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Luiz Davidovich

Ciencia básica para conocer e innovar

Luiz Davidovich es docente titular del Instituto de Física de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) y director de la Academia Brasileña de Ciencias (ABC)

Hay una pregunta formulada hace siglos que todavía se plantea con cierta insistencia: “¿para qué sirve la ciencia básica?” Tomo como ejemplo el reciente descubrimiento de una partícula que podría ser el bosón de Higgs. El experimento se llevó a cabo en un gran laboratorio europeo, empleando recursos por valor de unos 13.500 millones de dólares. Escuché muchos cuestionamientos sobre hasta qué punto vale la pena gastar tanto en esa clase de experimento. Y entonces decidí, en lugar de indagar en revistas científicas, recurrir a otra más lejana a este universo. Forbes me pareció interesante porque se ocupa de las grandes fortunas mundiales.

El comentario de la revista Forbes menciona que la cantidad invertida es grande, pero en su lista de los más ricos del mundo hay más de 50 multimillonarios cuya fortuna es superior a eso. Añade que 13.250 millones de dólares parecen una bagatela frente al potencial de avances en la tecnología de computación, del diagnóstico por imágenes, en break throughs científicos, y –destacando otra faceta de la ciencia– muestra el valor del experimento en tanto nos acerca al entendimiento de los misterios del Universo.

Entonces vale la pena, ante la pregunta “¿para qué sirve la ciencia básica?”, remitirse hasta el comienzo del siglo XX y contemplar el surgimiento de la física cuántica. Una sucesión de jóvenes impelidos por la curiosidad y por la pasión en aquel momento mágico. Seguramente, jamás habrían de imaginar que aquella teoría que desarrollaban para comprender mejor a la naturaleza podría cambiar al mundo. La física cuántica devino posteriormente en el desarrollo del láser, el punto de partida de los discos láser, de las unidades centrales de procesamiento de las computadoras modernas, de los lectores de códigos de barras y de los relojes atómicos que son la base del sistema GPS, actualmente en uso en todo el mundo.

Resulta curioso que todos esos descubrimientos no hayan ocurrido en Europa, donde trabajaban esos jóvenes, sino principalmente en Estados Unidos. Según un artículo de Max Tegmark y John Wheeler, publicado en la revista Scientific American en 2001, en ese entonces se calculaba que un 30% del Producto Bruto Nacional de Estados Unidos se basaba en invenciones posibilitadas por la mecánica cuántica. Eso demuestra los caminos complejos de la ciencia. Cuando se presentó al láser (1960) se lo consideró una solución en busca de un problema. Arthur Schawlow, quien en compañía de Charles Townes lo propuso en un artículo en la revista Physical Review, en 1958, lo cual les valió el Nobel, mencionó que si ambos hubieran estado preocupados por la cura de la catarata mientras trabajaban, nunca habrían llegado a la idea del láser.

"Les demoiselles d’Avignon" y el trabajo...

No existe una respuesta sencilla para explicar por qué las aplicaciones de la física cuántica ocurrieron en Estados Unidos. Pero fue fundamental para eso la aparición de fábricas de ideas, entre ellas, el laboratorio Bell, donde confluían ingenieros, técnicos y científicos notables con una sólida formación básica, y donde Bardeen, Shockley y Brattain concibieron la idea de desarrollar el transistor. Los tres ganaron el premio Nobel de Física por ello y Bardeen, más adelante, obtuvo su segundo Nobel en física por la superconductividad.

Actualmente aún hay preocupación en algunas empresas por unificar el desarrollo de la investigación aplicada con la investigación básica. Ése es el ejemplo de Microsoft, donde el matemático Michael Freedman, experto en topología, ganador de la Medalla Fields en 1986 por su trabajo sobre la conjetura de Poincaré, se desempeña como director de un grupo de investigación en computación cuántica.

Pero la ciencia no puede ser concebida solamente bajo ese enfoque utilitario: forma parte de la cultura de una época. Les demoiselles d’Avignon (1907), de Picasso, y el trabajo Sobre la electrodinámica de cuerpos en movimiento (1905), de Einstein, caracterizan ambos a una época extraordinaria en la historia de la humanidad. En 1902, Einstein formó un grupo de estudios, la Academia Olimpia, junto con el matemático Conrad Habicht y el estudiante de filosofía Maurice Solovin, para debatir trabajos de Karl Pearson, Ernst Mach, John Stuart Mill, Henri Poincaré, David Hume, Baruch Spinoza y Miguel de Cervantes. Más o menos por la misma época, Pablo Picasso agrupó a la famosa La bande à Picasso, integrada por personajes tales como André Salmon, Max Jacob y Guillaume Apollinaire. Y ambos estudiaban La ciencia y la hipótesis, de Poincaré, para quien “el científico no estudia la naturaleza porque es útil, sino porque le cautiva, y le cautiva porque es bella”.

Los célebres personajes de comienzos del siglo XX también redactaron textos sobre la estrecha conexión entre cultura, ciencia, arte y el sentido intrínseco de la belleza. Max Planck dijo que era imposible trazar una línea definida entre ciencia, religión y arte, y afirmaba que “el todo nunca es igual a la suma de sus partes”. Y Einstein acotó que “lo más bello que podemos experimentar es el misterio. Es la fuente de todo arte y toda ciencia de verdad. Aquél para quien esta emoción es desconocida, aquél que ya es incapaz de detenerse para maravillarse y sentirse transportado por un sentimiento reverente, vale tanto como un muerto: sus ojos están cerrados”. Eso demuestra la complejidad que debe poseer cualquier planificación científica, cualquier debate sobre el papel de la ciencia en la innovación, porque en el quehacer de la ciencia lo que cuenta es la pasión, la curiosidad. Eso se conecta con la innovación.

Actualmente, hay una fuerte presión utilitaria sobre la universidad. Sin embargo, cuando le preguntaron a Robert Bayer, quien fue vicepresidente de investigación de la Universidad Stanford y miembro del Consejo de Ciencia y Tecnología del estado de California, cuál era el rol de Stanford en el Valle del Silicio, él respondió que “el mito dice que la tecnología de Stanford es lo que hizo exitoso al Valle del Silicio”, pero una investigación con 3 mil pequeñas compañías reveló que tan sólo 20 de ellas utilizaron tecnología de Stanford directa o indirectamente en su desarrollo. El gran aporte de Stanford fueron los estudiantes educados y con gran talento.

..."Sobre la electrodinámica de cuerpos en movimiento" (1905) integran, ambos, la cultura de una época

Durante los últimos años ha habido un gran requerimiento a Stanford para involucrarse directamente con las empresas del Valle del Silicio. Pero en enero de este año, un estudio interno con serias críticas al funcionamiento de la universidad en los años precedentes destacó que “el valor de la educación a largo plazo no debe buscarse solamente en la acumulación de conocimientos o prácticas, sino en la capacidad para establecer conexiones entre ellos”. E igualmente, “si existe un único principio motivador que relaciona las varias motivaciones que se detallan en ese informe, ésa es nuestra determinación de romper barreras en la vida de los estudiantes, de ofrecerles una educación conforme a los desafíos y oportunidades que les esperan”. La misma observación se realizó en Harvard, que reformuló su currículo. Y aquí, en Brasil, la Academia Brasileña de Ciencias (ABC) contribuyó a ese debate, por medio de varios documentos sobre la reforma de la educación superior, la reforma de la educación básica, la enseñanza de ciencias y el aprendizaje infantil. En la ABC se propone romper con las barreras existentes entre los departamentos en las universidades, promover una educación en sintonía con nuestra época. Las propuestas son buenas; sin embargo su implementación supone dificultades y, en este caso, no podemos culpar al gobierno: la propia comunidad académica es la que se resiste a las transformaciones.

En un contexto de crisis global como el que estamos atravesando, el primer ministro de China, al anunciar en el Congreso Nacional del Pueblo que el crecimiento del PIB chino pasaría de un 8% a un 7,5%, lo que para ellos es una gran tragedia, anunció también que la inversión en investigación básica para 2012 registraría un aumento del 26% y que la financiación de las denominadas top universities crecería alrededor de un 24%. Su promesa, enunciada en enero de 2012, fue superior a la duplicación del gasto de la nación en investigación y desarrollo durante los próximos cinco años. Así se asocia la batalla contra la crisis global con el desarrollo de la ciencia. ¿Y qué hace Brasil al respecto? Mantuvimos una trayectoria ascendente durante los últimos años y de hecho contamos con una larga historia de grandes éxitos, como son los casos de Petrobras, Embraer y Embrapa. Todas están asociadas con una verdadera política de Estado en cuanto a la formación de recursos humanos. También tuvimos una gran idea, que fue la conformación de los fondos sectoriales, que son impuestos recaudados a las empresas con el fin de aplicarlos a la investigación. Aunque su evolución más reciente no parece estar en sintonía con la estrategia adoptada por otros BRICS para combatir la crisis global. Por último, hago referencia a un artículo del físico Brian Greene, publicado en el New York Times, en junio de 2008. Allí hace mención a una carta que recibió de un soldado estadounidense en Irak, relatándole cómo en aquél ambiente hostil y solitario, uno de sus libros se tornó una guía de vida para él. Le brindó un nexo con el poder de la ciencia para dotar a la vida de contexto y significado. Ése constituye un gran objetivo de la ciencia, al cual le agregaría que, a causa de una sutil peculiaridad en la evolución de la especie humana, la pasión por la ciencia sirve a la humanidad. Ella revoluciona la vida cotidiana de la gente, afecta nuestra organización social, nuestros modos y nuestras costumbres.

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