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Un proyecto modelo

Con la construcción del Soar se crea un paradigma para la evaluación de emprendimientos de gran porte

Fue en medio a una partida de tenis, durante una tarde soleada de un sábado de enero de 2000. Luis Herrera Arias aceptó hacerse cargo de la coordinación de la construcción de la cúpula del telescopio Soar ?una semiesfera de 14 metros de altura que se desliza delicadamente sobre un anillo metálico de 20 metros de diámetro. Dos años después, Herrera estaba en lo alto de una montaña en los Andes chilenos, más precisamente en Cerro Pachón, a 2.700 metros de altitud, a cargo de 15 hombres que ensamblaban las piezas elaboradas en Brasil, todos abrigados con indumentarias rojas y pasamontañas, con la esperanza de escaparle frío de 8 grados bajo cero.

“Era terrible”, comenta este ingeniero de 66 años, que aún hoy en día juega al tenis con César Ghizoni, director de Equatorial, la empresa que lo contrató, con sede en São José dos Campos. “No lográbamos permanecer más de media hora seguida en las escaleras, a 12 metros del piso”. Y había nieve, mucha nieve: el propio Herrera, que nació en Chile, nunca antes había visto tanta nieve. En dos ocasiones, ante la inminencia de una tempestad, tuvo que abandonar el observatorio con su equipo, debido al riesgo de quedarse aislados en lo alto de la montaña, y vaya a saber por cuanto tiempo. “Afuera”, recuerda, “no se veía nada”. El viento blanco se intensificaba y, horas después, dejaba el suelo cubierto de un metro y medio de nieve.

Tal como si fuera una casa, que una vez terminada su edificación silencia las voces que la construyeron, las obras científicas tienden a dejar para atrás a quienes actuaron en la trastienda y crearon los senderos por los que andarán los que vienen luego. Fue así con el Soar — el Southern Observatory for Astrophysical Research, u Observatorio Austral de Investigaciones Astrofísicas —, inaugurado bajo un cielo azul y buen tiempo el pasado día 17 de abril. El proceso de evaluación por el cual pasó este proyecto creó un modelo de financiación de emprendimientos de gran porte, empleado posteriormente en dos proyectos similares: el del Observatorio Pierre Auger de Rayos Cósmicos, en construcción en Argentina, en el cual Brasil participa junto a otros 16 países, y el Detector de Ondas Gravitacionales Mario Schenberg, enteramente brasileño, que tiene inicio de operación previsto para el año que viene.

“Con el Soar, la FAPESP cuenta ahora con una nueva visión para proyectos de construcción de grandes instalaciones, especialmente en el caso de construcciones internacionales”, dice José Fernando Perez, director científico de la FAPESP, una de las instituciones que financiaron el observatorio de Chile aportando alrededor 3,2 millones de dólares, junto al Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq), que le destinó 10 millones de dólares. Dos estrategias utilizadas por primera vez en este emprendimiento — más allá de su evidente relevancia científica — orientan ahora el análisis de propuestas similares: la implicación de los investigadores en todas las etapas del trabajo, desde el proyecto hasta la operación de los aparatos, y la construcción de los propios instrumentos en la medida de los posible a cargo de la industria nacional.

“Proyectos de esta envergadura deben servir para desarrollar la capacidad del país en el área de instrumental de precisión”, destaca Perez. “Preferimos asumir mayores responsabilidades con la instrumentación que en otras actividades, en las que podríamos aprender menos”. Fue ésa la razón por la cual la FAPESP adjudicó alrededor de 1 millón de dólares a un proyecto independiente, aunque complementario al del Soar: la construcción de un instrumento bastante refinado — un espectrógrafo —, que descompone la luz de las estrellas y apunta cuándo éstas surgieron y de qué están constituidas.

Una oportunidad
La mayor lección de esta historia quizás es la siguiente: aprenda a dar vuelta el partido cuando sea necesario hacerlo. Al principio el Soar era una idea que solamente instituciones norteamericanas — el National Optical Astronomy Observatories (Noao) y cuatro universidades — apoyaban. João Steiner, astrofísico de la Universidad de São Paulo (USP), descubrió una brecha para Brasil en 1993, cuando participaba de una reunión en Estados Unidos como representante del país en el Gemini, un conjunto de dos telescopios con espejos de 8 metros de diámetro, uno ubicado en Hawai y el otro en Chile. Supo entonces que el equipo del Noao, en simultáneo al Gemini, había iniciado el proyecto de un telescopio menor, más barato y más versátil, con un espejo de 4 metros de diámetro. Pero tuvo que congelar sus planes debido a que dos de los socios se abrieron del proyecto: la Universidad de Columbia y la Universidad de Colorado. Era la oportunidad que Brasil esperaba desde hacia mucho tiempo.

En aquel momento habían pasado diez años desde que los astrofísicos brasileños llamaran la atención acerca de la importancia estratégica para el país de un telescopio con un espejo de 4 metros de diámetro: sería una forma de llenar las futuras lagunas del telescopio de 1,6 metros del Laboratorio Nacional de Astrofísica (LNA), inaugurado en 1981 en el municipio de Brasópolis, Minas Gerais.

Sin aparatos más potentes, la astrofísica — una de las áreas más productivas de la ciencia nacional — correría el riesgo de quedar rezagada en el escenario internacional. A aquella altura, Brasil ya era uno de los siete países integrantes del Gemini, pero con derecho a tan solo el 2,5% del tiempo de uso, el equivalente a 14 noches por año.

Faltaba algo de porte intermedio, en la medida de lo posible con un tiempo más generoso, que ayudase a los alrededor de 200 grupos de investigación existente en el país a seleccionar los objetos celestes que se estudiarán más detenidamente en el Gemini. Steiner fue por ello bien recibido al plantear una perspectiva de asociación con las instituciones estadounidenses que se mantenían en el proyecto — el Noao, la Universidad de Carolina del Norte (UCN) y la Universidad del Estado de Michigan (MSU).

La FAPESP, movilizada como una posible fuente de recursos, consultó tal como suele hacerlos en estos casos a expertos brasileños — los asesores externos o ad hoc, que permanecen en el anonimato para poder evaluar las propuestas con exención. Llegó a través de éstos la alerta al respecto de la pequeña participación brasileña en la definición del proyecto del telescopio, que seguía el borrador de los estadounidenses.

Sin embargo, en vista de la complejidad del proyecto, que impuso la necesidad de un diálogo más intenso con los científicos, la fórmula tradicional de evaluación de los pedidos de financiación no era al parecer la más adecuada. Y la Fundación hizo uso entonces de la asesoría abierta, que sería después utilizada en otras ocasiones, como en el caso del análisis de los proyectos ligados a la investigación de genomas.

Más allá de los expertos brasileños, a ejemplo de Herch Moysés Nussenzveig, físico de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), de probada capacidad, y de Cylon Gonçalves da Silva, que había coordinado la construcción del Laboratorio Nacional de Luz Sincrotrón (LNLS), la Fundación invitó a dos experimentados astrofísicos europeos: el inglés Roger Davies, de la Universidad de Durham, representante del Reino Unido en el Gemini, y el italiano Massimo Tharenghi, gerente del proyecto Very Large Telescope (VLT), uno de los cuatro telescopios con espejos de 8 metros del Observatorio Europeo del Sur (ESO), erigidos también en los Andes chilenos con un presupuesto de 700 millones de dólares ?el del Soar era de 28 millones de dólares.

El miércoles 13 de diciembre de 1995 empezó un encuentro de dos días organizado por la FAPESP que cambiaría el derrotero del proyecto Soar. Los debates pusieron en evidencia la importancia de un telescopio de ese porte para que la astrofísica brasileña continuara vislumbrando allá a lo lejos, y para mantener el ritmo de las investigaciones sobre el origen y la composición de las estrellas, la evolución de las galaxias y la distribución de la masa del Universo. El viernes siguiente, Davies y Tarenghi se reunieron a solas y elaboraron un documento de siete carillas, con un análisis de las líneas generales del proyecto y algunas recomendaciones.

La más estratégica de éstas sostenía que la comunidad científica brasileña debería alzar una voz activa y más crítica en lugar de ceñirse al rol de financista y usuario de las instalaciones, como había sucedido con el Gemini. “Los asesores sugirieron que Brasil tomase en cuenta al proyecto solamente como un borrador, aunque hubiera sido presentado ya como estando más o menos concluido, y explorase otras alternativas que atendieran plenamente a los intereses de los grupos de investigación brasileños”, recuerda Luiz Nunes, actual prorrector de investigación de la USP, quien fuera uno de los articuladores de esa reunión, en calidad de asesor de la Dirección Científica de la FAPESP. “Era como elegir entre comprar un coche o construir uno.”

De acuerdo con la evaluación de los asesores, Brasil debería también definir claramente los objetivos científicos que debían seguirse con el Soar. Los grupos de investigación fueron consultados y, un año y medio después, quedaba claro cómo debería ser el telescopio que el país realmente necesitaba. Como no era precisamente lo que estadounidenses imaginaban, hubo lugar para plantear ajustes en el proyecto original, que acabó siendo alterado en algunos puntos esenciales. Los brasileños preferían un detalle de imagen — o resolución — mayor, aunque con un área observada menor. Los socios cedieron: el cambio también atendía a sus intereses.

“Pues optando en favor de un área menor y mayor resolución, ganamos una ventaja competitiva”, comenta Steiner. “Hoy en día tenemos solamente un rival: el Hubble”. Por último, los brasileños concluyeron firmando el proyecto óptico ?obra de Gilberto Moretto, hoy en día consultor de la Nasa ?y el eléctrico ?de Oliver Wiecha, que actualmente está a cargo de un telescopio similar en construcción en Estados Unidos. “La FAPESP recién aprobó el financiamiento una vez que el proyecto fue rediseñado de manera tal de responder claramente a los intereses científicos de la comunidad astronómica brasileña, que debieron ser enunciados previamente”, comenta Perez.

Finanzas
El Soar pasó por un proceso de ingeniería financiera peculiar. En una articulación inédita, el gobierno federal y las fundaciones de apoyo a la investigación de São Paulo, Río de Janeiro, Minas Gerais y Río Grande do Sul se unieron para cubrir los 14 millones de dólares que Brasil debería asignar en el marco de la construcción del telescopio ?luego esa participación se dividió en 12 millones de dólares en capital y 2 millones de dólares en 20 años, cubriendo así parte de los costos de la operación, con la ventaja de que el país puede ganar en experiencia en la administración de proyectos de este tipo.

Un convenio de cooperación suscrito en noviembre de 1998 estipulaba que el CNPq aportaría 2 millones de dólares, la Financiadora de Estudios y Proyectos (Finep) 1,7 millones de dólares, la FAPESP 3,1 millones de dólares y las Fundaciones de Minas Gerais (Fapemig), Río de Janeiro (Faperj) y Río Grande do Sul (Fapergs), juntas, destinarían 860 mil dólares cada una. Pero esa ecuación luego se alteraría bastante: la crisis financiera que el país atravesó en 1999, con el alza repentina del dólar, sumada a las inestabilidades políticas generadas por las elecciones en los estados del año anterior, hizo imposible la participación de las fundaciones de Río de Janeiro, Minas Gerais y Río Grande do Sul.

En otra acción inédita, la FAPESP se había hecho cargo de una deuda del CNPq con los investigadores paulistas por valor de 3,2 millones de dólares, correspondiente a la participación del estado de São Paulo en el Soar. Posteriormente el CNPq destinó directamente al proyecto la partida correspondiente a la Fundación y así completó la cuota brasileña, cubriendo la participación de las otras fundaciones.

Brasil, que ingresó en forma muy discreta en este proyecto, tiene derecho al 34% del tiempo de uso, el equivalente a 127 noches por año, y de un aparato de primera línea. De acuerdo con Steiner, entre los otros ocho telescopios con espejos de 4 metros existentes y activos en el mundo, no existe otro tan moderno — con un espejo primario tan fino, de tan solo 10 centímetros de espesor, fijado mediante 120 puntos de apoyo, y un mecanismo de corrección de imagen — el tip-tilt —, que deshace las deformaciones de la luz con longitud de onda de hasta 50 hertz, cinco veces superior al máximo del tip-tilt del Gemini.

Los retos
Este proyecto incrementó la capacidad brasileña para construir instrumentos de precisión. De hecho, el prototipo del espectrógrafo, que ya se encuentra en uso junto al telescopio de Minas Gerais, cuenta con una innovación: las fibras ópticas que se conectan a los 553 microlentes tienen un diámetro de 50 micrones (1 micrón equivale a una milésima parte de un milímetro), la mitad de lo habitual.

La versión definitiva se encuentra en fase de montaje, hecha junto con la empresa Leg Tecnologia, de São José dos Campos (interior de São Paulo), y será enviada a Chile el año que viene. Jacques Lépine, director del Instituto de Astronomía, Geofísica y Ciencias Atmosféricas (IAG) de la USP y coordinador del proyecto, sujeta con sumo cuidado una de sus principales piezas: un bloque de vidrio más largo que una tableta de chocolate con 1.300 lentes, a las cuales irán pegadas las fibras ópticas que conducirán la luz, para su posterior análisis en el espectrógrafo. Con una pérdida de luz cabe en la palma de la mano cuesta alrededor de 50 mil dólares. “Pretendemos ubicarnos en el nivel más competitivo que existe”, comenta Lépine.

Para los científicos que trabajan en el Soar y en proyectos similares, operar con las empresas es una forma de refinar el arte del diálogo. Odylio Aguiar, investigador del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe, sigla en portugués), recorrió cuatro fundiciones antes de llegar a Italbronze, con sede Guarulhos, en el Gran São Paulo, la única firma que se dispuso a construir la pieza básica del Detector Mario Schenberg, cuyo propósito es detectar las ondas gravitacionales previstas en la Teoría de la Relatividad, pero que aún son imperceptibles para los otros 10 instrumentos similares existente y en operación en todo el mundo.

Aguiar, que está al frente de este proyecto, que cuenta con alrededor de un millón de dólares aportados por la FAPESP, pensaba en un esfera maciza de bronce de 3 metros de diámetro. Tras ver los costos y las dificultades de producción, se contentó con una de 65 centímetros de diámetro, que de cualquier manera pesa 1,15 toneladas. “Fue un trabajo inédito”, recuerda Jaime Jimenez, gerente general de Italbronze. La empresa, que nunca había hecho nada macizo con esas dimensiones ni con ese tipo de bronce, sin estaño, fundió después otras dos esferas similares para el equipo de Holanda que trabaja con los brasileños.

Carlos Escobar, físico de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp), está en contacto con las empresas más intensamente desde 2000, cuando se hizo cargo de la coordinación del equipo brasileño de un proyecto que pone el énfasis en el desarrollo de la instrumentación: el Observatorio Pierre Auger de Rayos Cósmicos, del cual la FAPESP participa con un aporte de 1,6 millones de reales, y el Ministerio de Ciencia y Tecnología (MCT) también, con 600 mil reales.

Su experiencia indica que las empresas perfeccionan el control de calidad en proyectos de tamaña envergadura. Pero eso no es lo único que se gana. “Luego de convivir con los científicos, el equipo de ingeniería madura, pierde el miedo a equivocarse y empieza a buscar soluciones más creativas”, comenta César Ghizoni, director de Equatorial, que atendió también la demanda del Pierre Auger y, por cierto: fue quien ganó aquella partida de tenis contra Luis Herrera.

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