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Zeev Maoz

Zeev Maoz: La razón de los otros

Profesor de la Universidad de California analiza las raíces del conflicto árabe-israelí

Entrevista_maoz_zeevarchivo personalAl afirmar que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, Clausewitz no imaginó que sería posible invertir el orden de los factores para hacer de la guerra una forma de política. Para el científico político Zeev Maoz, director del Programa de Relaciones Internacionales de la Universidad de California, Davis, y autor de Defending the holy land: a critical analysis of Israel’s security and foreign policy, esa ha sido la forma con la cual Israel lleva adelante su política exterior. “Israel no tiene una política de paz, tiene únicamente una política militar. Eso vale tanto para las negociaciones con los Estados Árabes (es decir, la total falta de respuesta a las iniciativas sauditas y a las resoluciones de la Liga Árabe de 2002 y 2007) como en sus relaciones con los palestinos. Pero el hecho de ser un Estado militarista no le impide a Israel ser también una democracia, una sociedad civil altamente desarrollada. Una cosa no invalida a la otra”, explica Maoz. Habiendo servido como soldado y oficial en varias guerras israelíes, incluidas las de Yom Kippur y la del Líbano, el profesor investiga a fondo y sin prejuicios aquello que denomina “tratamiento acrítico” de muchos en Israel sobre las bases de la doctrina de seguridad nacional del país y de cómo ésta debería reevaluarse, habida cuenta de sus muchos equívocos.

Maoz forma parte del grupo de nuevos historiadores israelíes que desafían tradiciones historiográficas consolidadas, tales como el papel de Israel en el éxodo palestino en 1948, y cuestionan la existencia de una falta de voluntad política árabe de discutir la paz con los judíos. Ese movimiento reúne a investigadores tales como Benny Morris, Ilan Pappé y Avi Shlaim, entre otros, que trabajan basándose en fuentes documentales surgidas de los archivos gubernamentales, hace poco habilitadas para la investigación, ya que las instituciones árabes en su mayoría no poseen archivos abiertos (de allí que su investigación se concentre en Israel). “Yo creo que estudios serios de este tipo tendrán un efecto positivo a largo plazo, pues el conocimiento es la base para el cambio pensado y estructurado. Aunque los israelíes sean un pueblo en general crítico, existe un consenso en muchos puntos fundamentales de la política externa y la de seguridad, lo que es bueno cuando se basa en principios e hipótesis correctos. Mi temor es porque los fundamentos de la doctrina israelí de seguridad se transformaron en principios religiosos en lugar de concepciones, que deben cotejarse con los datos empíricos”, evalúa. Para él, Israel necesitaría aprender a pensar antes de tirar. “Una política militar no puede ser un sustituto permanente de la diplomacia, y el subyugarla continuamente a consideraciones de seguridad lleva al error tanto de la política militar como de la política exterior. Opciones políticas y diplomáticas deben preceder a las militares: la fuerza es sierva de la diplomacia y no al contrario.”

Según Maoz, la diplomacia israelita tendría e su haber una serie de oportunidades perdidas. “En el transcurso del tiempo, Israel fue tan responsable de la falta de paz con los árabes como ellos”. Para el investigador, las concepciones de seguridad nacional habrían sido establecidas en los años 1950 por David Ben-Gurion, y muchos estrategas aún las consideran válidas y actuales. La política de seguridad se basaría en una serie de premisas, entre las cuales se encuentran éstas: el mundo árabe es hostil con relación a Israel e intentará destruir el Estado de tener la oportunidad; por eso, la única manera de impedirlo es hacerlos darse cuenta de la futilidad de su misión al tomar conocimiento del alto precio que han de pagar por eso, la llamada “Muralla de Hierro”, concepto creado por el sionista Zeev Jabotinsky en 1923; asimismo, la comunidad internacional, con excepciones, no sería una aliada confiable, lo que dejaría a Israel aislado en su defensa y, por su geografía, como blanco de sus enemigos. De ello, sigue Maoz, derivarían factores importantes: Israel debería invertir en la calidad, militar y no militar, para dar cuenta de las ventajas cuantitativas de los árabes; ergo, sería preciso mantener la “nación en armas”, una sociedad movilizada en tiempos de crisis y lista para defender su supervivencia; la opción por guerras cortas, decididas rápidamente, tanto por razones estratégicas como económicas, ya que conflictos lentos son un fardo para el Estado; lo que llevaría al principio del cumulative deterrence (fuerza de disuasión acumulativa), es decir, alcanzar al enemigo fuerte y repetidamente hasta que entienda que no puede destruirlo y negocie en sus términos; la política de asentamientos como determinante de las fronteras finales de Israel. “Estos conceptos constituyen una política estable de seguridad nacional, aunque nunca hayan sido escritos en un documento oficial, cuyo objetivo es permitirle a Israel lidiar con las amenazas a su existencia y, al mismo tempo, existir como sociedad ‘normal’ y atraer a judíos de todas las partes del mundo.”

“Muchos de estos principios se apoyan sobre fundaciones empíricas equivocadas, y pese a ello, la elite israelí nunca revisó los ladrillos básicos de sus doctrinas. ¿La seguridad de Israel aportó beneficios al seguir la lógica de la Muralla de Hierro? La respuesta de mis estudios indica que no. Al contrario, el éxito israelí en las guerras no resultó en una resignación de sus enemigos, sino en el recrudecimiento de los conflictos, y su mayor victoria militar solamente aumentó la motivación árabe para luchar”, observa. “Solamente cuando los liderazgos israelíes arribaron a la conclusión de que -la espada no puede destruir para siempre-, para usar la cuestión planteada por Moshe Dayan, y entendieron la necesidad de hacer concesiones, Israel logró la paz. Hasta que no se entienda esto, la “no estrategia” de paz de Israel seguirá equilibrando sacrificios de israelíes y palestinos.”

Usted afirma que Israel necesita “abrir los ojos a la realidad” y resolver la cuestión de Medio Oriente en otros términos no militares. ¿Un país desarrollado y democrático como Israel no habría notado ya eso, si fuera un equívoco?
El hecho de que el uso desproporcionado de la fuerza no funcione en determinado punto no significa, de acuerdo con esa concepción de política de seguridad, que no funcione a largo plazo. Desafortunadamente, ese largo plazo ya llegó y pasó, pero Israel se plantó en una inercia que es difícil de romper. Esto se debe fundamentalmente al hecho de que el establishment de seguridad domina la política exterior, por eso el uso de la fuerza es siempre el primer argumento, en lugar de ser, como era de esperarse, el último. La invasión de Gaza se basa en la misma lógica de respuesta desproporcionada. Asimismo, se fundamenta en la creencia establecida hace mucho tiempo de que si se castiga a la población civil de su enemigo, eso eventualmente forzará a su gobierno (en este caso, Hamás) a replegarse. Sin embargo, esta actitud ya falló en el pasado y puede muy bien fallar en el futuro. Existe también otro factor que determina el uso de la fuerza israelí en Gaza. Hay unas elecciones en camino [las elecciones generales en Israel fueron anticipadas para el día 10 de este mes] y el gobierno sufría críticas muy fuertes por haber fallado en responder a los ataques con cohetes que Hamás lanzó sobre ciudades del sur de Israel, y fue presionado a atacar en caso de que Hamás se rehusase a renovar el cese del fuego. Con todo, el gobierno de Israel no quiso vérselas con las múltiples bajas israelitas terrestres y optó iniciar con ataques aéreos y después usar indiscriminadamente la fuerza para minimizar las pérdidas de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). Israel repite políticas que fallaron innumerables veces en el pasado, usando una fuerza desproporcionada contra gobiernos débiles o autoridades políticas que no tienen capacidad para imponer el orden entre sus miembros. Es el concepto de la escalation dominance, una noción errónea que indica que la fuerza masiva puede disminuir la motivación, y que siempre que un problema pueda resolverse por la fuerza debe ser resuelto aplicándose una fuerza aún más intensa. El problema es que los actuales conflictos muestran una vez más que las FDI han perdido su capacidad de realizar “operaciones quirúrgicas” de ataque y están escondiendo su incompetencia para operar en conflictos de “baja intensidad”, optando por usar bombardeos masivos de cuestionable valor estratégico y con serios daños diplomáticos.

¿Es posible hallar una solución para el conflicto entre árabes y judíos?
Un historiador que ocupe del conflicto árabe-israelí dentro de cien años tendrá dificultades para entender por qué se tardó tanto en resolvérselo, dada la cantidad de soluciones razonables para el conflicto que existieron desde su inicio. Comparada con otros conflictos contemporáneos, la cuestión árabe-israelí ha recibido una atención exagerada por parte de la comunidad internacional, y en la práctica es probablemente menos severa y más solucionable que muchas otras cuestiones globales. Hay que reconocer, por encima de todo, que los árabes están tomados por la misma renuencia, por la misma visión miope y por el mismo síndrome de “solamente si pasan por arriba de mi cadáver” que acomete a Israel. Están paralizados por miedos psicológicos y por una inflexibilidad ideológica tan rígida como la israelí. Basta recordar el rechazo de Egipto a hacer un acuerdo formal de paz con Israel antes de 1967. Y la renuencia de Jordania o la actitud irascible de Siria, por citar algunos ejemplos. Todo el conflicto me parece una “tragedia de errores” y, por supuesto, la culpa no recae de un solo lado. Pero mi investigación está centrada no en los árabes, sino en la política de seguridad de Israel. Teniendo eso en vista, analizaremos algunos puntos importantes. Hay que reconocer que Israel es un socio renuente cuando se trata de la paz: la mayoría de los acuerdos no fue iniciada por israelí, sino por el lado árabe o por un tercer socio, como por ejemplo Estados Unidos. La diplomacia de Israel muchas veces confía en la actitud de “vamos a esperar un llamado de los árabes”, en notable contraste con la postura hiperactiva del uso de la fuerza militar. Otro factor relevante es la concepción gradual que siempre pautó los acuerdos entre árabes y judíos. Esta teoría siempre favoreció aquello de “el tiempo está de nuestro lado” con el fin de minimizar las concesiones de Israel mientras que el momentum de la paz se mantiene. Otra característica es la aversión israelí a hacer acuerdos con bloques árabes: siempre se opta por negociaciones bilaterales, como si un acuerdo general representase una presión muy fuerte para que Israel hiciera concesiones extremas. Así, la política de paz israelí siempre privilegió la noción de que un mundo árabe dividido siempre ofrece mejores oportunidades. La discrepancia entre la afirmación oficial israelí de que “nadie en el mundo árabe quiere realmente estrechar la mano en paz” y la renuencia real de Israel a promover la paz es sensible.

¿Cómo entender eso?
Creo que se debe a aquello que denomino “mentalidad de sitio”, muy bien expresada en la noción desarrollada por David Ben-Gurion de un pequeño Estado rodeado por enemigos mucho más numerosos y que debe desarrollarse y prosperar en condiciones de amenaza a su existencia. Ese espíritu hace que se piense siempre que “lo que es bueno para los árabes no puede ser bueno para Israel”, como si los intereses israelíes se definiesen como lo inverso a las demandas árabes, como así también contiene la noción de que es “la nación que lucha sola”, que hace que propuestas surgidas de terceros sean siempre vistas con desconfianza. De la misma manera, las organizaciones internacionales no serían dignas de confianza por haber dejado a Israel solo en el pasado (como por ejemplo la fuerza de la ONU antes de la Guerra de los Seis Días). Cualquier iniciativa de la ONU es siempre vista como pro árabe y desestimada de antemano. Lo que es sobre todo “una política de soberbia”, es decir, cuando los árabes estén suficientemente débiles, se van a sentar a la mesa para negociar en los términos de Israel. Los políticos de Israel, con base en ese modelo dual, creen que si los árabes están fuertes, cualquier moderación israelí va a parecer debilidad, lo que les inyectaría bríos para atacar a Israel. Por otra parte, si los árabes están débiles, no hay razón para hacerles concesiones.

MIDEAST-JERUSALEM-SNOWAFP PHOTO/Pedro UGARTE¿Cómo se refleja eso en la sociedad de Israel?
La creación de una sociedad basada en principios de autodefensa genera una postura nacional en la cual la seguridad es el primer valor y el más importante. Hay en Israel una preponderancia inmensa de la comunidad de seguridad, a causa del poder de las FDI y de otras instituciones, como el servicio secreto. Esa dominancia se ve reforzada por la falta de una institución civil que brinde una infraestructura jerárquica similar a los tomadores de decisiones y a los legisladores, lo que genera un desequilibrio: en momentos de crisis, la palabra de las FDI es decisiva en la toma de decisiones. Esa infiltración de la comunidad de seguridad es también reforzada por el hecho de que existen muchos oficiales militares séniores militando en la esfera política, lo que otorga mayor respaldo a ese poder. El Parlamento falla en lo que hace a observar y contener esa dominancia de las FDI y de la comunidad de seguridad en asuntos de política exterior. El Knesset no tiene ni los instrumentos ni la voluntad política de actuar en ese sentido. La Suprema Corte igualmente revela su deferencia ante las posiciones de la comunidad de seguridad. Las consecuencias de este proceso son graves. Al mismo tiempo, la opinión pública, imbuida de ese espíritu, le exige mucho al gobierno medidas de represalia, que sirven tanto para rendir cuentas a la sociedad como para incentivar el ethos de iniciativa militarista que las FDI y Ben-Gurion deseaban y desean instilar en la juventud israelí. Yitzhak Rabin ya se refería a eso cuando comenzaron los ataques de hombres bomba en los años 1990, que para él mostraban la naturaleza estratégica del terrorismo palestino. Rabin sabía que tales ataques no ponían en jaque la existencia del Estado, sino que eran una amenaza estratégica que afectaba la percepción individual de seguridad en Israel. La presión local sobre el gobierno como resultado del terrorismo obligaba al Estado a acciones que contradecían su política de paz y llevaban a una espiral innecesaria de recrudecimiento del conflicto. Las elecciones constituyen otro punto importante. Mis estudios revelan que, en épocas electorales, disminuye el volumen de ataques israelíes en respuesta a las agresiones árabes, pero crece la intensidad de esos ataques que deben mostrar por qué se hacen, llamando la atención de los electores. Y está también la cuestión religiosa.

¿Qué provoca está cuestión?
Escribí un artículo cuyo título era “Un Estado judío o un Estado democrático para Israel”. La religión cumple un papel importante en la política israelí. Tan es así que una minoría fanática religiosa (la de los asentamientos) corre libre por los territorios ocupados, construye asentamientos ilegales y constantemente amenaza a los palestinos de Cisjordania sin ninguna restricción por parte de la autoridad del gobierno de Israel. Sin embargo, en realidad esas facciones extremistas religiosas no son tan poderosas. Si el Estado tuviera un líder con coraje, el movimiento de asentamientos habría sido una mera nota al pie de página en la historia de Israel. Como está ahora, con la fuerza que adquirió debido a la debilidad del gobierno, es una pieza clave y desempeña un rol destructivo en la política y en la sociedad israelí. Toda vez que la ideología religiosa se transformó en la fuerza dominante de la política de asentamientos, se formó una alianza tácita entre elementos favorables a una estrategia de anexión en el Partido Laborista y en el Partido Likud que fue esencial durante el mandato ambos partidos. Actualmente la dificultad del gobierno para controlar esa política de asentamientos es impresionante. Basta ver cómo en 2003, recién entonces, los políticos se dieron cuenta de la locura de esos asentamientos en Gaza y Cisjordania. Fue el caso de Sharon. Pero ya era tarde: debía dar cuenta de una población de 230 mil asentados, siete de éstos mil en la franja de Gaza. Solamente se retiraron de allí después que 950 israelíes murieron y miles fueron heridos.

Usted es también es un gran crítico de la política nuclear de Israel.
La paradoja de la política nuclear israelí es que no tiene un gran impacto. Siempre que existe la amenaza de que un país árabe (o Irán) desarrolle armas nucleares, los israelíes pasan a no creer más en el poder que sus armas nucleares tendrían para amedrentar a los vecinos y asegurar la paz, como sucedía en los tiempos de la Guerra Fría entre la URSS y Estados Unidos. Si Israel tuviera razones para creer que Irán alcanzó el punto de fusión, es decir, que se apresta a lograr un grado elevado de enriquecimiento de uranio, seguramente atacaría a los iraníes. Y eso provocaría una escalada gigantesca de tensiones en Medio Oriente. Por eso, es un privilegio dudoso. La política nuclear israelí no alcanzó ninguno de sus objetivos ni mostró los efectos colaterales positivos defendidos por sus defensores. Al contrario, esa acción tuvo un efecto adverso significativo, pues provocó el fomento de una carrera no convencional de armas en la región y terminó generando un régimen antidemocrático de secreto de Estado y decepción sin ningún significado desde el punto de vista civil. E incentivó a los estados vecinos enemigos a desarrollar las “armas de destrucción masiva de los pobres”, químicas, biológicas y misiles balísticos. Ese régimen nuclear, por encima de todo, actúa sin control por parte de las instituciones políticas y no está sujeto al debate público en un Estado democrático y desarrollado como Israel. Este tipo de actitud de la elite israelí es bien característica de una estrategia de utilizar el conflicto permanente con los árabes a su favor y en detrimento del país que, en función de sus gastos militares preponderantes, está dejando de lado la inversión en valores que fueron fundamentales en su creación, como por ejemplo la educación. La movilización de la sociedad israelí tiene un alto costo. Sirve efectivamente como una manera de escamotearse de hacer un tratamiento realista de muchos problemas sociales importantes. A largo plazo, ese principio de la nación en armas está provocando un efecto indirecto en la situación económica, tecnológica y social de Israel en relación con el resto del Occidente industrializado, la referencia de los israelíes. Israel está comenzando a quedarse atrás en esas cuestiones.

MIDEAST-ISRAEL-PALESTINIAN-CONFLICT-GAZAAFP PHOTO / DMITRY KOSTYUKOV¿Y cómo afecta a los árabes el conflicto constante?
Insisto en que mi estudio se centra en la cuestión de Israel, pero es posible observar que, de la misma manera que la elite israelí usa el conflicto como un mecanismo para la construcción de un Estado y la integración social en un sistema democrático, las elites árabes usan la guerra como un mecanismo para la manutención del control autoritario y para perpetuar el subdesarrollo social y económico. Hasta líderes árabes más progresistas, como Sadat, Arafat o el rey Hussein de Jordania mantuvieron una política socioeconómica cerrada, altamente jerarquizada y brutalmente corrupta, impidiendo que se cosechasen los frutos económicos y sociales de la paz. Esta dualidad exacerbó los problemas de los regímenes árabes, haciendo que el éxito de Israel fuera aún más espectacular en comparación con la pobreza, la corrupción y la falta de libertad política en el mundo árabe. El mundo árabe igualmente parece rehén de una tendencia de las elites intelectuales y económicas a echarles la culpa de todos sus problemas a agentes externos. Primero fueron los poderes coloniales, los británicos y los franceses, después los sionistas y ahora los americanos, que parecen ser los culpables de todo lo malo que sucede en los países árabes. Pero Medio Oriente solamente se queda atrás de África en términos de subdesarrollo y es mucho menos democrático que muchas regiones del globo. El conflicto no es responsable directo de eso, pero siempre se lo usa como excusa. Además, en las monarquías del petróleo, la mayor parte del dinero que se gana se invierte fuera de su país de origen y la mayoría de la fuerza de trabajo proviene del exterior. La paz total significaría el fin del autoritarismo en la región. Para peor, se produjo una emergencia en los países árabes de grupos islámicos radicales que hicieron suya la retórica anti israelita con el fin de impulsar la oposición a cualquier tentativa de que un régimen político procure sellar la paz con Israel. Esa oposición obliga a los dirigentes árabes a andar al filo de la navaja, teniendo de un lado sus intereses estratégicos y del otro la necesidad de calmar a la oposición militante contraria a la paz con Israel. Muchos grupos extremistas incluso llegaron al poder bajo la fachada de democracias. Muchos Estados árabes se replegaron nuevamente al búnker autoritario, usando la retórica contra Israel como una táctica de distracción. Los vecinos de Israel andan mal porque usan el conflicto para perpetuar y aumentar la pobreza y las pésimas condiciones sociales que ya existían mucho antes del surgimiento del Estado de Israel.

¿Qué principios de la política de seguridad de Israel deberían revisarse para poder pensar en un panorama más pacífico en el futuro?
Israel debe abandonar la noción de que únicamente la intransigencia y el ataque llevarán a los árabes a la paz, y entender que gestos realmente cooperativos tienen un impacto más duradero que los meros movimientos de contención. Un viraje de Israel en dirección a una política de paz efectiva tendría un impacto inmenso en las tensiones de Medio Oriente. Una iniciativa de reducción de armas por parte de Israel, por ejemplo, igualmente tendría un impacto importante en el balance de armas de la región y sería el comienzo de un largo camino hacia el establecimiento de un clima de confianza en la región. Es necesario aumentar el control de la comunidad de seguridad por parte del Knesset, del Poder Judicial y de la sociedad civil. Las instituciones constitucionalmente responsables de la seguridad deben asumir un rol más relevante. Israel debe retomar una doctrina convencional y disponerse a negociar sus armas nucleares a cambio de seguridad regional real. También se deben disminuir los gastos con la industria de defensa y empezar a confiar más en un Ejército regular con horizontes de carrera para profesionales entrenados. Creo que sería importante para el Estado establecer un pacto de defensa con Estados Unidos que no fuese en detrimento de un régimen efectivo de seguridad regional. La relación entre EE.UU. e Israel actualmente se apoya en tres elementos: una percepción de intereses comunes en Medio Oriente, una afinidad democrática común y, lo más importante, la influencia del lobby de Israel sobre América. Los judíos americanos apoyan a Israel, por supuesto, pero existe una creciente descreencia con relación a las políticas de Israel con los palestinos, aunque los líderes judíos de EE.UU. estén del lado de los israelíes. La presión internacional tiene un efecto palpable sobre la política de Israel, pero mientras que la administración Bush seguía dando apoyo a las acciones, el gobierno israelí no se sentía presionado a parar. Más recientemente, la decisión de un cese del fuego unilateral fue causada tanto por la presión externa como por la crítica local a las operaciones militares. Israel tiene mucho por ganar y poco que perder con la paz.

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