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MEMORIA

Para los locos, el hospicio

Los primeros manicomios de Brasil se construyeron a mediados del siglo XIX en Río de Janeiro y en São Paulo

Grabado del edificio del Hospicio Pedro II, obra del artista Eduardo Rensburg en 1856

Wikimedia Commons

A comienzos de la década de 1830 era casi imposible deambular por las calles de Río de Janeiro sin toparse con alienados vagando por las callejuelas y callejones. Por lo general, estaban confinados en la enfermería del Hospital Santa Casa de Misericordia o en la cárcel, de donde no salían salvo que murieran. Muchos de ellos estaban permanentemente encadenados, encerrados en celdas estrechas y fétidas. En tanto, aquéllos que estaban bajo la tutela de instituciones religiosas, era usual que padecieran castigos físicos correctivos. El estado de abandono en que se encontraban los enfermos mentales llamó la atención de algunos de los miembros de la Academia Imperial de Medicina y de la Facultad de Medicina de Río de Janeiro, que se involucraron en campañas para la creación de un establecimiento para el tratamiento de los desequilibrados. El argumento era que la Santa Casa no estaba preparada para promover la cura de esos individuos. El pedido fue atendido por el Imperio, que construyó el Hospicio de Alienados Pedro II, el primer asilo brasileño para los enfermos de este tipo. No obstante, el tratamiento de los pacientes con problemas mentales por médicos especializados recién comenzaría en los primeros años del siglo XX.

El decreto que autorizaba la construcción del hospicio fue aprobado por el emperador Pedro II (1825-1891) en julio de 1841, con base en el proyecto del político José Clemente Pereira (1787-1854), administrador del Hospital Santa Casa de Río de Janeiro. El emperador aportó una buena parte del presupuesto para la construcción del edificio y el resto vino de la Hermandad de la Misericordia y de familias cariocas acaudaladas. El Hospicio Pedro II, también denominado como el “Palacio de los Locos”, abrió sus puertas en diciembre de 1852. Estaba emplazado en un terreno cercano a la bahía de Botafogo, “en un barrio saludable, con amplia vista al mar y rodeado de montañas boscosas, ubicado a una distancia conveniente del suburbio rico de Botafogo y de la terminal de las líneas tranviarias que conectan esa región”, describió el médico Philippe-Marius Rey, del Asilo de Alienados de Saint-Anne en París, Francia, en L’hospice Pedro II et les aliénés au Brésil.

Los enfermos mentales de todo el país eran enviados a Río con la esperanza de que pudieran asilarlos

El hospital funcionaba con base en las ideas de los alienistas franceses Philippe Pinel (1745-1826) y Jean-Étienne Esquirol (1772-1840), que recomendaban el aislamiento, el control y la vigilancia para apartar al individuo de las causas de su locura. “La alienación era para los psiquiatras de la época la manifestación de los padecimientos morales, y se consideraba a las pasiones del alma la causa de la locura. Por consiguiente, los excesos relacionados con el amor y el orden social debían regularse por medio de la razón”, explica el historiador Ewerton Moura da Silva, de la Facultad de Medicina de la Universidad de São Paulo (FM-USP). “A la vista de tales excesos, se procuraba restablecer el dominio racional de los pacientes mediante tratamientos morales y físicos, que variaban desde el uso de métodos persuasivos hasta las tradicionales camisas de fuerza y las duchas de agua fría”.

El Hospicio Pedro II fue proyectado para albergar hasta 140 pacientes, según un estudio realizado en el Archivo Nacional por los historiadores Monique de Siqueira Gonçalves, del Instituto de Filosofía y Ciencias Sociales de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), y Flávio Coelho Edler, de la Fundación Oswaldo Cruz (Fiocruz). Al analizar los informes elaborados por el Hospital Santa Casa de Río, constataron que la fama del hospital cundió rápidamente por el país. Era frecuente el envío de contingentes de alienados hacia Río de Janeiro. “Al arribar a la Corte, se los dejaba deambulando por la ciudad con la esperanza de que fueran recogidos por la policía y los llevaran al hospicio, donde se los recibía como indigentes”, escribieron Siqueira y Edler en un artículo que salió publicado en la Revista Latinoamericana de Psicopatología Fundamental. Otro problema radica en que al principio, los policías no conocían la función que cumplía el hospicio y el tipo de población que debía enviarse allí. Por eso, se acogía a todos aquellos que, según el criterio de las autoridades de la época, perturbaran el orden de la ciudad, incluyendo a epilépticos y borrachos.

Archivo perteneciente a Fátima de Vasconcellos El cuerpo clínico del Hospital Nacional de Alienados de Río de Janeiro, en 1904Archivo perteneciente a Fátima de Vasconcellos

Al finalizar las obras, en 1854, la capacidad del hospicio subió a 300 pacientes. La demanda creciente de vacantes resultó un problema para la administración del hospital durante sus años de existencia. Tal situación llegó a un punto culminante en 1862. En una misiva enviada al proveedor del hospicio, el médico Manoel José Barbosa se quejaba de que el establecimiento ya albergaba a 400 pacientes y las remesas de alienados eran abusivas. Frente a eso, le solicitaba a la administración que cerrara el manicomio para nuevos pacientes, reiterando la necesidad de crear un asilo exclusivo para los inválidos, que ocupaban buena parte de las instalaciones. El Pedro II se mantuvo vinculado al Hospital Santa Casa hasta 1890, cuando pasó a depender de la administración federal, bajo la jurisdicción del Ministerio de Justicia y Negocios Interiores. A partir de entonces, su nombre cambió a Hospital Nacional de Alienados y se suspendió la labor de las hermanas de la caridad en las enfermerías. En 1903, asumió la dirección de la institución el médico bahiano Juliano Moreira (1873-1933), uno de los primeros en divulgar en Brasil las ideas de Sigmund Freud (1856-1939), el médico austríaco que fue el padre del psicoanálisis. Durante los 27 años que se mantuvo al frente de la institución, Moreira instauró a la psiquiatría como especialidad médica en el país, con ideas y prácticas novedosas. Inspirándose en la Clínica de Múnich, Alemania, dirigida por Emil Kraepelin (1856-1926), abolió las camisas de fuerza y retiró las rejas de hierro de las ventanas.

El antiguo asilo Pedro II se hallaba en ruinas en 1944, sin condiciones para ofrecer un tratamiento adecuado a los desequilibrados, que fueron trasladados, entre marzo y septiembre de aquel año, a la colonia de Jacarepaguá. Las instalaciones del antiguo hospicio fueron donadas a la Universidad de Brasil (la actual UFRJ), que restauró el conjunto arquitectónico. Sus instalaciones albergan actualmente al Instituto de Psiquiatría de la universidad.

Archivo de Fátima de Vasconcellos El médico bahiano Juliano Moreira, uno de los primeros en divulgar las ideas de Sigmund Freud en BrasilArchivo de Fátima de Vasconcellos

El Hospicio Pedro II fue un puntal para la creación de espacios similares para el tratamiento de enfermos mentales en el resto de las provincias del país, dice la psiquiatra e historiadora de la medicina Ana Maria Galdini Raimundo Oda, de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Campinas (FCM-Unicamp). Junto al psiquiatra Paulo Dalgalarrondo, también de la misma institución, ella estudió la historia de los primeros manicomios de Brasil. Y comprobaron que la institucionalización de los dementes durante el Segundo Reinado, entre 1840 y 1889, estuvo signada por la intervención de políticos, intelectuales y filántropos, más allá de la consolidación de un consenso en la opinión pública en cuanto a la necesidad de reclusión, incluso a la fuerza, de los enfermos mentales.

Tal es el caso del Hospicio de Alienados de Olinda, en Pernambuco (1864), del Hospicio Provisorio de Alienados de Belém, en Pará (1873), del Asilo de Alienados São João de Deus, en Salvador, Bahía (1874), y del Hospicio de Alienados São Pedro, en Porto Alegre, Rio Grande do Sul. En São Paulo, el Hospicio Provisorio de Alienados fue fundado en 1852, el mismo año en que se inauguró el Pedro II. “A diferencia del resto de los manicomios del país, al de São Paulo no lo administraba el Hospital Santa Casa de Misericordia, que se rehusaba a recibir a los locos”, explica Ana Oda. Según ella, tuvo que hacerse cargo el presidente de la provincia, José Tomás Nabuco de Araújo (1813-1878), de los costos de la asistencia a los dementes y nombró como administrador al alférez Tomé de Alvarenga.

Folhapress Un médico psiquiatra durante una aplicación de rayos infrarrojos a pacientes del Hospital de JuqueryFolhapress

El asilo funcionaba en un edificio alquilado en la calle São João, en el centro de la ciudad. Como la mayoría de los hospicios, contaba con uno o dos médicos. “En aquella época, la psiquiatría aún se estaba consolidando como especialidad médica en Brasil, y la formación de especialistas recién se volvió más frecuente al comenzar el siglo XX”, explica la psiquiatra. Al principio, el hospicio paulista tenía nueve internos. Al cabo de algunos años y, ante las críticas en relación con las condiciones precarias del edificio, se decidió la adquisición de un nuevo edificio ubicado en una granja en la cuesta de la Tabatinguera, en lo que antiguamente se denominaba Várzea do Carmo, y el traslado de los dementes a ese nuevo lugar. La administración del hospicio siguió estando a cargo de Tomé de Alvarenga, quien recién después de su muerte, en 1868, fue reemplazado por su hijo Frederico Antônio de Alvarenga. Cuando este último falleció, en 1896, la dirección del asilo pasó a manos de Francisco Franco da Rocha.

Franco da Rocha (1864-1933), se graduó en la Facultad de Medicina de Río de Janeiro y fue uno de los primeros en especializarse en psiquiatría en Brasil, junto a Juliano Moreira. En 1891 fue designado al frente del hospicio paulista y protagonizó una campaña para la construcción de un moderno manicomio en la ciudad. Ese emprendimiento venía a la par de una serie de recomendaciones que fueron presentadas y debatidas durante el Congreso Internacional de Alienistas que se realizó en 1889 en París, Francia, con respecto a la instauración de colonias agrícolas anexas a los manicomios. La idea, según refiere el historiador Ewerton Moura da Silva, era que el trabajo agrícola se aplicara como factor terapéutico, distrayendo a los pacientes y mejorando su comportamiento.

Eduardo Cesar Vista de la fachada de uno de los pabellones aún activos del Juquery, en Franco da RochaEduardo Cesar

La Colonia Agrícola de Alienados de Juquery se inauguró en mayo de 1898. Se la edificó sobre un solar de 170 hectáreas ubicado a menos de 50 kilómetros de la ciudad, con construcciones proyectadas por el arquitecto Francisco Ramos de Azevedo (1851-1928). El asilo creció a un ritmo acelerado. Se lo construyó para alojar a 300 pacientes y pasó por sucesivas ampliaciones para poder atender la demanda. En 1901, el Juquery ya albergaba a 590 pacientes. En 1912 los internados eran 1.250 y, para 1928, ya eran algo más de 2 mil, distribuidos en cinco pabellones femeninos, cuatro masculinos y uno para niños. Incluso había una lista de espera de miles de pacientes del estado que aguardaban una vacante.

Muchos de los internos eran inmigrantes portugueses, según Silva. Autor del libro Do sonho à loucura: Hospitais psiquiátricos e imigraçao portuguesa em São Paulo (1929-1939), él halló 483 registros de portugueses internados en el Juquery. El diagnóstico más frecuente era esquizofrenia. También había pacientes internados por depresión, que probablemente estaba asociada a la nostalgia por su país de origen, según dice. “Era común que se internara a los inmigrantes por querer volver a Portugal”, comenta.

El diagnóstico más común era la esquizofrenia, pero también había pacientes internados por depresión

Esa situación empezó a cambiar en los años 1980, cuando se reformularon las normas  del tratamiento psiquiátrico. Hoy en día, parte del terreno del hospital colonia está ocupado por el Parque Estadual del Juquery, en la ciudad que tomó el nombre de Franco da Rocha. En sus actuales seis pabellones se aloja a 123 pacientes. La mayoría de los 60 edificios se encuentran cerrados y vacíos, y su destino todavía es incierto.

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