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Arqueología

Fragmentos del pasado

Cerámica indígena revela que el corazón de la Amazonia, actualmente un vacío demográfico, ya fue refugio de comunidades vastas y complejas, antes de la llegada de los europeos

*Ricardo Zorzetto viajó por invitación de Petrobras y del proyecto Piatam

Las comunidades indígenas que habitaron la Amazonia Central durante los casi dos milenios que antecedieron a la llegada de los europeos estaban formadas por grupos que se fijaban durante decenas o hasta centenares de años a orillas de los ríos y no deambulan tanto por la selva en busca de alimentos. En una forma inicial de agricultura, cultivaban mandioca, maíz y posiblemente otras plantas domesticadas en la Amazonia como la piña o la palmera pihuayo o pupunha. También pescaban y cazaban pequeños animales en lo alto de los árboles, toda vez que por allí aún hoy en día son raros los animales en el nivel del piso. Con interrupciones más o menos breves, grupos de cuatro culturas indígenas se sucedieron en comunidades que, en los períodos más prósperos, llegaron a reunir algunos cientos de miles de personas. En esa época de la cual no hay registros históricos, el grado de organización social de los grupos indígenas era bastante variable, como se puede inferir de las excavaciones iniciadas en 1995 por el equipo de Eduardo Góes Neves, del Museo de Arqueología y Etnología de la Universidad de São Paulo (USP). Es cierto que las culturas precoloniales que vivieron entre 2.300 y 500 años atrás en la Amazonia Central, región que abarca los principales afluentes del río Solimones en el estado de Amazonas, jamás alcanzaron la estructura y la sofisticación de otras civilizaciones contemporáneas como la maya y la azteca, en América Central, o la inca, en la cordillera de los Andes, diezmadas por los conquistadores españoles y por las enfermedades que éstos trajeron a las Américas. En el corazón de la Amazonia brasileña, no siempre las comunidades indígenas se constituían según un patrón de complejidad creciente bandos, tribus, cacicazgos y civilizaciones, planteado hace más de 50 años por una rama de la antropología estadounidense llamada neoevolucionismo, que veía en la civilización occidental su más alto grado de desarrollo. Hay señales de que en esos dos milenios existieron por allí tribus y posiblemente cacicazgos, en que un líder ejercería poder sobre varias aldeas, dice Nieves. En la Amazonia Central, esa complejidad varió según la época. Algunos grupos crecieron y alcanzaron cierto grado de organización, pero, próximo a la llegada de los colonizadores, comenzaron a disminuir hasta casi desaparecer. Es un cuadro mucho más complicado de lo que se imaginaba, y esa es la belleza de la Amazonia, comenta Neves, que hasta recientemente trabajó con los arqueólogos estadounidenses Michael Heckenberger, de la Universidad de Florida con sede Gainesville, y James Petersen, muerto en el 2005 durante un asalto cerca de Manaos.

Complejidad
No se debería extrañar tal variedad. Al final, la Amazonia es un mundo de complejidad. Quien toma un avión de Brasilia para Manaus sobrevuela por más de dos horas la densa vegetación que se desparrama por todos los lados hasta donde la tierra se confunde con el cielo. Es de 11 mil metros de altitud que se tiene una idea mas necesita la inmensidad de la floresta: son 7 millones de kilómetros cuadrados de bosque cerrado que sólo deja un 10% de la luz solar llegar al piso. La mitad de ella está en territorio brasileño cubre poco más de un tercio del país y viene siendo vorazmente corroída en sus márgenes por llanuras y plantaciones de soja que empujan madereras clandestinas selva adentro. De lo alto, parece única y homogénea. Pero lo que la ciencia ya descubrió muestra que no lo es. Como casi todo en Brasil, la Amazonia es múltiple. Son varias las formaciones forestales, que ahora absorben más carbono del que lanzan para la atmósfera, ahora devuelven más de lo que toman para sí. También es diversa la distribución de animales y la fertilidad del suelo, así como fue variado el patrón de ocupación humana de la selva antes de la llegada de los europeos, como revelan las investigaciones de Neves. En 12 años de trabajo en un área de 900 kilómetros cuadrados próxima a Manaus, el grupo del arqueólogo de la USP viene ayudando a reescribir la historia de la Amazonia precolonial. O, al menos, colocando en cuestión conceptos que prevalecerán por más de medio siglo entre círculos de la  arqueología y de la antropología en Brasil y en el exterior. Con base en lo que encontró, Neves ya visualiza con buen nivel de detalle como fue entre 2.300 y 500 años atrás la vida en el interior de la Amazonia, más precisamente en el canal del turbulento Solimones y del sereno Negro, por primera vez investigada a profundidad.  Esas nuevas informaciones deben contribuir a que los arqueólogos comiencen a ver el pasado de la Amazonia brasileña una región que abarca los estados de Rondonia, Roraima, Amapá, Acre,  Pará y partes de Mato Grosso y Tocantins como un mosaico de culturas con diversos grados de evolución, y no más un gigantesco bloque homogéneo. Por mucho tiempo, prevalecieron visiones antagónicas con respecto a los dos primeros grupos humanos que vivieron por allí. Según una de esas visiones, las comunidades ancestrales amazónicas jamás habrían reunido más que algunas decenas de individuos. Aunque rica en diversidad de plantas y animales, la floresta sería un ambiente con poca disponibilidad de comida y desfavorable a la agricultura, por causa del suelo pobre en nutrientes, como defiende desde los años 1950 la estadounidense Betty Meggers, pionera en las excavaciones de la Amazonia. Esa escasez de alimento le impediría a las comunidades ancestrales que  crecieran y se convirtieran numerosas al punto de que las personas asuman papeles sociales distintos y desarrollasen una cultura más sofisticada, capaz de producir cerámicas ricamente ornamentadas. Una de las principales autoridades en la prehistoria amazónica, Betty Meggers tiró sus conclusiones a partir de lo que observó en la Isla de Marajó, en Pará, a cerca de 2 mil kilómetros de Manaus. Para ella, los indios marajoaras, autores de cerámicas coloreadas elaboradas, descendieron de una cultura original de Colombia o del Ecuador y serían una excepción a la regla. En la década de 1970, otro arqueólogo estadounidense, Donald Lathrap, sugirió lo opuesto. Sin nunca haber pisado tierras brasileñas, comparó cerámicas producidas en los Andes con la de los pueblos amazónicos, y propuso que la Amazonia Central hubiese sido el principal centro de innovación cultural suramericano, con influencia hasta sobre el desarrollo de las primeras civilizaciones andinas, además de haber sido la cuna de la agricultura en esa parte del continente. Las generalizaciones de Meggers y Lathrap generaron modelos panorámicos para la ocupación de la Amazonia, pero que dejan de lado detalles importantes. Aún se sabe poco sobre el pasado de la Amazonia, reconoce Neves. Lo que se dice de allá tiene por base trabajos hechos en  Pará, en Amapá, en Mato Grosso y, más recientemente, en el Amazonas.

Tierra prieta
Ese debate, uno de los más ríspidos de la arqueología nacional, llevó a Neves, Heckenberger y Petersen a que volvieran sus ojos hacia el corazón de la Amazonia. En un viaje a Manaus en 1994, Heckenberger pidió a un barquero que le mostrase lo que geólogos y arqueólogos llaman tierra prieta. Ese suelo ceniza-ennegrecido, que se destaca de la tierra arenosa y de color pardo del Amazonia, es bastante fértil y acostumbra indicar las áreas de ocupación humana antigua. En algunos minutos en barco por el río Negro, Heckenberger avistó una inmensa mancha de suelo ennegrecido, cubierto por una plantación de bananas y yuca. Al año siguiente, el trío inició la explotación de esa área próxima al igarapé Azutuba. A lo largo de dos meses ellos analizaron la estancia Azutuba, una faja de 3 mil metros de extensión por 300 de largura, el tamaño de 90 manzanas de una ciudad. De allá para acá, identificaron casi cien estancias arqueológicas de dimensiones variables las menores tienen un área de cuatro manzanas y hasta el momento excavaron sistemáticamente diez de ellos. Capas de tierra negra con espesor de entre 70 centímetros y casi 2 metros preservaron vasos, urnas funerarias y cascos de cerámica fabricados por pueblos que vivieron allí entre centenas y cientos de miles de años atrás en algunos puntos, por hasta 300 años seguidos. El análisis de un poco más de cien muestras por la técnica de datación por carbono 14, que permite estimar con una precisión de decenas de años la edad del material, revela que la presencia humana en la Amazonia Central es antigua y discontinua. Una punta de lanza esculpida en una roca muy dura amarilla enrojecida, el sílex, tiene cerca de 7.700 años. Pero los vestigios de las comunidades indígenas desaparecen y sólo reaparecen cinco milenios más tarde, cuando surge una cerámica bastante elaborada pintada en rojo, negro y blanco y con incisiones próximas al borde, típica de un pueblo que el equipo de Neves denominó cultura azutuba, que ocupó la región por casi diez siglos, hasta 1.600 anos atrás. El resurgimiento de la presencia humana en la Amazonia Central coincide con un período en que la temperatura del planeta aumentó y la Amazonia volvió a  expandirse después de haber encogido por cientos de miles de años. En ese período los ríos subieron, posiblemente ocultando áreas de ocupación más antigua, dice Neves. En la misma época en que comienzan a ser raras las señales de la cultura azutuba, aumenta en las estancias una cerámica atribuida a la cultura manacapuru, que duró hasta 1.100 años atrás y dejó los colores de lado, adornando su trabajo solamente con diseños geométricos. Casi simultáneamente, un pueblo que hacía vasos y urnas sin colores, pero con bordes reforzados y apliques en formas humanas o de animales, ocupó por siete siglos la Amazonia Central hasta ser aparentemente expulsado de la región por los autores de un cuarto tipo de cerámica llamada guarita adornada en negro, blanco y rojo, semejante a la de los marajoaras. Los vestigios de cerámica guarita indican que, por vuelta de 1.800 años atrás, ese pueblo emigró de una región en Pará situada cerca de 300 kilómetros al este de Manaus rumbo a la Amazonia colombiana, en el extremo oeste. En el camino, ahuyentaban a quien estuviese por la frente. En la opinión de Neves, los indios guaritas pueden haber visto en la tierra prieta formada por la deposición de restos de alimentos, excrementos y otros compuestos orgánicos por las tres culturas que vivieron antes por allí el sitio ideal para plantar rocas temporales. En tres de las estancias excavadas él encontró señales de que puede haber habido conflicto entre las culturas que vivieron en la región: vallas con 2 metros de profundidad y hasta los 150 metros de extensión protegían las aldeas. Dos de esos fosos aún preservan indicios de cercas de estacas puntiagudas. En conjunto, los vestigios de la región indican presencia humana por largos períodos, con apogeo entre 1.400 y 800 años atrás. En esa época, algunas comunidades podían abrigar a cientos de miles de personas, hasta con diferencia social tumbas construidas con añicos de cerámica sugieren división de trabajo, común donde hay jerarquía del poder. El investigador de la USP es el primero en reconocer los límites del propio trabajo. Es muy arriesgado hacer esas afirmaciones para una región tan vasta como la Amazonia Central con base en los hallazgos de solamente diez estancias arqueológicas. Pero es lo que se conoce más preciso hasta el momento. Estamos ayudando a construir un conocimiento que puede cambiar de aquí a diez o veinte años. Neves espera chequear esa hipótesis de la llamada expansión guarita en otra área de la Amazonia Central donde comenzó a trabajar más recientemente. En 2002, él fue convidado por la Universidad Federal del Amazonas (Ufam) y por Petrobras para acompañar la instalación de un gasoducto de 400 kilómetros de extensión que une a la mayor reserva del petróleo nacional en tierra, en el municipio de Coari, a la ciudad de Manaus. Es que en  el inicio de las obras, equipos de Petrobras encontraron vestigios de un sitio arqueológico en Coari. Desde entonces fueran identificadas otras 41 áreas ocupadas por antiguos pueblo de la Amazonia, que vienen siendo estudiadas por un grupo coordinado por Neves en el programa Potenciales Impactos y Riesgos Ambientales en la Industria del Petróleo y Gas en el Amazonas (Piatam), conducido por la Ufam y por Petrobras con el objetivo de reducir posibles impactos ambientales  consecuencias del transporte de petróleo en la Amazonia. Si Neves tiene razón, el pasaje de los guaritas barrió las otras comunidades de buena parte de la Amazonia Central tres siglos antes del descubrimiento de las Américas. Cuando Cristobal Colón alcanzó el Caribe en 1492, a servicio de la Corona española,  de 2 millones a 4 millones de nativos suramericanos vivían en la Amazonia. Hoy las comunidades indígenas en la región deben sumar unas 170 mil personas: la mayor parte vive en áreas próximas a Venezuela, al norte, o a Mato Grosso, al sur, y un tercio se concentra en Manaus.

El Proyecto
Cronologías regionales, hiatos y discontinuidades en la historia precolonial de la Amazonia
Modalidad
Proyecto Temático
Coordinador
Eduardo Góes Neves – MAE/USP
Inversión
735.437,12 reales (FAPESP)

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