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Economía

A hierro y fuego

La experiencia siderúrgica pionera de la Fábrica Real de Hierro de Ipanema dejó sus lecciones de audacia

Léo RamosLos famosos altos hornos construidos por Varnhagen todavía pueden contemplarse en el sitio históricoLéo Ramos

Separados por siglos, dos gobernantes concibieron el mismo proyecto y padecieron los mismos obstáculos. “Estoy obligado a proponer una fábrica de hierro. Su carencia trae perjuicios irreparables, es la ruina total. Si se fabrica acá su precio puede ser mucho más módico. Pagamos abultadas sumas a los extranjeros por él”, escribió Rodrigo de Meneses en la Exposição sobre o estado de decadência da capitania de Minas Gerais, que él gobernaba, en 1780. “El mayor problema de nuestra economía es el siderúrgico. Estamos impedidos por la falta de herramientas para explotar la riqueza que tenemos”, dijo Getúlio Vargas en un discurso realizado en 1931. Recién en 1946, con la creación de Companhia Siderúrgica Nacional, ambos, finalmente, serían “atendidos”.

En ese lapso, el país dio pasos importantes en la producción de hierro a gran escala, pero buena parte de la historiografía prefirió desdeñar esos esfuerzos tildándolos de “fiascos”. Eran tres emprendimientos, todos comenzados en 1810. Dos en Minas Gerais: la Fábrica Morro do Pilar, dirigida por Manoel Ferreira da Câmara, donde funcionó el primer alto horno para producir hierro de América del Sur; y la Fábrica Patriótica, en Congonhas do Campo, comandada por el barón Eschwege, un joven pero experimentado metalúrgico alemán. El intento más ambicioso se produjo, paradójicamente, no en la región de los yacimientos de Minas, sino en Ipanema, en “Morro do Araçoiaba”, una región cercana a la villa de Sorocaba, en São Paulo.

074-079_Siderurgica_202Lemaître, 1821“La Fábrica Real de Ferro Ipanema obtuvo la mayor inversión industrial realizada por Portugal en Brasil. Era un sofisticado complejo siderúrgico y concitó la atención internacional en su tiempo, aunque no haya alcanzado las metas previstas. Tildarla de ‘fiasco’ por esa causa es un error histórico”, dice Fernando Landgraf, docente de la Escuela Politécnica de la Universidad de São Paulo (Poli-USP) y director presidente del Instituto de Investigaciones Tecnológicas (IPT). La construcción de la siderúrgica, la niña de los ojos del proyecto modernizador de don João VI para la colonia, la llevó adelante un equipo de metalúrgicos suecos, dirigidos por Carl Hedberg.

Suecos
“El contrato con los suecos estipulaba que, más allá de construir los edificios y hornos de la fábrica, ellos les enseñarían a los luso-brasileños el arte de la metalurgia, su teoría y su práctica. Para ello, tenían la obligación de traer una biblioteca con los mejores libros de tecnología siderúrgica a Brasil, e Ipanema obtuvo una colección de 24 títulos importantes”, relata el profesor. Hasta el año pasado, no se sabía con certeza si los libros realmente habían llegado al país. La respuesta llegó con un inusitado mensaje en sueco. Un grupo de investigadores que estudiaban objetos encontrados en el sitio histórico de Ipanema por la arqueóloga Margarida Andreatta, del Museo de Arqueología y Etnología de la USP, en busca de más información sobre Hedberg en internet, se topó con el nombre del metalúrgico mencionado en el sitio web de un historiador de la siderurgia de Suecia.

“El texto, que no comprendíamos, finalizaba con el nombre de Hedberg y un signo de interrogación. Acudí a una empresa sueca para que alguien me tradujera el contenido. Era una pregunta: ‘¿Alguien sabe del paradero de Carl Hedberg?’. Nosotros lo conocíamos: vino a Brasil para construir la fábrica de hierro y estaba enterrado en un cementerio protestante de Río”, recuerda Landgraf. “Pero no pensábamos en la mentada biblioteca”, comenta. La conexión se estableció cuando el investigador se topó con una reedición del libro Subsídios para a história do Ypanema, de 1858, con autoría del senador Nicolau Vergueiro. “En él había una copia del inventario de bienes de la fábrica, realizado en 1821, que refería la existencia de 24 libros. La biblioteca existió y estaba desaparecida”. Se trata de la primera biblioteca especializada en siderurgia que llegara a Brasil.

Léo RamosCárcel Léo Ramos

El misterioso sueco de internet era el ingeniero jubilado Sven-Gunnar Sporback, que residía al lado de un viejo alto horno, tan grande era su pasión por la siderurgia. Luego de responderle la pregunta sobre Hedberg, Sporback reveló que él tenía ocho de los títulos de la biblioteca de Ipanema, aunque en ediciones diferentes a las extraviadas, y se las dio a Landgraf, quien acaba de donar los ejemplares a la Biblioteca de Libros Raros de la Poli-USP. “Los libros revelan parte de la historia de la Fábrica de Ipanema, que fue muy importante para la historia de la industria en Brasil”.

“Además, Ipanema se encuentra ligada a un texto que inaugura, en el país, la metodología científica en el análisis de la tecnología: Memória econômica e metalúrgica sobre a Fábrica de Ferro de Ypanema, de 1820, un informe realizado por José Bonifácio, a su regreso a Brasil, con críticas basadas en el saber científico a la arquitectura de los altos hornos de Ipanema, que él inspeccionara junto a su hermano Martim Francisco”, dice el investigador. “La rast (rampa), el apoyo superior al crisol, es muy bajo y poco empinado, ya que tiene 45 grados, sobre el cual se acumula la carga todavía en crudo, que se enfría en la circunferencia, y luego se precipita abruptamente sobre el crisol y llega al alcribís o tobera, donde se insufla el aire, no pudiendo penetrar y fundir en forma debida y gradual. La estructura interna de los hornos y forjas presentan defectos cruciales, que, de no se corregírselos, la Fábrica nunca podrá ofrecer productos óptimos”, escribió Bonifácio.

Léo RamosFábrica de armas blancasLéo Ramos

“Las observaciones de Bonifácio revelan que, en medio del ‘atraso’ de la colonia, había un luso-brasileño capaz de realizar acotaciones negativas sobre la compleja construcción de altos hornos y a la altura del conocimiento almacenado en los actualizados libros suecos sobre metalurgia que integraban la biblioteca”, apunta Landgraf. Al mismo tiempo, las observaciones del Patriarca de la Independencia revelan que las técnicas consagradas se aplicaron de manera peculiar, una prueba de que las condiciones de Brasil en la época aún no permitían la audacia de utilizar tecnologías más avanzadas, de cara a la falta de mano de obra especializada y capaz de desempeñarse con las exigencias modernas. Había poco uso para una biblioteca sobre siderurgia sofisticada como la de Ipanema en el país, a no ser para algunos pocos.

Reformismo
Esta divergencia se debía al hecho de que Ipanema, tal como Bonifácio, era fruto del reformismo ilustrado en boga en la sede del imperio, que financiaba investigaciones y estudios sobre minería en las principales zonas donde se producía hierro en Europa, para intentar poner Portugal al compás de la Revolución Industrial. Lo cual no significaba que las soluciones importadas, que llegaban de la mano de esos ilustrados, pudieran aplicarse directamente a la realidad atrasada de la metrópoli y de la colonia. La elección de la siderurgia, vista desde Lisboa como la mejor solución para sacar al reino del atraso tecnológico en que se encontraba, no facilitaba el proceso.

La tecnología para la producción del hierro era incipiente en países que ya habían optado por la industrialización y contaban con operarios calificados. Además, la fabricación del mineral, incluso en esos países, se hacía en base a experimentos con muchos errores y escasos aciertos. Era una temeridad intentar recuperar el tranco perdido con rapidez. Para eso, José Bonifácio fue nombrado intendente de Minas del reino de Portugal, y su hermano Martim Francisco asumió un cargo similar en São Paulo. No por casualidad, su primera tarea fue justamente investigar el mentado “Morro de Araçoiaba”.

Desde 1799, con el permiso de la metrópoli, se intentaba emplazar una fundición de hierro en un sitio supuestamente rico en dicho mineral. Los avezados ojos de Andrada percibieron inmediatamente el potencial del lugar. Más allá de los yacimientos, la región se hallaba circundada por selvas, esenciales para la producción del carbón, el combustible de los hornos. O más precisamente altos hornos, en ese entonces un símbolo de la modernidad y la alta productividad. Pero eran muy difíciles de construir, exigían personal especializado y una complicada operación ininterrumpida, durante meses. Se trataba de algo osado para la colonia.

Léo RamosFachada de la antigua administración y residencia del director de IpanemaLéo Ramos

En Portugal, ensayaron el uso de altos hornos en Ferraria de Foz d’Alge, pero contaban con la experiencia de metalúrgicos prusianos, entre los cuales se encontraban los jóvenes Eschwege y Frederico Varnhagen, quien fue enviado a Brasil para ayudarle en el trabajo a Martim Francisco. El prusiano de 20 años inmediatamente comenzó a planificar la nueva siderúrgica, que inicialmente contaba con tres hornos pequeños, cuya producción de hierro serviría para la construcción de los anhelados altos hornos. Pero, para ello, precisaba un equipo que estuviese a la altura de esa labor. Cuando se decidieron por la modernización por la vía metalúrgica, los portugueses comprendieron que necesitaban importar mano de obra desde regiones especializadas en el manejo de los nuevos hornos. El alemán Varnhagen solicitó al reino la ayuda de otros alemanes.

En 1806, la derrota de Prusia ante Napoleón, en velado litigio contra los portugueses, imposibilitó cualquier negociación con técnicos alemanes. Lisboa se volcó entonces hacia Suecia, un país cuya tradición metalúrgica Bonifácio conocía personalmente. En 1809, la Corona estableció un acuerdo con el empresario sueco Carl Hedberg, que contaba con una sólida experiencia en la construcción y operación de altos hornos. Pero se olvidaron de avisarle a Varnhagen, quien se acreditaba como director nombrado para el nuevo emprendimiento. La rivalidad entre el prusiano y el sueco comenzaba a la distancia. Curiosamente, la elección de Hedberg no agradó a su compatriota en Brasil, el cónsul de Suecia, Albert Kantzow.

Enérgicos
“Hace algunos días llegó un barco con 14 fundidores suecos. Son jóvenes enérgicos, peritos en metalurgia sueca. El jefe de ellos, Hedberg, dice haber poseído una central metalúrgica propia que quebró. La naturaleza brinda todo para que esta empresa sea benéfica para el país y extremadamente nociva para la metalurgia sueca. El arribo de estos compatriotas me duele profundamente. Soy un sueco honrado y las pérdidas que sufre mi patria me afectan más que las mías propias”, escribió, en 1810, el diplomático, disconforme de ver la técnica sueca en manos luso-brasileñas. No obstante, Hedberg no demostró tener la típica eficiencia escandinava: se demoró 14 meses para comenzar con las obras de la fábrica, cobrándoles un sueldo a los portugueses desde la firma de su contrato.

Apurándolo, estaba Varnhagen, representante técnico de los accionistas de Ipanema. Durante tres años hostigó a Hedberg reclamando el comienzo de la construcción de los altos hornos. “El proyecto del sueco era similar al de Varnhagen: comenzar la producción con hornos de reducción directa para fabricar el hierro necesario para la fabricación de los altos hornos y forjas de refinamiento”, dice el historiador Paulo Eduardo Araújo, del equipo de Landgraf. Eso no impidió las críticas por parte del alemán, quien describía al escaso acero producido como “quebradizo y de mala calidad”. “Una empresa que mal comienza no puede dar buenos frutos. Lo que me sorprende es que se otorgue importancia a tanta charlatanería. La escasa habilidad del director Hedberg se junta con sus manejos, y de eso no puede esperarse nada bueno”, escribió Varnhagen a su amigo Eschwege.

En 1814, Hedberg, incapaz de producir las cantidades anuales prometidas de “hierro refinado”, entre 480 y 600 toneladas, finalmente fue despedido. “Pese a las críticas de Varnhagen, repetidas por los historiadores, la competencia metalúrgica del director sueco es innegable. Se trató de una decisión que mezcló intriga, política y cierta dosis de fallas en la gestión de Hedberg”, afirma Landgraf. Varnhagen fue elegido para sustituirlo y asumir las operaciones. Entre 1815 y 1818 construyó, finalmente, los altos hornos, pero su producción no superó las 30 toneladas anuales, muy por debajo de las 600 toneladas previstas. Así, en 1820, fue el turno del alemán de transformarse en blanco. “Hubo excesos. Bonifácio, en su Memória, no hizo solamente críticas técnicas, sino insinuaciones que afectaron directamente a Varnhagen, acusado de conspirador, ignorante en metalurgia del hierro y mal gestor”, comenta Araújo.

Producción
En 1821, el alemán renunció a Ipanema, alegando problemas de salud. “Era un profesional especializado en proponer soluciones técnicas y de gestión de la producción, pero no era un sabio como Eschwege o el propio Bonifácio”, dice el historiador. Las modificaciones que implementó en Ipanema fueron notables y se granjearon el reconocimiento internacional por su efectividad y modernidad tecnológica. Un ejemplo de su creatividad técnica fue el uso de la fuerza hidráulica en una época en la que la máquina de vapor inglesa aún era una curiosidad. Otro ejemplo notable de su “visión práctica” fue la solución que aportó para resolver el problema que desvelaba a los constructores de altos hornos: hallar un material refractario para revestir los hornos que soportase altas temperaturas.

La alternativa disponible, importar ladrillos industriales desde Inglaterra, no era económicamente factible. Se trataba de una cuestión fundamental: sin buenos refractarios era imposible lograr que funcionasen los altos hornos. El intendente Câmara, de Minas do Pilar, aclamado por la construcción del primer alto horno, vio cómo su horno se arruinaba por no tener materiales adecuados. Varnhagen encontró, al lado de la fábrica, un tipo de arenisca que pensó en utilizar como refractario. “Con gran éxito: hasta su cierre, en 1895, Ipanema nunca necesitó importar materiales para revestir los hornos. La profesora Eliane Dal Lima, del Instituto de Geociencias de la USP (IG-USP), se encuentra analizando el descubrimiento de Varnhagen para revelar sus propiedades”. Por eso provoca asombro la presión sobre el alemán para su despido.

“Fue por cuestiones políticas, por su enemistad con Bonifácio, quien quizá lo envidiase, sintiéndose superior a él. El Imperio Portugués supo invertir en la formación de un grupo de ilustrados, pero no se preocupó por crear mecanismos para que éstos pudieran trabajar libres de cuestiones políticas, siempre temerosos de perder sus cargos ante el cambio de un gabinete”, apunta Araújo. Así, cuando el potencial de las fábricas de hierro de Minas reveló su superioridad, la planta paulista fue dejada de lado, quedando para la posteridad como una experiencia costosa y fracasada. Al contrario de lo que se opinaba de ella en su tiempo, citada en publicaciones técnicas extranjeras con admiración y destino “turístico” de viajeros tales como Debret, Saint-Hilaire y Spix y Martius.

“Ipanema significó un intento efectivo de introducción de la moderna siderurgia en la América portuguesa. Fue un gran y sofisticado complejo metalúrgico, altamente estructurado. Necesariamente, concentró en un mismo sitio la diversidad de saberes y competencias politécnicas que en la metalurgia europea se hallaban dispersas en múltiples unidades de producción fabril”, añade Araújo. La fábrica produjo en forma pionera hierro a gran escala en América del Sur y fue, sin lugar a dudas, acota el historiador, un prototipo que, pese a las dificultades que atravesó, funcionó bien teniendo en cuenta el estado de la técnica en el Brasil colonial.

Cuando se la analiza en términos tecnológicos, no había mucha diferencia entre lo que se hizo en la fábrica paulista y en Europa. Pero el uso incorrecto o incompleto de ese conocimiento ante a la carencia de personal especializado impidió que un proyecto sofisticado como el de Ipanema pudiera prosperar. “Entre los operarios no hay uno que haya trabajado en un alto horno, lo cual hace que las operaciones sean muy imperfectas”, señaló Varnhagen, quien siempre advirtió sobre la necesidad de contar con operarios capacitados. Los esclavos que trabajaban en la fábrica son otra evidencia de las “ideas fuera de lugar”, que mantenían estructuras arcaicas para operar innovaciones tecnológicas de primera línea, generando una divergencia de aptitudes e impidiendo el progreso efectivo del país, pese a las inversiones. La misma crítica de 1780, antes citada, fue el fantasma que rondó a Vargas siglos más tarde: “la falta de preparación”. La brecha entre el saber científico y las posibilidades de aplicación continúa, en cierta forma, siendo un obstáculo para el desarrollo tecnológico del país.

Sólo se emularía un emprendimiento como el de Ipanema con la posterior creación de Companhia Siderúrgica Nacional. ¿Tendrían similitudes ambos proyectos? “En la audacia”, responde Araújo.

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