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Biblioteca digital

El tesoro de los mapas

Material cartográfico revela el imaginario colonial portugués

090-091_Mapoteca_183divulgaciónUn precioso material cartográfico ha cobrado una irrestricta visibilidad merced al trabajo del grupo de investigadores de la Universidad de São Paulo (USP) responsable de la construcción de la Biblioteca Digital de Cartografía Histórica. El acceso online es libre. Fruto de un concepto desarrollado por el Laboratorio de Estudios de Cartografía Histórica (Lech), este sitio ofrece no solamente la posibilidad de apreciar un archivo de mapas raros impresos entre los siglos XVI y XIX, sino que también permite hacer una serie de referencias cruzadas, comparaciones y llaves interpretativas con la pluralidad y la rapidez de internet. Al fin y al cabo, “un mapa por sí solo no hace un verano”, como dice una de las coordinadoras del proyecto, Iris Kantor, docente del Departamento de Historia de la USP. El conjunto revela mucho más que informaciones geográficas. Permite también percibir la elaboración de un imaginario a lo largo del tiempo, revelado por visiones de Brasil concebidas fuera del país. El trabajo se insertó en el marco de un gran proyecto temático, denominado Las dimensiones del imperio portugués, coordinado por la profesora Laura de Mello e Souza, que contó con el apoyo de la FAPESP.

Hasta ahora el archivo ha tenido dos fuentes principales. La primera fue el conjunto de anotaciones realizadas a lo largo de 60 años por el almirante Max Justo Lopes, uno de los principales expertos en cartografía de Brasil. La segunda fue la colección particular del Banco Santos, puesta bajo custodia del Estado durante el proceso de intervención del patrimonio del banquero Edemar Cid Ferreira en 2005. Una decisión judicial transfirió la custodia de los mapas al Instituto de Estudios Brasileños (IEB) de la USP; una iniciativa loable, toda vez que esa colección, según Iris Kantor, “estaba guardada en condiciones muy precarias en un galpón, sin ninguna preocupación con el acondicionamiento adecuado”. Se recogieron alrededor de 300 mapas. Se sabe que la cantidad total de la colección original era mucho mayor, pero se ignora en dónde se encuentran los otros.

El primer paso consistió en recuperar y restaurar los mapas, que llegaron a la USP “totalmente desnudos”, y a tal fin se hizo necesario un extenso trabajo de identificación, datación, atribución de autoría, etc. Durante los años 2007 y 2008, el Laboratorio de Reproducción Digital del IEB investigó, adquirió y utilizó la tecnología adecuada para reproducir en alta resolución la colección de mapas. Hubo que hacer varios intentos hasta que se logró la precisión de rasgos y colores deseada. Luego el Centro de Informática del campus de la USP de São Carlos (Cisc/ USP) desarrolló un software específico que permitió construir una base de datos capaz de interactuar con el catálogo general de la biblioteca de la USP (Dedalus), como así también recabar y transferir datos de otras bases disponibles en internet. Una de las fuentes inspiradoras de los investigadores fue el sitio web del coleccionador y artista gráfico inglés David Rumsey, que contiene 17 mil mapas. Otra fue la pionera Biblioteca Virtual de Cartografía Histórica, de la Biblioteca Nacional, que reúne 22 mil documentos digitalizados. En un futuro, el archivo cartográfico de la USP integrará la Biblioteca Digital de Cartografía Histórica. Se le asignó prioridad a los mapas del Banco Santos pues no pertenecen a la universidad y en cualquier momento pueden ser solicitados judicialmente para cancelar deudas.

090-091_Mapoteca_1832divulgaciónEn la actualidad se encuentran disponibles en la Biblioteca Digital “informaciones cartobibliográficas, biográficas y datos de naturaleza técnica y editorial, como así también notas explicativas que apuntan a contextualizar el proceso de producción, circulación y apropiación de las imágenes cartográficas”. “No existe un mapa ingenuo”, dice Iris Kantor, quien indica así la necesidad de juntar esas informaciones para entender qué se oculta por debajo de la superficie de los contornos geográficos y de la toponimia. “El supuesto del historiador es que todos los mapas mienten; la manipulación es un dato importante en cualquier pieza cartográfica.”

Formaron parte de esa manipulación los intereses geopolíticos y comerciales de cada época determinada y de aquéllos que produjeron o solicitaron el mapa. El historiador Paulo Miceli, de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp), quien a comienzos de la década pasada había sido convocado por el Banco Santos para suministrar consultoría sobre la organización de la colección, recuerda que el primer registro cartográfico de lo que actualmente es Brasil fue un mapa del navegante español Juan de la Cosa (1460-1510), datado de 1506, que muestra “la línea demarcatoria del Tratado de Tordesillas, África muy bien dibujada y, a su izquierda, un triángulo pequeño que es América del Sur”. “Brasil fue surgiendo de una especie de niebla espesa de documentos, condicionado entre otras cosas por el rigor de la corona portuguesa sobre el trabajo de los cartógrafos, que estaban sujetos incluso a la aplicación de la pena de muerte”. Esta “aparición” gradual de Brasil en el esquema geopolítico imperial es el tema de la tesis de libre docencia de Miceli, intitulada apropiadamente Los contornos de Brasil en el mapa del mundo, que saldrá en libro este mismo año, publicado por la editorial de la Unicamp. El título se refiere al Theatrum orbis terrarum (Teatro del mundo), del geógrafo flamenco Abraham Ortelius (1527-1598), considerado el primer atlas moderno.

Navegantes
Al contrario de lo que se puede imaginar, los mapas antiguos no tenían la función principal y práctica de orientar a los exploradores y navegantes, quienes hasta el siglo XIX se valían de derroteros escritos, las “cartas de marear”, registradas en “pergaminos sin belleza ni ambigüedad, perforados con compases y otros instrumentos, y que se convirtieron en envoltorios de carpetas de documentos en los archivos cartográficos”, según Miceli. “Los mapas eran objetos de ostentación y prestigio, con valor de fruición y ornamentación, para nobles y eruditos”, dice Iris Kantor. “Uno de los tesoros del Vaticano era su colección cartográfica”. En tanto, los derroteros de navegación eran meramente manuscritos y no impresos, proceso éste que les daba a los mapas el status de documentos privilegiados. Las chapas originales de metal, con las alteraciones a lo largo del tiempo, duraban hasta 200 años, siempre en manos de “familias” de cartógrafos, editores y libreros. A veces esas familias eran incluso grupos consanguíneos con funciones hereditarias, otras veces eran talleres altamente especializados. Los artistas, con experiencia acumulada a lo largo de décadas, no viajaban y recababan sus informaciones con “navegantes muchas veces analfabetos”, según Miceli. Para brindar una idea acerca del prestigio asignado a la cartografía, recuerda que el Atlas major, del holandés Willem Blau090-091_Mapoteca_1832divulgacióne (1571-1638), pintado con tinta de oro, fue considerado el libro más caro del Renacimiento.

Uno de los criterios de búsqueda de la Biblioteca Digital de Cartografía Histórica es precisamente por “escuelas” de cartógrafos, entre ellas la flamenca, la francesa y la veneciana, siempre recordando que el saber fundamental provenía de los navegantes y cosmógrafos portugueses. Iris Kantor considera que las escuelas se relacionan y planea en un futuro reemplazar la palabra “escuela” por “estilo”. También está en los planes del equipo reconstituir la genealogía de la producción de mapas durante el período cubierto. En el estudio de estos documentos se incluye la identificación de aquéllos que contienen errores voluntarios como parte de un esfuerzo de contrainformación, denominado por Miceli “adulteración patriótica”. Como por ejemplo los mapas que falsifican la ubicación de recursos naturales tales como ríos, para favorecer a los portugueses o a los españoles en la división del Tratado de Tordesillas.

Una evidencia de la función cuasi propagandística de la cartografía se encuentra en el mapa Brasil, de 1565, producido por la escuela veneciana, que ilustra la apertura de este artículo. En él no se destaca precisamente la precisión geográfica. “La toponimia no es muy intensa, aunque toda la costa ya había sido nombrada en esa época”, dice Iris Kantor. “Es una obra destinada al público lego, quizá más a los comerciantes, como lo indican los barquitos con los escudos de armas de las coronas de Francia y Portugal. Vemos el comercio del palo de Brasil, aún sin identificación de la soberanía política. Parece una región de acceso libre. La representación de los indígenas y su contacto con los extranjeros transmite cordialidad y reciprocidad.”

“En el fondo, los mapas sirven como representación de nosotros mismos”, prosigue la profesora de la USP. “En el estudio de la cartografía brasileña post independencia, por ejemplo, llama la atención nuestra visión de la identidad nacional basada en una cultura geográfica romántica, liberal y naturalista, que representa al país como un continuo geográfico entre la Amazonia y el Plata. En el mismo período, la idea del pueblo no era tan homogénea. No por casualidad los hombres que hicieron la independencia y constituyeron la estructura legal del país estaban ligados a las ciencias naturales, a la cartografía, etc. La cuestión geográfica fue imperativa en la creación de la identidad nacional.”

Un ejemplo muy diferente de utilización de los recursos digitales en la investigación con mapas se encuentra en marcha en la Unicamp, derivado del proyecto intitulado Trabajadores en Brasil: identidades, derechos y política, coordinado por la profesora Silvia Hunold Lara y que cuenta también con el apoyo de la FAPESP. Se trata del estudio Mapas temáticos de Santana y Bexiga, sobre el cotidiano de los trabajadores urbanos entre 1870 y 1930. Según la profesora, se puede reconstituir el cotidiano de los habitantes de esos barrios paulistanos, “no  disociados de su modo de trabajo y de sus reivindicaciones de derechos”.

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