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Memoria

Lecciones de anatomía

Un diccionario de 1613 escrito por un jesuita brasileño registró el conocimiento de la etnia Tupí sobre el cuerpo humano

En la lengua de los pueblos tupíes, que ocupaban la región cercana al litoral cuando los portugueses arribaron a Brasil, moape es la uña de los dedos de la mano, mientras que la de los dedos del pié es miçãpê. Con vocablos como estos y los que figuran en la ilustración de al lado, el primer diccionario brasileño de anatomía humana, publicado en Brasil en 1613 con el título Nomes das partes do corpo humano, pella lingua do Brasil, registró la perspectiva tupí sobre el cuerpo humano.

La obra, que consta de 25 páginas, fue redactada por el clérigo jesuita Pero de Castilho, que nació en la región que actualmente ocupa el estado de Espírito Santo en 1572 (la fecha de su muerte es incierta). Los lectores destinatarios eran los demás misioneros que vivían en Brasil. Al reforzar el propósito del primer diccionario del idioma tupí, escrito por el jesuita español José de Anchieta (1534-1597) y publicado en 1595 con el título Arte de gramática da língua mais falada na costa do Brasil, Castilho sostenía que los términos de su trabajo podrían resultar “muy necesarios para los confesores que se ocupan del ministerio de oír confesiones” de los aborígenes.

¿Para qué un sacerdote en el confesionario necesitaría un diccionario?”, indaga la lingüista Lídia Almeida Barros. Docente jubilada de la Universidade Estadual Paulista (Unesp) campus de São José do Rio Preto, ella estudió el trabajo de Castilho y, como parte de su investigación en esa área, compiló el Dicionário de dermatologia (editorial Unesp, 2009), que contiene 3.697 términos. En su opinión, el cariz religioso podría ser una forma de evitar eventuales restricciones a la publicación de la obra, que está considerada como la primera nomenclatura anatómica de Brasil y constituye un registro valioso del portugués escrito en el siglo XVII.

“Durante la Edad Media, la Iglesia prohibía el estudio del cuerpo humano por aquellos que no estaban autorizados por ella”, recalca el médico anatomista Jackson Bittencourt, del Instituto de Ciencias Biomédicas de la Universidad de São Paulo (ICB-USP). Según él, fue por esa razón que el artista italiano Leonardo da Vinci (1452-1519) realizaba disecciones a escondidas y en rebeldía al poder papal.

El diccionario consta de dos partes, la primera con 257 entradas del tupí con sus acepciones o explicaciones correspondientes en portugués, y la segunda, con 181 lemas del portugués traducidos a la lengua de esa etnia indígena. “Quizá el autor de la obra no supiese el término exacto en portugués para denominar a las partes del cuerpo que los aborígenes señalaban”, comenta Barros. Además, añade, “la manera portuguesa de mirar al cuerpo humano era diferente a la del indígena”.

En aquella época no había equivalentes en portugués para muchos términos en tupí, los cuales eran explicados, en lugar de señalarlos con un sinónimo, en la primera parte del diccionario. Ese es el caso de los términos bopitéraiçâba, descrito como “las rayas de la palma de la mano”, que hoy se denominan pliegues palmares; iurumopi, el equivalente a “bordes exteriores de la boca”, en la actualidad conocidos como comisuras labiales, que son los puntos de unión de los labios en el borde de la boca, y moataçâba, que en tupí designaba al espacio entre los omóplatos, actualmente definido como espacio interescapular.

Plínio Marques da Silva Ayrosa (1895-1961), el primer profesor de tupí de la Universidad de São Paulo (USP), al analizar el diccionario en una edición comentada que publicó en 1937 el Departamento de Cultura del Estado de São Paulo, llegó a la conclusión de que la diferencia entre el número de entradas del diccionario podría tener otra explicación: las dos partes habrían sido escritas por personas diferentes, la primera por el propio Castilho y la segunda, por algún escriba no identificado, que no habría tenido conocimiento de todos los términos equivalentes en portugués.

En su análisis, él registró “divergencias ortográficas en las expresiones portuguesas y tupíes, errores groseros, incoherencias y variantes incompatibles con la educación de un personaje como Pero de Castilho e inadmisibles en la pluma de alguien que conocía en profundidad las lenguas brasileñas”. Según él, el diccionario habría sido escrito en Bahía o en alguna otra ciudad de la región del norte, y luego llegó a São Paulo y fue transcrito, tal como era lo usual, alrededor de 1622. Ayrosa recibió el manuscrito en 1936 de manos del bibliófilo Rubens Borba de Moraes (1899-1986), por entonces jefe de la División de Bibliotecas de la ciudad de São Paulo, luego de que el gobierno municipal le adquiriera el original a otro bibliófilo, Félix Pacheco (1879-1935), que lo había comprado en París.

Léo Ramos Chaves/ Reproducción del libro intitulado Os Nomes das partes do corpo humano pella lingua do Brasil de Pero de Castilho Página de la primera parte del libro de Pero de CastilhoLéo Ramos Chaves/ Reproducción del libro intitulado Os Nomes das partes do corpo humano pella lingua do Brasil de Pero de Castilho

Vesalius
Cuando comenzó a circular el diccionario de Castilho, la obra de referencia sobre anatomía humana era De humani corporis fabrica (De la estructura del cuerpo humano), escrita por el médico belga Andreas Vesalius (1514-1564), de la Universidad de Padua, en Italia. El libro de 663 páginas, publicado en latín en 1543, contiene descripciones minuciosas de las estructuras internas del cuerpo humano, con ilustraciones de los artistas italianos Ticiano Vecelli (1490-1576) y Domenico Campagnola (1500-1564) y también del propio Vesalius. Los dibujos partieron de la observación de la disección de cadáveres, “generalmente de criminales, y con frecuencia realizadas en plazas públicas”, dice el cardiocirujano Pedro Carlos Piantino Lemos, docente de la Facultad de Medicina de la USP.

“Con base en el conocimiento previo que tenían los árabes y los griegos, Vesalius reordenó y profundizó la terminología anatómica, con términos adecuados para cada parte del cuerpo humano”, comenta Lemos. “La anatomía moderna se inició con él”. Estudioso de textos históricos de medicina, Lemos, junto a la traductora Maria Carnevale, coordinó la publicación de Andreas Vesalius de Bruxelas – De humani corporis fabrica. Epitome. Tabulae sex (Ateliê Editorial, Unicamp e Imprenta del Estado, 2003), con los 96 grabados y sus respectivas explicaciones de la edición original.

La obra fundacional de la medicina tropical fue publicada en latín en 1648 en Holanda, bajo el título Historia naturalis Brasiliae (Historia natural de Brasil). En ese libro, el médico holandés Willem Piso (1611-1678) –uno de sus autores, junto al naturalista alemán George Marcgraf (1610-1644)– describe las enfermedades principales de la época, tales como el cólera, la disentería y las enfermedades venéreas, así como las formas de tratarlas, recurriendo a remedios a base de plantas. Ese libro sobre Brasil fue publicado en portugués recién en 1942, casi 300 años después.

Luego de una época de creatividad desenfrenada –hacia el final del siglo XIX había alrededor de 50 mil nombres para 5 mil estructuras anatómicas–, la Nómina anatómica de Basilea (BNA, en inglés), de 1895, redactada en latín por anatomistas alemanes, logró una adhesión amplia de los expertos y se transformó en una referencia a nivel internacional. La terminología anatómica no cesó de evolucionar, en procura de términos simples, precisos, informativos y descriptivos.

Si bien cada país es libre de adoptar sus propios términos, el latín perdura como la lengua común en la terminología anatómica “para que pueda entendérsela en cualquier país”, dice Bittencourt. Según él, una tendencia del área consiste en la adopción de términos que expresen la forma y la función de las estructuras anatómicas y ya no el nombre de quien las describió por primera vez.

En la versión más reciente de la terminología anatómica internacional, la Nomenclatura anatómica de São Paulo –así denominada porque surgió a partir de un congreso de especialistas internacionales que se llevó a cabo en la capital paulista en 1997–, se sustituyó la denominación anatómica trompas de Falopio, cuya denominación era un homenaje a su descubridor, el anatomista italiano Gabriele Falloppio (1523-1562), por tubas o trompas uterinas. La nuez de Adán, la prominencia cartilaginosa faríngea, más frecuente en los varones, fue reemplazada por prominencia laríngea, dado que algunas mujeres también pueden tenerla.

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