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ENTOMOLOGÍA

Polillas invisibles

Insectos con pocos milímetros de envergadura pasan la mayor parte de su vida como larvas en el interior de tallos y hojas

Ejemplar adulto de la micropolilla Phyllocnistis hemera, que alcanza 6 mm de envergadura con las alas abiertas, posado sobre una hoja de embira-branca (Daphnopsis fasciculata)

Gilson Moreira / UFRGS

Al comienzo de diciembre, el entomólogo Gilson Moreira regresó de un viaje a una región del Bosque Atlántico en el norte del estado de Rio Grande do Sul con su equipaje repleto de hojas y tallos de árboles y arbustos para analizarlos en su laboratorio. El investigador, experto en taxonomía en la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS), actualmente se dedica con su equipo a identificar la mayor cantidad posible de especies de un grupo casi desconocido de insectos: polillas que alcanzan milímetros (mm) de envergadura con sus alas abiertas y pasan la mayor parte de su vida como larvas o pupas (la fase de transición antes de la adultez) en el interior de las hojas de las plantas que les sirven de alimento.

Cada especie de esas micropolillas se adaptó en el curso de la evolución para nutrirse y desarrollarse casi siempre en una única especie de planta. Por tal razón, las hojas y los tallos son útiles para conocer al insecto en sus diferentes etapas de vida, dado que los ejemplares adultos resultan difíciles de encontrar y de capturar porque, además de ser diminutos, viven tan sólo horas o días y son escasamente atraídos por la luz, a diferencia de las polillas mayores. “Hace algunos años noté que la morfología de los ejemplares inmaduros se encuentra extremadamente adaptada al ambiente en el que crecen y se desarrollan y comencé a recolectar algunas estructuras de las plantas donde habitan para estudiar las larvas y las crisálidas”, relata Moreira.

El investigador gaúcho y sus colaboradores centraron ahora su interés en un grupo especial de micropolillas: las de la familia Gracillariidae. Estos insectos, de los que se han identificado casi 1.900 especies en todo el mundo y tan sólo 185 en América, tienen un hábito bastante peculiar. Sus larvas son eximias excavadoras de túneles, y por esa razón se las ha denominado minadoras. Mientras que las larvas (orugas) de las polillas grandes consumen las hojas enteras de sus plantas predilectas, las de las minadoras dejan marcas más sutiles. Ni bien eclosionan del huevo, ellas se introducen en la hoja y, con sus afiladas mandíbulas microscópicas, rompen las paredes celulares y consumen su contenido rico en clorofila, el pigmento que les confiere la tonalidad verdosa. A simple vista, apenas puede verse el rastro hinchado y zigzagueante del túnel abierto por la larva al devorar el interior de la hoja. Ojos avezados logran identificar el sitio en el que la larva se detiene, teje un capullo de seda y entra en fase de pupa antes de romper la hoja y emerger como adulto.

Una relación de intimidad
Los científicos están interesados en conocer mejor a las polillas de esa familia para comprender cómo surgió una conexión tan íntima entre algunas especies y las plantas que las hospedan. También hay un motivo comercial, puesto que algunas polillas de la familia Gracillariidae están consideradas como plagas agrícolas. Una de ellas, la especie Phyllocnistis citrella, originaria de Asia, se diseminó por el mundo en las últimas décadas y ataca las hojas tiernas de las plantas de limón, naranja y pomelo (o toronja). Años atrás, investigadores de la Universidad Politécnica de Valencia, en España, estudiaron 10 huertos frutales atacados por P. citrella y verificaron daños en el 52% de las hojas tiernas de los árboles que no habían sido rociadas con insecticidas, en comparación con un 8% en las que habían sido tratadas, si bien, según un estudio publicado en 2002 en el Journal of Economic Entomology, no se habían producido daños en la floración y los frutos durante el período analizado.

A mediados del mes de noviembre, Moreira y sus colaboradores describieron una nueva especie de minadora de la familia Gracillariidae. En este caso se trata de la Phyllocnistis hemera, que cuando es adulta, mide 6 mm de punta a punta de sus alas. Moreira, junto a Júlia Fochezato y Rosângela Brito, sus supervisoras de máster y de doctorado, respectivamente, detectaron esas micropolillas en mayo de 2016 en una reserva forestal en São Francisco de Paula, una localidad del nordeste del estado de Rio Grande do Sul, en las hojas de la planta conocida popularmente en Brasil como embira-branca o ibiratinga (Daphnopsis fasciculata), un árbol típico del Bosque Atlántico. Ellos recolectaron algunas larvas y hojas, marcaron la ubicación de la planta mediante GPS y regresaron en los meses de enero, junio y julio del año siguiente en búsqueda de ejemplares en otras etapas de desarrollo, tal como informan en un artículo que publicaron en la Revista Brasileira de Entomologia.

La botánica Rosy Mary Isaias, de la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG), clasificó los daños en las hojas de la ibiratinga, mientras que la genetista Gislene Lopes Gonçalves, de la UFRGS, caracterizó a la especie de la micropolilla a partir del material genético extraído de las mitocondrias de las larvas. “Cada especie nueva posee una identificación genética que funciona en forma similar a un código de barras y permite compararla con las que se encuentran archivadas en los bancos de datos genómicos”, comenta Moreira. Hasta hace 15 años, la descripción de una nueva especie se basaba principalmente en el modelo de sus alas y en las características de sus genitales.

Gilson Moreira/ UFRGS La micropolilla Phyllocnistis tethys, que se encontró en un área protegida del Bosque Atlántico en el norte de Rio Grande do SulGilson Moreira/ UFRGS

Interacciones complejas
La especie Phyllocnistis hemera es la quinta de ese género –se conocen 28 en todo el continente americano– que fue identificada por el grupo. La primera, que fue hallada en una región muy húmeda de la reserva de São Francisco de Paula, es la Phyllocnistis tethys, que vive en las hojas de la enredadera Passiflora organensis, de la familia del mburucuyá (según su denominación original en guaraní) o pasionaria. Se trata, en el caso del adulto y según la propia definición del entomólogo, de “un hermoso insecto”, con el centro de sus alas de un azul resplandeciente y los extremos adornados con franjas blancas y marrones y un círculo anaranjado.

Moreira comenzó a estudiar las micropolillas hace seis años por influencia de Héctor Vargas, un colega chileno con quien colabora. Además de las minadoras, ellos han descrito especies que depositan sus huevos en el interior de hojas y tallos e inducen a la planta para que produzca un tejido que envuelve a las larvas. Ese nuevo tejido generalmente adopta la forma de pequeñas esferas a las cuales se conoce con el nombre de agallas o cecidias, que les sirven de cobijo a las larvas. El grupo de la UFRGS identificó recientemente la existencia de una interacción ecológica compleja en las agallas del pimentero brasileño (o pimienta rosa), un arbusto común en la Pampa. Hace casi un siglo, el jesuita portugués Joaquim da Silva Tavares había propuesto que las cecidias de la pimienta rosa se formaban alrededor de los huevos y larvas de microavispas. Moreira y su equipo ahora constataron que no son avispas las que inducen la formación de las agallas. En el pimentero brasileño, las cecidias aparecen como reacción a los huevos depositados por la micropolilla Cecidonius pampeanus. Las microavispas depositan sus huevos en las agallas ya existentes y sus larvas se alimentan de las larvas de las polillas y de tejidos de la planta.

Se estima que existen 40 mil especies de micropolillas y 108 mil de polillas mayores y mariposas

En una labor conjunta con la pareja de entomólogos belgas integrada por Jurate y Willy de Prins, Rosângela Brito se basa en las informaciones disponibles sobre la familia Gracillariidae para evaluar el grado de desconocimiento acerca de la diversidad de estos insectos. Se estima que en América existen alrededor de 4 mil especies de micropolillas de esa familia, de las cuales tan sólo se conocen 185. De cualquier manera, la cifra que se calcula para la región es muy baja comparada con las alrededor de 40 mil especies de micropolillas que se supone que existen en el globo. En el artículo que se publicó en 2016 en la Revista Brasileira de Entomologia, Brito y sus colaboradores sostiene que, desde un enfoque evolutivo, no habría razón para que el número de micropolillas fuera solamente la tercera parte del total de polillas mayores y mariposas (lepidópteros), que suman casi 108 mil especies.

¿Cuál es el motivo de esa disparidad? Según los científicos, falta personal capacitado e interesado en identificarlas. En enero de este año, un simposio internacional que están organizando Moreira y el entomólogo Vitor Becker, investigador jubilado de la Embrapa y dueño de una colección con 350 mil ejemplares de polillas y mariposas, congregará en Bahía a los principales expertos de todo el mundo en Gracillariidae, que son algo más de una docena de personas. El objetivo es incrementar la cooperación entre los grupos y despertar el interés por el área entre los investigadores jóvenes.

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