente e investigador en salud pública, en colaboración con la biomédica Bruna Paulsen, que trabaja con células madre, el biólogo Rafael Polidoro y el administrador Marcos Bento. Los tres primeros estudiaban en Harvard en esa época y Bento era de la Babson College, una escuela de negocios en Wellesley, estado de Massachusetts (EE.UU.)

Soeiro trabaja actualmente con enfermedades tropicales olvidadas y zoonóticas en la UFMG y se mantiene al frente del Clubes de Ciencia. Paulsen dio un paso más allá y se hizo cargo de promover la expansión del proyecto en el mundo y de compartir las experiencias con clubes de otros países. “El conocimiento de vanguardia puede ser accesible y divertido al mismo tiempo. Todos se benefician  de los descubrimientos científicos”, dice la biomédica. Al cabo de cinco años de desarrollar actividades en todo el mundo, más de 5 mil estudiantes han participado en el Clubes de Ciencia en eventos que tuvieron lugar en Brasil, México, Colombia, Bolivia, Paraguay, Perú, España y Estados Unidos. Para 2020, la meta es incorporar a otros cinco países y llegar a una cifra de 40 mil estudiantes.

En Brasil, la iniciativa es importante porque aún son pocos los jóvenes que buscan activamente informaciones sobre ciencia. De acuerdo con un estudio que llevó a cabo este año el Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología en Comunicación Pública de la Ciencia y Tecnología, tan solo una minoría puede mencionar el nombre de alguna institución nacional de investigación.

Según Soeiro, quien participa en el proceso de selección de alumnos, la elección de los 100 aprobados es bastante criteriosa. “Contamos con una cantidad enorme de adolescentes talentosos, que demuestran tener mucha curiosidad, gusto por la ciencia y voluntad de aprender”, afirma. La prueba evaluadora, que se realiza por internet, consiste en cinco preguntas abiertas que miden el nivel de conocimiento y el entusiasmo de los jóvenes aspirantes a científicos. En el último día del club, los alumnos que tienen familiares en la ciudad donde se lleva a cabo el evento los invitan y presentan un esbozo del proyecto científico preparado en el Club. Intercambian fotografías, números de teléfono, redes sociales y se comprometen a mantener ayuda mutua en torno de la ciencia.

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