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Historia

Un sertón llamado Brasil

En el centenario de la Comisión Rondon, el país aún padece los mismos males

DIVULGACIÓNRondon recibe regalos por parte de los indios del valle del río Guaraporé; detrás de él, con sombrero, el filmador de la expediciónDIVULGACIÓN

En su rústico conocimiento, el vaquero Riobaldo, protagonista de Gran sertón: veredas, de Guimarães Rosa, nos dejó un enigma que hasta hoy nos desvela: “El sertón está en todas partes”. Para algunos, es todo Brasil, con una pequeña parcela de civilización cercada por la barbarie. Para otros, el sertón indefinido es sinónimo de la grandeza potencial, en espera de ser descubierta y conquistada. Si el descubrimiento del tema del sertón es mérito de Euclides da Cunha, la visión de la nación que puede construirse en ese Brasil grande es de Cándido Mariano da Silva Rondon (1865-1958). “Su legado capta los temas patrióticos y nacionalistas de la incorporación y construcción del Estado. ‘Brasil, país del futuro’ fue el lema desarrollista de la nación durante el siglo XX. Esa imagen de un Brasil inmenso, rico en minerales, a la espera de ser descubiertos, nació en parte con la Comisión de Líneas Telegráficas Estratégicas de Mato Grosso al Amazonas (CLTEMTA), la Comisión Rondon”, observa el brasileñista Todd A. Diacon, autor de un perfil del mariscal, recientemente lanzado en Brasil por la Compañía de las Letras.

Es una notable paradoja, en el centenario de la célebre expedición, iniciada en 1907, bajo el mando del presidente Afonso Pena, que el actual gobierno federal anuncia, en su Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), la intención de pavimentar la BR-364, en Acre, carretera que acompaña exactamente el trayecto de la línea telegráfica iniciada hace cien años por Rondon. Hoy, como en el siglo pasado, el Estado brasileño pretende aumentar su presencia en los rincones distantes, con la creencia de que llevando la infraestructura al sertón, el progreso llegará. Rondon no pensaba demasiado diferente. “Él juzgaba que desarrollar la estructura era importante justamente porque prometía facilitar los esfuerzos para adecuar a los habitantes del Nordeste de Brasil, como ciudadanos de ‘su Brasil'”, observa Diacon. ¿El dilema roseano del sertón nos persigue, aunque transformado? “En el pasado, la utopía geográfica revelaba al país como un inmenso frente pionero. La carretera terminaba en la boca de la selva. A los ojos de algunos, parecía fácil llevar el camino más adelante; el progreso haría el resto. Hoy sabemos que no es así. Es necesario vencer la gran frontera de la desigualdad, explorar un futuro más humano, abrir caminos de oportunidades. Recrear la idea de nación en base al interés colectivo”, afirmó el presidente Lula en 2005 al relanzar el Proyecto Rondon (creado en 1967). “La justicia social representa ahora aquello que el telégrafo simbolizó en el pasado, cuando el mariscal Rondon recorrió el país al frente de la CLTEMTA”. ¡Y como caminó! Desde mayo de 1907 hasta enero de 1915, Rondon y sus hombres instalaron 1500 kilómetros de la línea telegráfica Cuiabá-Santo Antonio do Madeira, cumpliendo la misión presidencial que tenía como objetivo conectar la capital federal, mediante hilos telegráficos, con los territorios de Amazonas, Acre, Alto Purus y de Alto Juruá por medio de la capital de Mato Groso, ya comunicada con Río de Janeiro.

Pero el progreso nacional nunca corrió por un hilo. Durante todo el año 1924, por ejemplo, las estaciones más importantes no enviaron más que algunas decenas de telegramas y recibieron aún menos. ¿Cuál entonces, es la importancia del trabajo de Rondon y lo imborrable de su fama “heroica”? Riobaldo, un experto, es quien cuenta con la respuesta. “Hubo todo un movimiento de valorización del sertón que acompañó proyectos de construcción de vías férreas (vale recordar que éste, es también el año del centenario del inicio de la construcción del ‘ferrocarril del diablo’, el Madeira-Mamoré), de delimitación de fronteras, de saneamiento, de mapeo cartográfico. Fuertemente asociado a la presencia del Estado, él reunió actores sociales informados por el cientificismo dominante entre la intelectualidad”, explica Nísia Trindade Lima, investigadora de la Casa de Oswaldo Cruz y profesora de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (Uerj), autora de “Un sertón llamado Brasil”. El inicio del siglo XX queda marcado por la discusión de la dualidad entre litoral y sertón, presenta también en la poética de Catulo da Paixão Cearense y su lamento romántico por el ideal amenazado por el progreso: “No existe, amigos, no no / claro de luna como éste del sertón”. Entonces, no prevalecía la polarización civilización-barbarie, al hablar de lo grotesco nacional. “El dicho de Riobaldo era correcto, toda vez que el sertón puede referirse a una región específica o hasta a la misma imagen utilizada por el movimiento sanitarista, de que el sertón comienza después de la avenida Central”, analiza Robert Wegner, también investigador de la Casa Oswaldo cruz. “Ese sertón que se encuentra en todas partes es entonces, tanto aquél polo asociado a la barbarie en contraposición a la civilización, como aquél de otra dualidad, la de la cultura auténtica en oposición a la civilización de imitadores de lo que se hacía en Europa”. Ese embate reunió a figuras como Euclides da Cunha, el mariscal Rondon y Oswaldo Cruz.

Son los intelectuales quienes giran sobre sus pies, para recordar la expresión acuñada por Nicolau Sevcenko, y comienzan a mirar hacia el interior del país. “Para ver el sertón con sus propios ojos, intentando resolver con telégrafos, vías férreas e investigación, aquella profunda ambigüedad de la dicotomía sertón versus litoral, en la cual ora un polo aparece como negativo, ora el otro. De esa manera, esos tres personajes intentaban aunar su inserción en el sertón como descubrimiento de autenticidad a sus ansias por incorporar esos sertones al proceso civilizatorio”, nota Wegner. Pero existía algo más en juego. “Las perspectivas que valorizan positivamente, o abordan en forma ambivalente aquello que es visto como polo de atraso y de la resistencia al progreso, visionan el sertón como la posibilidad del desarrollo de una auténtica consciencia nacional”, evalúa Nísia. El sertón se torna tema clave en el pensamiento social brasileño y en los proyectos de construcción de nacionalidad. “Puede asimismo afirmarse, que la idea de sertón se transforma en una metáfora para pensar a Brasil”, escribe la investigadora.

DIVULGACIÓNRondon en uno de sus campamentos, con una fotografía de su familia sobre la mesa, y sus amados perrosDIVULGACIÓN

La nación
En ese contexto, en las postrimerías del siglo XIX, Río de Janeiro se encontraba tan distante del interior como de París o Londres. La sensación era que había “un defecto” en la nación brasileña que parecía no poseer puntos en común y, nota Diacon, “era preciso construir una nación, o remodelarla, de manera que pudiese tornarse algo nuevo y moderno”. Se intentó, desde el inicio, descubrir la “raza brasileña”, pero los teóricos luego se toparon con el “desagradable” descubrimiento de que ser moderno implicaba ser blanco o europeo, pero la mayoría de los brasileños no era ni una cosa ni la otra. Pensadores, como Euclides, se apartaron del ideal de blancura y pasaron a apreciar al “Brasil mestizo”, en el que la unión de razas era lo que hacía del brasileño “ante todo, un hombre fuerte”. En común, Rondon y el autor de Los sertones tenían la formación militar en la Escuela Militar de Praia Vermelha y el contacto con un profesor positivista, Benjamin Constant. “Su positivismo, abogaba por la neutralidad científica, valorando el conocimiento positivo, universal, obtenido por los sentidos, siendo valoradas la observación y la experimentación. El positivismo desarrolló toda una cultura anti-metafísica, enfocando sus intereses en el mundo real, objetivo, palpable, sustentado en la idea del progreso continuo, basado en el orden y en el progreso”, escribe el geógrafo José Carlos Camargo, de la Unesp, en su artículo “El positivismo y la geografía en Rondon”.

“Las oposiciones entre litoral y sertón no serían, en esa forma, irreconciliables, sino pasibles de solución por intermedio de un proyecto nacional que incorporase efectivamente al interior del país”, analiza Nísia. Como Rondon era un positivista ortodoxo, “presume”, nota Diacon, “que su trabajo podría ser el propulsor de la incorporación de los pueblos indígenas a la nación brasileña y también de la migración de brasileños de la costa hacia tierras más fértiles; en otras palabras, podría desencadenar la unión física, así como la emocional y afectiva, de su país y de su nación”. La admiración de Euclides por el mariscal también incluía la visión de que la materia prima étnica y social del sertanejo, su mesticismo, se constituiría como factor revitalizante de la incipiente civilización brasileña, en especial por sus raíces indígenas (en el caso de Rondon, familiares: su madre era descendiente de indios terena y bororo – indígenas de la región de Mato Groso). Eso no se restringía a lo anecdótico, como las ceremonias diarias de izamiento de la bandera con el Himno Nacional como fondo, en un gramófono (símbolo de la modernidad presente), al envolver bebés indios con el pabellón nacional o a la exposición de diapositivas con fotografías de los símbolos patrios durante las noches de los feriados cívicos, prácticas rondonistas de fuerte tono positivista (patrias, orden, familia). El mariscal fue duramente criticado por su “respeto” por los indios. “Rondon y los positivistas desarrollaron su teoría de que los indígenas no eran racialmente inferiores, pero vivían simplemente en un nivel primitivo de evolución social (pero no racial)”, nota Diacon. Eso, en una época en la que para muchos brasileños eminentes, el racismo científico explicaba los “problemas” de los “no-blancos” en Brasil.

El inferior
“Mientras Rondon se hallaba en el sertón implementando políticas que no atribuían importancia a la raza, intelectuales urbanos como Sílvio Romero escribían acerca de la inferioridad racial de los indígenas”, recuerda el investigador americano. Existen, por supuesto, puntos polémicos, como los esgrimidos por Antonio Carlos de Souza Lima en su libro “Un gran cerco de paz”, que marca el problema de la política de Rondon para con los indios y lo responsabiliza por el etnocidio al que fueron sometidos. Finalmente, fueron sus descubrimientos los que llevaron, en 1916, a la oficialización en el código Civil, del paternalismo estatal en relación con los indios. “Ciertamente, el objetivo de Rondon era la transformación de los indígenas en brasileños, la ‘nacionalización’, como el decía. Y, ciertamente, es justo resaltar que el objetivo final de la asimilación era la desaparición de los indios. Pero también cabe reconocer la naturaleza ambigua de las ideas de Rondon”, observa Diacon. “Aunque preconizase la asimilación, él también exigía de sus comandados que respetasen las prácticas sociales y religiosas de los indios hasta que estuviesen ‘preparados’ para el positivismo”. En 1942, en el artículo “Rumbo al Oeste”, Rondon se mostró totalmente integrado con el ideal de estado-novista de Vargas de valorizar al indio como símbolo de la nacionalidad brasileña. “Curiosamente, los indios, que representaban una minúscula porción de la población brasileña, fueron convocados repentinamente al escenario político, donde continúan aún hoy”, analiza el brasileñista Seth Garfield en “Las raíces de una planta que hoy es Brasil”. Rondon fue nombrado por Vargas para dirigir el Consejo Nacional de Protección de los Indios, y es durante su gobierno que fue creado el Día del Indio. “En un futuro venturoso”, nota Garfield, “Rondon visionaba a los indios emancipados, dividiendo las tierras de sus reservas o residiendo como no-indios, como parte de la Marcha para el Oeste”.

¿Y el sertón? Durante la misma época en la cual Rondon instalaba sus hilos, Oswaldo Cruz era solicitado por la Mamoré Railway Company para intentar realizar prevención de la malaria, que mataba a los trabajadores de los ferrocarriles por miles. Las expediciones científicas realizadas por el científico de Manguinhos y por sus colegas, trazarían un nuevo retrato del país: la enfermedad, y no el clima y la raza, sería el problema central que atravesaba a la nación. “El debate acerca de la identidad nacional en el país se daría mediante una metáfora de la enfermedad”, agrega Nísia. “Se promueve la ampliación del sentido atribuido a la palabra sertón, superponiendo a los criterios geográficos y demográficos, las ideas de abandono y exclusión. Un sertón caracterizado por el abandono y por la enfermedad. Un sertón desconocido, pero que era, y es, casi del mismo tamaño que Brasil”, sostiene.

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