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Memoria

Un territorio codiciado

El tratado suscrito hace 60 años rige la ocupación y la investigación científica en la Antártida

Cubierto de hielo, el continente del extremo sur posee casi dos veces la superficie de Brasil

Nasa/ Goddard/ GSFC/ Jeff Schmaltz

En la Antártida, ciencia y política se fusionan como el hielo. Rusos, británicos y estadounidenses avistaron por primera vez la inmensa masa de hielo existente en el sur del planeta durante el mismo año, 1820. Casi un siglo después comenzó la disputa territorial: en 1908, el Reino Unido fue el primer país en reclamar para sí una parte del territorio que permanecía inexplorado. En los años siguientes, fue el turno de Nueva Zelandia, Francia, Australia, Noruega, Argentina y Chile, que anunciaron que también querían sendos tramos de la región que podrían cobijar riquezas minerales. En las décadas de 1930 y 1940, Argentina, Alemania, Estados Unidos y Noruega organizaron grandes expediciones científicas, que sirvieron también para mapear las riquezas del mar que circunda la región, tal como es el caso de las ballenas, cuasi diezmadas hasta mediados del siglo.

“Los científicos se valieron del interés político y económico en la región para organizar expediciones y realizar investigaciones, a la par que los políticos sacaron provecho de la ciencia para legitimar sus intervenciones territoriales en la Antártida”, dijo el politólogo argentino Ignacio Cardone, investigador del Núcleo de Investigación en Relaciones Internacionales (Nupri) de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas (FFLCH) de la Universidad de São Paulo (USP), en el marco de un debate que se llevó a cabo en noviembre de 2019 en el Instituto de Relaciones Internacionales (IRI) de esa universidad. “Las disputas territoriales no han sido resueltas, sino suspendidas”.

National Archives and Records Administration Firma del Tratado Antártico, en diciembre de 1959, en Washington, Estados UnidosNational Archives and Records Administration

Luego de varias iniciativas frustradas para resolver la ocupación en el continente helado, los representantes de 12 países firmaron el Tratado Antártico el 1º de diciembre de 1959 en Washington, Estados Unidos. El acuerdo prohíbe acciones unilaterales. Uno de sus artículos congelaba las reivindicaciones territoriales: los países que hasta entonces las habían hecho no se retractarían, aunque no pudiesen implementarlas, y los que no habían reclamado ya no podrían hacerlo, y el continente permanecería abierto para cualquier país. Con el impulso que supuso el Año Geofísico Internacional de 1957-1958, el tratado dispuso que la región sería utilizada solamente con fines pacíficos, aseguró la libre investigación científica y evitó que la Guerra Fría, entre Estados Unidos y la por entonces Unión Soviética llegara al extremo sur del planeta.

El tratado, vigente desde 1961, promovió otros acuerdos. Uno de ellos, un protocolo de 1991, en vigencia desde 1998, definió normas de protección ambiental para cualquier actividad y prohibió la explotación de recursos minerales en la Antártida. En la actualidad forman parte del acuerdo 54 países, y el más reciente en ser aceptado fue la República Checa, en 2014. La mayoría (el 37%) de sus miembros corresponde a países de Europa, y hay seis de América del Sur: Argentina y Chile, que fueron parte del grupo inicial de los 12, y Ecuador, Perú y Uruguay, aparte de Brasil, que firmó el tratado en 1975 y en 1983 fue aceptado como miembro consultivo, con derecho a voto en las asambleas anuales.


“Las resoluciones del tratado avanzan siempre y cuando nadie esté en desacuerdo”, comenta la socióloga brasileña Daniela Portella Sampaio, investigadora de la Universidad de Leeds, en el Reino Unido. Luego de entrevistar a 70 científicos y representantes de organizaciones gubernamentales ligadas al tratado en 2018 y 2019, ella definió el rol que se espera de la investigación científica: “Los participantes reconocieron que el consenso sigue siendo la mejor forma de tomar decisiones, si bien se sentían frustrados porque los planes de conservación de las áreas marinas protegidas no se han implementado”.

Con una superficie de 13,4 millones de kilómetros cuadrados (km2) –un área mayor que la de toda Europa (10 millones de km2) y casi dos veces la de Brasil (8,5 millones de km2)–, la Antártida alberga 75 bases científicas pertenecientes a 32 países.

Colección IO-USP/ Reproducción El buque Prof. Besnard, de la USP, en la primera expedición a la Antártida, en 1983Colección IO-USP/ Reproducción

La ciencia logra la integración de los países por medio de investigaciones coordinadas, pero las tensiones persisten: las excursiones turísticas al interior de la Antártida aumentan, la flota pesquera china en el océano austral se expande y las presiones para la explotación mineral persisten. “El continente sigue siendo un espacio de disputas geopolíticas”, reiteró Leonardo Faria de Mattos, capitán de mar y guerra de la Marina de Brasil y docente en la Escuela de Guerra Naval, en el marco del debate en la USP.

Faria De Mattos recordó que en 1956, Estados Unidos inauguró una base de investigación científica en el polo sur geográfico y un año después, Rusia abrió otra en lo que se denomina polo sur de inaccesibilidad, con temperaturas de -89 ºC en invierno, un punto cercano al polo sur geomagnético. Dos años después de que lo hiciera Brasil, China también firmó el tratado y en 2009 puso en funcionamiento la estación más alta de la Antártida, a 4.087 metros de altura. El país asiático está construyendo la quinta estación de investigación científica, que será inaugurada en 2022, además de haber puesto en operación, en julio de 2019, el primer buque de investigaciones rompehielos construido en el país, bautizado Xue Long 2.

Maria Rosa Pedreiro/ UFPR/ Agência Brasil La antigua estación antártica brasileña, en la isla Rey Jorge, que sufrió un incendio en 2012Maria Rosa Pedreiro/ UFPR/ Agência Brasil

Los brasileños en la Antártida
En marzo de 1958, casi dos años antes de la firma del tratado, llegó a la Antártida el primer brasileño: el médico y periodista del estado de Pernambuco Durval Sarmento da Rosa Borges (1912-1999), quien también era docente en la Facultad de Higiene y Salud Pública de la USP. Había partido desde Nueva Zelandia, acompañando a un grupo de científicos estadounidenses. El periódico Correio da Manhã, de Río de Janeiro, comenzó a publicar el 13 de marzo, dos días después, sus relatos de viaje, con títulos como por ejemplo: “Donde hoy todo es frío, hace milenios hubo praderas exuberantes”. Borges también publicó lo vivido en la revista Visão, para la cual escribía artículos de medicina, y más tarde redactó el libro intitulado Um brasileiro na Antártida, que fue publicado en mayo de 1959 por la Sociedad Geográfica Brasileña.

También a bordo de un barco estadounidense, el meteorólogo y profesor de la USP Rubens Junqueira Villela fue el primer científico brasileño en llegar al continente helado, en marzo de 1961. Participó en la primera misión científica oficial brasileña, en 1982, con los buques Barão de Teffé y Prof. Besnard, un emprendimiento que facilitó el ingreso del país en el Tratado Antártico. En 1984 comenzó a funcionar la Estación Antártica Comandante Ferraz (EACF), que será reinaugurada en enero de 2020, luego de su reconstrucción tras haber sufrido un incendio el 25 de febrero de 2012.

“Ya deberíamos pensar en la construcción de la segunda estación brasileña”, enfatiza Faria de Mattos. “Tanto China como la India ya cuentan con bases hasta en el Ártico, mientras que Brasil ni siquiera adhirió al tratado de Svalbard, de 1920, que permite la instalación de estaciones de investigación científica en ese archipiélago noruego”.

Alan Arrais/ NBR/ Agência Brasil La nueva estación antártica brasileña, cuya inauguaración está prevista en 2020Alan Arrais/ NBR/ Agência Brasil

Este año está prevista la elaboración del plan estratégico de investigación científica brasileña para el período 2023-2030, con la participación de científicos de las universidades federales de Rio Grande do Sul (UFRGS) y de Río de Janeiro (UFRJ), y de la USP. “Uno de los retos que afronta Brasil consiste en lograr la reestructuración de la Polantar [Política Nacional para los Asuntos Antárticos], que conserva la perspectiva de la década de 1980”, dijo el glaciólogo Jefferson Cardia Simões, docente de la UFRGS y coordinador general del Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología de la Criósfera. El investigador es el vicepresidente del Comité Científico sobre Investigación Antártica (Scar), creado en 1958 para coordinar las actividades en la Antártida por el Año Geofísico Internacional y que se transformó en un organismo consultivo del tratado.

“Hasta la década de 1990”, comentó Cardia Simões en el encuentro en la USP, “las prioridades de los países eran el mapeo de los recursos naturales y las ventajas político-militares, pero en la actualidad es la calidad científica lo que revela el estatus de un país dentro del tratado”. Según él, los científicos brasileños han participado en redes internacionales de investigación sobre biodiversidad y monitoreo de la capa de ozono, de la radiación, de la atmósfera y del hielo, y sus implicaciones para el clima regional y global.

Al comienzo del mes de diciembre de 2019, Carida Simões partió junto a su equipo en otra expedición rumbo a la Antártida. En esta ocasión, el objetivo es volver a poner en funcionamiento al Criósfera 1, un módulo científico brasileño de recolección automática de datos meteorológicos. Ese módulo, instalado en diciembre de 2011 a 670 kilómetros (km) del polo sur geográfico y a 2.500 km de la EACF, fue cerrado durante dos años por falta de recursos para su mantenimiento.

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