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Arqueología

Fragmentos de la prehistoria

El cráneo de Luzia y una momia egipcia de 2.800 años se encontraban entre los más de 100 mil artículos de las colecciones de arqueología y antropología biológica del Museo Nacional

Romulo Fialdini/ Tempo Composto El cráneo de Luzia, de unos 11 mil años de antigüedad, era una de las piezas más conocidas del Museo NacionalRomulo Fialdini/ Tempo Composto

Los arqueólogos del Museo Nacional de Brasil se están preparando para dirigir el trabajo de campo más doloroso de sus carreras: la búsqueda piezas de las colecciones de la institución que se hayan conservado parcial o totalmente en medio de los escombros del Palacio de São Cristóvão, el edificio de tres pisos y más de 13.600 metros cuadrados de área edificada que se quemó y sufrió derrumbes en su interior. “Tengo alumnos que concretarán su primera excavación acá en las ruinas del palacio”, afirma el arqueólogo Antonio Brancaglion Junior, director del Laboratorio de Egiptología del Museo Nacional, responsable de una pequeña pero interesante colección de 700 piezas de la cultura antigua que floreció a orillas del Nilo y más de 700 de origen grecorromano. Entre los artículos que se pueden salvar de los restos del edificio se encuentran aproximadamente 100 mil piezas de la colección arqueológica y al menos 2.300 cráneos o fragmentos de huesos de esqueletos humanos de la reserva técnica del sector de antropología biológica. Alrededor del 80% de todo este material −que en términos temporales iba desde el Paleolítico Superior (hace entre 40 mil y 10 mil años) hasta los días actuales− se encontraba en el edificio que se incendió. Este patrimonio comprendía colecciones relacionadas con las diferentes culturas prehistóricas e históricas que existieron en Brasil, América, Europa, Asia y África.

En términos generales, las colecciones estaban divididas en arqueología del Antiguo Egipto, del Mediterráneo (Grecia y Roma), Andina (precolombina) y brasileña. El patrimonio de piezas nacionales incluía colecciones reunidas desde 1867 hasta el presente período, con material proveniente desde el sur del país hasta la amazonia, incluido el material de concheros o sambaquíes de Santa Catarina y Río de Janeiro. “Parte del material lítico, cerámica y de metal puede aparentemente haberse preservado”, señala Rita Scheel-Ybert, coordinadora del Programa de Posgrado en Arqueología, que actualmente cuenta con 12 profesores y 29 estudiantes de maestría y 31 de doctorado. “Las plantas de la colección de arqueobotánica y los artefactos de madera y tela tienen pocas posibilidades de haber resistido al fuego”. En el Huerto Botánico, cerca del palacio, una pequeña colección proveniente de excavaciones recientes no se vio afectada. Pero ese material representa menos del 20% de las muestras arqueológicas que se encontraban en el museo.

Colecciones del Museu Nacional El Museo Nacional tenía una colección de cráneos de los extintos aborígenes botocudos, el pueblo representado en este dibujoColecciones del Museu Nacional

Las probables pérdidas en las colecciones de arqueología y antropología biológica abren brechas en el conocimiento sobre la prehistoria y la historia nacional, y empobrecen la memoria del Museo Nacional. Quizás el caso más paradigmático del impacto del incendio es la desaparición del cráneo humano femenino apodado Luzia, de aproximadamente 11 mil años, el remanente más antiguo de Homo sapiens encontrado en territorio brasileño y uno de los más antiguos de América. Encontrado a mediados de la década de 1970 en el sitio de Lapa Vermelha IV, en la región de Lagoa Santa, estado de Minas Gerais, ese cráneo fue posteriormente estudiado por el bioarqueólogo Walter Neves, del Instituto de Biociencias de la Universidad de São Paulo (IB-USP), y le sirvió de base inicial para postular a finales de la década de 1980 una teoría alternativa del poblamiento de América: el modelo biológico.

Esta polémica teoría plantea la idea de que nuestro continente fue colonizado por dos olas migratorias de humanos modernos provenientes de Asia. La primera habría tenido lugar hace aproximadamente 14 mil años y estaría compuesta por individuos parecidos a Luzia, con rasgos similares a los de los australianos y africanos actuales, pero que no dejaron descendientes. La segunda ola habría pisado América hace unos 12 mil años, y sus miembros tendrían el tipo físico característico de los asiáticos, llamado mongoloide, de la cual derivan los aborígenes actuales del continente. El modelo más tradicional sostiene la idea de que solo los grupos con rasgos mongoloides habrían colonizado América. Además de Luzia, el Museo Nacional albergaba unos 200 fragmentos de huesos humanos provenientes de Lagoa Santa, la colección más grande del pueblo que habitó dicha región hace miles de años. Debido a que la mayoría de estos huesos fueron encontrados dispersos en sitios arqueológicos, los investigadores no están seguros al respecto de a cuántos individuos representan.

Hay colecciones significativas de los antiguos habitantes de Lagoa Santa en al menos tres instituciones de investigación importantes, y esto constituye una garantía de que se podrán realizar nuevos estudios con otras muestras de la anatomía de los contemporáneos o de descendientes de Luzia. En el Museo de Historia Natural de Dinamarca, la colección de Peter Lund, naturalista escandinavo que efectuó recolecciones arqueológicas y paleontológicas en esa región de Minas Gerais en el siglo XIX, cuenta con 15 cráneos humanos. La Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG) mantiene fragmentos óseos de aproximadamente 90 individuos y la USP conserva cráneos o esqueletos parciales de otros 50 habitantes de la prehistoria de Lagoa Santa en dos unidades, en el Museo de Arqueología y Etnología (MAE-USP) y en el IB-USP. “El material de la USP proviene de sepulturas en las cuales fue posible identificar si los huesos pertenecían a uno o más individuos”, explica la arqueóloga del IB, Mercedes Okumura, quien fue docente en el Museo Nacional entre 2014 y junio de este año. “Los individuos de Lagoa Santa de las colecciones de USP están más completos que los del Museo Nacional, pero son pocos en comparación con la colección de la institución de Río”. También vinculado con Lagoa Santa, habrían desaparecido con la tragedia alrededor de 1.000 muestras carbón, como así también cálculos dentales y vestigios de plantas, que el arqueólogo de MAE-USP André Strauss había obtenido desde 2011 en excavaciones realizadas en esa región. “Le había prestado este material a la profesora Rita Scheel-Ybert, una gran experta en antracología [el estudio de material vegetal carbonizado existente en sitios arqueológicos]”, dice Strauss.

Romulo Fialdini/ Tempo Composto Estatua antropomórfica femenina de la cultura de Santarém, en la AmazoniaRomulo Fialdini/ Tempo Composto

Otra probable pérdida significativa en la colección de antropología biológica del Museo Nacional la constituyen los 42 cráneos de botocudos, también conocidos como aimorés, un pueblo originario combativo que resistió a los europeos durante el período colonial y se extinguió en el siglo XIX, prácticamente sin dejar rastros. Provenientes de los estados de Santa Catarina, Minas Gerais, Bahía y Espirito Santo, los huesos almacenados en el Palacio de São Cristóvão formaron la colección única conocida en Brasil de este pueblo, cuyos habitantes ensanchaban sus labios inferiores y los lóbulos de sus orejas con la ayuda de piezas circulares hechas de madera llamadas botoques (de ahí el nombre dado por los colonizadores a estos aborígenes). Algunos investigadores sostienen la tesis de que los botocudos pueden haber sido los últimos descendientes del pueblo de Luzia, de Lagoa Santa, una hipótesis que aún no se ha comprobado.

“Es posible que algunos cráneos y huesos de nuestra colección no se hayan visto afectados por el fuego, pero la mayor parte del material estaba almacenada en el tercer piso del museo, que se desmoronó”, dice la arqueóloga Claudia Rodrigues-Carvalho, coordinadora del Sector de Antropología Biológica del Museo Nacional. Los huesos que eventualmente escaparon de las llamas pueden haberse despedazado al caer en la planta baja y ser alcanzados por los restos del edificio. También existe el riesgo de que ya no haya más números de registro en las piezas que puedan recuperarse de los escombros, lo cual puede dificultar su asociación con las colecciones correctas. En Alemania y otros países europeos, algunos museos también poseen huesos de botocudos. “Tenemos un cráneo y fragmentos del esqueleto de un botocudo” dice bioarqueóloga Sabine Eggers, profesora bajo licencia del IB-USP y actualmente encargada del Museo de Historia Natural de Viena. “Es material proveniente de Brasil, pero no se sabe dónde”.

Eduardo Cesar El ataúd de la momia de la cantante sacerdotisa egipcia Sha-amum-en-suEduardo Cesar

Los investigadores del Museo Nacional saben que es poco probable que se repongan a su altura algunos artículos únicos de las colecciones perdidas en el incendio, aun cuando otras instituciones de Brasil o del exterior efectúen donaciones generosas de piezas o nuevas excavaciones suministren material arqueológico de calidad. La momia de la cantante y sacerdotisa Sha-Amun-em-su −que vivió en el antiguo Egipto hace unos 2.800 años, y que cantaba canciones en el templo dedicado al dios Amón en Karnak, en los alrededores de Tebas, la actual Luxor− fue uno de los tesoros de colección egipcia y, por extensión, de toda la institución. Llegó al palacio imperial por las manos de Pedro II, a quien se la obsequiaron durante su viaje a Egipto entre 1876 y 1877. Su bello féretro de colores nunca se abrió.

Hace algunos años, Antonio Brancaglion Junior, mediante análisis de tomografía computarizada de rayos X que mostraban las estructuras internas conservadas dentro del ataúd en tres dimensiones, descubrió que la garganta de la cantante parecía estar revestida con un vendaje de resina. Ese detalle fue interpretado como una preocupación de los responsables del proceso de momificación de Sha-amun-em-su por protejer una zona que, de acuerdo con sus creencias religiosas, sería vital para ella también durante su estancia en el más allá. “El incendio no es el fin de la egiptología en el Museo Nacional”, explica Brancaglion Junior.  “Gran parte de los 700 objetos de la colección ya han sido estudiados y catalogados, y también investigamos materiales de otras colecciones de acá y del exterior”. En Brasil, el MAE-USP, el Museo de Arte de São Paulo (Masp), la Fundación Ema Klabin y el Instituto Bo Bardi son algunas de las instituciones que poseen piezas del Antiguo Egipto. El arqueólogo y sus estudiantes también participan en las excavaciones en Egipto.

Si bien considera poco probable que los artículos más valiosos de las colecciones egipcia y mediterránea hayan resistido el incendio, Brancaglion Junior no pierde las esperanzas. Poco después del desastre, vio fotos y escuchó relatos de personas que decían que había fragmentos de jarrones griegos y un fresco de Pompeya entre las ruinas del palacio clausurado. La colección grecorromana se formó a partir del interés de la emperatriz Teresa Cristina (1822-1889) por la arqueología. “El Museo Británico fue bombardeado durante la Segunda Guerra Mundial y sobrevivió”, compara. “También sobreviviremos”.

El MAE-USP pugna por más espacio

Carlos Fioravanti

Uno de los objetivos del arqueólogo Paulo DeBlasis, director del Museo de Arqueología y Etnología de la Universidad de São Paulo (MAE-USP) desde agosto de 2018, consiste en conseguir un amplio espacio para albergar grandes exposiciones permanentes. Una posibilidad sería la Plaza de los Museos, que reuniría a varias instituciones de la USP, cerca de una de las entradas al campus de la universidad en la capital paulista. Pero por ahora, solo se ha concluido la estructura de hormigón del edificio y no hay expectativas de que se continúe el trabajo. En la sede de MAE solo hay espacio para exposiciones temporales. Uno de estas, sobre ciudades griegas, culminó en marzo. En 2017, cuando las exposiciones temporales permanecieron abiertas durante más tiempo, el museo recibió a 15.649 visitantes.

Su patrimonio, con un millón de piezas, incluye colecciones arqueológicas y etnológicas que llegaron provenientes del Museo Paulista en la década de 1980. “Reunimos buenas condiciones de seguridad, con un sistema de dióxido de carbono que inunda la sala en caso de incendio y los hidrantes funcionan, pero estamos formando una brigada contra incendios y reforzando la señalización”, dice.

Anualmente, la institución recibe aproximadamente un millón de reales para mantenimiento, seguridad y prestación de servicios. “Debemos buscar recursos fuera de la universidad y en agencias de financiamiento, especialmente para hacer investigación”, dice. Los 18 investigadores del MAE realizan estudios arqueológicos en São Paulo y en otras partes de Brasil: en la Amazonas, en Santa Catarina y en Minas Gerais. Además de dictar materias opcionales para estudiantes de grado de cualquier carrera de la USP, en el museo se dictan una maestría y un doctorado en arqueología, con alrededor de 100 estudiantes.

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