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Ciencias Políticas

La “h” de la bahianidad

Contrariando al sentido común, el senado Antonio Carlos Magalhães, representaría el empeño conservador de las elites para modernizar Bahía

Responda rápido: ¿Cuándo usted ve al senador bahiano Antonio Carlos Magalhães (ACM) vociferando en la tribuna  y se acuerda de Gabriela, clavo y canela (todo bien, puede ser la novela de la TV), de Jorge Amado, ¿qué figura parece representar mejor al político apodado por sus enemigos como “Toñito Maldad”: el temible coronel Ramiro Bastos, autócrata del cacao, o Mundito el Halcón, el exitoso rival político del intendente de Ibatuna, ingeniero que acaba de llevar la modernidad y el progreso para la región? Ya se puede adivinar que usted escogió la respuesta del sentido común, sin embargo es errónea – según  el cientista político Paulo Fabio Dantas Neto, de la Universidad Federal de Bahía. “Es una esterilidad política tratar al carlismo como persistencia fantasmagórica del ‘coronelismo’ al hablar de un personaje que siempre estuvo del lado opuesto al del coronel, es decir como una encarnación del Estado, que cada vez más daba las cartas y subordinaba a sus designios, declinantes oligarquías tradicionales”. Dantas es autor de la tesis de doctorado (defendida en el 2005 y ahora publicada en un libro por la Editora UFMG) Tradición, autocracia y carisma: la política de ACM en la modernización de la Bahía, orientada por Werneck Vianna.

Así, los métodos de ACM pueden hasta recordar los de Ramiro Bastos, pero la intención pasma, era la misma de  ser un Mundito Falcón, aunque que de inicio controlado por las elites. “El llamado carlismo nunca fue mera obra del talento político o del apetito personal del poder de ACM, sino la expresión política de intereses, valores y actitudes de la elite bahiana y nacional que apostaron en una supresión autoritaria del pluralismo para apurar una modernización que les preservara dedos y anillos”, observa el investigador en su trabajo. Inmediatamente un vocero de las reivindicaciones, como nota Dantas, endógenas, de las elites locales, que demandaban una mezcla de continuidad y cambios, o sea, compromisos simultáneos con las pautas modernizadoras nacionales de 1930 y 1964 y con modulaciones políticas regionales de liberalismo y populismo. “Sería este figurín de cuatro dimensiones que ACM y su grupo irían a encarnar, ahí agregando a la autocracia y a la tradición, como tercer elemento explicativo de su éxito, el carisma de administrador dinámico y de político despótico” evalúa.

Por lo tanto, observa el investigador, no se engañe nuevamente, al usar el sentido común: no será la victoria del petista Jacques Wagner en el gobierno de Bahía lo que representará “el desmontaje del carlismo”, como sueñan algunos. Las raíces del “enigma ACM no están en el iracundo senador, sino en otro, anterior a él: “el enigma bahiano”, designación dada por la elite bahiana a la incapacidad de modernización e industrialización del estado enfatizada en la comparación con el éxito de los vecinos, en especial, Pernambuco. El desanimo de esa elite provenía de lo que creían ser una “involución industrial de Bahía, pues mientras en el siglo pasado el estado contaba con una industria de transformación diversificada, entre las décadas de 1940 y 1950 se notaba una impresionante elevación. La Revolución de 1930 trajo una lógica perversa para Bahía: el poder anterior privilegiaba intereses regionales, como el café y la pecuaria minera, pero no excluía a la burguesía mercantil de los beneficios de la política económica, analiza Antonio Sergio Alfredo Magalhães, de la UFBA, en formación y crisis de la hegemonía burguesa en Bahía.

Según él, a partir de 1930 se pasó a privilegiar ramos y actividades que estaban fuera del universo de la burguesía bahiana, que se debilitó ante las facciones sureñas y de la burguesía bahiana cosechadora de cacao, cuyo poder será avalado con la creación del Instituto del Cacao de Bahía, que quita de las manos locales y coloca en las del Estado la Comercialización del Cacao. “La burguesía mercantil y financiera conoce entonces un proceso de concentración de capitales”, señala Magalhães. “Al atraso del enigma bahiano, los gobernantes estatales buscan entre 1947 y 1954 responder con iniciativas modernizadoras de cuño liberal, que pretendían hacer aflorar el progreso de la dinámica agro-mercantil y del capital bancario”, completa Dantas. La llegada de la Petrobras a la región de Salvador hizo cambiar de una vez los planes de la elite bahiana, pues dejaba claro que no se podía más llevar adelante la idea  de una solución local. “Entre mediados de 1955 y de la década siguiente se creo un consenso entre las diferentes ramas de la elite bahiana: la modernización local no sería hecha ni mucho menos contra las prioridades e intereses del Estado nacional. El problema era saber como arrancar del centro político las decisiones y los recursos para hacer factible la nueva alternativa”.

El gobierno Goulart no les era nada favorable y el golpe de 1964 fue visto como una bendición de Nuestro Señor del Buen Fin. Dantas recuerda que la dictadura militar cambió el apoyo político bahiano por la expansión económica deseada, con espacios de influencia nacional concedidos a su liderazgo político y técnico. Era la versión bahiana de la modernización por lo alto, una “revolución pasiva” que se expresaba por medio del conservadorismo moderno.  El golpe, observa el investigador, removió obstáculos que, en el plano nacional, se interponían al proyecto de aquella elite y abrió una brecha al protagonismo de grupos políticos regionales voceros de aquellos intereses modernizadores. Solamente faltaba que un Mundito entrara en escena, necesario, inclusive para hacer que otros saliesen. “En aquel momento, en nombre de la modernización económica con tranquilidad social, se predicó la salida de la escena de supuestos enemigos, para abrir caminos a una democracia atona, ‘sin irracionalidad sindicalista’ e ideologías ‘exóticas'”, analiza Dantas. Había precisamente un discurso apologético listo: el de la bahianidad (todavía con la “h” aristocrática) que preconizaba la idea de la Bahía una y cordial, sin conflictos sociales indeseables.

Nacido en 1927, hijo de un médico, profesor de la Facultad de Medicina de Bahía, ACM siguió los pasos de su padre y se convirtió en asistente de la cátedra de higiene de la misma facultad. Se juntó también por empatía paterna a la corriente udenista de Juraci Magalhaes, uno de los principales caciques bahianos desde la Revolución del 30. En 1954 se eligió diputado estatal y en 1962 actuó activamente en la confección del futuro del golpe militar. El premio, la investidura por indicación del régimen, para la alcaldía de Salvador, en 1967, que hizo nacer el primer carlismo y llamó hacia ACM la atención de las elites bahianas, que vieron en él al ejecutor de los cambios modernizadores a la bahiana. De 1967 a 1974, el carlismo se fundamenta como la principal fuerza de la Arena en Bahía, pero el alcance del grupo todavía era estadual. Como gobernador, ACM cambió la lógica de la administración, introduciendo jóvenes técnicos, extraños a la tradición de los grupos políticos locales. “Ya se insinuaba un rasgo que marcaba el carlismo: la simultanea acción en la política institucional, en la estructura de la administración publica y la interface de ambas con el mundo del mercado, que pretendía el desmontaje de valores e instituciones oligárquicas y el apoyo a la construcción de un mercado capitalista nacional e internacionalmente conectado, aunque sin un fundamento local y de un Estado autoritario, capaz de apalancarlo.

Pero el “príncipe” no consiguió hacerse sucesor del gobierno en 1975. Fue necesario renovar la estrategia, para que el carlismo continuase siendo la alternativa al enigma bahiano. “Se mostró la necesidad de elevar el carlismo a la condición de actor bahiano-nacional, sin lo que ninguna supremacía sería obtenida en Bahía. El salto fue dado, en aquel año, con la indicación de ACM para la presidencia de la Electrobras.” Allí el pudo crear lazos con empresarios nacionales y así “nacionalizar” el movimiento político estadual. En esa dialéctica entre lo nacional y lo local, surgió la praxis del grupo: la adherencia en el plano estadual, a un ambiente político marcado por el mantenimiento de lógicas parroquiales y contrarias al pluralismo político, y una ética administrativa ajustada a la modernización. “En esas premisas, el carlismo se define como una institución política bahiana y nacional, parte constituyente de un arreglo regionalmente peculiar de elementos de la política brasileña del último medio siglo y, al mismo tiempo, la proyección nacional de esa ‘síntesis’ política regional, realizada en un contexto político autoritario y de débil polarización ideológica”.

La democratización del país obligó al carlismo a discutir nuevamente. “Se da sin cancelar la dicotomía, una inflexión táctica, sintonizándola al tiempo neoliberal que se establecía, en la cual cumplió un papel relevante el diputado Luis Eduardo Magalhães, hijo de ACM.” Dantas destaca que eso no contradice, pero resalta la tendencia baiano-nacional, dejando a Bahía un legado de “pensamiento único”: afirmar lo moderno mientras trunca el pluralismo político.  “El carlismo surge como demiurgo de una ‘nueva’ Bahía, imagen reforzada, a lo largo de los años 1990, por el prestigio nacional del grupo y por la actualización de los medios del tema de la baianidad, ya sin la ‘h’ aristocrática”. Esa nueva bahianidad seria la base ideológica que supuestamente conectaría a la elite y al pueblo manteniendo las desigualdades sociales, pero quitando cualquier refutación. “La miopía de los adversarios facilitó el éxito carlista en atraer cuadros políticos, intelectuales, artísticos,  empresariales y comunitarios,  convencidos por argumentos pragmáticos a componer un ambiente aclaratorio de una hegemonía política ejercida en la Bahía más moderna”.

Eso explicaría, mas que el prejuicio regionalista (que lo ve como un Ramiro Bastos), el apoyo a ACM de sectores del mercado del entretenimiento Bahiano, que, anota Dantas, es lugar de una absorbente racionalidad instrumental derivada del culto al mercado. El mismo error fue cometido por los anticarlistas, que insistían en tratarlo como un fenómeno coronelista. Mientras tanto, el gozaba de las bondades de los medios, en especial de la amistad con Roberto Marinho. Además de eso con el senador la bahianidad ganó también foros de racionalidad religiosa. “Era una ideología que legitimaba cambios sin la pérdida de eslabones con un pasado en donde la desigualdad y el despotismo político,  realidades que la modernización preserva y produce, echan sus raíces”. Lo que la oposición no consiguió el destino selló: la muerte de Luis Eduardo desorientó y agrietó el carlismo, que comenzó a erosionar. Ganando enemigos en todos los rincones, ACM fue perdiendo la magia que lo hacia “rey de los bahianos”: el acceso directo al poder nacional, capaz de atender las reivindicaciones estaduales. El carlismo acabo inventando su  propio antídoto: “La ciudad creyó tanto que su destino dependía de un liderazgo político bien dotado, sino de un gobierno políticamente ‘de arriba’ que el carlismo probó su propio veneno y vio a Lula  decidir la elección  en Salvador”.

La muerte del hijo también marca, señala Dantas, la fundación del carlismo post- carlista en el cual el elemento nacional del arreglo se muestra más poroso conduciendo las estrategias defensivas para mantener la cohesión del poder local. Sin tener mas el “cuerpo cerrado”, ACM se ve cercado por escándalos: el caso de los 10 millones de dólares desaparecidos de un préstamo del Banco Mundial en su gobierno; la bravuconada de los dossieres contra los políticos y hasta contra el Banco Central, que nunca mostró; acusaciones consecuencias del enriquecimiento ilícito; de fraudes que lo vincularan a la Odebrecht con derecho a cuentas-fantasmas y cuentas secretas de la campaña electoral; de tráfico de influencia en beneficio de una empresa americana en la implantación del proyecto Sivam; de recibimiento de donaciones ilegales de la campaña de empresas; y entre otros, el caso del “aprieto” de botones en el lugar de colegas del Senado ausentes, en fotos constrictivas que lo flagraron en el delito. Pero es necesario separar el hecho de la ficción.

Para Dantas, entender la simbiosis entre el político y  la Bahía “modernizada” es verla conectada en el capital y plantado en la tradición, un ojo en el padre y otro en la misa, actor y obra de la modernización conservadora que tuvo para Bahía el papel análogo de la Revolución del 30 para São Paulo”. ACM, observa el investigador, es reflejo de esa revolución tardía que, a partir de los años 1950, archivó el incipiente proyecto de modernización liberal que se esbozó al final de los gobiernos Dutra y Octavio Mangabieira, con el regreso de Vargas al poder por el voto popular de las urnas.

El senador ahora enfrenta, cada vez más, la erosión de su prestigio personal. “Privado de ese antepecho mitológico, el grupo quedó a merced de la pura lógica de los intereses.” Perdiendo sus “hombres” en el poder federal, aún amargó la limitación de la Red Globo de uso político de su retransmisora en Bahía, propiedad de la familia Magalhães (política que creció con la muerte de Roberto Marinho), la pérdida del control sobre el TER y la cúpula judiciaria del estado. Si hoy, su “prestigio” se vio elevado un poco gracias a las denuncias que  involucraron al presidente Lula y le dieron una plataforma, como crítico feroz del actual gobierno, hay también amenazas internas.  “Como el diputado Aleluya. Hoy ACM todavía lidera la bancada, pero ¿hasta cuando eso continuará? Es necesario tener en consideración que todos pensarán mucho antes de destruir la base donde surgieron, aunque el carlismo post-carlista se vuelque ahora para la gramática del universalismo, perfeccionando un discurso liberal para forzar la entrada en ambientes de gran política, colocando precisamente en segundo plano el tema de la baianidad.”

Para Dantas, el carlismo post-carlista no consiste en la cancelación de la herencia o hasta del liderazgo presente de ACM, ni de una vigencia del carlismo como grupo político integrado, sino de una superación de la estructura  fundada en una personalidad por una dinámica anclada en una competencia política institucional, bipolar, donde el PFL y el PT tienden a disputar cada vez más el lugar de protagonista. La victoria de Jacques Wagner revela, observa el investigador la madurez de PT bahiano, que fue más allá de la mera posición anti-carlista. “Eso no significa que el electorado autorizó a Wagner a destruir lo que hubo  de construcción positiva del estado durante el carlismo. Creo que se espera de él la sustitución, con cuidado, del cemento armado de la razón tecnocrática por un cemento democrático y republicano, que tenía una lucidez técnica, seriedad administrativa, pluralismo político y compromiso para una mayor igualdad social.”

Dantas tampoco, ve la victoria del petista como la mera derrota del pefelista. “No fue derrotada la figura del senador ACM,  políticamente declinante hace más de media década,  sino de la política de ‘renovación por dentro’. El electorado bahiano optó por el choque en la renovación política, en vez de confiar en una renovación pasiva.” Así, Wagner, dice Dantas, “no derrotó a un adversario moribundo. Al contrario: a partir del año pasado, con la erupción de la crisis política nacional que colocó al PT a la defensiva, el carlismo ganaba aliento y retomaba un viés expansivo, prometiendo la auto-renovación y captando cuadros del campo adversario, de lo que es síntoma el desembarque casi total del PSDB baiano en la candidatura de Paulo Souto”. El carlismo todavía tiene mucho aceite de corojo dentro para quemar.
“El grupo dejó de ser el intermediario obligatorio de los pleitos. El factor federal fue fundamental en eso, púes el PT  y  Wagner pasaron a sustituir eso. Es necesario considerar el papel que tuvo la pérdida, por el carlismo de sus posiciones en el gobierno federal y el consecuente archivo de su papel de procurador político obligatorio de los líderes municipales en la búsqueda  por la atención de los pleitos de su comunidad. Debemos esperar ahora para ver como el carlismo se comporta en la oposición, si habrá el mantenimiento de la cohesión del grupo en esas nuevas circunstancias en que el carlismo post- carlista  se vio derrotado. “Si Wagner irá efectivamente a echar abajo, al edificio carlista es otra historia. “Él hizo una oposición inteligente, tanto cuanto abarcadora y no ‘funalizada’ en la figura del senador. Pero el gobierno de Bahía está ocupado por un determinado grupo hace 16 años y eso demanda cautela de los nuevos. Hay una ‘neblina’ que pide ‘luz baja’. No se puede llegar a la base de la tierra arrasada y talvez sea necesario la captación de carlistas, haciendo procesos consolidados y lo nuevo perdure.

Para cambiar cuanto prometió, Wagner necesita del apoyo del gobierno federal, que por el actual sistema federal,  centralizador, puede ser de difícil ejecución, por mucha buena voluntad que Lula pueda tener. “No se sabe como se dará el proceso, pero habrá tensión entre los impulsos de separación del carlismo y captación. Eso no depende solamente del nuevo gobierno, sino de una serie cuestiones externas. “No vale la pena celebrar, la “muerte del carlismo” antes de tiempo. Al final, no es la primera vez que el carlismo tuvo reveses (ACM ya perdió ante Roberto Santos y Waldir Pires). La diferencia es que por primera vez no hay, como en el pasado, la compensación en la esfera nacional para esa quiebra del monopolio estadual de poder.

Eso muestra el error de ver al carlismo como un episodio localizado y personalizado. La longevidad del grupo se debe más a las conexiones nacionales del senador que a la alianza con las elites locales. ACM es más un caso ejemplar de la estrategia política de la elite brasileña que un fenómeno baiano exótico.” Para el investigador, salvando las debidas distancias, el carlismo fue la “Fiesp” de Bahía y ACM no una aberración  política, sino una propuesta de la regla nacional de modernización conservadora. “Si Luís Eduardo no se hubiera muerto, a familia Magalhães habría hecho una vuelta política total por la historia política brasileña, de Vargas al neoliberalismo de FHC, sin dolores, una sucesión dinástica.” Además de la pérdida del hijo, en el segundo gobierno de Fernando Henrique Cardoso, sectores tucanos forzaron su salida como una “incomodidad”, cuando, en verdad, ACM y Luís Eduardo fueron fundamentales para hacer factible la política neoliberal de aquel gobierno, recuerda el investigador.

No se puede hablar del senador como político de una sola nota, púes él siempre supo articular con precisión lo que pasaba en la esfera de Estado. Hace algunos años fue que él descarriló (como en el caso de desavenencia con Jader Barbalho). “¿Sería posible  pensar en otra Bahía sin la presencia de ACM?” “Él fue el cuadro político que vino a llenar un vacío. Las elites baianas de los años 1950, pragmáticas, optaron sin problemas, por renunciar al liderazgo del proceso de modernización, dejándolo en las manos del gobierno federal”, analiza. ACM era solamente una propuesta del Estado junto a esas elites, pero fue más allá del guión a él destinado, montando un poder unipersonal.

Para el investigador, sin embargo lanzar piedras en quien ya declina hace por lo menos seis años, como si el futuro de Bahía dependiese del destino de una sola persona, es un acto reductor y que no ayuda a la “democratización”  baiana. “Sobre resentimientos y escombros no se erguirá una Bahía mejor. La modernización política del estado no requiere revancha personal,  sino  actitud democrática. Hay un pasado y un presente de violencia y omisión que superar,  pero también conquistas y un nuevo mundo social baiano, que germinó en suelo áspero y debe ser reconocido para que la política no se convierta  en autopsia.” Inexistente en el libro de Jorge Amado, hay en la novela de la Globo, una escena ejemplar de eso: inmediatamente después de  la muerte del coronel Ramiro, Mundito, lo  moderno, es mostrado en las calles de Itabuna, recibiendo el mismo besa-mano del autócrata vencido. Esa es la “h” de la baianidad.

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