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Pesquisa Fapesp 20 Años

Primeros inoculantes

Los productos elaborados con bacterias que captan nitrógeno en los cultivos de soja se remontan a la década de 1960

Reportajes de Pesquisa FAPESP, tales como el de la edición nº 85, dan cuenta de los productos a base de bacterias

El éxito comercial que alcanzó la soja brasileña se debe en buena medida a las investigaciones sobre la fijación biológica del nitrógeno (FBN) que se iniciaron en el país en la década de 1950, con los trabajos pioneros de los agrónomos Johanna Döbereiner (1924-2000) y Ruy Jardim Freire (1923-2015). Integrante del plantel de científicos de la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa), Döbereiner se topó con resistencias a su tesis favorable a la FBN porque en aquella época el modelo estándar era el empleo masivo de abonos nitrogenados en la sojicultura (lea en Pesquisa FAPESP, ediciones nº 58 y 88).

En la década siguiente, los inoculantes –productos a base de bacterias capaces de absorber el nitrógeno del aire y transferírselo a las raíces de la planta, disminuyendo la dependencia de los fertilizantes químicos nitrogenados– comenzaron a utilizarse a gran escala en los cultivos de soja. Esto fue resultado del trabajo de Embrapa seleccionando estirpes de bacterias del género Rhizobium (popularmente conocidas como rizobios) adaptadas a las condiciones del suelo, el clima y los genotipos brasileños de soja (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 85). Las investigaciones relacionadas con la fijación biológica de nitrógeno y al desarrollo de inoculantes para la soja fueron divulgadas en diversas ocasiones por Pesquisa FAPESP durante los últimos 20 años.

Desde entonces vienen desarrollándose nuevas tecnologías de aplicación de microorganismos, de modo tal que la simbiosis con la soja llega a evitar por completo el uso de fertilizantes nitrogenados. Para los expertos, la competitividad de la soja cultivada en Brasil se debe al uso de inoculantes eficientes. “Sin los inoculantes y la fijación biológica, el cultivo de soja no sería económicamente viable en el país”, enfatiza la ingeniera agrónoma Mariangela Hungria, de Embrapa Soja, con sede en Londrina (estado de Paraná).

A partir de la década de 2000, Embrapa Soja comenzó a proveer como inoculante una nueva clase de microorganismos, integrada por bacterias promotoras del crecimiento de las plantas. La bacteria más utilizada es Azospirillum brasilense, que también es capaz de realizar la fijación biológica del nitrógeno, aunque no en el mismo nivel que Bradyrhizobium. El mecanismo principal de promoción del crecimiento de las plantas de Azospirillum consiste en la producción de fitohormonas. “A veces, las plantas desarrollan el doble de raíces”, comenta Hungria. “En ese caso, absorben mayor cantidad de agua, de nutrientes del suelo e incluso aprovechan mejor los fertilizantes”.

En un experimento reciente de Embrapa en el estado de Amazonas, científicos se percataron de que la sola inoculación de la bacteria A. brasilense en semillas de maíz permitió economizar 20 kilogramos de nitrógeno por hectárea y brindó el doble del rendimiento promedio de ese cultivo en el estado. “El valor del flete encarece el costo de los fertilizantes que llegan a la región. Por eso son tan importantes las alternativas al uso de insumos químicos”, dice el agrónomo Inocencio Junior Oliveira, de Embrapa Amazonia Occidental.

Coinoculación
En 2014, Embrapa lanzó la tecnología de coinoculación, con los dos tipos de bacterias que pueden aplicarse simultáneamente, antes de la siembra. Al utilizar los dos microorganismos, el productor de soja obtiene un incremento en el rinde promedio de un 16%, informa Embrapa, comparado con el uso únicamente de Bradyrhizobium. La tecnología de coinoculación fue adoptada por el productor rural Eduardo Sampaio Moreira Piegas, de la localidad de Mococa (São Paulo), que utiliza ese producto desde hace alrededor de 20 años. “Nunca planté soja sin inoculante. Utilizo bastante menos nitrógeno que lo recomendado”, comenta.

El uso creciente de inoculantes ha elevado la productividad de ese cultivo, pero también impone desafíos. Entre ellos, el de compatibilizar el empleo conjunto de las bacterias con los agrotóxicos que se aplican a las semillas, dado que por lo general, los pesticidas aniquilan a los microorganismos benéficos para las plantas. Otro problema es la producción casera de inoculantes. “Se trata de algo muy serio. Muchos intentan fabricar productos biológicos en su propia finca”, resalta Mariangela Hungria. “Los inoculantes caseros que analizamos contenían de todo, menos las bacterias que querríamos que tuvieran. En algunos, detectamos patógenos, tales como las bacterias Klebsiella y Staphylococcus. Esos inoculantes pueden causarles enfermedades a las plantas, a la gente y a los animales”, advierte la investigadora de Embrapa Soja.

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