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Opinión

El lugar de los fósiles es el museo

Las plantas y los animales prehistóricos no pueden quedar en las manos de inexpertos

Los fósiles constituyen restos o vestigios de animales o vegetales que se encuentran preservados en las rocas, depositados antes del inicio de la edad actual, es decir, hace más de 12 mil años. Son generalmente huesos, dientes o valvas, pero también pueden encontrarse huevos, huellas, impresiones y madera silicificadas. Con ese material, los científicos construyeron un fundamento científico con el objetivo de describir la vida en la Tierra en tiempos pretéritos. Los fósiles permiten también determinar la edad relativa de las rocas en las que ellos se encuentran. De esta manera, esos objetos, que ya fueron considerados caprichos de la naturaleza, permitieron el surgimiento de dos disciplinas en el ámbito de las Ciencias de la Tierra: la Paleontología y la Estratigrafía. Es más, con los fósiles fue posible tener una base de apoyo segura para la teoría de la evolución. Como se puede observar, dicho material constituye un elemento insustituible para poder contar la historia de la vida en la Tierra.

La legislación vigente en Brasil indica que los depósitos de fósiles son de propiedad de la nación y solamente pueden ser explotados con la previa autorización y bajo fiscalización del Departamento Nacional de Producción Mineral (DNPM). Es más, dicho marco legal establece que los museos e instituciones científicas afines no dependen de esa autorización y fiscalización. El código de minería, que regula toda la actividad de explotación mineral en el subsuelo brasileño, no contempla, por lo tanto, la extracción de fósiles. El objetivo de dicha legislación es estipular que los fósiles, pese a haber sido retirados del subsuelo, no pueden ser tratados como sustancias minerales económicamente aprovechables y deben ser considerados como elementos bajo responsabilidad de los museos y otras instituciones científicas, es decir que constituyen elementos de interés científico y de incumbencia de los investigadores. En otras palabras, ellos adquieren valor cultural intrínseco.

De esa manera todo estaría bien. Los fósiles serían recogidos por los investigadores y depositados en instituciones científicas para su estudio. Pero muchos de ellos se han transformado en elementos de colección por parte de particulares y aficionados. Parece que ese hábito proviene de tiempos prehistóricos, pues ya se han encontradas conchas fósiles acomodadas cerca de esqueletos humanos en tumbas de Homo neanderthalensis. En Brasil, los fósiles que más llaman la atención de los coleccionistas son los de peces, reptiles e insectos de la Chapada do Araripe, (meseta) especialmente en el estado de Ceará, los mesosaurios de la formación Iratí, en la región de Río Claro, en São Paulo, y las maderas fósiles de Rio Grande do Sul.

Es de esperar que se llegue a un consenso entre los coleccionadores aficionados, pues la importancia científica de los fósiles debe ir en primer lugar y los ejemplares deben ser conservados y protegidos. Muchos de ellos requieren gran cuidado y solo serán debidamente conservados en instituciones preparadas para tal fin. El lugar correcto de un fósil está en un museo o en una colección paleontológica.

Los fósiles, sean atrayentes o no, fáciles de conservar o que requieran de cuidados especiales, sean grandes o microscópicos, son estudiados, reciben nombres, muchas veces asociados con la toponimia o con personalidades de la ciencia brasileña, son expuestos en muestras de divulgación científica y prestan servicios educativos en varios niveles del conocimiento. Por eso no son apenas meros elementos de colección, sino y fundamentalmente objetos culturales, y deben ser protegidos y conservados.

 Diogenes de Almeida Campos es director del Museo de Ciencias de la Tierra del Departamento Nacional de Producción Mineral (DNPM)

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